Un padre soltero inolvidable Capítulo Dieciséis #2
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Capítulo Dieciséis #2

—Sí —respondió entre risas—. Hoy me ha dado por probar con libros clásicos. Este libro, por ejemplo, lo compró mi madre hace años y lleva todo este tiempo cogiendo polvo.

—¿Qué sueles leer? —pregunté, mientras ella abría la caja de pralinés.

—Libros eróticos.

—¿Cómo has dicho? —pregunté, extrañado.

—¿No conoces la literatura erótica? —replicó con una ceja levantada.

—La verdad es que no leo mucho.

—Es una especie de novela romántica.

—Ah, claro —asentí.

Se llevó un praliné en la boca y añadió:

—Pero con muchas escenas sexuales.

Oír la palabra “sexuales” de su boca mientras se comía un bombón encendió mi imaginación

—Mmm… ¿estos son nuevos no? No los había probado antes —comentó, y no pude leer su expresión.

—¿Pero te gustan o no?

—¡Están buenísimos! —exclamó con brillo en la mirada—. ¿Quieres uno?

—¿Por qué no? —Tenía curiosidad por saber qué sabor tendría el experimento de Bailey.

Lo probé; estaba tan delicioso que tal vez se convertiría en uno de mis favoritos.

Piper tomó otro mientras me mostraba su casa. Me acerqué, poniéndole una mano en la cintura. Ella se detuvo y acerqué mi boca a su oído:

—Llevo todo el día esperando este momento.

—Yo también —susurró.

—Desde que me fui anoche, no he dejado de pensar en ti.

Ella giró la cabeza lentamente, y le besé la comisura de la boca. Al instante, noté cómo se le erizaba la piel de los brazos.

—No hagas que vuelva a tirar la caja de pralinés —me advirtió, pero sin apartarse.

Sonreí contra sus labios:

—Eso solo me daría una excusa para volver con una caja nueva.

—No necesitas una excusa para venir. Eres bienvenido cuando quieras. Charlotte también.

Su comentario no consiguió aplacar mi deseo, pero que pensara en mi hija me conmovió profundamente.

—¿Te apetece un Aperol ? —preguntó mientras se dirigía hacia la puerta.

—No puedo beber alcohol, tengo que conducir.

—Ah, claro.

—Pero te haré compañía.

Me miró de reojo, guiñándome un ojo mientras salíamos al jardín. Era más pequeño de lo que pensaba, pero, al igual que su casa, resultaba único y muy acogedor.

—Tienes buena mano para las plantas —comenté, observando las flores y macetas. No parecía haber un orden estricto, pero la armonía era evidente.

—Gracias. Soy principiante, y mi madre, que tiene un talento natural con las plantas, me ayuda mucho.

Había una agradable zona de estar con dos sillones y una mesa redonda de madera.

—No bromeabas con lo del Aperol —dije, mirando la bebida naranja.

—¿Por qué pones esa cara de asco? —preguntó riendo.

—Es que no entiendo cómo se ha puesto tan de moda.

—Al principio, a mí tampoco me gustaba. De hecho, lo probé unas cuantas veces antes de empezar a disfrutarlo de verdad. Y ahora me flipa.

Dio un sorbo como para reafirmar su punto, antes de comerse otro praliné.

Estar con ella me provocaba una sensación inexplicable. No sabía qué era, pero quería más.

—Puedes coger otro —dijo, ofreciéndome la caja.

—¿Solo uno más? —bromeé.

—Sí, es mi caja.

—No, gracias —respondí con una sonrisa—. Solo quería probar el de sabor a lila.

Piper se quedó mirándolos y luego abrió otro.

—Un momento, ¿no eran las lilas las que supuestamente…? —dijo, enderezándose—. ¿Recuerdas la historia familiar que me contaste?

—Sí, pero al parecer, solo se aplica a los perfumes. O eso es lo que me han contado hoy.

—Ah, vale.

Estaba seguro de haber notado un matiz de decepción en su voz.

