Un padre soltero inolvidable Capítulo Veintiséis
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Capítulo Veintiséis

PIPER

Estuve muy liada con el trabajo durante las siguientes semanas; la agencia se había comprometido con varios proyectos, y la mitad eran de mis clientes.

Estaba tranquila, pero Josh, mi jefe, se ponía de los nervios cada vez que se aproximaban las fechas de entrega, y se pasaba el día enviándome mensajes.

Josh: ¿Tienes todo bajo control? Baptiste y Fontenot se están impacientando.

Eran dos clientes importantes, y un fastidio absoluto, pero nos contrataban para muchos proyectos.

Piper: Sí, lo tengo todo bajo control. No te preocupes por nada.

Tenía muchas cosas entre manos, incluido el anuncio para las panaderías LeBlanc .

Estaba convencida de que se convertiría en uno de nuestros proyectos estrella.

Estuve en el set de grabación y sabía que sería un éxito.

Me encantaba ver cómo todo cobraba forma; era una de mis partes favoritas del trabajo.

Aunque solo iba como espectadora —no formaba parte del equipo de producción ni del elenco— me gustaba estar al tanto de todo para que no se nos escapara nada.

Sonia y Nina también estuvieron presentes, lo cual agradecí.

Queríamos contar una historia entrañable: una joven madre, claramente agobiada, intenta entrar con sus dos hijas pequeñas, muy inquietas, a una panadería cercana.

La situación se lo impide. Una señora mayor que ha presenciado la escena entra primero y, al salir, se acerca a la madre para entregarle una bolsa enorme con bollería, diciéndole en voz baja: ‘‘Yo también pasé por eso’’.

El relato culmina con ambas mujeres y las niñas compartiendo la deliciosa bollería, con la panadería como telón de fondo.

Hice un montón de fotos detrás de cámaras para tener material que mostrar en la próxima reunión con el equipo de Beckett. También les enseñaría un borrador del rodaje, era algo que me gustaba hacer con mis clientes por si querían eliminar de cara a la edición final.

Pasaron dos semanas, y el miércoles volví a la sede LeBlanc-Broussard . Mientras enseñaba las diapositivas y reproducía el borrador del vídeo, un intenso malestar se adueñó de mi cuerpo. Me pregunté si la comida me había sentado mal, ya que llevaba todo el día mareada.

En cuanto terminó el vídeo, Sonia aplaudió:

—¡Me encanta, Piper! No tengo ninguna observación ni cambio que proponer. ¿Y tú, Nina?

—Yo tampoco —respondió Nina—. Ha quedado tal cual como imaginaba.

Ambas miraron a Beckett, que me hizo un gesto de aprobación con el pulgar y sonrió:

—No tengo nada que añadir. Es genial y estoy deseando ver la versión final.

—Supongo que lo tendremos en tres semanas —dije.

—¿Tanto tiempo? —preguntó con los ojos como platos.

Asentí y volví a sentir náuseas.

¿Pero qué me pasa? Necesito tumbarme. Debo de haber cogido una gastroenteritis.

—La edición lleva mucho tiempo.

—Es verdad. Bueno, tenemos margen —señaló Sonia—. Hemos calculado los tiempos para no tener que ir con prisas.

—Buena idea. —Me gustaba mucho cómo trabajaba Sonia. Cerré mi portátil y añadí—: Eso es todo por mi parte.

No me encontraba bien. Temía que me fuera a subir la fiebre o, peor aún, vomitar delante de todos.

—¿Te encuentras bien? —me preguntó Sonia—. De repente te has puesto muy pálida.

—No, me encuentro fatal. Si no os importa, debería irme a mi casa.

Beckett se levantó de inmediato:

—Yo te llevo.

Sonia intercambió una mirada con Nina antes de posar sus ojos en Beckett y en mí, pero no dijo nada.

Vaya manera de desvelar nuestro secreto.

—Iba a proponerte llevarte a casa, pero ya que Beckett se ha ofrecido… —dijo Sonia, y le sonreí tímidamente.

Una vez que ella y Nina se marcharon, Beckett me dijo:

—Parece que te has puesto mala.

—Ya te digo. Llamaré a un Uber. Necesito irme ya.

—Ni hablar. Como te he dicho, yo te llevo.

—No. Tienes a Charlotte.

—¿Y qué? Puedo encargarme de todo. ¿Por qué no te quedas en mi casa esta noche?

—¿En serio? —parpadeé—. No quiero contagiar a la peque.

