Un padre soltero inolvidable Capítulo Veintinueve
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Capítulo Veintinueve

PIPER

Cuatro meses después

—Tengo muchas ganas de comprar un perfume nuevo —dije al entrar en Fragrant Delights . Habíamos salido con mucha prisa esa mañana; Charlotte se había quedado con Adele mientras Beckett y yo hacíamos unos recados—. ¿Dónde están Isabeau y Celine?

—Han enviado un mensaje diciendo que llegarán un poco tarde —respondió Beckett—. Tenían que comprar algunas cosas en el Barrio Francés.

—¿Y han dejado la tienda sola? —pregunté con cierta desconfianza.

Algo tramaban.

—Sabían que vendríamos.

—Espero que no vuelvan muy tarde.

Teníamos una cita para ver una casa en Marigny en una hora.

Me había mudado al ático de Beckett, y aunque me encantaba, sabía que lo mejor para los niños sería un chalet con jardín.

La mía era demasiado pequeña para los cuatro, y cruzaba los dedos para que aquel día encontráramos la casa de nuestros sueños.

—¿Cómo te sientan los olores de los aceites esenciales? —preguntó, mirándome con cierta preocupación.

—Sorprendentemente bien. No creo que me den náuseas.

En los últimos meses, me había vuelto tan sensible a los olores que hasta dejaron de gustarme mis adorados perfumes, incluido el de lilas.

Beckett me rodeó la cintura con un brazo y se colocó detrás de mí:

—Si te sientes mareada o lo que sea, nos vamos, ¿vale?

—Pero tus abuelas…

—Lo entenderán. Confía en mí.

Entramos en la tienda pegados el uno al otro.

—Parecemos un poco ridículos —comenté entre risas.

—Puede ser, pero no me importa.

Mantuvo su mano firmemente sobre mi vientre, algo que se había vuelto costumbre. Me encantaba. Parecía que Beckett lo hacía de forma inconsciente. Aún no percibía los movimientos del bebé, pero yo sabía que él o ella disfrutaba de ese contacto.

—¿Quieres tomar asiento mientras esperamos a mis abuelas? —preguntó, señalando la parte trasera donde habían dos sillones, juntos a una pila de jabones y velas.

—Oye, ¿estos sillones son nuevos, no? Y sí, con esta barriga me apetece sentarme.

Como me fatigaba a menudo, empecé a teletrabajar principalmente desde la casa de Beckett.

De momento seguía en MarketingPros , y como era de esperar, la campaña para las panaderías había sido un éxito rotundo.

Josh me dejó caer que pronto vendría un ascenso.

Pero no sabía si me convenía a largo plazo…

tenía el gusanillo de montar mi propia empresa.

—No deberías estar de pie tanto tiempo.

—Beckett, estoy embarazada, no enferma.

—Lo sé, pero tienes que descansar.

Era cierto. Y estaba pendiente de mí tal y como había prometido.

Nos sentamos, cerré los ojos y respiré hondo. Cuando los volví a abrir, Beckett me estaba mirando fijamente con una expresión extraña. ¿Qué está pasando aquí?

Incliné la cabeza y miré la estantería a mi izquierda, admirando la preciosa disposición de los jabones.

Un momento . Una de las cajitas tenía mi nombre escrito.

—Es para ti —dijo Beckett, que parecía a punto de estallar—. ¿Quieres que te la abra?

Podía ocuparme yo, por supuesto, pero parecía que él tenía muchas ganas de hacerlo.

—Claro, ¿por qué no?

Se levantó del sillón y cogió la caja de la estantería. Era igual a las demás, salvo que no llevaba etiqueta.

—¿Quieres adivinar qué hay dentro?

—Mmm. ¿Algún tipo de jabón con aroma a lila?

—No, la lila ya ha cumplido su función, es hora de algo diferente —dijo Beckett con un guiño.

—Es verdad, no había pensado en eso.

Tragó saliva:

—¿Lista para que la abra?

Asentí, enderezándome en la silla. Su nerviosismo me contagió.

Beckett empezó a quitar la tapa al tiempo que se agachaba.

¡Dios mío! ¿Qué está pasando aquí?

Entonces me di cuenta. Cuando finalmente abrió la caja, sentí que iba a explotar de felicidad. ¡Beckett estaba arrodillado y con un anillo!

—¡Me has traído aquí para pedirme matrimonio!

—¡Pues claro!

—Y tus abuelas no están haciendo ningún recado, ¿verdad?

—Están haciendo un mandado y volverán en cualquier momento.

Pero no antes de que haga esto —dijo, y me cogió la mano izquierda para entrelazar nuestros dedos—.

