Capítulo Diecinueve
BECKETT
Entramos en el ascensor junto con media docena de personas. Y menos mal, porque de lo contrario, habría pulsado el botón de emergencia para detenerlo y hacerla mía allí mismo.
Jamás había experimentado algo así. Pero desde el momento en que la besé, supe que no saldríamos de ese hotel. La necesidad que sentía por ella era abrumadora.
Nuestra habitación estaba en la planta quince.
La recepcionista me miró extrañada cuando mencioné que solo nos quedaríamos unas horas.
No sé qué me llevó a darle esa información, no cambiaba el precio, y además le expliqué que mi acompañante no se encontraba bien.
No creía que se hubiese tragado mi mentira, pero me daba igual.
Había conseguido mi objetivo: tener a Piper completamente para mí.
Dos personas se bajaron en la planta catorce, y el ascensor subió a la nuestra.
—Ya estamos —anuncié, entrelazando mis dedos con los de Piper y apretándolos. Se abrieron las puertas y salimos al pasillo.
Oí su respiración profunda mientras la guiaba a la habitación. Deslicé la tarjeta en la ranura, abrí la puerta y entramos. La cerré de golpe y besé a Piper contra ella. Esa vez no me contuve.
Exploré su boca, enredando nuestras lenguas hasta arrancarle un gemido. Luego, le subí el vestido.
—Llevo toda la noche preguntándome qué lencería llevas puesta —susurré, besándole el cuello.
—¿Y si no llevo nada puesto?
Me empalmé al instante, pero al deslizar la mano entre sus muslos y tocar el encaje de sus bragas, repliqué:
—¿Todavía crees que puedes jugar conmigo, eh?
Le rocé la entrepierna y sus rodillas cedieron. Esa noche la poseería con tal intensidad que Piper no olvidaría nuestro encuentro en mucho tiempo.
Aparté la tela de las bragas a un lado, y toqué la piel desnuda de su sexo.
—Beckett… —le tembló la voz, y sus piernas cedieron un poco más.
—Esta noche eres mía para hacer lo que yo quiera. Lo que sea.
—Sí, por favor. Lo que tú quieras.
La besé de nuevo mientras le acariciaba el pubis. No dejaría que se corriera tan pronto, pero sí quería excitarla al máximo. Quería que se empapara y que mi polla se cubriera con sus fluidos antes de penetrarla.
Piper empezó a quitarme la ropa, yendo directamente a mi cinturón, lo que me indicó cuánto me deseaba.
Una vez desabrochado, tomé el relevo; no quería obstáculos de tela. Me aparté de la puerta, y nos adentramos en la habitación.
Saqué la cartera del bolsillo trasero antes de que se me olvidara y la dejé sobre el escritorio junto al espejo.
—¿Tienes un condón? —preguntó, humedeciéndose los labios.
—Sí, preciosa. He venido preparado.
Piper respiró hondo, cogió el envoltorio de mi cartera y lo colocó sobre borde de la mesa, como para asegurarse que no lo olvidáramos. Menos mal porque yo estaba a punto de perder la cabeza con esa mujer.
Al ver un enorme espejo rectangular, se me ocurrió una idea:
—Ponte aquí.
Piper tragó saliva, asintió, y se colocó exactamente donde le pedí.
Me apoyé contra el escritorio y añadí:
—Quítate el vestido.
Acto seguido se lo quitó por encima de la cabeza, y su cabello cayó como una cascada sobre su rostro.
—Ahora, ponte delante del espejo y tócate. Muéstrame dónde y cómo te gustaría que toque —dije, antes de levantarme del escritorio y acercarme a ella por detrás.
Piper se llevó la mano bajo sus bragas, pero como el encaje me impedía ver, decidí bajárselas. Ella las apartó de una patada cuando le llegaron a los tobillos, sin dejar de tocarse en ningún momento. Cerró los ojos, como si necesitara concentrarse para poder disfrutar de su propio placer.
Mientras le masajeaba las nalgas, recordé que aún no me había quitado toda la ropa. Iba a hacerla mía pronto y no quería ninguna prenda de por medio.
Mantuve la mirada fija en su mano, hipnotizado por cómo se autocomplacía, mientras me deshacía de la camisa. Ni siquiera me molesté en desabrochármela; simplemente me la quité por la cabeza. Cuando me bajé los vaqueros, ella abrió los ojos.
Una vez que estuve completamente desnudo, puse ambas manos sobre sus pechos y le acaricié los pezones, tal y como ella estaba haciendo con su clítoris. Tenía la polla dolorosamente dura.
—Quiero chupártela —dijo, extendiendo una mano hacia atrás para agarrar mi miembro.
—¡Uf, sí! —exclamé.
—Por favor, me apetece mucho.
—Ponte de rodillas, preciosa. Chúpamela pero sin dejar de tocarte.
Mis palabras la sorprendieron; lo noté por la forma en que jadeó y se estremeció. Acto seguido, se arrodilló y recostó el trasero sobre los talones.
—¿Así? —preguntó, mirándome.
—Exactamente así. —Agarré mi polla por la base y pedí—. Tócate.
Asintió y se llevó una mano a su entrepierna.
La observé de reojo en el espejo mientras acercaba mi polla a su boca. Froté la punta por su labio inferior y luego por el superior antes de introducirla. Piper pasó la lengua por el glande, y me agarró la base con la mano.
—¡Joder! —gemí, mientras veía cómo me acogía lentamente—. Mírate en el espejo y llévatela toda dentro. —La acomodé para que ella también pudiera ver su reflejo—. ¿Ves lo sexy y preciosa que eres?
