Un padre soltero inolvidable Capítulo Dieciséis
53%

Capítulo Dieciséis

BECKETT

A la mañana siguiente, Charlotte durmió hasta las siete. No podía creerlo.

Mis padres no se sorprendieron en absoluto de que llegara tarde, aunque mi madre me lanzó algunas miradas curiosas. Afortunadamente, no hizo preguntas.

No podía creer que hubiera perdido la noción del tiempo… y el control de mí mismo. Pero mi deseo por Piper había sido más fuerte. Ni siquiera tuve tiempo de considerarlo.

Ahora me encontraba en medio de un dilema, pero no iba a analizarlo sin antes tomarme un buen café. Además, tenía que encargarme de resolver otro asunto.

Mientras tomaba mi primer espresso del día, llamé a Bailey, la prometida de Xander, que gestionaba la pastelería y sabía que empezaba la jornada laboral muy temprano.

—Hola, Beckett —respondió con voz cantarina. Se oía música al otro lado del teléfono.

—¿Te he pillado con las manos en la masa?

—¿Cómo lo sabes?

—Te conozco: son apenas las ocho y ya tienes la música a todo volumen.

—Es verdad —admitió entre risas—. Dime, ¿qué puedo hacer por ti?

—Necesito una caja de pralinés.

—Claro. ¿Para una ocasión especial?

Dudé un instante antes de responder:

—Son para una persona a la que le gustan mucho.

—Beckett, a todo el mundo le gustan los pralinés LeBlanc-Broussard .

—¿Podrías hacer un surtido con los mejores? Es una auténtica fan.

Cerré los ojos al darme cuenta de que había revelado demasiado.

—¿Esa “persona” es Piper?

Su pregunta me despertó más que el café. ¿Cómo diablos…?

—Xander te lo ha contado.

—No, no ha sido él. Isabeau y Celine me pusieron al corriente cuando les llevé unas cajas de pralinés. Se rumorea que… la verdad, es mejor que no lo sepas.

—Sí, mejor no me digas nada.

—Te prepararé una caja y, como hoy tengo que ir al Barrio Francés a ver a Xander, puedo dejártela en la sede.

—Estupendo, hoy iré a la oficina por la tarde. Avísame cuando estés por allí y pasaré a recogerla. —Dudé un segundo y luego añadí—: ¿Puedes no contarle nada de esto a mi hermano?

—Beckett… Me pones en un aprieto muy grande —dijo, pero me di cuenta de que estaba conteniendo la risa—. No quiero ocultarle nada a mi prometido.

—Pero es un secreto tuyo que no tiene nada que ver contigo.

—Tienes razón, no le diré nada.

—Gracias, Bailey.

—De nada.

Después de colgar, terminé el café y le envié un mensaje a Piper.

Beckett: Buenos días. ¿Cómo estás? Y, de nuevo, perdona por haberme ido tan rápido anoche.

Piper: Estoy bien. Y como es viernes, trabajo desde casa.

Beckett: Yo también estoy en mi casa. Mi jefa me tiene aquí prisionero.

Agatha estaba resfriada y le dije que se tomara el día, de modo que tuve que quedarme en casa con Charlotte.

Piper: Tu jefa es la persona más comestible del mundo.

Sonreí y miré a mi bebé.

—¿Has oído eso? —le susurré—. Eres mi jefa y la persona más comestible del mundo.

También era una máquina de hacer caca. Justo después de besarle la frente, su pañal se desbordó. Tuve que dejar el teléfono y salir corriendo al baño con ella.

Una vez cambiada, le preparé el biberón.

Había empezado a cogerle el ritmo, y lo disfrutaba muchísimo.

Sin embargo, necesitaba a alguien que la cuidara por la tarde mientras me embarcaba en mi misión de conseguir los pralinés.

Le envié un mensaje a Isabeau para ver si estaba disponible, y me respondió con un rotundo sí.

Mi abuela llegó a las cuatro en punto.

—¡Aquí está mi pequeña! —exclamó, agarrando a Charlotte de mis brazos.

Mi niña parecía haberle cogido mucho cariño. Aunque, a decir verdad, le gustaba cualquier persona que la alzara en brazos y le hiciera caricias.

—He dejado todo listo. ¿Quieres que te enseñe otra vez cómo se prepara el biberón?

—¡Beckett, por favor! —dijo Isabeau—. Ya le he cogido el truco.

No era una experta en electrodomésticos modernos, pero se estaba apañando muy bien.

—Entonces me voy.

—Sí, tómate todo el tiempo que necesites.

—Gracias de nuevo.

—¿Vas a una reunión de negocios?

Su pregunta me pilló desprevenido:

—No, solo tengo que hacer un recado en el Barrio Francés.

—Bailey y Xander también estarán allí. ¿Vas a reunirte con ellos?

Me aclaré la garganta. Me estaba adentrando en arenas movedizas.

—Sí, pero solo los veré un momento. No quiero estar de sujetavelas.

—Bailey también va a pasar por nuestra tienda con unas cajas de pralinés.

Y con ese dato supe que no tenía ninguna posibilidad. Conocía demasiado bien a mis abuelas y sabía que tarde o temprano se enterarían. Isabeau era admirablemente hábil para interrogar y obtener información, incluso sin la presencia de Celine; de hecho, era más efectiva cuando actuaba sola.

—Sí —confesé—. Le pedí a Bailey que me preparara una caja para mí.

—Un pedido especial. ¿eh? Supongo que estás tratando de impresionar a alguien —concluyó Isabeau—. ¿Se trata de la misma persona a la que le cocinaste mi jambalaya ?

—Ya es suficiente por hoy —contesté con un bufido.

—Como ya te he dicho alguna que otra vez, no hace falta entrar en detalles, pero estoy muy orgullosa de ti. Y, para que lo sepas, te noto diferente.