—Mientras no compartáis habitación, no hay riesgo. Quiero cuidar de ti si te sientes mal —insistió Beckett.

¿Cómo puede estar tan bueno y ser tan tierno a la vez?

—Vale, la verdad que no me encuentro nada bien.

Realmente me encontraba muy mal.

—Dame, yo te llevo esto —dijo, colgándose mi bolsa del portátil al hombro.

—Beckett, tampoco es para tanto. Puedo llevarla yo —respondí, aunque en realidad no era cierto.

—Mientras estés conmigo, yo te cuido.

—Está bien —sonreí.

Me pasó un brazo por los hombros y salimos de su despacho.

—Si Sonia y Nina tenían alguna sospecha, acabas de confirmársela, ¿lo sabes?

—Ya era hora de que todo el mundo lo supiera —respondió con naturalidad.

—Menuda forma de anunciarlo —bromeé. Josh aún no lo sabía, y pronto tendría que abordarlo.

Las náuseas se intensificaron, y respiré profundamente para intentar controlarlas.

—Necesito pasar por una farmacia. Tal vez tengan algo para aliviar los síntomas —comenté una vez que llegamos a la calle Royal.

Beckett asintió:

—La más cercana es Walgreens ; está en la esquina de Decatur y Wilkinson.

—No está muy lejos. —Teníamos que coger por Saint Peter y cruzar Chartres.

Beckett me sostuvo la mano con firmeza mientras caminábamos por el Barrio Francés. Era una tarde soleada, y como era de esperar, había mucha gente paseando por el casco antiguo… incluido mi jefe. Nos topamos con Josh cuando estábamos a punto de llegar a Walgreens .

—¡Hola, Piper, hola, Beckett! —Su sonrisa se desvaneció al ver nuestras manos entrelazadas.

¡Mierda! No era así cómo quería que se enterara.

—Hola, Josh —saludó Beckett. No soltó mi mano, sino que estrechó la de Josh con la otra—. Acabamos de salir de la oficina.

—Les he enseñado el borrador del vídeo —añadí.

—¿Qué te ha parecido? —Josh frunció ligeramente el ceño, mirando nuestras manos, pero luego se centró en Beckett.

—Ha quedado increíble. Piper es una crack . —Y tras una breve pausa, añadió—: Ahora mismo no se encuentra muy bien, Josh, vamos a entrar a Walgreens .

—Ya me pareció que no tenías buen aspecto —me dijo Josh, mirándome con preocupación. ¿Tan mala cara tenía?—. Mañana hablamos, Piper, si estás recuperada como para volver a la oficina, claro.

—Allí estaré —aseguré. No había faltado al trabajo por enfermedad desde que cogí la gripe hacía ya unos años. Me pasaba literalmente el día trabajando.

Tras despedirnos, entré en la farmacia. Cogí un medicamento para el resfriado de la estantería, pero lo volví a dejar en su sitio.

No me parecía que estuviera resfriada, de modo que me acerqué a una de las farmacéuticas y le pedí consejo.

Evaluó la posibilidad que quizá hubiese comido algo en mal estado y me aconsejó que no tomara ninguna medicina. Vaya, he venido hasta aquí por nada.

Después nos dirigimos directamente al ático. Agatha estaba dando de comer a Charlotte cuando llegamos. Ver a esa cosita me hizo sentir mucho mejor.

—Hola, chicos —saludó Agatha.

—Lo siento, llegamos un poco tarde —respondió Beckett.

—No te preocupes. No me importa quedarme un rato más con Charlotte.

Una vez terminó el biberón, Agatha la hizo eructar. Yo lo habría hecho encantada, pero no quería arriesgarme a contagiar a Charlotte.

Era la cosa más bonita del mundo y me moría por besarle los mofletes. Hacía poco habíamos descubierto que no le gustaban los besos, sino el contacto mejilla con mejilla o nariz con nariz.

Beckett la cogió mientras yo acompañaba a Agatha a la puerta. Cuando volví, Charlotte soltó un enorme eructo. Suspiré y Beckett me miró con una expresión extraña.

—¿Qué? —pregunté.

—Me gusta que formes parte de la vida de Charlotte.

—A mí también me encanta. Te quiero mucho, pequeña.

Sentía que éramos una verdadera familia y mi felicidad era total. Beckett estuvo pendiente de mí el resto del día: pidió sopa de pollo y se acurrucó en el sofá conmigo.