Echó los hombros hacia atrás y descruzó las piernas. Apenas había reparado en su ropa: aunque no era un vestido corto, sus preciosas piernas estaban a la vista, evocando el recuerdo de cómo se había entregado a mí la noche anterior.

Respiré hondo y decidí centrarme en su cara, sería más fácil de resistir. Estaba a punto de proponerle pedir comida a domicilio o salir a dar una vuelta, cuando mi teléfono sonó, sobresaltando a Piper.

—Es mi abuela, que está cuidando a Charlotte —expliqué antes de contestar—. Hola Isabeau, ¿va todo bien?

—Hola, cariño. Siento tener que molestarte, pero creo que deberías volver a casa. La pequeña está muy intranquila y no consigo calmarla.

—¿Tiene fiebre?

—Me parece que no, y mira que he probado de todo. Creo que solo necesita a su papá.

—Ya voy —le aseguré—. Tardaré veinticinco minutos como mucho.

Piper me miró con preocupación. En cuanto colgué, nos pusimos de pie a la vez.

—¿Le ha pasado algo a Charlotte? —preguntó alarmada.

—No lo sé con seguridad, pero mi abuela no consigue calmarla. —Lo cual me preocupaba muchísimo, pese a que Isabeau hubiera intentado restarle importancia—. Siento tener que irme corriendo otra vez. No hace falta que me acompañes a la puerta.

—No pasa nada, de verdad. Gracias por los pralinés.

Qué complicada era mi vida ahora, siempre pendiente de Charlotte. No me arrepentía en absoluto y no lo cambiaría por nada, pero entendía que no fuese la situación ideal para Piper. Aún así, no podía marcharme sin soltar lo que había ido a decirle.

—Piper, sé que a principios de esta semana…

—En realidad fue ayer —señaló. Sabía perfectamente a qué me refería.

—Ayer —continué—, te dije que no tengo tiempo para otra cosa que no sea mi hija.

—Lo sé. Y te admiro por ello. Charlotte tiene que ser tu prioridad, y lo entiendo perfectamente, Beckett.

Me acerqué a ella, poniendo una mano en su hombro y la otra bajo su barbilla:

—Pero después de lo de anoche, no puedo ni quiero estar lejos de ti. Lo que tenemos es mucho más profundo de lo que pensaba. Y no puedo ignorarlo.

—A mí me pasa lo mismo —respondió con una sonrisa—. Entonces, ¿qué hacemos?

—No lo sé —confesé—. Lo único que tengo claro es que me encanta estar contigo. Quiero verte más, pero no puedo prometerte nada. Como ves, mi vida es muy impredecible.

—No me importa —contestó sin dudar—. Puedo adaptarme a tu situación. Y recuerda que Charlotte es bienvenida aquí cuando quieras.

Tragué saliva:

—¿Es en serio?

—Sí, por supuesto. Es solo que…

—¿Qué? —insistí—. Puedes ser sincera. No quiero secretos entre nosotros, o esto fracasará antes de empezar.

—Vale. Anoche, antes de subirme al coche, estaba convencida de que seríamos capaces de limitarnos a temas de trabajo y que todo iría bien.

Su confesión me hizo reír a carcajadas.

—No te rías de mí —protestó, poniendo morros.

—Lo siento, cariño, pero estaba claro que no podríamos mantenernos alejados.

—Yo pensaba que sí, pero entonces tú te empeñaste en seducirme con los pralinés y me ofreciste tu chaqueta.

—Lo sé… Es más fuerte que yo.

—Ya me di cuenta —murmuró ella.

A pesar de ser el momento más complicado de mi vida, sentía la certeza de estar haciendo lo correcto.

Ella se aclaró la garganta y añadió:

—Quiero que sigamos manteniendo un tono estrictamente profesional en todas las comunicaciones en las que estén presentes tus empleados.

—Cuenta con ello.

Titubeó un momento antes de agregar:

—Tampoco creo que mi jefe deba estar al tanto de lo nuestro.

—¿En serio? —pregunté, frunciendo el ceño—. Josh parece bastante relajado.