Capítulo Catorce
PIPER
Me detuve en seco y giré la cabeza: Beckett estaba justo a mi lado, con un elegantísimo traje hecho a medida. Tenía mucho estilo y estaba sexy a rabiar.
—¡Hola! —saludé.
—¿Quieres que me dé la vuelta para que puedas verme el culo también? —preguntó con una ceja levantada.
Contuve el aliento. Joder. Ni siquiera hizo el mínimo esfuerzo por disimular nuestra evidente atracción.
—¿Es mi imaginación o esta mañana dijimos que mantendríamos el tono profesional? —pregunté con el ceño fruncido.
Su sonrisa se desvaneció un poco:
—No, no es tu imaginación.
—Bueno —me aclaré la garganta y me puse lo más erguida posible—, entonces deberíamos…
—Sí, tienes razón —me detuvo, pero por la forma en que me miró, estaba claro que no creía que tuviera razón.
—Haré todo lo posible por mantener la distancia esta noche, pero…
—¿Pero qué? —pregunté.
—Tengo una caja de pralinés en el coche para ti.
—¡Beckett! —exclamé—. ¡No puedes ser tan malo conmigo!
—Quería complacerte.
Su comentario me dejó sin aliento. ¿Soy yo o eso ha sido una insinuación descarada?
—Cuando te vi me pareció que ibas a hablar con alguien. No quiero entretenerte —dijo antes de dar un paso atrás.
—Gracias. Que te diviertas.
—Eso espero. —Y con un guiño, agregó—: Los pralinés pueden esperar a que termine el evento.
—Perfecto.
Sin volver a mirarlo, me dirigí hacia Monica, que seguía en el mismo sitio y estaba sola.
—¡Hola, Piper! —saludó cuando me acerqué.
—¿Qué tal, Monica? Sabía que te vería aquí esta noche.
Hablamos sobre cómo le había ido a su empresa desde que hicimos la campaña de marketing. Me gustaba ponerme en contacto con antiguos clientes para comprobar que nuestro trabajo había marcado la diferencia.
Durante el resto de la noche, busqué meticulosamente a otras personas que conocía y me presentaron algunos clientes potenciales.
Tomé todos los recaudos para no cruzarme con Beckett.
Pero fui consciente en todo momento de dónde estaba en la sala, así como que no me quitaba los ojos de encima.
Al principio, pensé que lo había pillado por casualidad.
Luego me di cuenta de que mi cuerpo me enviaba señales; la primera vez que sentí un cosquilleo en mi piel, no sabía qué estaba pasando, hasta que levanté la vista y me percaté de que Beckett me estaba observando atentamente.
La segunda vez que ocurrió, me estaba devorando con la mirada sin ningún pudor.
Estuve nerviosa toda la noche. Menos mal que tenía que hablar con muchos clientes; de lo contrario, habría terminado otra vez junto a Beckett. Su magnetismo era irresistible. Tres horas más tarde, finalizó el evento, y los invitados empezaron a marcharse.
Ni siquiera había prestado atención a la comida y empecé a sentir un poco de hambre. Mientras la sala se vaciaba, me dirigí al bufé, llené un plato con lo que parecían albóndigas y croquetas de queso, y me las comí rápidamente.
Estaba tan concentrada en mi plato que me costó darme cuenta de las señales.
Sentí un ligero cosquilleo y fue entonces cuando vi a Beckett al otro extremo de la mesa, mirándome con una enorme sonrisa.
Se me estaban acabando las excusas para mantener la distancia, de modo que me acerqué a él.
Además, se suponía que tenía que ir a buscar mi caja de pralinés, ¿no?
—¿Es mi imaginación o te estás riendo de mí? —pregunté, antes de llevarme la última croqueta a la boca. Estaba deliciosa.
—Llevo toda la noche observándote, pendiente del momento en que te acercarías al bufé. Te has tomado tu tiempo.
—Menos mal que aún quedaba algo. Estaba pensando en coger algunos dulces, pero entonces recordé que tienes unos pralinés para mí, así que me voy a reservar para eso.
—Claro. —Sus ojos brillaron—. ¿Quieres que te traiga la caja?
