Un padre soltero inolvidable Capítulo Veintiuno
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Capítulo Veintiuno

PIPER

Fiel a su palabra, a la mañana siguiente, Beckett me llevó primero a mi casa para que pudiera cambiarme de ropa.

Charlotte durmió durante todo el trayecto, y él la vigilaba constantemente por el espejo retrovisor.

Que fuera tan protector con su hija me resultaba irresistible. Sin duda, era un hombre muy especial.

—¿Sigues queriendo ir al Barrio Francés o has cambiado de opinión? —preguntó.

—Sí, me apetece mucho. Además, les prometí a tus abuelas que pasaría por su tienda.

Beckett se rió:

—Oye, si quieres dejarlo para otro día, no pasa nada.

—La verdad es que quiero un perfume nuevo —respondí. Estaba ansiosa por ver qué fragancia habían creado exclusivamente para mí.

—Como tú quieras.

Había disfrutado de pasar la noche en su casa; no me lo esperaba en absoluto. Me desperté en mitad de la noche y escuché a Beckett arrullar a Charlotte. Me pareció surrealista, y hasta un privilegio, contemplar aquella escena tan íntima y tierna de su vida.

A medida de que nos acercamos al Barrio Francés, mi estómago comenzó a rugir.

—¿Comemos algo primero? —ofreció.

—Sí, mejor. Estoy deseando ver a tus abuelas, pero prefiero tener el estómago lleno antes de entrar en la tienda y probar lo del perfume.

—Tienes razón —dijo Beckett con una sonrisa. Me cogió la mano y me besó la muñeca sin apartar la vista de la carretera—. Está claro que te llevas muy bien con ellas.

—Son encantadoras.

—Pues no te dejes engañar por su amabilidad —se rió entre dientes—. También pueden llegar a ser muy intimidantes.

—No lo dudo.

—Y tú les gustas mucho.

—¿Cómo lo sabes? —pregunté.

—Se les nota mucho cuando alguien no les gusta; aún así han recibido y aceptado a todas y cada una de las parejas de mis hermanos.

—Qué bien.

—Con excepción de la primera esposa de Chad.

—¿Ah, sí? —Seguro que había una historia interesante detrás.

—Sarah, la madre de Bella, es la exmujer de mi hermano. Todos siempre intentaron que se sintiera una más, pero ella no hizo el más mínimo esfuerzo por integrarse en la familia.

—Qué pena.

Aparcamos en el Barrio Francés poco después. Charlotte era un angelito: Beckett la sacó de la sillita del coche y la pasó al portabebés sin que se inmutara.

Hice un puchero porque yo también quería cogerla en brazos.

Qué pesada estoy .

Más tarde lo convencería para que me la dejara llevar y acurrucarla contra mi pecho.

—¿Qué te apetece comer? —preguntó Beckett cuando empezamos a caminar.

Fuimos directamente a la calle Bourbon. Era el momento ideal para pasear por allí, antes de que anocheciera y se llenara de gente… y de olores extraños.

—¿Te apetece una magdalena de una de tus panaderías favoritas?

—¡Claro! La más cercana está en Toulouse. Pensé que me pedirías unos beignets ⁠ 1 .

—Me gustan, pero solo los como en ocasiones especiales. ¿Y tú?

—No soy muy goloso, la verdad —respondió.

—¡No puede ser! —pregunté con los ojos como platos—. ¿Te estás quedando conmigo?

—No, es en serio, no soy muy de dulces.

Durante todo el tiempo que estuvimos caminando no dejaba de mirarlo con disimulo, esperando la oportunidad de coger a Charlotte en brazos. Pero al llegar a la panadería, me dijo:

—¿Por qué no dejas de mirarme? —Se inclinó y me susurró al oído—: Y no me digas que estás pensando en sexo, porque está claro que no es el caso. —Acto seguido, volvió a enderezarse.

Hice un gesto con el dedo para que se acercara, y le susurré al oído:

—Para empezar, siempre pienso en sexo cuando estoy contigo. —Sus ojos brillaron y me alejé un paso—. Pero ahora mismo, lo que me muero por saber es si existe la posibilidad de que pueda llevar yo a Charlotte.

Beckett sonrió sorprendido:

—Esperemos a que se despierte primero. Se pone de mal humor si la muevo mientras duerme profundamente.

Sonreí en respuesta, quedándome con las ganas.

La dependienta saludó a Beckett y conversaron un rato mientras preparaban nuestro pedido. Me comí dos magdalenas y Beckett unos donuts . Ya habíamos tomado café en su casa, así que solo pedimos agua.

Mientras daba el último bocado, me preguntó:

—¿Lista para ver a mis abuelas?

—¡Listísima! —exclamé.

—Entonces, después de ti.

