Capítulo Veinticuatro
PIPER
Cuando Beckett dijo que su familia vivía en una mansión, imaginé una propiedad fastuosa, pero lo que vi superó todas mis expectativas. Nada más entrar me quedé boquiabierta: la casa tenía alas independientes de dos plantas. No eran dependencias sino alas enteras.
Beckett me explicó que, gracias a esa distribución, sus abuelos y sus padres podían convivir en paz. Aun así, me parecía lógico que vivieran con ese nivel de lujo y comodidad si podían permitírselo.
Estaba tan nerviosa que no dejaba de besar la cabeza de Charlotte. Cuando Beckett quiso colocarla en el portabebés, protestó con furia y me ofrecí inmediatamente para llevarla, por supuesto.
Estaba muy a gusto en mis brazos y gorjeaba. Esa pequeña criatura me había robado el corazón, y disparado mi instinto materno. En ese momento, se llevó las rodillas al pecho, se acurrucó y soltó un suave suspiro. Era adorable.
Beckett me guió por la casa, con un brazo alrededor de mi espalda.
—Veamos quién está en la cocina. Seguro que hay alguien allí.
Caminamos hasta la puerta más cercana y entramos.
La cocina era enorme, con una gran isla en el centro.
A diferencia del ático y su distribución abierta, la mansión tenía habitaciones bien definidas y, a juzgar por lo que había visto, todas las estancias eran inmensas.
Efectivamente, Isabeau, Celine y Xander estaban allí.
—¡Hola! —nos saludó la hermosa mujer que estaba al lado de su hermano.
—¡Hemos llegado! —anunció Beckett, y cuatro pares de ojos se volvieron hacia nosotros.
—Tú debes de ser Piper —dijo la mujer, acercándose a mí—. Soy Bailey.
—¡Ah, la célebre fabricante de pralinés!
—Sí —respondió con una enorme sonrisa—. Ya que estás aquí, ¿qué te parecieron los pralinés de lila? Le pedí a Beckett que me diera su opinión, pero no dijo nada.
—Se me olvidó por completo —respondió él, dándose un golpe en la frente.
—Estaban deliciosos —le aseguré.
Bailey sonrió con entusiasmo:
—Gracias. Era una receta nueva. ¿Y en comparación con los bombones normales?
—Todos estaban deliciosos; no puedo decir que haya notado una gran diferencia por el sabor a lila.
—Oh, no. —Bailey parecía decepcionada. Para mi sorpresa, Celine e Isabeau también.
¿Estás tres están tramando dominar el mundo con lilas? ¿De verdad?
—¿Están todos en la sala? —preguntó Beckett.
—Sí —respondió Xander.
—¿Podemos ayudar en algo? —ofrecí.
—Oh, no, no hace falta. Estábamos comprobando la cocción de la carne, pero todavía le queda un poco. ¿Por qué no vamos al salón? —sugirió Celine.
—Claro —respondió Beckett.
Yo seguía sosteniendo a Charlotte, que intentaba trepar por mis pechos para alcanzar mi cuello. Era como un pequeño torpedo; se movía con facilidad, y le sujetaba la cabeza con una mano para mantenerla segura.
—¿Estás bien? ¿Quieres que la coja? —preguntó Beckett.
—¡No! —respondí con un tono excesivamente posesivo.
Él se rió y me besó en la sien antes de ponerme el brazo alrededor de los hombros.
—Eres adorable —me susurró al oído.
Acurruqué a Charlotte aún más. Me sentía feliz así, con su brazo y nuestra pequeña en mi pecho.
Dios mío, nuestra pequeña ¿Pero qué estoy pensando?
Tenía que controlar mi deseo de tener un hijo. Adoraba a Charlotte, pero no era su madre, y más me valía recordarlo.
Aún así sentía una inmensa alegría.
El enorme salón era muy elegante, a falta de una palabra mejor, y tenía una chimenea frente a los sofás. En invierno debía de ser de lo más acogedor.