—Puedo acompañarte al coche. ¿Está muy lejos?
—No, el aparcamiento está justo detrás del edificio. Te llevaré a tu casa.
Uy, eso suena a peligro.
—Puedo pedir un Uber —respondí, consciente de que en el fondo quería pasar tiempo con él—. Pero si no te importa…
Sus ojos volvieron a brillar:
—Claro que no me importa, Piper, te lo aseguro. ¿Estás lista para irte?
—Sí, me he quedado unos minutos más solo porque quería comer algo.
—Lo tendré en cuenta —respondió entre risas.
—¿En cuenta para qué?
—Prefiero no decírtelo. Venga, vamos al coche.
El simple hecho de caminar junto a Beckett me encendía. ¿Cómo lograría resistir el trayecto hasta mi casa con él a mi lado? Pero ya había dicho que sí, y podía aprovechar para hablar un poco sobre la campaña.
Una vez fuera, el aire fresco me hizo tiritar, y me froté los brazos para calentarme. Acto seguido, Beckett se quitó la chaqueta del traje.
—¿Tienes calor? —pregunté.
—No —respondió extrañado, antes de ofrecerme su chaqueta—. Póntela.
—Gracias. Es muy amable por tu parte.
Me la puse sobre los hombros. Era enorme, pero me quitó el frío. Entonces, me vi envuelta de su irresistible aroma.
—Por ahí —dijo, señalando hacia la derecha y poniéndome una mano en la espalda.
Menos mal que me había dado su chaqueta, porque si hubiera puesto su mano sobre la fina tela de mi vestido, quién sabe lo que habría pasado. Aún así, mi temperatura corporal se disparó mientras me guiaba hacia el aparcamiento y me abrió la puerta de su BMW.
En cuanto entré al coche me quité la chaqueta.
—No te la quites —dijo.
—Aquí dentro no la necesito.
La doblé y la dejé sobre mi regazo mientras él me cerraba la puerta. Puedo hacerlo . Sacaría el tema del anuncio y el viaje se pasaría rápidamente.
Mientras Beckett se subía al coche, abrí el navegador de mi teléfono.
—¿Vives en Irish Channel? —preguntó al mirar la pantalla.
—¡Sí! ¿Conoces la zona?
—He estado allí unas cuantas veces, pero no lo conozco bien.
—Vivo en un shotgun 1 . Bueno, mi casa está hecha de dos unidades para ser más exacta.
—Vaya, no me lo esperaba —comentó Beckett, mientras aceleraba el coche.
—De niña soñaba con vivir en una casa shotgun , y la primera vez que vi una por dentro, me di cuenta de que era demasiado pequeña. Pero entonces encontré esta, que tiene el tamaño justo, mucha personalidad e historia. Me encanta.
—Estoy deseando verla —dijo Beckett.
Me moví en mi asiento, relamiéndome los labios. Me encantaría invitarlo a entrar, pero ¿sería lo más apropiado?
Maldita sea. Se supone que debo hablar de trabajo. Del anuncio… de cualquier cosa.
Pero no podía.
—¿Llevas mucho tiempo viviendo allí?
—Hace cinco años que compré esa casa. Antes vivía en Marigny.
—Qué curioso. —Volvió la cabeza hacia mí antes de volver a centrarse en la carretera—. ¿Te gustaba Marigny?
—¡Me encantaba! Pero no encontré nada dentro de mi presupuesto. —Me reí al recordar la cara que ponían todos los agentes inmobiliarios cuando les especificaba lo que quería—. ¿Por qué lo preguntas?
—Porque justo estoy buscando casas en esa zona.
—¿Quieres mudarte del ático? —Era el lugar más espléndido que había visto nunca, me sorprendió que quisiera mudarse.
—Me gustaría vivir en un chalé con jardín para Charlotte. El ático es maravilloso, pero no lo compré pensando precisamente en una familia.
—¿De verdad? ¿A pesar de tener cinco hermanos?
—Hasta hace poco los seis estábamos solteros y ninguno pensaba sentar cabeza.
—¿Y qué pasó?
—No lo sé.
