Capítulo Dieciocho
PIPER
Beckett tenía razón: el Observatory Eleven era realmente espectacular.
Además de los enormes ventanales con vistas espectaculares a la ciudad, en el centro de la sala había un bar con una extravagante araña, así como mesas y sillones negros repartidos por todas partes.
Era una especie de bar-restaurante con un estilo muy ecléctico.
—Me encanta —dije, y cuando me volví para mirarlo, vi que se estaba riendo otra vez.
—Esta era exactamente la reacción que esperaba.
Un camarero nos condujo a una mesa junto a la ventana.
—¡Oh, asientos en primera línea! —exclamé.
—Por supuesto. Lo pedí específicamente —dijo Beckett con un guiño.
La silla era un poco más baja de lo habitual y me costó encontrar una posición que me gustara. Crucé las piernas y pillé a Beckett devorándome con la mirada. El inconfundible deseo de sus ojos me provocó una oleada de calor.
Estaba fijándose en mis tacones. Mmm . Con la intención de incitarlo, y fingiendo inocencia, me subí ligeramente el vestido como si me lo estuviera acomodando, atenta a su reacción. Sí . Su mirada se intensificó aún más.
Entonces levantó la mirada y me miró a los ojos:
—Lo estás haciendo a propósito.
—Por supuesto —sonreí—. Quería ver hasta dónde puedo…
—¿Llegar? —dedujo, y asentí—. Piper —añadió en un tono peligroso—, estás jugando con fuego.
Estaba a punto de preguntarle qué quería decir, pero justo llegó el camarero con los menús. ¿Se puede ser más inoportuno? Acaba de interrumpir un momento muy caliente . No iba a mosquearme, tenía el presentimiento de que toda la noche estaría cargada de momentos calientes.
Beckett pidió un cóctel sin alcohol y estofado de ternera. Yo pedí un Pimm’s y coq au vin 1 .
Una vez a solas, le pregunté:
—Oye, no deberías haberme recogido en coche si pensabas beber alcohol. Podríamos haber venido en Uber.
—Para empezar, jamás te invitaría a una cita en Uber. Y además, no es solo por conducir; quiero estar completamente lúcido por si ocurre una emergencia o cualquier cosa con Charlotte.
—Me parece perfecto. ¿Tienes fotos nuevas de la peque? —pregunté, y su mirada cambió.
—Le hago mil fotos cada día. —Sacó su teléfono y me lo entregó—: Mira en la galería.
—¿Estás seguro de que no encontraré nada que no deba ver?
—¿Como qué? —preguntó frunciendo el ceño.
—No lo sé. Es tu teléfono.
—Tranquila, solo tengo fotos de mi hija —respondió entre risas.
Deslicé el dedo por las fotos más recientes y me morí de ternura. Era verdad que tenía muchísimas: en la cuna, envuelta en una toalla, en sus brazos.
—Es una monada. Yo tendría un montón.
—¿Un montón de hijos o un montón de fotos? —bromeó Beckett con una sonrisa mientras le devolvía el teléfono.
—Me refería a las fotos. Pero ya que lo mencionas, soy hija única y siempre he tenido la espinita de saber cómo sería tener hermanos. Me encantaría tener tres hijos. ¿Y tú?
—Como te dije, nunca se me pasó por la cabeza tener una familia —añadió con el ceño fruncido y negando con la cabeza.
—¿Qué pasa?
—Es curioso. Cuando pienso en cómo era todo antes de Charlotte, parece otra vida, otra persona. Y solo ha pasado un mes.
—A veces la vida nos cambia radicalmente. Y está bien aceptarlo.
—Eso mismo me dice Isabeau.
—Tus abuelas son muy sabias.
—Sabias y entrometidas.
Las comisuras de mi boca se curvaron en una sonrisa.
—Entonces… ahora que tienes a Charlotte, ¿te planteas tener más hijos?
