Un padre soltero inolvidable Capítulo Trece
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Capítulo Trece

PIPER

—Mamá, deberías probar los pralinés LeBlanc-Broussard —le dije por teléfono a la mañana siguiente, de camino al trabajo.

Había pensado llamarla la noche anterior después de llegar a casa, pero al final decidí esperar.

Necesitaba tiempo para recomponerme, asimilar el beso y todo lo que Beckett me había dicho.

Pero a la mañana siguiente seguía hecha un lío. —Te llevaré algunos esta noche.

—¿ Cómo lo has hecho? Son los mejores de Nueva Orleans y muy difíciles de conseguir.

—¿Cómo lo sabes?

—Porque cada Navidad, me hago de un pequeño arsenal con mucha antelación; compro las cajas poco a poco en varios de sus establecimientos. —Cada día descubría algo nuevo sobre mi madre. Nunca imaginé que fuese tan fan de los pralinés—. ¿Dónde los has conseguido, Piper?

—Trabajo con una de las empresas del Orleans Conglomerate , que son quienes que los producen.

—¡Qué bien! Eso significa que podrás hacerte de pralinés cuando quieras, ¿no?

Dudé antes de responder.

—Espero que sí.

—¿Y con quién trabajas?

—Con Beckett LeBlanc, que está al mando de las panaderías. —Respiré hondo y añadí—: Mamá, he hecho una tontería.

—¿Qué ha pasado cariño? Cuéntamelo todo.

—No me andaré con rodeos: Beckett y yo nos besamos anoche.

—¿Y cuál es el problema?

Sonreí mientras subía al tranvía. Mi madre nunca me había juzgado en toda mi vida, ni siquiera cuando era adolescente. Tampoco me daba carta libre para hacer cualquier cosa, al contrario, podía llegar a ser muy dura. Pero sabía que siempre podía hablar con ella y nunca le ocultaba nada.

—Es mi cliente.

—Uy, besar a un cliente es un pecado gravísimo —dijo en tono de broma.

Su comentario logró calmar mi nerviosismo.

—No creo que a Josh le haga ninguna gracia.

—Con el dinero que le haces ganar, que se meta su opinión sobre tu vida privada por donde le quepa.

—Otro tema es que Beckett tiene una hija recién nacida.

Mi madre se detuvo un segundo.

—¿Tiene pareja?

—No, mamá. Yo nunca haría algo así.

Lo dije tan alto que varios pasajeros me miraron. No me importó y fingí no darme cuenta mientras disimulaba mirando por la ventana.

Bajando la voz hasta convertirla en un susurro, le conté la historia de Beckett.

—¡Dios mío! No me lo puedo creer, ¡pobre niña! —Mi madre tampoco podía entender cómo alguien era capaz de renunciar a su propio hijo—. ¡Y pobre Beckett! —Luego lo reconsideró—: Bueno, no sé si merece tanta compasión. Quiero decir, él decidió tener una aventura de una noche.

—Mamá, tú nunca juzgas a nadie.

—Nunca te juzgo a ti , hija mía. Pero con los demás no soy tan complaciente.

—Ya veo.

—Sigo sin entender por qué crees que has cometido un error. Ambos sois adultos y simplemente surgió.

—Ya, es verdad. Además me aseguró que nuestra relación profesional no cambiará en absoluto.

—¿Ves? No te preocupes tanto. Tú no eres de las que se ahogan en un vaso de agua.

—Tienes razón —suspiré—. No sé por qué le estoy dando tantas vueltas.

—Parece que Beckett te gusta mucho más que el último chico que te presenté.

—Bueno, sí —admití—. Aquello no iba a ninguna parte.

—Ya me di cuenta, si ni siquiera accediste a tener una segunda cita. Mira, si crees que lo vuestro va a ser un follón, entonces no le des cabida. Pero si piensas que puede ser algo bonito, ¿por qué no darle una oportunidad? A veces, las situaciones más complicadas son las que más merecen la pena.

Que era complicado estaba más claro que el agua. Esperaba que la charla con mi madre me aclarara un poco las cosas, pero ahora me sentía aún más confundida.

Estaba tan absorta en nuestra conversación que casi olvidé mi parada. Me levanté de un salto y tuve que abrirme paso entre la gente a codazos, mientras me miraban con mala cara.

—Mierda, mamá, tengo que bajarme del tren. Hablamos esta noche, ¿vale?

—Claro, cariño. Y no seas tan dura contigo misma; la vida no viene con manual de instrucciones, y de todo se aprende.

—Gracias. Siempre sabes qué decir.

—Para nada. Casi siempre improviso y digo lo primero que me viene a la mente, pero me quieres demasiado como para darte cuenta. Que tengas un buen día, cielo.

—Tú también.

Me abrí paso rápidamente hasta la salida y conseguí salir justo a tiempo. Fui recuperando el aliento mientras llegaba al edificio de mi oficina.