Piper miró al espejo y gimió contra mi polla. Apostaba a que se había mojado aún más. Me encantaba ver cómo me tomaba centímetro a centímetro. Era imposible que pudiera introducirla entera, pero entre la presión de su mano en la base y su lengua recorriéndome, estaba en el puto paraíso.
Hicimos contacto visual en el espejo y mi excitación se disparó. Le agarré la cabeza, para mecerla justo como necesitaba, pero sin causarle incomodidad.
—Me encanta —dije entre gemidos.
Unos segundos más tarde, me di cuenta de que Piper estaba a punto de correrse. Practicarme sexo oral la excitaba tanto a ella como a mí.
Percibí cómo todo su cuerpo se estremecía, y sus manos no dejaban de tocarse la entrepierna. Retiró la boca y arqueó la espalda, con la cabeza hacia atrás. Ya no tenía control sobre sí misma.
Le puse una mano en el hombro para estabilizarla. En lugar de volver a penetrarla oralmente, le cogí la mano y le pedí:
—Ponte de pie, preciosa.
Ni siquiera lo dudó. La ayudé a levantarse. Sus piernas aún temblaban mientras la guiaba para que apoyara las manos a ambos lados del espejo.
—Así. Joder, te voy a follar aquí mismo.
Estaba a punto de deslizarme dentro de ella cuando recordé que no me había puesto el condón. Me incliné a la mesa para cogerlo.
—¿Qué haces? —preguntó con voz tensa.
—Ponerme protección.
—Ah, sí. Buena idea.
Con el preservativo enfundado, volví a colocarme detrás de ella.
—Mira hacia abajo, preciosa —le pedí, mientras la frotaba con mi miembro. Un simple roce bastó para que se estremeciera de nuevo.
—No puedo creer lo excitada que estoy.
Al segundo siguiente, me deslicé profundamente dentro de ella. Piper gritó, mirándome a los ojos. Me quedé quieto y bajé una mano a su clítoris.
—Nunca había hecho algo así —confesó.
—¿Como qué? —le susurré al oído—. ¿Venir a una habitación de hotel para que te follen en condiciones?
—Sí. Y me pone que digas tantas guarradas —susurró, y empezó a mecerse con la intención de volverme loco.
Lo cual consiguió en un instante.
Me retiré por completo y volví a penetrarla con fuerza. La situación era abrumadora para ambos: yo estaba al límite después de lo bien que me la había mamado, y ella estaba eufórica tras su orgasmo.
Quería sentir cada centímetro de su apretado calor, de modo que me retiré y volví a arremeter con fuerza penetrándola por completo. Mientras ella se agarraba a los bordes del espejo y cerraba los ojos, dije:
—No, Piper. Quiero que mires hasta el final.
—Es que estoy a punto de correrme.
—No pasa nada, cariño. Córrete las veces que quieras.
Piper se aferró tan fuerte a los bordes del espejo que sus nudillos se pusieron blancos. Gimió y sus labios temblaron mientras gritaba mi nombre. Se contrajo con tanta fuerza que estuve a punto de correrme. Pero quería que llegara al orgasmo por tercera vez… solo entonces me dejaría caer con ella.
Llevé una mano a su entrepierna y la otra a su pecho, acariciándola en movimientos circulares.
—Mira mi mano. No cierres los ojos —dije.
Piper tenía la vista completamente desenfocada, y en cuanto comencé a estimularle el clítoris, su cuerpo se tensó.
Estaba abrumada por los estímulos, pero era la única forma de hacer que se corriera de nuevo.
Quería que saliera de esa habitación de hotel completamente satisfecha; ese era mi único objetivo, incluso por encima de mi propio placer.
El orgasmo de Piper llegó más rápido de lo que creí posible.
—Te tengo, cariño —le aseguré cuando soltó el espejo y volvió a apoyar las manos, como si temiera caerse.
Al oírme, se relajó y echó la cabeza sobre mi hombro, entregándose a la ola. Me rendí un segundo después, y alcanzar el clímax juntos fue una gozada, una sensación indescriptible que disfruté tanto como ella.
Continué penetrándola con un salvaje abandono, persiguiendo hasta la última gota de placer. La sostenía con firmeza con una mano y me apoyaba en el espejo con la otra hasta que el agotamiento fue total.
Cuando la ola pasó, nos quedamos quietos y abrazados. Nuestras respiraciones llenaron la habitación mientras nos alejábamos del espejo para tumbarnos en la cama.
—Así está mejor —dijo—. Casi me caigo.
—No habría dejado que eso pasara.
Piper cerró los ojos y luego abrió solo uno, mirándome de reojo:
—Te he visto tambalear.
—Es verdad —admití con una sonrisa—. Pero no lo suficiente como para caer.
Piper suspiró y se tumbó en la cama con los brazos abiertos:
—Ha sido increíble. Aún no me creo que esto haya pasado.
—Yo tampoco.
De repente, se incorporó apoyándose en los codos y se levantó de la cama de un salto:
—¡Dios mío! ¿Tienes que irte, verdad? ¿Llegas tarde?
—Sí. Pero… —respondí, tomándola de la mano para que se sentara en mi regazo—. Piper, quiero pasar más tiempo contigo.
—A mí también me encantaría.
Entonces se me ocurrió una idea.
—¿Te gustaría venir a mi casa esta noche?
—Me encantaría —respondió con evidente sorpresa.
—Solo te advierto que tendrás que lidiar con mis abuelas y esperar a que acueste a Charlotte.
—Me parece un plan estupendo.
Mi corazón latía con fuerza. Aún me costaba asimilar lo que estaba viviendo: de pronto tenía una hija y planeaba un futuro con una mujer. Parecía la vida de otra persona.
—Déjame ir a asearme primero —dijo, y se dirigió rápidamente al baño.