Me puso una mano en la espalda mientras caminábamos hacia Fragrant Delights . Al llegar y ver la tienda abarrotada, pregunté:

—¿Qué te parece si volvemos más tarde?

—No hace falta. Esperemos aquí hasta que terminen con los clientes.

Nos quedamos delante del escaparate y aproveché para admirar esa maravillosa tienda. Me encantaba que fuese acogedora y mística a la vez.

Celine salió inmediatamente a recibirnos:

—¡Hola, chicos!

—Buenos días —respondí—. Vengo a por mi nuevo perfume.

—Piper, querida, tú puedes entrar. —Luego se dirigió a Beckett con una advertencia—: No creo que sea adecuado para Charlotte; los aromas de las esencias son muy fuertes para un bebé tan pequeño.

Miré a Beckett, que intentó disimular la risa, pero no lo consiguió. Soltó una carcajada que despertó a Charlotte. Le dio unas palmaditas circulares en la espalda para calmarla y la bebé se durmió de nuevo enseguida. Beckett era un encantador de bebés, no parecía un padre primerizo en absoluto.

—Celine, Charlotte está acostumbrada a los olores de la cocina y todo eso —argumentó.

—Hazme caso —insistió.

Sospeché que querían quedarse a solas conmigo.

Beckett negó con la cabeza, luego se enderezó y me dijo:

—Ya que lo has mencionado, voy a aprovechar a acercarme al Café Du Monde a por un beignet . Avísame cuando estés lista y te recojo. O te pasas tú directamente por el local.

—Claro. —Empezaba a sentir un poco de desconfianza. ¿Por qué Celine e Isabeau querían estar a solas conmigo? Me parecía, por lo menos, extraño.

Beckett se marchó y Celine me hizo señas para que me acercara:

—Entra, chica. Isabeau y yo ya lo tenemos todo preparado. El grupo está a punto de marcharse.

Tuve el impulso de preguntar qué era exactamente lo que tenían preparado, pero no tuve oportunidad; había mucho alboroto dentro.

Isabeau se despidió del grupo, y acto seguido, me miró:

—Hola, querida. ¿Has venido con Beckett?

—Sí, quería entrar, pero Celine le dijo que no debía exponer a Charlotte a los aromas de los aceites esenciales —dije con cierta ironía.

—¡Ah, vale! —respondió Isabeau, restándole importancia con un ademán—. Entre tú y yo, es mucho más fácil elaborar un perfume en petit comité. Si tenemos gente revoloteando, todo se vuelve más complicado.

—Ah.

Tenía sentido. Quizá no tuvieran un motivo oculto después de todo.

—Bueno, aquí está todo lo que hemos preparado —dijo Isabeau, sacando un cuaderno.

Celine colocó un montón de frascos sobre la encimera—.

Ya sabemos qué notas combinan muy bien con tu piel —añadió en tono profesional—, así que vamos a conservar algunas para nuestro perfume.

La química de cada piel es única, y cuando encuentras una fórmula que funciona, se debe mantener la base.

—Por supuesto —coincidió Celine, que se quedó mirando mi vestido.

De repente, me sentí cohibida y se me escapó un bostezo:

—Lo siento. Tengo un poco de sueño.

—¿No has dormido bien anoche? —preguntó Celine con tono inocente.

—Charlotte se despertó una vez —respondí, y sus expresiones cambiaron. Isabeau parecía triunfante. Celine la miró con una sonrisa.

—Es difícil dormir con bebés tan pequeños —comentó Celine.

—No me molesta, la verdad —dije con sinceridad—. Beckett se encargó de todo, pero yo podría haber ayudado con el biberón o lo que hiciera falta. Me encantan los bebés.

Ellas ya lo sabían; les había contado alguna que otra cosa personal cuando crearon mi primer perfume.

—Manos a la obra —anunció Isabeau.

Durante los siguientes veinte minutos, me hicieron probar muchas muestras y cuando le llegó el turno a la célebre lila, decidí bromear un poco.

—Esta no me gusta nada —solté, apartando la muestra.

Se quedaron boquiabiertas y me entraron ganas de partirme de risa.

—¿En serio no te gusta? —preguntó Celine.

—No —negué con la cabeza—. Ni un poco.

—Quizás si la pruebas en tu piel, cambies de opinión —dijo Isabeau con tono inseguro.

—Si ni siquiera me gusta en el frasco, menos me gustará en piel.

—Tienes razón —agregó Celine.

Las dos parecían desanimadas. Peor aún, Celine parecía desconsolada. Así que decidí dar por terminado el cachondeo:

—Ja,ja. Perdonadme. Me estaba quedando con vosotras porque me han contado la historia sobre la lila. —Tras un breve segundo, añadí—: Debo confesar que me gusta mucho.

