Capítulo Veintitrés
PIPER
Cuando Beckett dijo que conseguiría una mesa para mi familia, di por hecho que tardaría un par de semanas. Para mi sorpresa, me envió un mensaje apenas dos días después.
Beckett: Puedo reservarte una mesa para tus padres y para ti esta noche.
Respondí sin siquiera consultarlo. Estaba segura de que aceptarían encantados.
Piper: Nos encantaría, Beckett.
Beckett: Hecho, mesa reservada para las seis.
¡Genial! Mis padres se pondrían muy contentos.
Piper: ¡Muchas gracias! ¿Cómo puedo devolverte el favor?
Beckett: Pasa una noche conmigo en mi casa.
Me reí, y entonces recibí un segundo mensaje.
Beckett: Lo digo en serio. Me encantaría pasar la noche contigo.
Imposible negarse.
Piper: A mí también.
Beckett: Perfecto. Envíame un mensaje cuando terminéis de cenar y bajaré de la oficina. Hoy debo quedarme hasta tarde y Agatha cuidará de Charlotte hasta que volvamos a casa.
Me quedé mirando embobada la última frase: “hasta que volvamos a casa”. Aunque me sentía parte de su vida, no debía hacerme ilusiones. Seguro que Beckett no lo había dicho en ese sentido.
Como era de esperar, mis padres estaban muy emocionados de ir a LeBlanc-Broussard .
—¡Dios mío, no puedo creer que te haya conseguido una mesa así de rápido! —exclamó mi madre después de pedir el plato especial de la semana, gumbo de marisco.
—Es muy considerado para ser solo un cliente —comentó mi padre con cautela.
Ambos intercambiaron una mirada. Estaba segura de que mi madre lo había puesto al tanto. Aunque me resultara incómodo hablar de mi vida amorosa delante de él, me parecía bien que estuviera enterado.
—Ya que estáis aquí, aprovecho para contaros que Beckett y yo estamos saliendo.
—¡Lo sabía! —exclamó mi madre con una gran sonrisa.
—Está bien —asintió mi padre—. Espero que sea mejor que el inútil de Fred.
—¡Chris! —lo reprendió mi madre.
—Lo siento. —Levantó las manos en señal de disculpa—. No volveré a mencionarlo.
—Te lo agradezco, pero que sepas que no se parece en nada a él. Beckett es todo un caballero —aclaré.
—Estamos muy contentos por ti, cariño, y no hace falta entrar en detalles. A menos que quieras, claro. —Al ver que mi madre apretaba los labios, supe que tenía mil preguntas.
—¿Qué me quieres preguntar, mamá?
—¿Cómo está su hija?
—Preciosísima y creciendo muy rápido —respondí con una sonrisa—. Mi fiebre por los bebés se ha disparado.
Mi madre se rió, y mi padre, frunciendo el ceño, preguntó:
—¿El bebé tiene fiebre?
—No, papá —respondí con una carcajada—. Es solo una forma de hablar.
Mi madre negó con la cabeza y puso los ojos en blanco, en plan “¡Hombre tenía que ser!”.
La velada pasó más rápido de lo previsto. A las siete y media, mientras pedíamos la cuenta, le envié un mensaje a Beckett:
Piper: Ya hemos terminado de cenar.
Me respondió de inmediato.
Beckett: Bajo en un minuto.
No había caído en la cuenta de que iba a conocer a mis padres. Carraspeé:
—Beckett va a bajar de la oficina y…
—¡Podremos conocerlo! —exclamó mi madre—. Qué bien.
Mi padre se enderezó en la silla y se ajustó el cuello de la camisa, intentando parecer más intimidante. Era su reacción habitual cada vez que le presentaba a un novio. Mi madre y yo nos miramos y nos echamos a reír.
El camarero regresó con los ojos muy abiertos, retorciéndose las manos con nerviosismo.
—Espero me disculpen, se supone que no debían ver la cuenta. —Tras un breve silencio, explicó—. Ya está todo arreglado.
—¿Cómo has dicho? —pregunté perpleja.
—El señor Beckett ha pagado —explicó el camarero.
—¡Ay! Qué generoso de su parte —comentó mi madre.
Sí, y más teniendo en cuenta que yo había pedido una botella de champán.
—No, tráeme la cuenta, ¿vale? Beckett no tiene por qué enterarse —le dije al camarero.
—¿En serio? Esas no son las normas de la casa —intervino Beckett al acercarse a la mesa.