Entrecerré los ojos, pero no dije nada. Tampoco podía contarle a mi abuela que la noche anterior me había acostado con Piper.

—Como siempre, llámame si pasa algo, ¿vale?

—¡Sí! Déjanos disfrutar de nuestro tiempo juntas. Ya la has acaparado bastante por hoy.

—Sabes que soy su padre, ¿verdad? —dije entre risas.

—Sí, pero se necesita una aldea para criar a un niño. Y como somos tu tribu, comparte a tu hija con nosotros.

Besé a Isabeau en la frente antes de irme. De camino a mi coche, saqué mi teléfono para confirmar que Piper estuviese en su casa. Eran las cuatro de la tarde y era probable que aún no hubiese terminado la jornada laboral.

Tal como había previsto, Bailey me pidió que me acercara a Fragrant Delights . Seguramente Isabeau ya hubiese puesto al corriente a Celine, y lo agradecía: de lo contrario, me habría bombardeado a preguntas.

Xander y Bailey estaban dentro de la tienda cuando llegué. Había unas cinco docenas de cajas de pralinés en el mostrador.

—¡Vaya! ¡Has traído un montón! —exclamé.

Celine me miró con una gran sonrisa:

—Isabeau y yo hemos tenido una idea brillante: obsequiar una caja a nuestros clientes más fieles. Así nos aseguraremos de que vuelvan.

—Pralinés y perfumes. Es una combinación que no puede fallar —afirmé.

Mis abuelas no dejaban de sorprenderme e inspirarme. Incluso a su edad, continuaban esforzándose por expandir y mantener la lealtad de su clientela.

—¿Una de esas cajas es la mía? —le pregunté a Bailey.

—No, esta es la tuya —dijo, y sacó una de su bolso—. La guardé aparte.

—¿Y eso? —pregunté arqueando una ceja.

—Esta mañana hice un experimento y preparé una tanda con ingredientes que nunca había utilizado antes, como lavanda y… otras flores.

Xander la miró con el ceño fruncido.

—¿Qué pasa? —pregunté.

—Vaaale —suspiró Bailey—, no puedo ocultártelo.

—Cariño, no hace falta. Hay secretos que es mejor no revelar —intentó cortarle Celine.

—Lo siento, Celine, pero no puedo —respondió Bailey—.

Llevaba tiempo queriendo probar añadir esencia de lilas a los pralinés, y hoy por fin lo he hecho.

—La mirada de culpabilidad en su rostro era de lo más cómico—.

La lavanda queda muy bien, y he descubierto que la lila también.

Pero si no te convence, puedes elegir otra.

—Ya te he dicho que no creo en estas tonterías —negué con la cabeza—. Me quedo con mi caja.

Xander seguía mirando a Bailey con el ceño fruncido.

—Hermano, ¿qué te pasa? —le pregunté.

—No me gusta que la gente se entrometa en la vida de los demás —respondió.

—Venga ya, Xander —intervino Celine—. Y para que te quedes más tranquilo, la lila no actúa así de fácil; aunque funciona bien en perfumes, necesita combinarse con otros ingredientes. Aún así, me lo he pasado de maravilla con Bailey preparando la receta.

Me sentí extrañamente decepcionado porque Celine no creyera que fuese a tener ningún efecto. Madre mía, se me está yendo la cabeza .

Bailey le sonrió a Celine:

—Sí, fue muy divertido.

—Xander, déjalas que se entrometan, ya sabes que les encanta —comenté con humor—. Bueno, chicos, tengo que irme. Oye, ¿cómo es que la tienda está tan vacía? —le pregunté a Celine. Los viernes por la tarde solía haber mucho tráfico en el Barrio Francés.

—Le he dado la vuelta al cartel. No me gusta que entren clientes cuando mi familia está aquí.

—No me había dado cuenta. ¿Quieres que le dé la vuelta de nuevo?

—No te preocupes, ahora lo hace tu hermano cuando se vaya.

Saludé a todos con la mano y me dirigí hacia la puerta.

—¡Que te diviertas! —exclamó Bailey—. Y ya me cuentas si te ha gustado el sabor.

Ahora entiendo por qué mis abuelas adoran tanto a Bailey: son tal para cual .

—Claro —le prometí. Aunque la lila no tuviera el efecto deseado, podrían aprovecharla por su sabor.

Salí de la tienda con energía renovada. Reflexioné en lo diferente que era mi vida ahora. Antes, me habría pasado la noche de juerga en el Barrio Francés yendo de bar en bar con el único objetivo de ligar. Ahora me daba cuenta de lo superficial y vacío que aquello era.

Solo imaginar la expresión de Piper cuando me apareciera en su puerta me hacía feliz. Aunque la noche anterior había usado el GPS, recordaba perfectamente su calle. Además, su casa era inconfundible: la única azul de la manzana, parecía sacada de una película de Pitufos.

Subí los escalones de la entrada y llamé al timbre. Al no obtener respuesta, volví a pulsar. Entonces escuché atentamente y sonreí al percibir pasos acercándose. Cuando Piper abrió la puerta, estaba ruborizada y tenía un mechón de pelo pegado a la comisura de la boca.

—Hola —saludó, casi sin aliento.

—Te he traído pralinés, como prometí —dije levantando la caja.

—Pensé que te habías olvidado —respondió con una sonrisa.

—¡Jamás! Lo prometido es deuda.

—¿Quieres pasar? —ofreció con evidente alegría.

—Claro, puedo quedarme un ratito.

—Me estaba tomando una copa de Aperol en el jardín y leyendo un libro. Pero la verdad es que tú eres mucho mejor compañía que Moby Dick .

—¿Eso ha sido cumplido?