Un padre soltero inolvidable Capítulo Veintiocho #2
90%

Capítulo Veintiocho #2

—De tres o cuatro semanas. Al darme cuenta de que no me había bajado la regla, me hice la prueba de embarazo. —Tras una breve pausa, añadió—: Aún no entiendo cómo pasó.

—No importa.

—¿No estás enfadado? —preguntó, levantando una ceja.

—No, Piper. —Era evidente que necesitaba que la tranquilizara. Le acaricié el pelo con la mano—. Te prometo que cuidaré del bebé, y aún tenemos tiempo hasta que nazca. Mientras tanto, voy a centrar todos mis esfuerzos en llenarte de mimos y asegurarme de que no te falte de nada.

—Oh, Beckett —cerró los ojos y sonrió—, ni en mis más remotos sueños pensé que te haría feliz tener otro hijo.

—Por supuesto que estoy feliz. ¡Te amo! —Al ver que me miraba sorprendida, añadí—: Este es el comienzo de la mejor aventura de nuestras vidas.

—¿No te da miedo que sea demasiado rápido?

—Ni lo más mínimo —negué con la cabeza—. Así es como me enamoré de ti, y ahora que lo pienso, no me sorprende en absoluto nada de todo esto. ¿Tú tienes miedo?

—Ya no. Después de todo lo que me has dicho, sé que podemos con todo lo que la vida nos depare.

—Claro que sí. La vida va a cambiar, Piper, pero para mejor. Y seremos muy felices juntos, amándonos el uno al otro, con nuestro nuevo bebé. —Volví a poner mi mano sobre su vientre—. Este nuevo capítulo será diferente a todo lo anterior.

Ella puso sus brazos sobre mis hombros, inclinando ligeramente la frente, y la besé. La abracé, poniendo una mano en la parte baja de su espalda y presionando su vientre contra mí.

—Hay que ver las cosas tan bonitas que dices, Beckett.

—Es lo que siento. De hecho, mientras venía en el coche pensando qué decirte, no conseguía ordenar mis pensamientos. Sin embargo, sabía que las palabras me vendrían en cuanto te viera. Y mi promesa de cuidar de ti empieza ahora mismo —dije, y la alcé en mis brazos.

—¡Dios mío, Beckett! —gritó—. Tienes que tener un poco más de cuidado.

—¿Te encuentras mal? —pregunté.

—No, estoy bien.

La llevé hasta el dormitorio y la acosté en la cama.

—Ahora, dime qué necesitas para que puedas descansar.

Ella se rió:

—Sabes que no tengo que hacer reposo, ¿verdad?

—Hoy has estado malita y todavía no te has recuperado. ¿Quieres que te prepare algo de comer? ¿Algo de beber?

—Quiero que me abraces —dijo, dando palmaditas en la cama.

—A su servicio, señora —respondí con una sonrisa.

Se desplazó al centro de la cama y se giró hacia un lado. Me tumbé detrás de ella y le rodeé la cintura con el brazo.

—Me gusta esta posición —dije.

—Me encanta hacer la cucharita contigo.

—¿La cucharita? —pregunté con el ceño fruncido.

—¿Nunca has escuchado la expresión “hacer la cucharita”?

—No.

—Pues es justo lo que estamos haciendo ahora —respondió.

Le besé el hombro, subí por su cuello hasta la oreja para mordisquearla. Al mismo tiempo, le subí el vestido y cuando llevé la mano a su entrepierna sentí su piel desnuda.

—¡Joder, no llevas bragas!

—No sabía que tendría compañía. Además, contigo no tiene sentido usar bragas… siempre me las quitas.

—Claro —gruñí.

Empecé a frotar lentamente su sexo mientras le besaba el cuello y la espalda. Ella abrió los muslos, y me tomé mi tiempo para sentir las reacciones de su cuerpo. Unas cuantas caricias más tarde, me empapó los dedos.

—Me encanta lo rápido que te mojas. Me gusta esto de la cucharita.

Ella se rió, pero luego se convirtió en un gemido.

—Te estás pasando… Esto no es para nada hacer la cucharita.

Introduje dos dedos y empecé a penetrarla con cadencia. Piper abrió aún más los muslos y empezó a jadear.

—Beckett, ¿cómo puede ser que…? ¡Ohhhh! —Sus gemidos dieron paso a intensos gruñidos y su cuerpo comenzó a temblar.

—¡Beckett, Beckett! —gritaba con frenesí. Al sentir el roce de sus dedos me percaté que se estaba tocando el clítoris.

—No, preciosa, hoy tu coño me pertenece.

—¿Quieres que deje de tocarme? —protestó.

—Sí. Solo yo puedo hacerlo.

Piper retiró la mano y acerqué la mía por delante para poder estimularla y penetrarla con los dedos al mismo tiempo.

—¿Puedo quitarte los pantalones? —susurró.

—Claro que sí —respondí mientras curvaba mis dedos dentro de ella.

Jugueteó con mi cinturón con una sola mano. En poco tiempo, me abrió la bragueta y empezó a bombearme la polla.

—Quita la mano, preciosa. —Estaba al límite.

—¡No vale!

—No, pero hoy yo pongo las reglas.

Piper retiró la mano y de inmediato coloqué la punta de mi erección en su abertura, tal y como habían hecho mis dedos antes.

—Estoy al límite —dijo con la respiración entrecortada.

Yo tampoco estaba mucho mejor. El simple hecho de rozar su entrada y sentir su piel era jodidamente irresistible.

Me detuve y me levanté, mirándola a los ojos:

—Piper, sin condón. Estoy sano.

—Yo también —susurró.

—¿Y lo otro?

—Es un poco tarde, ¿no?

Me reí y empujé mis caderas hacia adelante. Mi risa se transformó en un gruñido.

—Es verdad, eso ya no importa.

Me introduje dentro de ella sin dejar de estimularle el clítoris, y no tardó ni un segundo en correrse.

Qué maravilla… La embestí con fuerza mientras cabalgaba el clímax para llevarla a lo más alto, hasta que se quedó completamente inmóvil y respiró hondo.

Yo también me detuve, porque si seguía con ese ritmo, me correría en un segundo.

—Cómo me gusta estar contigo… A partir de ahora, no quiero que nada se interponga entre nosotros, ya no usaremos protección.