—¡Hola a todos! —dijo Beckett al entrar.
Se hizo un silencio ensordecedor que duró un segundo, hasta que varios se levantaron para acercarse a saludar.
Una niña que parecía tener once o doce años se acercó a nosotros. Supuse que se trataba de Bella. También vi a uno de sus hermanos con un bebé en brazos, ¿Chad, tal vez?
—¡Tío Beckett, has traído a tu novia! Y a la pequeña Charlotte.
Se había referido a mí como su novia. Bella ya me caía bien.
—¿Puedo cogerla? —me preguntó.
Suspiré. No quería soltarla, pero ella estaba tan emocionada que no tuve el valor de decirle que no. Miré a Beckett que pareció leerme el pensamiento:
—Por supuesto que puedes, y luego se la devuelves a Piper, ¿vale?
¿Era normal que quisiera tener en brazos a esa tierna bebé todo el tiempo? Se la pasé a Bella y me sorprendió lo bien que le sujetaba la cabecita.
—Lo estás haciendo muy bien —dijo Beckett.
—Lo busqué en YouTube y les pedí a mamá y papá que me enseñaran a coger a mi hermana.
Ah, claro. Es la hermana mayor de Simone . Empezaba a recordar el árbol genealógico.
Mi corazón dio un vuelco. Era entrañable que llamara “mamá” a la nueva esposa de su padre.
No es la misma situación, me recordé. Apenas estaba empezando a salir con Beckett.
Pero ya era demasiado tarde. Mis hormonas estaban revolucionadas.
Cuando aparté la vista de Bella y Charlotte, me di cuenta de que toda la familia se acercaba hacia nosotros. Dos hombres mayores encabezaban el grupo.
—Piper, encantado de conocerte. Mi esposa me ha hablado de ti. Soy David, el esposo de Isabeau.
—Hola, David. Encantada de conocerte —dije, estrechándole la mano.
—El placer es nuestro, Piper —añadió el hombre que estaba a su lado—. Soy Félix, el marido de Celine. Hemos oído que nuestros hijos ya te han dado la bienvenida a la familia. Ya era hora que te conociéramos.
Eché un vistazo a Beckett, que no parecía en absoluto sorprendido del comentario de sus abuelos. Más bien al contrario, les sonreía.
—A ver… ya conoces a mis abuelos. ¿Te he presentado a todos mis hermanos? —preguntó.
—Sí, creo que sí —asentí, aunque estaba un poco confundida.
—Y ahora es el momento de que nos presentemos las chicas —dijo la mujer que estaba junto al hermano que sostenía el bebé—. Soy Scarlett, la chef de LeBlanc-Broussard . Esposa de Chad y madre de Bella y de mi hija, Simone.
—Hola, Scarlett. Encantada de conocerte a ti y a tus hijas. ¿Qué edad tiene Simone? Me encanta ese nombre.
Y así una tras otra, se presentaron especificando a qué se dedicaban.
Lo cual me vino de perlas porque me resultaba más fácil recordar que la impresionante mujer que estaba junto a Julian era la propietaria de Books había empezado a inquietarse un poco. Estaba bastante segura de que serían gases, y logró calmarla bastante rápido.
Su respuesta me entristeció. Pero, ¿qué pretendía? ¿Que se levantara y gritara a los cuatro vientos que se moría de ganas de tener un hijo conmigo? Se acababa de enterar que era padre, era lógico que estuviese agotado.
—Bella —intervino Chad cuando las risas se apagaron y nos movimos hacia el salón—. No se pueden hacer ese tipo de preguntas así como así.
—Bueno, pero es que mi tío Beckett siempre dijo que no quería hijos, ni casarse, y de repente tiene una hija y una novia…
Miré a Beckett, que se reía sin parar. Era obvio que jamás se enfadaría con su sobrina; era solo una niña haciendo un comentario sincero y directo.