Beckett echó la cabeza hacia atrás. Estaba claro que no se esperaba esa pregunta, y menos en una primera cita.
Por otra parte, si ya habíamos tenido relaciones, ¿contaba como una primera cita?
Empecé a ponerme un poco nerviosa.
—No quería ponerte en un aprieto.
—No, es solo que… no tengo una respuesta y tampoco me lo he pensado… Quién sabe qué sorpresas me deparará el futuro.
—Cierto.
El camarero llegó con nuestras bebidas, y en cuanto se marchó, chocamos las copas.
—Tengo que reconocer que no hay nada como un Pimm’s . ¿Cuál es tu cóctel favorito?
—El Sazerac —respondió sin dudar.
—¿Por tu hermano?
—Exactamente.
—¿Cómo acabaste al mando de las panaderías?
—Era el único sector que quedaba —respondió encogiéndose de hombros—: La desventaja de ser el menor de la familia. Pero no me importó; habría aceptado con gusto cualquier rama del Orleans Conglomerate . Soñaba con formar parte del legado familiar y estoy feliz de poder contribuir.
—Tus padres deben de estar muy orgullosos de todos vosotros.
—Así es, y son maravillosos. Trabajaron mucho para conseguir todo lo que han logrado. Mi padre decía que le hubiera gustado que él o mi madre tuvieran hermanos para poder dividir los negocios y no tener que esperar a que nosotros nos hiciéramos mayores.
—¿Tu padre llevaba todo él solo?
—Bueno, tenía directores ejecutivos y empleados de confianza, por supuesto, pero no es lo mismo que alguien de la familia.
—Claro. Por mi experiencia trabajando en empresas familiares, puedo decir que la tuya se sale del molde. Vuestra vocación y compromiso son admirables.
—Así es, hacemos piña y tiramos para adelante entre todos por el mismo objetivo —dijo Beckett mientras nos servían la comida.
En cuanto vi mi plato, mi estómago rugió de hambre.
—Está delicioso —comenté tras el primer bocado—. Es la segunda vez que como coq au vin en mi vida, pero este está para chuparse los dedos.
Beckett soltó un gruñido y pregunté confundida:
—¿Qué pasa? ¿No te gusta la comida?
—Es que has dicho coq y no pude evitar asociarlo… ¿Sabes que hay una palabra en inglés que suena igual pero significa otra cosa, verdad?
—Lo sé, pero es obvio que estaba hablando de la comida —respondí entre risas.
—Es que desde que me enviaste la captura de pantalla de ese libro… —dijo negando con la cabeza.
—¿Piensas que tengo la mente sucia? —repliqué, arqueando las cejas mientras daba otro bocado.
—Exacto.
—Pues me has pillado —sonreí con aire burlón—. Ya no tengo nada que ocultar.
—Por Dios, Piper —gimió Beckett—. No sé si eres consciente de lo mucho que me provocas. Estoy a punto de pedir la cuenta y largarnos de aquí.
—¡Pero si ni siquiera hemos terminado de comer!
—Para que veas.
—Déjame comer primero. Si tienes pensado algo esta noche, necesito un poco de comida en mi estómago.
—Es justo lo que tengo planeado —sonrió con picardía, y todo mi cuerpo se encendió.
Me pregunté qué tendría en mente mientras terminaba de comer rápidamente. ¿Iríamos a su casa o a la mía?
—Puedes tomarte tu tiempo, Piper —dijo Beckett, riéndose entre dientes—. No voy a dejar que pases hambre.
—Más vale prevenir que curar. Quién sabe qué ideas se te pueden ocurrir.
Pero al final nos quedamos un buen rato en el restaurante. Incluso pedimos una pequeña bandeja con un surtido de postres.
Cuando el camarero vino a recoger la mesa, volví a ponerme nerviosa.
—¿Quieren otro cóctel? —ofreció, alternando la mirada entre ambos, pero Beckett tenía los ojos fijos en mí.
—Tú decides, Piper. ¿Quieres otra copa?