Piper, eres la mujer de mis sueños, mi alma gemela, la madre de mis hijos.

Lo que siento por ti es tan profundo y fuerte que nada podrá cambiarlo.

Quiero dar este paso y que seas oficialmente mi mujer, esperarte en el altar para darnos el “Sí, quiero”, y que seas mía para siempre. ¿Quieres casarte conmigo?

—¡Sí, sí! ¡Sí a todo! —Se me saltaron las lágrimas y no hice nada para contenerlas—. Qué bonita sorpresa.

Dios mío, ¿podía ser la vida más maravillosa? Tenía a un hombre increíble y un bebé en camino. Además de a mi dulce Charlotte.

—Y quiero que este pequeño o pequeña —puso su mano sobre mi vientre— sepa que junto a Charlotte siempre seréis mi prioridad absoluta. Dedicaré toda mi vida a haceros feliz. Es lo único que importa.

—Me haces feliz muy feliz, Beckett —le aseguré—. No hay nadie que me cuide como tú… —le susurré mientras deslizaba el anillo en mi anular. Tenía un enorme diamante circundado por tres pequeños a cada lado—. Me encanta, es precioso.

—Estoy muy feliz de tenerte en mi vida. Creo que me enamoré de ti cuando te vi con Charlotte y lo cariñosa que eras con ella.

—Sin duda, fue amor a primera vista. —Beckett cerró los ojos y extendió los dedos sobre mi abdomen—. ¡Madre mía, si sigues tocándome voy a tener que lanzarme sobre ti! —añadí en tono burlón.

Beckett abrió los ojos y sonrió, luego se puso de pie y me ayudó a levantarme.

—¿Y por qué no lo haces?

—Tus abuelas podrían volver en cualquier momento.

—Te aviso que no entrarán por esa puerta hasta que nos vayamos.

—¿Entonces no voy a conseguir un perfume nuevo? —pregunté haciendo un puchero.

Beckett echó la cabeza hacia atrás y empezó a reír:

—Podemos volver después de ver la casa —respondió, antes de sentarse en el sillón y colocarme en su regazo—. Ahora toca sesión de mimitos.

Últimamente le pedía muchos mimos y caricias, y Beckett siempre me complacía. Por supuesto, muchas de esas “sesiones” acababan en sexo, pero tampoco iba a quejarme.

Me abrazó con fuerza y me acarició la mejilla mientras me besaba lentamente.

Me encantaba sentir sus labios, sin importar cómo me besara: si con lentitud o voracidad, con pasión o con delicadeza.

Aunque “delicadeza” y “Beckett” eran dos palabras difíciles de relacionar; cuando quería algo, no se andaba con chiquitas.

Sabía que se estaba conteniendo porque estábamos en la tienda de sus abuelas.

Moví las caderas, frotándome sobre su miembro.

—Joder —masculló.

—Exacto —asentí, sonriendo contra sus labios.

—Mujer, las cosas que me haces… Me tienes comiendo de tu mano.

—Son las hormonas del embarazo —sonreí.

—Otra vez con eso —contestó Beckett, riendo.

Se inclinó para besarme de nuevo, pero el sonido de la campana de la puerta nos sobresaltó a ambos. Salté de su regazo tan rápido que casi me caigo, pero Beckett reaccionó al instante. Me rodeó los hombros, asegurándose de que no tropezara. Siempre estaba atento, y eso me encantaba.

Isabeau y Celine entraron un segundo después.

—Oh, ¡todavía estáis aquí! —exclamó Celine. Su tono era demasiado inocente, lo que me hizo sospechar que habían vuelto antes de lo planeado a propósito.

—Sí, aquí estamos —dijo Beckett, cogiéndome de la mano.

Caminamos juntos hacia la entrada, bajo la atenta mirada de Isabeau.

—¿Y? —preguntó.

Nos miramos y nos echamos a reír. Entonces levanté la mano.

—¡Ay, qué bien! ¡Lo sabía! —dijo Isabeau dirigiéndose a Celine.

—Lo ha conseguido sin nuestra ayuda —asintió Celine.

—¿No se lo habías contado? —le pregunté a Beckett con sorpresa.

—No —sonrió—. Solo les dije que quería pasar un rato a solas contigo en la tienda.

—No hizo falta que nos dijera más nada —explicó Celine—. ¡Enhorabuena, queridos!

Ambas nos besaron en la mejilla.

—Estamos muy felices por vosotros —añadió Isabeau—. Ya que estás aquí, Piper, ¿qué tal si empezamos a trabajar en esa fragancia? Tu situación ha cambiado bastante… —dijo mirando mi anillo.

