Capítulo Quince
BECKETT
Mantuve mi mano alrededor de su cintura y caminé a su lado hasta que llegamos a la puerta principal.
En cuanto ella abrió la puerta y entramos en su casa, la giré para volver a besarla.
Piper dio un pequeño grito y me di cuenta de que algo había caído al suelo.
Probablemente era la caja de pralinés, pero ninguno de los dos le dio la menor importancia.
Volví a capturar su boca, besándola aún más apasionadamente que antes. Pensé que ese beso sería suficiente para saciar mi deseo, pero qué equivocado estaba. Ahora solo quería más. Quería hacerla llegar al clímax. Quería hacerla mía.
—Piper, dime que me vaya.
—No.
—No sabes lo mucho que te deseo.
—Yo también te deseo —susurró, y fue mi perdición.
Cualquier esperanza de autocontrol se desvaneció por completo. Iba a hacerla mía esa noche. Iba a tener a Piper Dawson solo para mí.
En la habitación a oscuras, nos movimos sin rumbo fijo hasta que se detuvo junto a una pared y encendió la luz.
Estaba demasiado consumido por ella como para prestar atención a cualquier otra cosa.
Avanzamos por un estrecho pasillo, probablemente hacia su dormitorio, sin dejar de tocarla ni un segundo.
Necesitaba besar su espalda, su cuello, su boca, cada parte de su cuerpo.
Ella se rió cuando le aparté el pelo hacia un lado y le besé la nuca.
Aminoró la marcha y empezó a jadear, empujando ligeramente su trasero hacia atrás.
—¿Has cambiado de opinión? —pregunté.
—No, para nada —respondió con la misma urgencia que yo sentía.
Sonreí contra su piel y volví a besarle la nuca. Ella gimió una vez más y le subí el vestido hasta la cintura. Lentamente, deslicé una mano sobre sus bragas y descubrí que las tenía empapadas.
—Joder. ¿Cómo es que ya estás tan mojada?
—Ya ves lo mucho que me gustas… —dijo en un susurro apenas audible.
Deslicé mi mano dentro de sus bragas; necesitaba comprobar exactamente cuán húmeda estaba, y mi polla palpitó cuando hice contacto.
—Podría meterte dos dedos ahora mismo. Estás preparadísima…
—Sí —susurró.
Pero no lo hice. Quería esperar y estimular su clítoris hasta sentir cómo se deshacía en mis brazos. Su cuerpo se ablandó y sus gemidos se volvieron más fuertes que antes.
—Beckett, Dios mío. ¿Qué me estás haciendo? —Su voz se tornó aguda, quebrándose al final.
—Quiero que te corras, Piper. —Ella se estremeció ante mis palabras y se le puso la piel de gallina—. ¿Tienes ganas de un orgasmo?
—Sí.
—¿Muchas ganas?
—¡Muchísimas! —Su voz volvió a convertirse en un susurro. Apoyó la cabeza en mi hombro y jadeó—. Dios mío, no me lo puedo creer. Ya estoy…
—Sé que estás ahí, preciosa. Quiero llevarte al límite.
Ella presionó su trasero contra mi pene, y tuve que armarme de valor durante unos segundos para no follármela allí mismo.
Le estimulé el clítoris una y otra vez hasta que sus piernas se debilitaron por completo.
Piper perdió el equilibrio por una fracción de segundo, y la sostuve con mi brazo, bien pegada a mí.
Un gutural grito llenó la casa. Sentir cada vibración de su cuerpo contra el mío fue una experiencia sublime.
Piper se retorcía y sus piernas finalmente cedieron.
Seguí acariciándola mientras le mordisqueaba el lóbulo de la oreja.
Aún no había terminado de correrse. Joder, me moría por meterme dentro de ella y sentir la contracción de sus paredes internas.
—Beckett —dijo entre jadeos. Mientras bajaba lentamente del clímax, retiré la mano—. Entremos al dormitorio.
Nos habíamos detenido justo delante de la puerta. La abrí y la luz del techo se encendió. Piper había pulsado el interruptor, lo que me permitió verla bien por primera vez desde que había empezado a besarla en la calle. Tenía el vestido subido hasta la cintura.
—Vaya culazo tienes. Date la vuelta.
Piper se giró lentamente. Sus bragas blancas estaban completamente empapadas, tenía las mejillas sonrojadas, el pelo revuelto y un poco de sudor en las sienes. Era el epítome de la sensualidad.
Di un paso adelante, cogí el bajo de su vestido y ella levantó los brazos. Qué sincronizados estamos . Se lo quité rápidamente y lo tiré a un lado. Su sujetador hacía juego con las bragas, pero también quería deshacerme de él. Lo único que importaba en ese momento era hacerla mía.
Sus manos recorrían mi cuerpo mientras volvía a explorarla. Cuando me bajó los pantalones, saqué mi cartera del bolsillo trasero. Me enderecé y saqué un condón; tenía la costumbre de llevar uno siempre conmigo. No era algo de lo que estuviese orgulloso, pero para esa ocasión me vino de perlas.
Piper se mordió el labio antes de coger el condón de mis manos. Abrió el paquete sin dudarlo un segundo… me estaba volviendo loco.
Una vez que me quité toda la ropa que me quedaba, quiso entregarme el preservativo.
—Pónmelo tú, preciosa —pedí—. Quiero sentir tus manos en mi polla.
Lo desenrolló a lo largo de mi erección y empezó a bombear.