El significado de sus palabras era inequívoco. Si no pedía más nada, nos iríamos en ese preciso instante y por fin daríamos inicio a la parte sensual de la noche.
—No —susurré.
Sus ojos brillaron:
—Entonces, la cuenta, por favor.
—Por supuesto.
El camarero se dispuso a marcharse, pero Beckett metió la mano en el bolsillo del pantalón, sacó la cartera y dijo:
—Un momento. —Le entregó la tarjeta y añadió—. ¿Puedes encargarte del pago?
—¿No quiere ver primero la cuenta?
—No hace falta —respondió sin apartar la mirada de mí. Y ese gesto no hizo más que aumentar la tensión entre nosotros.
Tragué saliva y respiré hondo en cuanto el camarero se alejó. El silencio estaba cargado de deseo. No sabía qué decir. ¿En qué momento habíamos pasado de bromas inocentes y postres a esa tensión tan palpable? Cada latido me retumbaba en el pecho.
Después de lo que pareció una eternidad, el camarero regresó con la tarjeta. Beckett se levantó de inmediato y yo seguí su ejemplo.
Para mi asombro, estaba temblando ligeramente.
¿Cómo era posible que me excitara sin siquiera tocarme, y mucho menos besarme?
Apenas podía concentrarme en otra cosa que no fuera poner un pie delante del otro para salir del magnífico restaurante hacia el ascensor.
Tuvimos que esperar a que llegara hasta nuestra planta y se vaciara.
Entramos y nos quedamos completamente solos.
En cuanto se cerró la puerta, Beckett se colocó detrás de mí, mirándome en el espejo. Respiró hondo y acercó la boca a mi oído, poniendo una mano en mi cintura:
—No sabes las ganas que tengo de estar contigo…
Todo mi cuerpo se relajó al instante. Necesitaba oírlo.
Me besó el lóbulo de la oreja y me giró hasta dejarme frente a él. Sabía a limón y naranja, y su beso me hizo gemir al instante. No era solo un beso indecente sino, además, completamente adictivo.
Tiré de su camisa con la intención de quitársela de los vaqueros, pero Beckett me detuvo. Entonces recordé que estábamos dentro de un ascensor.
—Joder, Piper. No vamos a poder salir de aquí.
—No creo que podamos.
Se apartó justo cuando llegamos a la planta baja y se abrieron las puertas. Me tomó de la mano, entrelazando nuestros dedos mientras salíamos.
—¿Quieres que coja una habitación?
Mis bragas se humedecieron ante la sugerencia de pasar la noche allí mismo, en ese hotel. Asentí con ansia.
—¿Estás segura?
Volví a asentir. Ni siquiera podía articular palabra. ¿Qué me pasaba?
Me arriesgué a mirarlo y el contacto visual fue demasiado intenso, tal y como había imaginado. Mis pezones se endurecieron bajo su intensa mirada.
La idea de tener sexo en este majestuoso hotel me resultaba tan erótica como romántica. Como sacada de una novela.
—Espérame aquí —dijo.
Me crucé de brazos y me aparté a la derecha para dejar espacio a la multitud que subía al restaurante.
Madre mía, qué emocionante es todo esto .
Beckett regresó mucho más rápido de lo que esperaba y una oleada de decepción me invadió por completo. No podría haber hecho el check in tan rápido. Seguro no quedaban habitaciones disponibles.
—Lo conseguí —dijo mostrándome la tarjeta.
De repente, me sudaron las palmas de las manos. Esto está pasando de verdad .
Mientras volvíamos a esperar el ascensor, me cogió de la mano. La tarjeta de la habitación quedó entre nuestras manos entrelazadas. No podía aguantar ni un minuto más.
1 Nota de la Traductora: El coq au vin es un estofado emblemático de la gastronomía francesa, elaborado con carne de gallo o cualquier ave de corral, vino tinto, verduras y hierbas aromáticas.