Me pregunté qué quería decir. ¿Qué cambiaba que ahora estuviéramos comprometidos? Pero tenía que reconocer el mérito de los métodos de Isabeau y Celine.

—No tenemos tiempo —anunció Beckett, mirando su teléfono—. Hemos quedado con un agente inmobiliario en Marigny para ver una casa.

—Pero volveremos después —añadí—. Necesito un perfume nuevo.

—Excelente —contestó Isabeau, sonriendo triunfalmente.

—Bueno, deberíamos irnos ya —dijo Beckett.

Cogió mi mano y me llevó hasta la puerta.

—¡Hasta luego! —saludé antes de salir a la calle.

Comenzamos a caminar hacia la casa.

—¿Qué pueden estar tramando estas dos? —pregunté.

—La verdad, es que paso de adivinar en qué andan mis abuelas —respondió, encogiéndose de hombros.

—Quizá sea lo mejor —respondí con una risa.

Llegamos a Marigny poco después, a la misma calle donde vivía Chad, que fue el motivo por el cual encontramos esa casa. Tras visitarlo una noche pasamos por delante de la propiedad y nos enamoramos .

El agente inmobiliario nos esperaba en la entrada.

—Me encanta que tenga jardín —comentó Beckett.

—El de atrás os gustará aún más —nos informó—. Está más resguardado.

Beckett carraspeó:

—Si no te importa, nos gustaría echar un vistazo al interior a solas para ver qué nos parece. Después, estaremos encantados de hacer el recorrido contigo.

—Por supuesto. La mayoría de los clientes prefiere hacerlo al revés, pero me adapto a lo que prefiráis.

Beckett había estado muy listo. Me moría por ver el interior a solas con él.

—Me quedaré por aquí haciendo unas llamadas —continuó el agente inmobiliario—. Avisadme cuando estéis listos.

—Perfecto —respondió Beckett.

Subimos los escalones del porche delantero. La fachada de madera estaba pintada de verde oscuro con ventanas de molduras blancas. La segunda planta también tenía un balcón, aunque con un jardín delante y otro detrás, no creía que fuéramos a darle mucho uso.

—Después de ti —dijo Beckett, abriendo la puerta.

Suspiré en cuanto entramos:

—Esta casa tiene muy buena vibra.

—Empiezas a parecerte a Isabeau —comentó entre risas.

—Puede ser. Estoy convencida de que cada casa tiene alma, y esta me gusta.

A la derecha había un enorme espacio abierto que imaginé sería el salón. Se podría separar del vestíbulo de la entrada con una estantería o algo así. La cocina estaba a la izquierda, con un ventanal que daba al jardín trasero. Me visualicé haciendo galletas con Charlotte y con mi bebé.

—Ya me imagino cocinando aquí —dije.

Beckett se colocó detrás y me rodeó la cintura con ambos brazos:

—Yo también. Pero veamos el resto de la casa.

Estaba muy emocionada por empezar una nueva vida con él.

Me encantaba mi casa, pero tenía que ser realista: era demasiado pequeña para una familia.

Además, mi patio era minúsculo comparado con ese.

El agente inmobiliario tenía razón. El jardín trasero, al que se accedía desde el salón, era enorme y estaba resguardado de los vecinos.

—Me recuerda al de Chad —comentó Beckett.

Había un dormitorio en la planta baja y tres en la planta superior, todos con baño en suite . Me encantaba la casa, aunque necesitaba algunos arreglos. El suelo crujía y las ventanas se atascaban ligeramente, pero sabía que allí seríamos muy felices.

—Podríamos celebrar el primer cumpleaños de Charlotte en el jardín.

Beckett me sonrió:

—Me encanta que ya estés haciendo planes.

—Tengo tantos que ni te imaginas.

—Entonces vamos a darle la buena noticia al agente.

Estaba impaciente por comenzar aquel nuevo capítulo de nuestra vida.

Beckett me cogió de la mano y me ayudó a bajar las escaleras. Estábamos los dos igual de emocionados. Habíamos encontrado la casa ideal, ¿no era increíble? Todas las piezas del puzle estaban encajando perfectamente.

Nos reunimos fuera con el agente inmobiliario, que estaba sentado en el porche. Se levantó inmediatamente al vernos.

—¡Nos la quedamos! —dijo Beckett—. Nos puedes acompañar ahora para hacer el recorrido.

—Pero que no sea muy largo, por favor —intervine—. Quiero volver a Fragrant Delights .

Beckett se rió:

—Claro que sí.

Creía firmemente en el efecto de los perfumes de sus abuelas. Y necesitaba de toda su magia para esa nueva etapa maravillosa de nuestra vida.