Un padre soltero inolvidable Capítulo Veinte
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Capítulo Veinte

BECKETT

Treinta minutos más tarde, llegamos a mi casa. Mi hija todavía estaba despierta y mis abuelas hacían payasadas delante de ella para entretenerla. Charlotte estaba en su sillita BabyBjörn y parecía muy atenta.

No se percataron de nuestra presencia hasta que saludé con un “Buenas noches”. Cuando se volvieron para mirarnos, tanto Celine como Isabeau se quedaron pasmadas mirando a Piper y pasaron olímpicamente de mí. Celine incluso tenía la boca abierta y yo apenas pude contener la risa.

—¡Hola! —saludó Piper—. Me alegro mucho de volver a veros.

Por primera vez, Isabeau se quedó sin palabras.

Celine fue la primera en reaccionar.

—Qué alegría, corazón. ¿Habéis estado juntos tomando algo? —preguntó sin más preámbulos, momento en el que Isabeau se recuperó del shock .

—¡Pues claro, Celine! Mira lo sonrientes y contentos que están. —Tras una breve pausa, añadió—: Es hora de irnos. Por cierto —le dijo a Piper—, estamos esperando a que vengas a comprar ese nuevo perfume del que hablamos.

Me sorprendió que no sacaran directamente las esencias de sus bolsos para prepararlo allí mismo.

—La verdad es que apenas he empezado el frasco que os compré el otro día. Pero quizá sea hora de elegir algo diferente.

—Así me gusta —respondió Isabeau, frotándose las manos con entusiasmo.

Charlotte empezó a agitar las manos y sabía lo que quería. La cogí de la sillita y apoyó la cabeza contra mi pecho.

Adoraba su suave olor a bebé. Al principio, pensaba que era su ropa, pero tras consultar en Google, descubrí que existía el “olor a bebé recién nacido”.

—Oh, mírala. ¡Es una niña de papá! —exclamó Piper.

—Por supuesto —respondí, lleno de orgullo.

Charlotte suspiró, y la abracé aún más fuerte. Su ropa de recién nacida ya le quedaba pequeña. ¿Cómo era posible que el tiempo pasara tan deprisa?

—Bueno, nos vamos ya —anunció Isabeau.

Mis abuelas besaron a Charlotte y a Piper en la mejilla antes de marcharse por la puerta.

Piper me miró con una sonrisa:

—No ha estado mal, ¿no? Y vosotros dos sois la cosa más adorable del mundo —dijo—. ¿Puedo haceros una foto?

—Claro.

—Así podré mirarla cuando tenga un mal día.

—¿Y eso?

—Me ayudará a levantar el ánimo.

¿Una foto con mi bebé le levanta el ánimo? Me parece increíble que ya le haya cogido tanto cariño a mi hija.

—Bueno —dijo Piper, humedeciéndose los labios—, me estabas contando sobre la rutina de Charlotte antes de dormir. ¿Necesitas ayuda con algo?

—¿De verdad quieres que te la cuente?

—Claro que sí —respondió con entusiasmo—. ¿Puedo cogerla?

—Adelante. A Charlotte le encanta estar en brazos, aunque los míos son sus favoritos.

Piper sonrió mientras cogía a Charlotte.

Sin perderla de vista un segundo, vi que mi hija estaba a gusto con ella. Sin embargo, debía estar atento a cualquier señal de sueño; si la ignoraba, el precio sería alto. Cuanto más cansado está un bebé, más irritable se pone y más le cuesta conciliar el sueño.

—Hola, preciosidad. Yo también te caigo bien, ¿verdad? Sé que tu padre es tu persona favorita, pero sería genial que puedas quedarte un ratito en mis brazos.

Sonreí:

—Vamos a bañarla.

Fuimos al cuarto de baño de la habitación de Charlotte, donde había dispuesto una bañera con un soporte especial para recién nacidos.

—Primero la llenaré de agua —dije, y comprobé con el termómetro la temperatura.

—Vaya, se te da muy bien todo esto —comentó Piper.

—Sigo tutoriales de YouTube —respondí entre risas.

—¿Le quito la ropa? —preguntó tímidamente.

—Claro. —Y señalando la mesa cambiadora, añadí—: Puedes hacerlo ahí mismo.

La observé atentamente para asegurarme de que lo hacía bien.

Me ha dicho que tiene experiencia con niños. ¿Por qué no consigo relajarme?

Ya, porque es mi hija .

Pero Piper parecía una experta; Charlotte no protestó ni una sola vez, solo balbuceaba en su dulce idioma infantil.

—Ya puedes meterla en la bañera —dije.

—¿Quieres hacerlo tú? Te noto un poco estresado.

—No, está bien.

Sí, estaba estresado. ¿Cómo demonios se había dado cuenta?

No me reconocía; nunca había sido una persona controladora. No tenía problema en delegar y confiaba en que la gente que me rodeaba hiciera su trabajo sin cuestionarlo. Pero cuando se trataba de mi hija, quería controlarlo todo.

