Un padre soltero inolvidable Capítulo Veintidós
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Capítulo Veintidós

PIPER

La semana arrancó de forma intensa. El lunes tuve que atender cinco llamadas consecutivas con clientes y no tuve tiempo para adelantar nada de trabajo.

No era lo habitual, pero cuando me tocaba un día así de ajetreado, quedaba agotada.

Por la noche, tenía la intención de repasar mi presentación para Beckett, pero terminé acurrucada en el sofá con un libro.

Al llegar a la sala de reuniones de LeBlanc-Broussard me sorprendió ver no solo al equipo de marketing y a Beckett, sino también a todos los hermanos LeBlanc.

Parpadeé varias veces. Beckett se puso inmediatamente de pie y me saludó:

—Buenos días.

—Buenas.

—Mis hermanos querían ver el anuncio.

—¡Fantástico!

—Sí, todos queremos ver los avances —explicó Xander—. Teniendo en cuenta el coste de la campaña.

—Ah, tú eres el director financiero, ¿verdad? —pregunté.

Tanto Beckett como Anthony se rieron.

—Exacto —respondió Xander sin inmutarse.

—No te preocupes, Xander. Te demostraré que la inversión merece la pena.

Todos tomaron asiento y conecté mi portátil al proyector para iniciar la presentación.

—Bien, este es el punto en el que nos encontramos: el guión está escrito y aquí tenéis un resumen detallado de las imágenes.

El boceto estaba hecho con animación, pero para el rodaje real contrataríamos actores.

Eché un vistazo a la sala: la atención era total, nadie estaba distraído con el móvil. Los LeBlanc, a pesar de no estar directamente involucrados en el negocio de las panaderías, parecían muy interesados.

Cuando terminé, miré directamente a Xander para preguntarle:

—¿Qué te parece?

—Es muy prometedor —asintió—. Aunque el retorno de la inversión, el saber si ha merecido la pena el gasto, tardará un tiempo, incluso años.

—Hermano, relájate —intervino Zachary—. A veces hay que arriesgarse y no mirar atrás.

—No es mi forma de trabajar —replicó Xander, mirándolo fijamente.

—Sí, lo sabemos —respondió Anthony con jovialidad——. Por mi parte, estoy convencido de que merecerá la pena. Tiene mucha más vidilla que los últimos que hemos tenido. Estoy seguro de que será un éxito.

—Coincido plenamente —respondí.

Xander miró su reloj:

—Tengo que irme.

Todos se levantaron de sus sillas, incluido el equipo de marketing de Beckett.

—Muy bien, sigamos con nuestras tareas pendientes —dijo Sonia.

A decir verdad, el Departamento de Marketing tenía poco que hacer, justamente por haber delegado la campaña publicitaria en nuestra agencia.

—¡Perfecto! Eso es todo —dije sin dirigirme a nadie en particular.

Beckett carraspeó:

—¿Puedes quedarte un momento? Me gustaría concretar algunos detalles.

—Claro —respondí.

¿Era mi imaginación o Anthony se había reído por lo bajo? Lo pillé intercambiando una mirada con Zachary, y Chad parecía estar luchando por no soltar una carcajada. Xander fue el único que pareció no inmutarse: se despidió y se marchó.

Vaya . Estaba segura de que sus hermanos estaban al tanto de lo nuestro.

Cuando los demás salieron de la sala, Sonia miró a Beckett:

—¿Quieres que nosotros también nos quedemos?

—No, no hace falta —respondió.

—¿Vais a hablar del presupuesto otra vez? —Sonia me sonrió—: Buena suerte.

—Sí… del presupuesto—contestó Beckett.

A juzgar por el brillo de sus ojos, eso era lo último que haríamos.

Sonia fue la última en salir y cerró la puerta tras de sí. Una vez a solas, carraspeé y ladeé la cabeza:

—Señor LeBlanc, ¿qué es exactamente lo que quiere hablar sobre el presupuesto?

Gruñó, se acercó y me dio un beso. Oh, sí . Me guió hasta la mesa, donde apoyé el trasero contra el borde. Me encantaba caer en las redes de ese hombre tan increíblemente sexy.

Se detuvo cuando ambos nos quedamos sin aliento, dando un paso atrás:

—Joder, me moría por hacer esto delante de todos.

Me reí, tapándome la boca con la mano:

—Eso sí que sería gritarlo a los cuatros vientos.

—Apenas podía prestar atención a la presentación.

—Beckett —dije casi sin aliento—, esto era importante.

—No te preocupes. Para eso estaban mis hermanos; habrían notado si había algo mal.

—¡Xander el primero! —me reí—. Aunque es un tipo duro, me cae bien. —Al ver que Beckett arqueaba una ceja, añadí—: No más que tú, obviamente.

¿Qué le pasa hoy? Se está comportando casi como un cavernícola.

—¿Ya tienes que volver a la oficina? —preguntó.