—Me voy —dijo el camarero con una sonrisa de complicidad.
Después de que se retirara, hice las presentaciones:
—Os presento a Beckett. Beckett, mis padres, Darla y Chris.
Beckett estrechó la mano primero a mi madre y luego a mi padre.
—¿Cómo están? —preguntó—. Es un placer conocerlos; Piper me ha hablado mucho de ustedes.
—Gracias por la cena, muchacho —dijo mi padre—. Es muy generoso de tu parte.
—Y gracias por conseguirnos una mesa —agregó mi madre—. Hemos intentado reservar varias veces a lo largo de los años y ha sido imposible.
—De nada. Y por favor, no se molesten en volver a reservar aquí, ¿de acuerdo? Solo tienen que avisarme cuando quieran venir. Esto aplica a todos nuestros locales.
—A ver… es evidente que salir con un LeBlanc trae privilegios, pero no hace falta un trato especial —intervine.
—Tonterías. ¿Quieren otra ronda de bebidas? —les ofreció a mis padres—. Yo invito, por supuesto.
—No, muchísimas gracias. Todo ha estado delicioso, pero estoy llena —dijo mi madre, cortando a mi padre en seco, que claramente quería aceptar la invitación—. Bueno, será mejor que nos vayamos. Se está haciendo bastante tarde para nosotros; ya estamos mayores.
Así era ella. No quería interrumpir nuestros planes.
Mi padre volvió a fruncir el ceño, y mi madre tuvo que tirar de su brazo para que se moviera. Estaba segura de que él quería conversar un poco más con Beckett, y agradecí que ella se lo llevara. Todavía no me sentía lista para pasar tanto tiempo los cuatro juntos.
Cuando salimos a la calle Royal, mis padres me sonrieron:
—Ha sido una cena estupenda. Gracias, Beckett, otra vez. Espero que la próxima vez puedas venir con nosotros, ¿no? —Mi madre estaba encantada con mi novio—. Bueno, Piper, cariño, vamos a coger el tranvía.
Nos despedimos y nos dirigimos rápidamente al aparcamiento detrás del restaurante.
—Gracias por la invitación, pero no tenías por qué hacerlo —le dije a Beckett en cuanto estuvimos solos.
—No es negociable: no vas a pagar en ningún establecimiento LeBlanc-Broussard.
—¿Ah, sí? ¿Lo has decidido sin siquiera consultarme?
—Sí.
—¿Te han dicho alguna vez que eres un mandón? —lo piqué.
—¿Tienes algo en contra?
—No, la verdad es que no.
—Me alegro de que lo hayamos aclarado —respondió entre risas—. ¿Lista para ir a mi casa?
—Siempre.
—Mi peque debe de estar dormida ya —dijo con un toque de melancolía.
Dios mío, ¿se puede ser más tierno?
—Por cierto, mi familia me ha dado una sorpresa: han preparado una habitación infantil en la mansión para Charlotte.
—Qué bonito detalle.
—La verdad que sí. De hecho, me han preguntado si puede quedarse a dormir allí mañana por la noche.
—¿Y qué te parece? —pregunté.
—Al principio me sorprendió, pero después he pensado que estaría bien que mi hija se vaya acostumbrando a estar en su casa. Mañana iré a la mansión con Charlotte. ¿Te gustaría acompañarnos?
—¿Para conocer a tu familia?
—Sí. Aunque creo que ya los conoces a todos.
—Pero esto es… diferente.
—Totalmente —asintió—. Almorzaremos allí.
—¿Y de verdad quieres que vaya? —pregunté, humedeciéndome los labios. ¿Por qué estaba dudando si acababa de invitarme?
—Claro, pero solo si te apetece.
—¡Por supuesto! Es que no me lo esperaba. ¿Dónde está la mansión?
—En Garden District.
—Vale. Debería comprar algo para llevar.
—¿Por qué? —preguntó Beckett.
—No puedo presentarme con las manos vacías.
—No estarás con las manos vacías: vienes conmigo.
Puse los ojos en blanco:
—Ya sabes lo que quiero decir.
—No hace falta, y hasta puede que se ofendan si llevas algo. Se pondrán muy contentos de verte.
Sentí que estaba tocando el cielo con las manos. No me cabía tanta felicidad dentro del cuerpo. Lo nuestro iba más rápido de lo que jamás imaginé, y no tenía ninguna pega. Ni una sola.
—Perfecto, entonces mañana iré al almuerzo familiar contigo.