—Está bien, pero hay formas y formas —le aclaró Chad mientras apartaba a Bella un poco del grupo.
—Chad, no pasa nada —intervino Beckett—. De verdad que no me molesta; Bella siempre me hace reflexionar.
Cuando todos nos sentamos, Anthony y Xander se dirigieron a Beckett.
—Queremos pedirte disculpas, hermano —dijo Xander.
—Genial. Llevaba tiempo esperando este momento —respondió Beckett con una sonrisa burlona.
Al ver que yo echaba la cabeza hacia atrás, preguntó:
—¿Qué?
—Es que nunca te había escuchado con ese tono chulesco.
—¿Ese tono de sabelotodo? —preguntó Anthony—. Solo lo usa con nosotros.
—¿Me hacéis el favor de recordar vuestra advertencia? —preguntó Beckett.
Me quedé sin aliento:
—¿Le dijisteis que se mantuviese alejado de mí ?
—Pensamos que seguía siendo el mismo prenda de siempre. Era nuestro deber como hermanos recordarle que ahora que es padre tenía que cambiar. Pero, de nuevo, te pedimos disculpas —admitió Xander, mirando a Beckett, que estaba ocupado mirando alrededor de la sala.
—¿Lo habéis oído todos? ¡Xander se está disculpando y reconociendo que se equivocó conmigo! —gritó Beckett, y no pude evitar reírme. Qué tonto.
—Nunca me lo va a perdonar. Pero me lo merezco —repuso Xander.
—En su defensa, nadie daba un duro por él —añadió Chad.
Scarlett estaba dando de comer a su hija y me pregunté si Charlotte también tendría hambre.
Una pareja entró por la puerta del salón y supe al instante que eran los padres de Beckett.
—Llegamos tarde otra vez. —Se acercó a mí y dijo—: Hola, soy Adele. Tú debes de ser Piper.
—Sí, encantada de conocerte.
—Este es mi marido, Remy.
Mientras les daba la mano, parte del grupo se fue retirando, incluida Isabeau de la mano de Bella. Beckett volvía a tener a Charlotte en brazos. Simone observaba con interés a su pequeña prima mientras Scarlett seguía dándole de comer.
Volvieron unos minutos más tarde. Isabeau traía la carne, Zachary y Grace los platos, y Julian la ensalada.
—¡La carne está lista! —anunció Isabeau.
—A comer. La mesa está puesta —anunció Celine.
—Mamá, no me dijiste que cocinarías esta noche. Podría haberte ayudado —dijo Adele.
Celine frunció la nariz:
—Hija, no te ofendas, te adoro con locura, pero tu admirable talento artístico no se refleja precisamente en la cocina.
—Lo sé —respondió Adele—. Solo decía que podría haber ayudado , nada más.
—Yo también puedo venir y preparar la cena para estas reuniones —se ofreció Scarlett.
Isabeau arqueó una ceja. Estaba claro que no quería que le quitaran el mando de la cocina.
—Lo siento, retiro lo dicho —rectificó Scarlett, al percatarse de la situación.
Chad le rodeó los hombros con un brazo y le besó la cabeza. Parecía que todos los hombres de la familia eran así de cariñosos.
Un segundo después, cogió a Simone de los brazos de Scarlett y la sentó en su regazo. La niña sonrió al ver la carne asada.
Me encantaba estar con ellos. La dinámica familiar era especial y lo estaba disfrutando muchísimo.
—Te has salvado por los pelos, cariño —comentó Chad.
—Hago lo que puedo, pero muchas veces meto la pata a fondo —respondió Scarlett mientras nos sentábamos todos a la mesa.
—Comamos antes de que se enfríe —dijo Celine.
Beckett puso a Charlotte en el portabebés, que era la forma más cómoda de poder comer. A ella le encantaba, pero eso significaba que yo no podía cogerla en brazos.