—No, pensaba comer algo por el Barrio Francés.

—Vamos juntos.

—¿Un almuerzo de negocios?

—Ni de coña.

—Me gusta que ni siquiera te tomes la molestia de fingir —respondí entre risas.

—¿Qué es lo que tendríamos que fingir? —preguntó con el ceño fruncido.

Buena pregunta .

Mi estómago rugió, y me apresuré a guardar mi portátil en el bolso.

—Vamos —dijo Beckett abriendo la puerta.

Sentí su mirada clavada en mí mientras caminábamos por el pasillo.

Al bajar las escaleras, pregunté:

—¿Tus hermanos están al tanto de lo nuestro?

—Por supuesto que sí —respondió con una risa.

—Vale, ahora entiendo todo —respondí, sintiendo mi cara roja como un tomate.

—¿Te molesta?

—No. Aunque aún no sé cómo comportarme contigo en el trabajo, pero es algo que nos concierne solo a nosotros, ¿verdad?

—Exacto, nadie tiene por qué entrometerse. Y si alguien te causa problemas…

—¿Te refieres a Josh, por casualidad?

—Sí. Tu cuéntame lo que sea.

Obviamente no iba a contarle nada. Me gustaba que fuera de caballero andante, pero era lo suficientemente adulta como para solucionar mis problemas. Si a Josh no le gustaba que saliera con Beckett, tendría que resolverlo sola.

—¿Quieres comer en LeBlanc-Broussard? —preguntó.

—¿Así, sin más? ¿No hay una lista de espera de varios meses?

—No si vienes acompañada de un LeBlanc —respondió, moviendo las cejas.

—Entonces imposible negarme.

Con una sonrisa, me guió por un estrecho pasillo con entrada directa al restaurante. Además de su enorme atractivo físico y de su preciosa hija, estaba claro que salir con Beckett LeBlanc tenía sus ventajas.

Para mi sorpresa, nos asignaron una mesa nada más llegar.

—¡No me lo puedo creer! —dije mientras nos sentábamos.

Beckett se rió:

—¿Dudabas de mi influencia?

—No, en absoluto. Pero espero que nadie se quedara sin mesa por nosotros.

—Por supuesto que no. Siempre tenemos dos mesas reservadas, por si acaso.

—¿Por si viene algún familiar?

—Más que nada por si aparece alguien importante. Es más fácil conseguir una mesa para dos que para un grupo.

Cogí el menú y lo examiné:

—Me encanta que tengáis los menús en la mesa.

—Fue idea de Xander. Nos ahorra aproximadamente veinte minutos, lo que es de gran ayuda para el personal.

—¡Vaya! A tu hermano no se le escapa nada, y qué bueno es reduciendo costos.

—Y que lo digas. Bueno, ¿ya sabes qué vas a pedir?

—¡Por supuesto! —Sonreí—. La célebre jambalaya .

—¿Sabes qué? Yo también, aunque la como con bastante frecuencia.

—¿Vienes mucho por aquí? —pregunté.

—No, pero Isabeau la prepara en su casa bastante a menudo. Está muy orgullosa de su receta, y el personal la sigue al pie de la letra.

—Qué bien —respondí, frotándome las manos.

El camarero llegó poco después y tomó nota de nuestro pedido. Después de que se marchara, suspiré y eché un vistazo al salón:

—Tengo que traer a mis padres alguna vez. Les encantaría.

—Dime cuándo que yo me ocupo.

—Ja, acabas de decir que es más fácil conseguir una mesa para dos que una de tres.

—Tú tranquila y yo me encargo.

—Gracias —sonreí—. Van a flipar. Fred nunca… —Me aclaré la garganta y bajé la mirada a mis manos. ¿Por qué demonios había pensado en él?

Beckett me miró extrañado:

—¿Fred?

—Mi exnovio.

—Háblame de él.

—¿En serio? —Me enderecé—: ¿Para qué?

—No sé nada sobre tus relaciones pasadas.

—Podría decir lo mismo de ti.

—¡Pero si yo nunca he tenido novia! —respondió con una risa sarcástica—. No sé cómo decirlo… pero creo que he sido un golfo toda mi vida.

Me eché a reír:

—¿En serio? ¿Esa es la palabra que has elegido para definirte?

—Es la verdad y no tendría sentido edulcorarlo. Ahora cuéntame de ti.

—Fred y yo estuvimos diez años juntos. —Beckett pareció sorprendido y bajé la mirada—. Sí, diez años.

—¿Y qué pasó? —preguntó, mientras el camarero colocaba una cesta con pan recién horneado y una selección de untables junto con nuestras bebidas.

—La relación no terminó bien —suspiré—. Después de tanto tiempo, se dio cuenta de que en realidad no quería casarse ni tener hijos conmigo.

—¿Le llevó diez años darse cuenta? Menuda mierda.

—Lo sé.

Y sin poder contenerme, le conté con detalle la historia de mi relación y lo mucho que había sufrido.