Celine se echó a reír, pero a Isabeau no pareció hacerle tanta gracia:

—No vuelvas a jugar así con nosotras, jovencita.

Ups . Parecía una niña de cinco años regañada por su seño.

—No volverá a pasar, señora —prometí.

—No sé qué historias has oído.

—Que tiene propiedades… ¿afrodisíacas ? —dije, sin saber muy bien cómo expresarlo.

Isabeau hizo una mueca de incredulidad y Celine negó con la cabeza:

—No, no es lo mismo. Lo afrodisíaco está relacionado con el cuerpo; en cambio la lila se relaciona con el alma —explicó Isabeau.

Estaba a punto de pedirle que me explicara lo que acababa de decir cuando me percaté que no daba lugar a controversia. Tendría que aceptar esa afirmación.

Observé a las dos hacer su magia, y cuando me entregaron el frasco, supe que me encantaría incluso antes de olerlo.

—¡Es el mejor hasta ahora!

—Nos alegra que te guste —dijo Isabeau.

—Estoy muy orgullosa de la fórmula. Creo que es una de nuestras mejores creaciones —añadió Celine.

—¿El precio es el mismo que el de los demás?

—Oh, no. Ahora eres parte de la familia, y por lo tanto, no pagas en nuestra tienda —respondió Isabeau.

Se me hizo un nudo en la garganta:

—Gracias. Sois muy amables.

Ambas me miraron con afecto.

—Escucha, no queremos presionarte a ti ni a Beckett —comenzó Isabeau.

—Creo que ninguno de los dos sois conscientes, pero hacéis una pareja estupenda —añadió Celine—. Solo queremos que nos prometas una cosa.

—De acuerdo.

—Que permitiréis que las cosas fluyan y disfrutéis del proceso.

—Por supuesto —admití—. Es mi forma de ser.

—¿Lo ves? Eres perfecta para Beckett.

Ese comentario me llenó de alegría. Las abuelas lo conocían bien y debían de tener razón. Claro que podían estar siendo demasiado optimistas, porque sus otros nietos habían encontrado a sus almas gemelas, pero ¿qué más daba?

Salí radiante con mi frasco de lila. Ya me había echado un poco en la muñeca, pero también me lo apliqué detrás de las orejas, y con una enorme sonrisa, me dirigí al Café Du Monde . No le dije a Beckett que iba de camino.

Al llegar, lo encontré sentado en una mesa. Sostenía a su hija sobre su hombro y la arrullaba. ¡Madre del amor hermoso! No sabía en qué momento había ocurrido pero Beckett me había robado completamente el corazón.

Quizás la historia de las lilas era más real de lo que pensaba.

Me acerqué a ellos sonriendo:

—No me canso de veros así.

Beckett me miró con expresión divertida y bajó a Charlotte hasta su pecho:

—¿Cómo ha ido?

—Conseguí mi perfume de lilas. ¿Quieres olerlo? —pregunté batiendo las pestañas.

—Claro.

Me incliné para que mi cuello quedara a la altura de su nariz y él inhaló profundamente. Su exhalación me provocó cosquillas.

—¡Ala! —exclamó.

—¿Qué opinas? —Me enderecé, sorprendida por su reacción.

—Huele a… —Se aclaró la garganta y, usando sus pulgares, le tapó los oídos a Charlotte—. Jodidamente sensual —dijo con un gruñido.

Le había tapado los oídos a su hija para que no escuchara. Es tan adorable .

—Creo que esa es la idea. —Dudé si debía mencionar lo que me habían contado sus abuelas, pero decidí que era un asunto personal y que me concernía solo a mí.

—Por cierto, antes de que se me olvide, ¿estarás en la oficina el martes para la reunión?

Me había reunido con su equipo varias veces durante las últimas semanas pero Beckett no había estado presente.

—Sí —confirmó—. Ya me he perdido demasiadas.

—No te preocupes. Tus empleados son muy competentes.

—Lo sé, pero de todos modos, el martes estaré allí.

Me pregunté cómo se desarrollarían las cosas entre nosotros, aunque no me preocupaba demasiado.

Todavía quedaba un beignet en su plato.

—¿Te lo vas a comer?

—No, lo guardé para ti.

Me apoyé en la mesa —tenía demasiada energía como para sentarme— y le di un bocado.

—¡Qué bueno! Todavía está calentito.

—Creía que habías dicho que te los reservabas para ocasiones especiales —comentó entre risas.

—He cambiado de opinión —respondí, encogiéndome de hombros. Aunque, para ser sincera, ese día me parecía una ocasión bastante especial.

1   Nota de la Traductora: Los beignets son unos buñuelos cuadrados de masa frita cubiertos de azúcar glas muy característicos de Nueva Orleans.