Apenas pude contener la risa porque lo dijo como si fuese un asunto muy serio.
—¿Quizás encontraron a la persona adecuada? —sugerí.
—Eso es lo que dice todo el mundo. Yo, en cambio… Da igual.
—Me estabas contando que estás buscando una casa para mudarte con Charlotte —dije para cambiar de tema. Que se preocupara tanto por su hija me conmovía.
—Sí, pues eso, a los niños les encanta estar al aire libre. Yo mismo crecí en una casa con jardín y la disfrutamos muchísimo. El ático tiene una terraza en la azotea, pero es muy insegura.
—¡Claro! Tendrías que estar todo el tiempo estresado pendiente de dónde está la peque.
—Exacto. Además, mi hermano Chad también vive en Marigny, lo cual me vendría muy bien, y de paso, estaría más cerca de la sede LeBlanc-Broussard .
Pese a que era mi oportunidad para dar el paso a una charla de negocios, no pude. Quería saber más sobre Beckett.
—¿Cómo va la búsqueda de niñera?
—La agencia me envió una señora estupenda. Se llama Agatha. Estamos muy contentos con ella.
—¿Y Charlotte se ha quedado con Agatha esta noche?
—No, con mis padres. Tengo mucha suerte de contar con el apoyo de toda mi familia.
—Ya te digo —respondí justo cuando giramos hacia mi calle.
Beckett condujo hasta la puerta de mi casa. Cuando llegamos, la miró con una sonrisa:
—Me has convencido. Por fuera tiene mucho encanto.
El exterior estaba pintado de azul claro, y los escalones del porche delantero y las puertas de azul oscuro.
—Los pralinés están en el maletero —me explicó antes de bajarse del coche para ir a buscar la caja.
Al abrir la puerta del acompañante, descubrí que Beckett ya estaba esperando a que saliera.
—Gracias por traerme a casa —dije. Después de agarrar la caja, añadí—: Y por los bombones, por supuesto.
Apreté la caja contra mi pecho y, con cuidado, coloqué su chaqueta en el reposabrazos del BMW. Pero al bajarme del coche, calculé mal la distancia y choqué contra él. Ese simple contacto le arrancó un gemido.
—Dios mío, lo siento mucho. ¿Te he hecho daño?
Quería asegurarme de no haberle pisado con el tacón.
—No, estoy bien. ¿Y tú? —preguntó, colocando una mano en la cintura.
—Igual. No me he tropezado y los pralinés están a salvo —respondí apretando la caja contra mi pecho.
—No vaya a ser cosa que se arruinen —dijo con una sonrisa.
—Casi me da algo. No puedo permitir que se echen a perder.
Dios, estaba tan cerca. Mi calle tenía muchas farolas, pero justo donde estábamos la iluminación era escasa. Aun así, podía ver el fuego en sus ojos. Lo sentía .
Y entonces Beckett se acercó y me besó con tanta pasión que no pude negar lo mucho que lo necesitaba, lo mucho que ansiaba que eso sucediera.
Me entregué a sus labios con fervor. Lo deseaba, y conforme profundizaba el beso aumentaba mi excitación.
Jadeé contra su boca, presionando mis caderas contra las suyas.
Seguía sosteniendo la caja de pralinés, pero aparté una mano para acariciarle su musculoso y robusto hombro.
Era tan fuerte y corpulento que podría lanzarme a sus brazos sin previo aviso, y no perdería un segundo el equilibrio.
—Joder, Piper —dijo al separar su boca de la mía.
En lugar de detenerse, continuó bajando por mi cuello. Incliné la cabeza para facilitarle el recorrido y que llegara a todas partes.
—Entremos, Beckett.
Se detuvo.
—¿Estás segura?
—Sí, estoy segura.
Con otro gemido, se enderezó y asintió:
—Entremos.
1 Nota de la Traductora: Se denomina shotgun a un estilo de vivienda rectangular y estrecha, de no más de tres metros y medio de ancho, con habitaciones dispuestas una detrás de la otra y puertas en cada extremo, que se hizo muy popular en el sur de Estados Unidos a fines del siglo XIX.