Un padre soltero inolvidable Capítulo Veinticinco
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Capítulo Veinticinco

BECKETT

—¿Cómo te sientes sin Charlotte en casa? —preguntó Piper, mientras me servía un whisky con hielo en el bar de mi casa.

—Es un poco raro, pero también estoy eufórico —respondí, rodeándole la cintura con un brazo y llevándola hacia el salón. Con la otra mano sostenía mi vaso.

—¿En serio? ¿Y eso?

—Porque te tengo toda para mí.

Me preocupaba un poco que Charlotte no pasara la noche conmigo, pero confiaba en mi madre por completo. Sabía que mi pequeña estaría segura, feliz y bien atendida. Además, si pasaba algo, estaba a solo una llamada. En ese momento quería disfrutar de mi chica y dedicarle toda mi atención.

—Quédate justo ahí, frente a la ventana —le pedí.

Podía ver su silueta reflejada en el cristal a pesar de la penumbra. Nunca me cansaría de mirarla. La anticipación de lo que estaba por venir esa noche me nublaba el juicio. Estaba preciosa con su vestido, pero, como siempre, me daba igual qué ropa llevara… quería desnudarla por completo.

Piper tenía una figura atlética: brazos tonificados y unas piernas largas que me envolvían con facilidad. Encajaba perfectamente conmigo.

Se humedeció los labios y bajó la mirada:

—¿Me quito los zapatos?

—No. —Me acerqué para quitarle el vestido sin más preámbulos, dejándola solo en un conjunto muy sexy de lencería negra y tacones rojos—. Llevo queriendo hacer esto desde que te vi.

—Mmm… lo había intuido por tu mirada.

—Llevo mucho tiempo queriendo estar a solas contigo en mi casa.

—¿Para hacer qué? —preguntó mientras la alejaba de la ventana y la recostaba contra la mesa del comedor.

—Para follarte fuerte y hacer que tus gritos atraviesen las paredes.

—Mi respuesta la hizo estremecer. Jadeó cuando le rodeé la cintura con un brazo y la levanté para colocarla sobre la mesa.

Pasé la lengua por encima de sus bragas—.

Joder… Esta noche haré que te corras muchas veces, te lo prometo. No querrás irte de aquí nunca más.

Piper se humedeció los labios y echó la cabeza hacia atrás mientras me sentaba en una silla y movía el pulgar arriba y abajo sobre sus bragas.

—Y que lo digas… —susurró, pero aún no estaba excitada; la tela estaba seca.

Apoyé mi vaso vacío sobre la mesa y le desabroché el sujetador con la otra mano, dejándolo caer hasta su cintura. No esperé a que lo apartara antes de llevarme un pezón a la boca, inclinando su torso hacia delante para poder acceder a su pecho.

Me tomé mi tiempo, saboreando el momento antes de lamer y luego succionar su pezón. Entonces noté cómo se le humedecían las bragas. Pasé al otro pecho al tiempo que le pasaba el pulgar por la tela de sus bragas y recorría todo su sexo.

—Beckett —susurró, retorciéndose sobre la mesa, presa de una mezcla de placer y tensión.

Al ver el vaso vacío se me ocurrió una idea.

—¡Beckett! —gritó un segundo después, al sentir el roce de un cubito de hielo sobre su pecho.

Tras devolver el hielo a su sitio, volví a tomar su pezón en mi boca, y ella se empapó aún más, humedeciendo mis dedos.

La acerqué al borde de la mesa, la levanté ligeramente para deshacerme de su ropa interior. Separé de nuevo sus muslos y, sin dejar de mirarla a los ojos, bajé mi boca hasta su sexo. Empecé a chupar su clítoris con movimientos delicados. Su rostro se transformó, y su labio inferior tembló.

Introduje mi lengua en su apretado calor y su cuerpo se tensó.

Acto seguido, comencé a alternar penetraciones de lengua con suaves lametones a su clítoris, buscando llevarla al límite.

Unos segundos después centré mi boca en su punto sensible e introduje un dedo en su abertura.

¡Joder, qué apretado lo tenía! Al ver que no era suficiente, deslicé otro dedo.

—Beckett, Dios mío —jadeó, tocándose el pecho con una mano. Cuando aparté mi boca, se llevó la otra mano a su entrepierna.

—Eres insaciable, preciosa.

—Lo necesito —susurró.

—Me vuelves loco.

Me incliné sobre ella y la besé con una intensidad desenfrenada.

Me encantaba penetrarla con mis dedos y sentir el roce de sus uñas mientras se masturbaba.

Entre gruñidos, acaricié sus pechos con mi mano libre, mientras sus paredes internas se contraían alrededor de mis dedos y sus caderas se movían frenéticamente.

Casi me corro con los pantalones puestos. ¿Cómo era posible que aún no me los hubiera quitado? Debería al menos haberme aflojado el cinturón para aliviarme un poco. Pero en ese momento, no podía dejar de tocarla. Estaba tan cerca de su orgasmo que no quería arriesgarme a que se le escapara.

El clímax la alcanzó más rápido de lo que pensaba.

Retiré mis dedos solo para volver a embestirla con fuerza, y fue suficiente para que ella explotara.

Aparté mi boca; quería escuchar sus gritos de placer.

Fue incluso más glorioso de lo que había imaginado.