Acto seguido, comenzó a recorrer mi torso con su boca y besarme el cuello sin dejar de acariciarme el pene, y mi visión se nubló por un instante. Gemí por la necesidad imperiosa de penetrarla.
La llevé a la cama y ella se sentó en el borde. Me miró con picardía, me dio un beso en la parte baja del abdomen y recorrió mis oblicuos con la boca hasta casi tocar mi polla.
—¡Joder! —gruñí.
Estuve a punto de correrme.
Le puse las manos en los hombros para inclinarla hacia atrás; ella entendió el mensaje y se tumbó boca arriba.
—Me encanta esta cama —dije, al darme cuenta de que era mucho más alta que la mía, lo que permitía que su entrada quedara a la altura de mi miembro.
Ella sonrió y se masajeó los pechos con ambas manos. Ver cómo se tocaba íntimamente me hizo perder la cabeza. Me coloqué en su entrada y empecé a introducir la punta.
Piper abrió los ojos y soltó un pequeño grito.
—La tienes enorme —susurró. Por eso mismo quería ir despacio.
Estaba completamente mojada, pero también contraída por el orgasmo, y sus músculos aún no se habían relajado del todo. Introduje otro centímetro, y, por suerte, me pudo acoger mucho más rápido de lo que pensaba.
—Por favor, la necesito toda.
—¿Qué?
—Que me la metas toda, por favor.
¿Cómo podía resistirme a sus súplicas?
Seguí abriéndome camino sin dejar de observarla, pendiente a cualquier indicio de incomodidad.
Pero no sucedió, ni siquiera cuando estuve completamente dentro de ella.
Incliné la cabeza y solté un intenso gemido.
Lo tenía puñeteramente apretado, y me envolvía con fuerza.
Me acerqué para besarle la clavícula mientras empezaba a embestirla.
Ella subió una palma por mi espalda, desde la columna hasta la cabeza, para hundir las manos en mi pelo.
Dejó caer las rodillas a los lados, y se abrió para que la penetrara con fuerza. Su cuerpo vibraba; podía sentirlo a pesar del ritmo frenético de mis embestidas.
—¡Beckett, voy a correrme otra vez! —gritó. Parecía completamente sorprendida.
Me enderecé y bajé una mano para estimularle el clítoris. Al segundo, su excitación se disparó, se llevó las manos a los pechos, cerró los ojos con fuerza y apretó los labios.
Percibí su descarga de placer en lo más profundo de mi ser. El orgasmo envolvió todo su cuerpo; estaba conectado a todo lo que Piper sentía. No tuve tiempo de asimilarlo, un segundo después me rendí con ella. Mi orgasmo fue tan poderoso que perdí completamente el sentido. Juntos, éramos puro fuego.
Piper apoyó los talones y las palmas de las manos en el colchón, para elevar el culo y responder a mis embestidas hasta quedar completamente agotado.
Me retiré y me puse de pie. Ella se apoyó en los codos y le hice espacio para que se levantara de la cama.
—Me encanta tu sonrisa —confesé.
—Deberías estar orgulloso, tú eres el responsable —dijo antes de señalar una puerta al otro lado de la habitación—. Ahí está el baño, es un poco pequeño pero es el que tengo. Ve tú primero. Yo necesito un respiro.
Es verdad, la he dejado muy satisfecha.
Me dirigí al baño y me duché rápidamente. Piper entró mientras me secaba con la toalla. Le di una palmada en el trasero y me guiñó un ojo antes de meterse en la ducha. Cuando salió, yo ya estaba vestido.
—¡Madre mía! —exclamó, ajustándose la bata—. Tienes que volver a casa con Charlotte, ¿no?
—Sí. —Me sentía fatal por tener que irme—. Les dije a mis padres que volvería hace media hora.
Piper hizo una mueca de dolor. Me acerqué y le acaricié la cara con ambas manos:
—Me encantaría quedarme más tiempo.
—No te preocupes. Vas tarde, así que anda, vete.
Mientras caminábamos hacia la puerta principal, no dejaba de mirar a mi alrededor.
—Tienes razón. Tu casa es muy acogedora.
Tenía una combinación de muebles bastante peculiar: un sofá gris, una mesa de metal y una falsa araña colgando del techo. Detrás del sofá había una pared cubierta de estanterías, y en el centro un gran ventanal.
Mientras agarraba el pomo de la puerta, la miré fijamente:
—¿Estás bien? Siento tener que irme así; he perdido completamente la cabeza —admití—. Olvidé que tenía un horario que cumplir.
Ella me dedicó una tímida sonrisa:
—Bueno, no pasa nada. —Pero entonces su sonrisa se desvaneció al señalar el desastre que había en el suelo—. ¡Oh, no! ¡Mis pralinés!
—¿Qué demonios? ¿Cómo ha pasado esto?
Se habían salido de la caja y estaban esparcidos y aplastados por el suelo.
—Creo que los hemos pisado —dijo con un gesto de desilusión—. ¡Qué pena! Tenía muchas ganas de comerlos.
Me acerqué a ella y le puse un dedo en los labios:
—Mañana te traeré una caja nueva.
Piper sonrió, y estuve a punto de volver a besarla. Pero quién sabe si sería capaz de detenerme solo en un beso. De modo que, en lugar de quedarme, abrí la puerta y salí.
—Cuídate, Piper.
—Tú también.
Suspiré. No tenía ganas de irme, pero tenía que pensar en mi pequeña.