—¿Cómo te encuentras? —preguntó cuando me acosté en la cama.

—Igual. —A pesar de las náuseas, parecía que no iba a vomitar.

***

Pero tuve que tragarme mis palabras. A la mañana siguiente vomité nada más levantarme; no conseguía aliviar las náuseas. Al salir del baño, oí los pasos de Beckett y Charlotte por el apartamento, indicando que ya se habían levantado.

—¡Buenos días! —anuncié en voz alta para que supiera que estaba despierta.

Se apresuró a entrar en el dormitorio principal. Llevaba ropa de deporte y Charlotte un conjunto abrigado.

—¿Vas a algún sitio? —pregunté.

—Sí, Agatha no puede venir hoy. Mi madre vendrá a hacerle el relevo, pero llegará más tarde. Voy a llevar a Charlotte a dar un paseo porque está muy inquieta. ¿Cómo te sientes?

—Mal, pero se me pasará —respondí, restándole importancia—. ¿Cuánto tiempo estarás fuera?

—Media hora, cuarenta minutos, más o menos. Depende de Charlotte.

—No sé si seguiré aquí para entonces. Tengo una vídeollamada con Josh.

—Entonces hablamos más tarde. Te quiero —dijo, y me derretí.

—Yo te quiero más. Pero no te voy a besar para evitar contagiarte.

—Odio que estés enferma, cariño —dijo con el ceño fruncido—. Que te mejores.

Quería ir con ellos a dar un paseo, pero necesitaba tumbarme en la cama un rato más. Sin embargo, ni eso pude hacer; en cuanto se marcharon, volví a meter la cabeza en el retrete.

Maldita sea. ¿Qué me pasa?

Mientras me lavaba la cara, repasé mentalmente lo que había comido el día anterior, sin encontrar nada que pudiera ser la causa. ¿Sería el síndrome premenstrual? Lo cual sería muy extraño porque nunca había padecido molestias menstruales.

Ahora que caigo, ya debería haberme venido la regla.

Calculé mentalmente la última vez que me había venido.

¡Dios mío! Con toda la emoción del rodaje del anuncio ni siquiera me había dado cuenta de que llevaba una semana de retraso.

Tragué saliva y el corazón se me disparó. Jamás se me retrasaba más de dos o tres días. No podía ser. Beckett y yo siempre usábamos condón. A ver… claro que hubo preliminares sin preservativo alguna que otra vez, pero ¿podía quedarme embarazada solo por eso?

En cualquier caso, mi periodo se había retrasado.

Saqué mi teléfono y busqué la farmacia más cercana antes de recordar que había una justo al lado de su edificio. Tenía que salir de dudas.

Me vestí rápidamente y bajé en el ascensor. Salí del edificio y entré a la farmacia.

Fui directamente al pasillo de productos de higiene íntima y cogí una prueba. Solo tenían una básica con rayas, ningún kit digital, pero no importaba. Necesitaba saberlo.

Cuando me acerqué a la caja, la dependienta me miró con preocupación:

—¿Te encuentras bien?

Negué con la cabeza. Era evidente que se había dado cuenta de mi nerviosismo.

—Cruzaré los dedos por ti —dijo con una sonrisa.

—Gracias.

Mi corazón latía tan rápido que ni siquiera me dio tiempo de sentir miedo o euforia. Estaba hecha un manojo de nervios y necesitaba salir de dudas cuanto antes.

Cruzaba los dedos para no toparme con Beckett antes de hacerme la prueba. No sabía cómo reaccionaría, y quería ver el resultado sola.

Tras pagar, volví al edificio y corrí hacia el ascensor, respirando hondo. Menos mal que Beckett me había dado una llave.

Una vez en su casa, fui directa al baño y leí las instrucciones con atención. Era la primera vez que me hacía una prueba de embarazo. Parecía bastante sencillo: solo había que orinar en la varilla y esperar.

Cerré los ojos después de programar el temporizador en mi teléfono con el tiempo indicado. Cuando sonó la alarma, me sobresalté y miré la prueba.

Dos rayas.

Estoy embarazada.

Ojalá hubiera comprado más pruebas para confirmar el resultado, pero en lo más profundo de mi ser sabía que era cierto. Estaba embarazada. ¡ De Beckett ! Eso explicaba el malestar, que me sintiera tan débil y, por supuesto, el retraso. Por eso tenía ganas de vomitar continuamente.

Y, por extraño que fuera, estaba feliz.