Primer Epílogo
PIPER
—¿Estás lista, cariño? ¿Cómo te sientes? —preguntó mi madre.
Me encontraba junto a mis padres a la sombra de un enorme árbol al lado de la catedral de St. Louis.
—Un poco nerviosa —confesé, bajando la mirada para contemplar mi precioso vestido de novia. No podía dejar de mirarlo—. Me encanta. Es espectacular.
Era un vestido de corte princesa, y aunque estaba especialmente confeccionado para embarazadas, se ceñía debajo del pecho y resaltaba muy bien mi barrigón.
Cuando fuimos a comprarlo, la dependienta me preguntó si quería disimular el embarazo, y mi respuesta fue “Para nada”.
A lo único que renuncié fue a la cola del vestido para evitar tropezarme; pero estaba muy orgullosa de casarme estando embarazada.
—Estás preciosa —dijo mi padre.
—No puedo creer que hayamos organizado la boda así de rápido —confesé.
Mi madre sonrió:
—Los LeBlanc son especialistas en eventos familiares.
Poco después de hacer la oferta por la casa, Beckett y yo decidimos celebrar la boda antes del nacimiento del bebé.
Milagrosamente, encontramos un hueco libre en la catedral y solo tuvimos tres meses para planificar la boda.
Como dijo mi madre, los LeBlanc eran unos especialistas: yo no tuve que mover un dedo.
—¿Hora de entrar? —pregunté, cambiando el peso de un pie al otro.
—No sabes lo feliz que me hace este momento, cariño —dijo mi madre—. Desde el principio tuve un buen presentimiento sobre Beckett.
Mi padre carraspeó:
—Yo no estaba tan convencido, pero ha demostrado que es un buen hombre.
—Al final diste el brazo a torcer —bromeé.
—Me enfadé cuando me enteré del embarazo, pero menos mal tu madre me contuvo para que no fuera a por él.
Me quedé boquiabierta:
—Nunca me lo habías contado.
—Todos tenemos nuestros secretos —respondió mi madre con un guiño—. Bueno, creo que ya es hora de… —empezó a decir cuando sonó su teléfono—. Isabeau dice que está todo listo para que entres.
Tenía los nervios a flor de piel. Me iba a casar con el hombre de mis sueños en la catedral de St. Louis y estaba esperando un bebé. Jamás había imaginado tanta dicha.
Mi padre me cogió del brazo izquierdo y mi madre del derecho, y comenzamos nuestro corto paseo hacia la puerta. Los adoraba y estaba deseando verlos en su rol de abuelos.
Cuando llegamos a la puerta principal de la catedral, mi madre dijo:
—Voy primero para que todos sepan que estás aquí.
—Gracias, mamá.
Ya se me estaban llenando los ojos de lágrimas. Mi padre me sonrió también con los ojos empañados:
—Espero que tu matrimonio sea tan feliz como el nuestro, Piper. La vida es maravillosa si tienes la suerte de compartirla con la persona que amas. Hace que todo sea mejor, incluso los momentos difíciles. Eso es lo que quiero para ti. Y Beckett es realmente un gran hombre.
—Gracias, papá.
Unos segundos más tarde, comenzó la música, se abrieron las puertas, y en cuanto entramos todos los asistentes se pusieron de pie. Sonreí a todo el mundo antes de levantar la vista hacia las columnas blancas del altar, donde Beckett me esperaba con una sonrisa.
La catedral era majestuosa y la hermosa pared azul detrás del altar me recordaba al cielo. Pero solo tenía ojos para mi futuro marido. Su sonrisa era genuina e irradiaba una felicidad que nunca antes le había visto.
Cuando nos detuvimos frente a él, mi padre murmuró:
—Beckett, sé que seréis muy felices juntos. Y tal como le dije a ella, os deseo que tengáis un matrimonio tan sólido como el mío.
Beckett se quedó callado. Me tomó la mano y me la besó.
Mi padre tomó asiento junto a mi madre, y mi futuro marido me preguntó:
—¿Cómo te sientes? —Estaba preocupado porque había estado esperando bastante rato de pie.
—Estupendamente.
El sacerdote nos miró y dijo:
—Vamos a dar comienzo a la ceremonia. Nos hemos reunido aquí para celebrar la unión de Beckett y Piper, que quieren contraer santo matrimonio antes de la llegada de su descendencia.
Apenas pude contener la risa al oír la palabra “descendencia”. Me pareció muy anticuada y, por el rabillo del ojo, vi que Beckett también estaba luchando por no reírse. Éramos tal para cual.
Sin querer, dejé de prestar atención al sacerdote: estaba completamente cautivada por mi prometido. No sabía cómo explicarlo… Sentía que estaba viviendo algo mágico y que al mismo tiempo era lo que tenía que hacer, que era lo correcto.
Cuando el sonido de un llanto inundó la iglesia, ambos miramos hacia atrás: Charlotte acababa de despertarse y estaba en brazos de Adele. Se calmó rápidamente y parecía muy contenta. Volvimos a mirar al sacerdote, que en ningún momento se detuvo.