Justo cuando entré, me llegó un mensaje al móvil y pensé que podría ser mi madre otra vez con más sabios consejos, así que lo revisé. Pero era de Beckett.

Beckett: Avísame cuando tengas tiempo para hablar por teléfono.

Me mordí el interior de la mejilla mientras entraba en el edificio. ¿De qué quería hablar? Saludé a Christine, nuestra recepcionista, antes de dirigirme a mi oficina y sentarme en mi escritorio. ¿Quería que habláramos de la campaña o se trataba de otra cosa?

Maldita sea, Josh tenía razón. Mezclar los negocios con placer solo complicaba las cosas.

Entonces me vinieron a la mente las palabras de mi madre: “A veces, las situaciones más complicadas son las que más merecen la pena”. En cualquier caso, tenía que ser profesional.

Piper: Estoy disponible ahora, o puede ser más tarde.

Beckett me llamó al momento:

—Buenos días.

—¡Hola!

—¿Ya estás en la oficina? —preguntó.

—Sí, acabo de llegar.

—Perfecto. Lo he consultado con la almohada y me he decantado por la opción del presupuesto más alto.

Al final era una llamada laboral.

—Qué rápido.

—Esta mañana, antes de que Charlotte se despertara, revisé todo otra vez —explicó—. Es la mejor opción.

—Entonces me pondré manos a la obra.

—Perfecto. ¿Te comunicarás con mi equipo para coordinar?

—Sí. ¿Quieres que te envíe copia de todas las comunicaciones?

—Sí, por favor.

—Estupendo. No sabes lo emocionada que estoy, todo está saliendo mucho mejor de lo que esperaba.

—¿De verdad? —preguntó Beckett.

Hubo un sutil cambio en su tono. Tragué saliva, me levanté de un salto y empecé a dar vueltas por mi oficina.

—Sí, no pensé que lo tendría resuelto tan rápido.

—Pues yo nunca pensé que te terminaría besando —respondió.

¡Lo sabía! Por eso había cambiado su tono.

—Beckett, no sé qué decir…

—No tienes que decir nada. Yo sigo reviviendo ese momento en mi mente.

Se me puso la piel de gallina.

—Yo también —admití.

—Piper, te debo una explicación.

—No, no me debes nada —aseguré, pese a que se me encogió el corazón.

—Insisto. Llevo toda la vida haciendo lo que me da la gana y sin dar explicaciones a nadie. Y creo que, en parte, por eso la madre de Charlotte tomó esa decisión.

—Dijiste que fue algo de una sola noche —murmuré.

—Sí, pero también le dije que la llamaría y nunca lo hice.

—¡Beckett! Eso no justifica que te haya ocultado el embarazo. Todo el mundo conoce los riesgos de las aventuras de una noche. No es por defenderte a ti, ni a ningún hombre en general, pero todos dicen que van a llamar y después desaparecen.

—Como sea, no quiero enviar señales contradictorias.

—Está bien. —Bajé la mirada hacia mis zapatos. Llevaba unos tacones rojos que los había combinado con un vestido azul oscuro.

—Pero tú me haces sentir algo que nunca antes había sentido.

Me quedé flipando. No me lo esperaba.

—Vaya.

—Me pasan cosas contigo, Piper.

—¿Qué quieres decir?

—No lo sé y tampoco puedo explicarlo. En cualquier otro momento de mi vida, hubiera intentado conquistarte.

Una vez más, se me cortó la respiración. ¿Conquistarme? Hacía años que no escuchaba esa palabra.

—Pero no es un buen momento para mí —continuó—.

A ver… estoy viviendo una etapa maravillosa por la llegada de mi hija; ha sido, sin duda, la mejor sorpresa de mi vida.

—Su voz reflejaba su inmensa felicidad, confirmando una vez más el amor que sentía por su pequeña—.

Pero quiero lo mejor para mi hija. Y eso implica que no puedo salir con nadie, ni siquiera pensar en alguien… como pienso en ti.

—Lo entiendo, Beckett. No tienes que darme explicaciones, ¿vale? —dije con voz suave. En el fondo, esperaba otra respuesta. Me senté de nuevo en la silla, descalzándome para mover los dedos de los pies—. Tienes otras prioridades, y está bien.

—No se trata solo de eso, aún estoy adaptándome a mi nueva realidad.

—Como debe ser.

—Y ahora que he sido sincero contigo, he pensado cómo deberían ser las cosas a partir de ahora entre nosotros.

—Te escucho.

—Creo que lo mejor será comunicarnos solo por email.

—Está bien.

—Y si hay algo que necesites hablar específicamente conmigo, nos reuniremos en la oficina con alguien de mi equipo presente.

Sentí una gran decepción.

—Me parece lo mejor.

Que quisiera hacer lo correcto hacía que me sintiera aún más atraída por él.

