Un padre soltero inolvidable Capítulo Veintiocho #3
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Capítulo Veintiocho #3

—Sí, por favor. Es increíble… y mucho más intenso —respondió entre jadeos mientras empujaba su trasero hacia mi erección.

Pero yo quería cambiar de posición.

Me aparté para quitarme los vaqueros y el resto de la ropa, necesitaba libertad para moverme.

La rodeé con un brazo por la cintura y la subí a mi cuerpo para que su espalda quedara contra mi pecho.

Así era exactamente como la quería: estaba a mi merced.

Separó los muslos y volví a tocarle la entrepierna.

—Qué mojada estás, preciosa. Estás lista para mi polla, ¿verdad?

—Sí, por favor. Lo necesito. Te necesito.

—Tendrás todo lo que quieras, Piper. Te lo prometo.

Mientras le estimulaba el clítoris, introduje la punta de mi polla apenas unos centímetros. Quería llevarla al clímax otra vez, me había hecho adicto a sus orgasmos. Aún no se había recuperado del anterior y, sin embargo, su cuerpo se preparaba para la que se avecinaba.

—Beckett, ¿qué me estás haciendo? —susurró, tocándose los pechos por encima del vestido.

—No puedes parar de tocarte, ¿verdad?

—No. Necesito… madre mía… ¡Lo necesito todo!

—Y lo tendrás, te lo prometo.

Me introduje un poco más, pero no del todo, haciendo que Piper gritara y se estremeciera de placer.

—Esta podría ser mi postura favorita —le susurré al oído—. Puedo sentir todo lo que tú sientes.

Su respuesta fue ininteligible. Estaba fuera de sí y me encantaba. Le levanté las caderas con una mano y arremetí hasta el fondo.

—¡Beckett! —exclamó con las piernas temblando.

Joder . Por cómo me estaba apretando la polla sabía que estaba a punto de correrse otra vez. Y como no llegaba a tocarle el clítoris, dije:

—Tócate, preciosa. Y cuando te corras te follaré como Dios manda… Te la meteré hasta el fondo.

Se corrió incluso sin llegar a tocarse. Yo también estuve a punto de correrme, pero conseguí contener mi orgasmo. Quería extender el acto al máximo.

La embestí hasta el fondo y ella gritó, retorciéndose sobre mi cuerpo. Disfruté cada segundo de su éxtasis, aunque me costara la vida no rendirme a mi propio placer.

No podía creerlo. Piper era mía para siempre, para darle todo lo que quisiera, para cuidarla. Y llevaba a mi hijo en su vientre.

Una vez recuperada, aproveché para cambiarla de posición y moverme como quería. Me retiré y ella gimió en silencio.

—Ponte a cuatro patas —pedí.

Su cuerpo pasó de estar relajado a tenso en un segundo. Sonrió y me miró con picardía mientras se ponía a cuatro patas:

—¿Así está bien?

—Así está perfecto. —Acto seguido, me puse de rodillas y me coloqué detrás de ella—. Me encanta mirarte y tocarte el culo —dije, acariciándole las nalgas mientras volvía a penetrarla. Ella gritó más fuerte que nunca.

—Preciosa, estás temblando.

—No sé qué me estás haciendo hoy, pero es diferente… mucho más intenso.

—A mí me pasa lo mismo —confesé. No podía explicarlo, pero era así.

Cambié el ritmo, y empecé a embestirla con lentitud y más profundidad mientras estimulaba su sexo con las manos. En esa posición, podía llegar a todos lados y hacer que se corriera otra vez más.

—Joder, cariño, ¿cómo es posible que te sigas lubricando?

—No lo sé. Pero no puedo parar… Dios mío.

Su clímax se estaba gestando, pero era diferente al anterior. Sus piernas se pusieron rígidas y apretó los pies contra el colchón. Se aferró a las sábanas y bajó la cabeza contra la almohada, como si no confiara en que sus brazos aguantaran.

Cubrí mis dedos con su humedad, y luego me enderecé. Empecé a masajear su clítoris con lentos círculos hasta volverla completamente loca. Nunca la había visto así.

—Beckett, ¡¿qué me estás haciendo?! ¡Quiero más, por favor!

Mi polla se estremeció: estaba listo para correrme. Esa mujer era mía en todos los sentidos, y qué orgulloso estaba.

Me retiré y volví a embestirla mientras mis dedos estimulaban su entrepierna pero sin llegar a tocarle el clítoris. Sabía que eso la haría correrse más fuerte que nunca.

Su cuerpo se sacudió y se apoyó en los codos.

—Me voy a correr —susurró—. Madre mía, ¡qué gozada!

Bastó con que apenas le tocara su punto sensible con la punta del dedo para que gritara como una poseída. Era el mejor sonido del mundo.

Sus piernas cedieron y rápidamente puse mis brazos a los lados de su cuerpo mientras me movía con ella, sin dejar de empujar. Piper disfrutó de su orgasmo entre jadeos y gemidos, y al liberar mi propio clímax, me enterré completamente dentro de ella.

Sentía una conexión especial. Ahora estábamos unidos en todos los sentidos de la palabra, y ya no habría nada que se interpusiera entre nosotros. Nunca la dejaría marchar.

—Te amo con toda mi alma, Piper.

—Yo también te amo —balbuceó, con el cuerpo aún temblando.

Seguí embistiéndola con lentitud a medida que mi erección se desvanecía. Me negaba a parar.

—Me ha encantado —susurró.

—Te amo. —Le besé la mejilla y el cuello—. Y siempre te amaré. Recuérdalo, Piper.

—Después de lo que acabamos de hacer… imposible olvidarlo. —Una sonrisa apareció en sus labios—. Qué bien me ha sentado hacer la cucharita contigo, ¿eh?

—Ya te digo.