—Siento que he desperdiciado mis mejores años, ¿sabes? Pasé mucho tiempo esperando a que se decidiera a dar el siguiente paso.

—¿Casarse?

—No, tener un hijo. Lo del matrimonio me traía sin cuidado, pero yo siempre quise tener muchos hijos.

Beckett silbó:

—Lo recuerdo. Dijiste que querías tres. Y yo que tengo una sola y no doy abasto… no me imagino con tres niños.

Su comentario me entristeció un poco. Era absurdo que me molestara; Beckett y yo apenas estábamos empezando a salir. ¿Cómo podía pretender que quisiera tener más hijos?

—Como te decía, él nunca tuvo un detalle bonito por mis padres o por mí. Supongo que por eso lo recordé, porque te ofreciste a reservar una cena aquí y… —Uf, me estaba yendo por las ramas.

—Aún así estuviste diez años de relación —dijo Beckett.

—Lo sé. —Y no me enorgullecía lo más mínimo—.

Todo el mundo se daba cuenta; yo fui la única que no quería verlo.

Habíamos llegado a un punto muy monótono y cómodo en la relación y nos conformamos.

Nunca hablábamos sobre el futuro, y pensé que algún día simplemente sucedería…

pero claro, estaba muy equivocada. Deberíamos haber tenido esa conversación desde el principio.

Eso es todo. —Me llevó mucho tiempo darme cuenta de que la relación no iba bien, y más aún decidirme a hablar y enfrentar la situación.

—Menos mal que lo vuestro no funcionó. Si no, no te hubiera conocido —dijo Beckett.

Me sonrió y le devolví la sonrisa. Amaba estar con él.

Nos sirvieron la jambalaya en tiempo récord.

—Madre mía, ¡qué rápido!

—El gumbo , el jambalaya y algunos platos clásicos siempre salen muy rápido porque…

—Ya lo tenéis listo —terminé por él. Me relamí los labios antes de añadir—: Hora del veredicto.

—¿Qué veredicto?

—Si realmente es la mejor jambalaya de la ciudad.

—Sea cual sea tu opinión, no se te ocurra decirle a Isabeau ni que lo has considerado —dijo con una media sonrisa.

—No se me ocurriría —negué con la cabeza—. No podría aparecer por su tienda nunca más.

Me bastó con el primer bocado para darme cuenta que estaba exquisita.

—Retiro lo dicho. No sé cómo he podido pensar que no sería la mejor que he probado en mi vida.

—Eso sí se lo puedes decir a Isabeau. Así ganarás aún más puntos con ella.

—¿Necesito ganar puntos? —pregunté, dándole otro bocado a la comida.

—No, pero nunca está de más.

—Entonces se lo diré. —Me aclaré la garganta—: Ahora me toca preguntar a mí. ¿Qué te ha llevado a ser un ‘‘golfo’’ durante toda tu vida?

—Te encanta hurgar en la herida, ¿eh? —pregunté, poniendo los ojos en blanco.

—Es que has elegido una palabra bastante peculiar para describirte.

Beckett se encogió de hombros. Qué guapo era… Con razón había sido un golfo.

—No fue algo que me propusiera; simplemente me dejé llevar, y terminé así. Pero ahora, desde una perspectiva más madura, reconozco que fue una vida superficial y sin propósito.

Frunció el ceño, como si estuviera reflexionando.

—Me gustan los hombres que saben hacer autocrítica —dije.

—¿Lo suficiente como para irte a casa conmigo? —preguntó, moviendo las cejas.

—Señor LeBlanc, cuidado con sus propuestas. Corre el riesgo de que las acepte. —Entonces recordé que tenía una reunión después y me lamenté. —¡Espera! Hoy no puede ser.

—No te preocupes —se rió—. Yo tampoco puedo, a menos que volvamos al hotel.

—Esa noche fue… —empecé, sintiendo cómo me sonrojaba.

—¿Qué? —preguntó, con la mirada clavada en mí.

—Muy picante.

—Totalmente de acuerdo —respondió con una pícara sonrisa.

—Nunca había hecho algo así.

—¿Qué? ¿Ir a una habitación de hotel para follar en condiciones? —Bajó la voz a susurro, logrando excitarme al instante. Aquella misma noche me había dicho lo mismo.

—Hoy te estás portando fatal.

Se inclinó un poco hacia delante y me guiñó un ojo:

—No era mi intención. —Se enderezó y recuperó la compostura—. Bueno, ¿cuándo te gustaría venir con tus padres?

—Tengo que hablar con ellos, pero para cenar sería lo suyo. —Tras una breve pausa, añadí—: Beckett, no hace falta que te tomes la molestia.

—No es ninguna molestia —negó con la cabeza—. Te conseguiré una mesa. Tienes mi palabra.

¡Guau! Beckett LeBlanc era todo un caballero. Y eso me encantaba.