—Joder, no puedo creer que esté haciendo esto —dijo, y ambos respiramos hondo—. Por cierto, esta semana estaré muy ocupado con reuniones, así que, si quedas con Sonia y Nina, no podré asistir.

—¡Estupendo! — Ups. ¿Mi comentario ha sido demasiado entusiasta?

—No, de estupendo no tiene nada —dijo Beckett en voz baja.

Tenía razón. No quería enviar señales contradictorias, pero era justo lo que estaba haciendo. Aún así, no iba a juzgarlo, entendía que quisiera hacer las cosas bien.

—Que tengas un buen día, Piper.

—Tú también.

Después de colgar, decidí ignorar mis sentimientos.

No me costaba ponerme en su lugar: si yo tuviera un bebé, sería mi prioridad absoluta, y ni se me pasaría por la cabeza salir con alguien.

Aunque sí saldría con Beckett… , me dijo un pequeño diablillo en mi hombro, al que también decidí ignorar.

Durante el resto del día, me mantuve en contacto con el equipo de Beckett, que me respondió con rapidez y eficiencia.

Pero cada vez que contestaba a uno de sus correos electrónicos, se me revolvía el estómago al ver su nombre en copia.

No tenía ni idea de cómo salir de esa situación.

Podría volver a lo de las aplicaciones de citas pero no me apetecía nada… ni un poco.

Alrededor de las tres de la tarde, descubrí que tenía un correo electrónico sin leer.

Remitente: Beckett LeBlanc

Asunto: Pralinés

¿Se lo había enviado a todo el equipo? Lo abrí rápidamente y comprobé que era solo para mí.

Beckett: ¿Te quedan pralinés?

Sonreí.

Piper: Sí, pero no por mucho tiempo. Esta noche llevaré la caja a casa de mis padres. Y ya te digo que entre mi madre y yo, no dejaremos nada.

Beckett: Te mandaré más, no te preocupes por eso.

Piper: Beckett, ¿recuerdas lo que hablamos esta mañana?

Beckett: Claro que sí. Y ya ves: no son ni las cuatro y ya te estoy enviando un correo por privado. Te prometo que es el último.

Estuve a punto de preguntarle por cuánto tiempo, pero me contuve. Era evidente que lo estaba intentando pero fracasaba estrepitosamente. El día anterior dijo que no podía hacer ninguna promesa.

Entonces me volvió a enviar otro email.

Beckett: ¿Vas al evento de esta noche?

Este hombre no tiene remedio . Una vez más, yo era la única destinataria.

Beckett: Esta noche estaré en el evento de marketing , y me parece que vuestra agencia está invitada. ¿Te veré allí?

Fruncí el ceño y eché un vistazo al archivo adjunto. Mierda. Estábamos invitados al evento y lo había olvidado por completo.

Miré mi calendario y allí estaba correctamente señalado. ¿Cómo se me había pasado?

Piper: Sí. ¿Cómo deberíamos… comportarnos?

Beckett: Somos adultos, se supone que somos capaces de mantener la distancia.

Eso no te lo crees ni tú .

Inmediatamente le envié un mensaje a mi madre para decirle que no podría ir a su casa esa noche.

Piper: Hola, mamá. Lo siento, se me olvidó por completo que tengo un evento de trabajo esta noche. No podré ir a cenar con vosotros.

Mamá: No te preocupes, pero guárdame algún praliné para cuando nos veamos.

Piper: Claro que sí.

Beckett dijo que podía conseguirme más. Bueno… ya que no podré volver a besarlo, los bombones serán mi consuelo.

Normalmente me entristecía tener que cancelar un plan con mis padres, pero esta vez no.

Y todo era porque iba a volver a ver a Beckett.

Menos mal que llevaba ese vestido, que era perfecto para un cóctel de negocios.

Seguía sin creer que se me hubiera olvidado; no era propio de mí.

¿Debería pedirle a un compañero que fuera en mi lugar?

No, acudir a eventos era parte de mi trabajo y me alegraba saber que Beckett estaría allí. Solo tenía que prepararme mentalmente para resistir la sensualidad de sus labios y el hechizo de sus ojos castaños.

***

Pero cuando llegué al local, ya no estaba tan segura de haber logrado reforzar mis defensas; empecé a buscar con la mirada a un hombre alto e increíblemente guapo. El lugar estaba tan abarrotado que no sería fácil encontrarlo.

Quizás sea mejor que ni me lo cruce .

En definitiva, estaba allí para hacer contactos y encontrar clientes potenciales. Eso era todo.

Decidí acercarme a unos antiguos clientes para que, con suerte, me presentaran a otros potenciales clientes.

Divisé a Monica entre la multitud, con quien había trabajado el año anterior, y me dirigí hacia ella.

Estaba a punto de alcanzarla cuando una voz sexy me dijo:

—Por fin. Te estaba buscando.