Qué privilegio verla sucumbir de ese modo: sus jadeos desenfrenados, sus ojos cerrados con fuerza y la boca abierta mientras todo su cuerpo se sacudía sobre la mesa.

Piper retiró su mano de su sexo, pero continué frotándola, sabía que todavía lo necesitaba. Su rostro se tensó, cargado de deseo.

Quería hacer que se corriera allí mismo, en la mesa del comedor de mi casa, todas las malditas noches de mi vida. Piper me pertenecía.

Pronto, sus temblores disminuyeron, aunque siguió moviendo las caderas y frotándose contra mis dedos.

La levanté de la mesa, queriendo cambiar de posición para follarla.

—Beckett… —murmuró, abriendo los ojos. Tenía la mirada desenfocada.

—Date la vuelta.

Piper asintió y se giró lentamente, ofreciendo su culo perfecto e irresistible hacia atrás. Iba a hacerla mía así.

Puse una mano en su espalda y dije:

—Preciosa, túmbate en la mesa. Voy a follarte aquí mismo. Luego iremos al dormitorio.

—Sí, sí. Por favor, fóllame donde quieras. Soy toda tuya.

Me desabroché los pantalones, recordando justo a tiempo que necesitaba un condón.

Menos mal que siempre llevaba uno en la cartera; así no me separaba de mi chica ni un segundo.

Me lo puse y, para aumentar su excitación, presioné mi miembro contra una de sus nalgas mientras le pasaba un cubito de hielo por la otra.

Estaba llegando a mi límite, algo que no había previsto.

—¡Beckett! —gimió, llevando sus caderas hacia atrás.

Tras desechar el hielo, llevé mi mano a su centro y un sonido gutural la atravesó por completo.

—Qué mojada estás, ¿quieres que te la meta, verdad?

—Sí, por favor. No puedo esperar más —suplicó.

—¿Aunque ya hayas tenido un orgasmo? —me burlé, pero me estaba colocando en su entrada.

—El orgasmo estuvo bien —dijo, mirándome de reojo—, pero ahora quiero tu polla.

—Me encanta que digas guarradas —respondí, acariciándole la entrepierna y aumentando su lubricación.

—Beckett, por favor. ¡Por favor!

Mi polla estaba a punto de explotar, pero me centré en estimular su clítoris. Quería llevarla al límite otra vez y darle tanto placer que hasta le costara caminar.

Sus piernas comenzaron a temblar y le di una palmada firme en el trasero.

Piper gimió.

—Madre mía, ¡voy a correrme! —Le di otra palmada—. ¡Voy a explotar!

La penetré justo antes de que llegara el orgasmo, y retiré mi mano de su sexo para permitir que cabalgara su clímax sacudiendo toda la parte superior de su cuerpo.

—Joder, no sabes cómo te quiero, preciosa. Verte explotar es adictivo.

Esperé a que recobrara el sentido y sus músculos internos se relajaran para comenzar a embestirla. Cada terminación nerviosa de su cuerpo estaba al límite y como yo no hacía más que echar leña al fuego, era evidente que pronto volvería a correrse.

Puso una mano sobre la mesa para apoyar la frente, y con la otra comenzó a recorrer su muslo. Sabía lo que necesitaba.

—Tócate —le ordené mientras la penetraba.

—No sé si pueda volver a correrme… voy a colapsar.

—Estarás bien, preciosa. Necesitas otro orgasmo. Confía en mí, te encantará.

Llevó la mano a su entrepierna y sentí sus dedos rozar mi polla. En el momento en que se tocó el clítoris, un gemido gutural vibró a través de todo su cuerpo.

—¡Beckett! —gritó, contrayéndose con fuerza.

Piper tenía un poder único sobre mí. Si bien yo era quien tomaba las riendas y le daba indicaciones precisas de lo que quería que hiciera, ella era la dueña absoluta de mi placer.

A medida que me movía más rápido, llevaba sus caderas hacia atrás.

—Esta posición no te satisface, ¿verdad?

—No —confesó.

Tuve que cambiar el ángulo; la ayudé a enderezarse para que su espalda quedara contra mi pecho. Piper se amoldó al segundo siguiente sin quitar la mano de su sexo. La embestí sin piedad; necesitaba llegar a lo más profundo.

—Eres irresistible —le susurré al oído, y ella gimió—. Me encanta metértela hasta el fondo y que grites de placer… Eres increíble. —Al ver que ella no dejaba de jadear, pregunté—: ¿Te calienta que te diga que tu coño me vuelve loco?

—¡Sí, me encanta!

Sus piernas comenzaron a temblar y supe que no aguantaría mucho más. Tampoco podía mantenerse en pie.

—Apoya las manos sobre la mesa.

—No —jadeó.

—Yo me encargaré de tocarte, preciosa. Te lo prometo.

—¡Ay, Beckett! Te quiero.

Dejé de embestirla y la miré directamente a los ojos. No me había dado cuenta de lo mucho que necesitaba oír esas palabras. Ahora éramos uno.

—Piper, te quiero, ¡joder!

Llevé mi mano a su clítoris antes de que ella retirara la suya.

Empecé a tocarla con nuestros dedos entrelazados, y eso bastó para que explotara.

Piper se contrajo con tanta fuerza que me arrastró con ella y desencadenó mi propio orgasmo.

No me lo esperaba; pensé que me llevaría más tiempo.

Me entregué con salvaje abandono hasta que ya no pude moverme más.