—¿Por qué no servimos las bebidas y brindamos? —sugirió Isabeau.
—¡Sí, sí! —respondieron todos al unísono.
Había botellas de vino blanco y tinto sobre la mesa, así como varias jarras de agua y zumo. Cada uno se sirvió lo que le apetecía beber.
Beckett se aclaró la garganta:
—Me gustaría hacer un brindis, si te parece bien, Isabeau. Me pareció que tenías ganas de decir unas palabras.
—Estoy segura de que vas a decir lo mismo que tengo en mente —respondió su abuela.
—Ya lo creo. Bueno… todos sabéis cómo ha cambiado mi vida en este último tiempo, y quería daros las gracias por estar a mi lado.
—Me miró y añadió—: También quiero dar las gracias a mi preciosa novia, que también me ha cambiado la vida, por el amor que siente por mi hija. Nunca me había imaginado algo así.
¡Novia! Me iba a estallar el corazón. Quería decir algo en voz alta, pero no pude. Me limité a asentir y sonreír mientras todos brindaban y él volvía a sentarse.
Se inclinó hacia mí y me susurró:
—Te quiero, Piper. Muchísimo. Quería decírtelo en otro momento, pero ha salido así.
Sentí que iba a caerme de la silla. Ese hombre tan guapo acababa de declararse, allí mismo, delante de su familia. No podía creerlo. Me había dejado sin palabras.
Todos hablaban de Charlotte y de cómo le había cambiado la vida, y aproveché ese momento para sacar mi teléfono y escribir en notas: Yo también te quiero, pero si lo digo en voz alta, me largaría a llorar. Giré la pantalla para que él pudiera verla.
Su rostro se iluminó con una sonrisa enorme y se acercó otra vez a mi oído:
—No te preocupes, tendrás muchas oportunidades para decírmelo luego.
Y eso era precisamente lo que pensaba hacer. Darle todo mi cariño, y a su preciosa hija también.
***
Después de comer, Adele y Remy nos llevaron a visitar la habitación de la bebé. Charlotte estaba en mis brazos, apoyada en mi pecho, completamente tranquila.
Entramos y no pude evitar sonreír. El empapelado rosa con nubes blancas era adorable. Había un juego de muebles color crema y juguetes por todas partes.
—Si algo no te gusta, lo cambiamos —le dijo Adele a Beckett.
—Está genial, mamá. ¿Cuánto tiempo os ha llevado preparar esto?
—Desde que nos enteramos de la existencia de este pequeño tesoro.
Beckett estaba mirando el cambiador. Habían comprado la misma máquina para preparar biberones que él tenía en su casa.
—Veo que has comprado todo lo necesario para que se quede a dormir aquí.
—¿Podemos probar esta noche?
—Sí —asintió—. Le he traído ropa de cambio y todo lo que pueda necesitar.
—No hacía falta… le hemos comprado algunos conjuntos —dijo Adele.
—Hijo, mejor no abras los cajones… están a reventar —comentó Remy con una sonrisa.
—Gracias a los dos. —Se aclaró la garganta—. Pero si durante la noche la cosa se complica, no dudéis en llamarme. Vendré a recogerla a la hora que sea.
—Tranquilo, Beckett, eso no va a pasar. He criado a seis hijos y sé perfectamente cómo manejar este aparato —dijo, señalando la máquina de hacer biberones—, así que no habrá ningún problema.
—Vale, entonces… —Besó la cabeza de Charlotte y añadió—: Será su primera fiesta de pijamas.
Parecía entusiasmado y conmovido a partes iguales. Dios, ¿cómo era posible que fuese tan atractivo y tierno a la vez?
—No sabrás qué hacer con tanto tiempo libre, ¿eh, hijo? —preguntó Remy.
La expresión de Beckett cambió al instante. Me miró y sus ojos brillaron.
Claro que sabía exactamente qué hacer esa noche.
Me quería a mí.