—Tengo entendido que quieren intercambiar votos.
—Sí —respondió Beckett sin dudar.
No voy a poder contener las lágrimas.
Había intentado convencerlo para que me diera un adelanto y así poder llorar a moco tendido antes de la ceremonia, pero fue en vano.
—Piper, no tengo palabras para decirte lo mucho que te amo, pero haré lo imposible por demostrártelo todos los días.
Eres mi alma gemela y jamás pensé que fuera capaz de sentir un amor así.
Mi vida te pertenece, mi amor, mi mujer.
—Apretó los labios y volvió a abrir la boca, pero no pudo añadir más nada.
Desbordado por la emoción, no pudo recitar todos los votos que había preparado.
Me aclaré la garganta y me puse de puntillas. Estaba tan eufórica que lo único que quería era saltar sobre él y besarlo apasionadamente. Pero no era el momento ni el lugar.
—Beckett, te amo hasta la luna y más allá. Te convertiste en la persona más importante de mi vida sin que me diera cuenta. Cuando pienso en nuestro futuro juntos, criando a nuestros hijos y rodeados por nuestras familias me siento muy afortunada. —Mi voz se quebró al final.
Ja, y yo que me había reído de Beckett y estaba igual de compungida que él. De verdad estamos hechos el uno para el otro.
Había preparado un discurso bastante largo, pero no conseguí llegar al final. Miré al sacerdote y asentí.
—Muy bien —reanudó—, momento de proceder a la unión en santo matrimonio. Que se acerque el portador de las alianzas, por favor.
Bella apareció inmediatamente con los anillos. Llevaba un precioso vestido blanco e incluso se había maquillado un poco los ojos. A Chad no le hizo ninguna gracia, pero Scarlett lo convenció.
Beckett cogió el anillo y Bella le dedicó una enorme sonrisa. Me lo deslizó por el dedo y dijo:
—Yo, Beckett LeBlanc, te recibo a ti, Piper Dawson, como mi legítima esposa… —A continuación, recitó lo que el sacerdote le indicó.
Luego llegó mi turno:
—Yo, Piper Dawson, te recibo a ti, Beckett LeBlanc, como mi legítimo esposo, y prometo serte fiel en la prosperidad y en la adversidad, en la salud y en la enfermedad, y así amarte y respetarte todos los días de mi vida hasta que la muerte nos separe.
Bella tenía la mirada clavada en mi vientre; estaba encantada de que fuéramos a vivir en la misma calle y nos había dicho que haría de canguro.
Y, cuando llegara el momento, le enseñaría a Charlotte, Simone y al nuevo bebé todo lo relacionado con Harry Potter .
Parecía que su misión en la vida era reclutar el mayor número posible de nuevos fans.
El sacerdote nos sonrió:
—Los declaro marido y mujer. Puede besar a la novia.
Beckett se inclinó hacia mí antes de que el sacerdote terminara de hablar.
Sus labios se posaron sobre los míos, y coloqué estratégicamente mis brazos sobre sus hombros para que nadie pudiera vernos y profundizar el beso.
Él gimió contra mi boca y lo disfruté muchísimo.
Solo esperaba que no resonara por toda la iglesia.
No me cansaba de los besos de mi marido, pero cuando la música volviera a sonar teníamos que darnos la vuelta y saludar. Beckett se quedó con los labios sellados a los míos hasta que dijo:
—Te amo, esposa.
Sonreí mientras rompíamos el beso. Los invitados estaban de pie, aplaudiendo mientras caminábamos hacia las enormes puertas de salida. Acto seguido la gente empezó a salir.
Bella caminaba justo detrás de nosotros con Charlotte en brazos, que miraba en todas direcciones con una sonrisa.
Le di un codazo a Beckett para que la mirara y su rostro se iluminó. Las sonrisas de Charlotte nos hacían derretir y, aunque fuese imposible, no queríamos perdernos ninguna.
En la puerta de la catedral, el fotógrafo se apresuró a ponerse delante y pedir:
—Una foto de todo el grupo, por favor.
No me había percatado de su presencia hasta ese momento, aunque daba por hecho que hizo fotos de la ceremonia. Estaba tan absorta en mi marido y en todo lo que estaba sucediendo que ni siquiera reparé en el fotógrafo.
—¡El sol está en su punto, no perdamos el momento! —añadió.
Beckett me cogió la mano con fuerza mientras nos acomodábamos en el centro y todos los demás a nuestro alrededor según la altura. Bella estaba encantada de estar justo a nuestro lado.
—¿Podemos coger a Charlotte? —le pregunté a mi marido.
—Iba a preguntarte lo mismo —dijo Beckett, besándome en la frente—. Hoy estamos muy sincronizados, y espero que sea un presagio de cómo será nuestro futuro.
Bella le entregó a Charlotte, que nos dedicó la sonrisa más grande del mundo, como si supiera que era la forma de conseguir cualquier cosa que ella quisiera.
—¿Listos? —preguntó el fotógrafo.
—¡Sí! —respondí mientras todos sonreíamos a la cámara.
Quería que capturara la felicidad de todos para poder recordarla eternamente.