Cuando vi que Piper bañaba con facilidad a Charlotte, bajé la guardia.

—Le encanta el baño, ¿verdad? ¿Le lavas el pelo con champú? —preguntó.

—No, es solo un poco de agua tibia para ayudarla a dormir.

—Te gusta darte un baño relajante, ¿verdad, pequeña? —dijo con un tono cariñoso.

Charlotte siguió arrullando.

—Le gustas mucho —le dije a Piper, quien inmediatamente se giró para mirarme.

—¿De verdad? —preguntó con la mirada llena de ilusión—. ¿No es así con todo el mundo?

—Eres la única, aparte de mí, claro, que le ha dado un baño.

—Vaya, qué privilegio.

—Ya lo creo. —Le guiñé un ojo y ella me devolvió la sonrisa.

Era un instante que no quería olvidar, un momento especial entre los tres. ¿Qué me está pasando?

Después de bañarla, volvimos a la habitación y encendimos la lámpara de luz roja.

Había leído que ese tipo de luz no alteraba la producción de melatonina ni el sueño, y parecía funcionar.

Charlotte se calmaba con mucha más facilidad desde que la compré, a diferencia de la luz de mi teléfono, que era muy perjudicial.

Piper insistió en darle un masaje a Charlotte con una crema para bebés. También quiso cambiarle el pañal, y le cedí el turno con gusto.

Verla cuidando de mi hija me generó algo que nunca había sentido.

Cuando llegué a casa con Charlotte de Nueva York, me había prometido que nadie ajeno a mi familia entraría en su vida. Pero de repente nuestros mundos se cruzaron, y empezaba a preguntarme si podríamos formar una familia.

Mi asistente le había enviado a Elle todos los documentos solicitados, y no volvió a recibir noticias suyas. Estaba claro que su madre no quería formar parte de la vida de Charlotte, y la idea de tener algo más serio con Piper no me parecía tan descabellada.

—¿Quién es la cosa más bonita del mundo? —dijo Piper mientras yo la acostaba en la cuna. Mi pequeña tenía sueño y se quedó dormida apenas tocó el colchón.

Piper se quedó asombrada.

—¿Ya? —susurró.

—Por ahora sí —respondí, encogiéndome de hombros.

Revisé dos veces la cámara del vigilabebés en mi teléfono. Estaba fijada a la cuna, pero a veces ajustaba el ángulo. Con todo terminado, le indiqué a Piper que saliera de la habitación y cerré la puerta.

—Vaya, ha sido muy fácil.

—No cantemos victoria —le advertí—. Si se despierta, no será tan fácil volver a dormirla.

—Aun así, me parece un gran logro.

Cogí a Piper de la mano y la guié hasta el salón:

—¿Quieres algo de beber? —le ofrecí.

—Té o agua. A menos que prefieras que me vaya —dijo con cierta incomodidad. Se llevó las manos a las caderas y miró a su alrededor, como si no supiera qué hacer.

—Piper, ¿qué pasa?

—No lo sé —respondió, ahuecando las mejillas—. De repente me siento muy fuera de lugar.

Aprecié su sinceridad, pero no quería que se sintiera incómoda. Ella era más que bienvenida.

—Piper, te invité a mi casa porque me encanta que estés aquí conmigo… con nosotros. —Le acaricié la cara con ambas manos y noté cómo se relajaba—. Tengo una idea peligrosa.

—¿Otra más? —bromeó—. Como me han gustado todas las que se te han ocurrido hoy, quiero saberlo.

—¿Por qué no pasas la noche aquí?

—¿Quieres que me quede a dormir? —preguntó con los ojos como platos.

—Sí. Y mañana, si no tienes planes…

—No tengo ninguno —dijo rápidamente, casi sin aliento.

—Entonces podemos hacer algo juntos. Con Charlotte también, por supuesto.

—¡Me encantaría! —Sus ojos se iluminaron cuando mencioné a mi hija.

¡Joder! ¿Se da cuenta de lo feliz que me hace estar con ella? Ni yo mismo me lo creo.

—Pero no he traído ropa de cambio.

—Podemos pasar por tu casa mañana por la mañana para que te cambies.

—Eso sería genial. —Se puso de puntillas, colocando sus manos en mis brazos—. Entonces, ¿de verdad quieres que me quede aquí?

Sí, quiero que te quedes todas las noches.

Aunque estaba completamente descolocado tuve la certeza de estar haciendo lo correcto. Aún así, era muy consciente de que mi vida avanzaba a una velocidad vertiginosa y quizá no era lo que ella buscaba en ese momento. Lo último que quería era asustarla.

—Entonces, preciosa, teniendo en cuenta que te vas a quedar a pasar la noche, puedo atenderte como es debido. ¿Quieres una copa?

—Sí, camarero. Tráigame un Sazerac y un tío bueno, por favor.

Sonreí:

—Sus deseos son órdenes, señora.