Capítulo Doce
BECKETT
—No lo estamos consiguiendo, ¿no? —murmuró, mirando de nuevo a mi hija.
—¿Qué estás pensando, Piper?
—Demasiadas cosas… —negó con la cabeza pero sin levantar la mirada—. Y nada tiene sentido.
Después de sentarnos a la mesa, comí a toda velocidad para poder darle el relevo.
—Yo me encargo ahora de Charlotte —dije unos minutos más tarde.
—¡¿En qué momento te has terminado el plato?! —preguntó pasmada al ver mi plato vacío.
—He sido rápido. Desde que soy padre, me he vuelto todo un experto.
Mi pequeña había terminado su biberón y, mientras la hacía eructar, observé a Piper comer. Mi hija se quedó dormida inmediatamente después de un fuerte eructo que nos hizo reír a los dos.
—No puede ser, mis abuelas tenían razón —murmuré, mientras me levantaba de la mesa y acostaba a Charlotte en su cuna.
Volví a la mesa, y vi a Piper de pie, recogiendo los platos sucios. No quería que se tomara esa molestia, y cuando se los quité de las manos, mis dedos rozaron su delicada piel. Ella se apartó rápidamente, y desvió la mirada.
Me moría de ganas de tocarla.
Mente fría, por favor.
Dejé los platos en el fregadero y Piper trajo los vasos, decidida a colaborar.
—Volviendo a tus abuelas, ¿por qué me has preguntado si he notado algo fuera de lo común?
—Vale, te lo contaré. Pero antes que nada necesito saber si tu perfume huele igual que siempre o lo notas diferente.
—Es el de siempre —respondió con el ceño fruncido—. La fórmula es la misma; sabes que guardan la composición en un archivo en la tienda. ¿Por qué?
Incliné la cabeza.
Allá voy… y que sea lo que Dios quiera.
—En primer lugar, que conste que no me creo ni una palabra de la historia que voy a contarte.
Y segundo, si dices que tu perfume huele igual que siempre, puede que haya pensado mal de mis abuelas sin motivo.
—Me detuve un segundo y dije—: El asunto es que ellas creen que algunas plantas tienen poderes mágicos.
—No me extraña —se rió entre dientes—. Estamos en Nueva Orleans: todo el mundo cree en poderes sobrenaturales.
—¿Tú también? —pregunté, arqueando una ceja.
—En realidad no, pero me encanta escuchar esas historias.
—Resulta que mis abuelas creen que la lila tiene el poder de… ¿cómo decirlo? De unir a las almas gemelas. —No podía creer que lo estaba diciendo en voz alta. —Y tengo serias dudas de que le hayan añadido unas gotas de lila en secreto a tu perfume.
Piper parpadeó rápidamente:
—¿Con qué propósito?
—Muy buena pregunta —respondí.
—¿Piensas que le añadirían algo a mi perfume sin consultármelo primero?
—No, tampoco son capaces de hacer algo así. Seguramente te contarían una milonga de reformulación de ingredientes o algo así.
—Un momento… —dijo entrecerrando los ojos—. Ahora que lo dices, sí que me preguntaron si quería un perfume nuevo. Y parecían muy misteriosas.
—¡Lo sabía! —Las comisuras de mi boca se crisparon hasta que no pude contener la risa—. Mis abuelas son de lo que no hay.
—Pero no lo entiendo. ¿Qué significa eso?
—Aún no estoy seguro —confesé.
Tenía suficiente experiencia con mis abuelas como para saber que querían emparejarme con ella. Maldita sea, si yo mismo pensaba que Piper era buena para mí, y sin embargo…
Eso no podía suceder.
—Bueno, debería irme —dijo, y al levantarse, uno de los cuchillos que había utilizado para preparar la jambalaya cayó al suelo.
Piper dio un grito lo suficientemente alto como para que me diera cuenta de que le había rozado la mano. Se agachó para coger el cuchillo.
—Déjalo, lo recogeré más tarde. Enséñame la mano.
Ella la extendió. Solo era un pequeño roce, no le había hecho sangre.
—¿Estás bien?
—Sí, no te preocupes. —Su voz era apenas un susurro.
No solté su mano. En cambio, pasé mi pulgar por el dorso y le toqué la muñeca.
—Tienes el pulso acelerado.
—Sí, ¿y sabes por qué? —Su tono era un poco descarado, casi provocador. La miré directamente a los ojos, y esta vez, no apartó la mirada.
—¿Soy yo el responsable? —bromeé, y ella asintió.
Era tan increíblemente guapa que no pude evitar besarla. De cerca, su perfume era tan embriagador que me cautivó por completo.
Se entregó al beso y me hice adicto a ella en ese preciso momento. No podía parar. Entrelacé nuestras lenguas, profundizando el beso, hundiendo una mano en su espesa melena. No podía tener suficiente de ella, de su sabor y de sus gemidos. Mi cuerpo reaccionó al instante.
La apreté contra mí para que sintiera lo mucho que me excitaba: me había puesto duro como una roca en cuestión de segundos. Piper se estremeció en mi brazos y casi pierdo la cabeza.
Entonces volví a la Tierra. Joder. Mi hija estaba durmiendo en la misma habitación con nosotros. ¿En qué coño estaba pensando?
Interrumpí el beso, pero no solté su cabello. Todavía no. Necesitaba tocarla unos segundos más.
—Beckett… —susurró—. No deberíamos… Oh, Dios.
—Lo sé. Lo sé.
Finalmente, la solté y di un gran paso atrás.
—No era mi intención besarte —admití.
—Bueno… la verdad que ha sido muy bueno para no haber sido planeado —respondió. Me encantaba su sentido del humor.
—Nada sale según lo planeado cuando se trata de ti, Piper.
—Mejor me voy. —Echando un vistazo a la mesa, añadió—: Cogeré mi portátil y nos pondremos en contacto la semana que viene.
Su actitud había cambiado: estaba nerviosa.
Quería tranquilizarla, pero sabía que era yo quien causaba su nerviosismo.
—Por supuesto —me limité a decir.
Sus hombros se relajaron con alivio. Se apresuró hacia la mesa, cogió su bolso y el ordenador. La acompañé hasta el pasillo.
—Antes de que se me olvide, tengo algo para ti —dije. Abrí la puerta del armario que servía de guardarropa y saqué una caja de pralinés.
—Dios mío. ¡Pralinés LeBlanc-Broussard ! Llevo años sin probarlos. No sabía que… Claro. ¿Cómo no me di cuenta de que todo estaba relacionado?
—Dijiste que te gustaban los pralinés. Y estos son los mejores.
Piper ladeó la cabeza y me miró:
—Fuera de broma, a tu familia le gusta ser la mejor en todo, ¿eh? Y reconozco que tenías razón sobre el Sazerac .
—Pruébalos y dime qué te parecen.
—Bueno… Estoy intentando no comer dulces por la noche, pero no pasará nada si solo como uno.
Maldita sea, Piper era irresistible y adorable a partes iguales. Sacó un praliné del envoltorio con cuidado y se lo llevó a la boca.
—Mmm… Había olvidado lo buenos que están. ¿Dónde los vendéis?
—Hasta hace poco, solo se conseguían en nuestras panaderías y restaurantes. Ahora estamos en proceso de introducirlos también en comercios minoristas.
—Me encantan. Voy a guardar la caja en mi bolso para no olvidarlos.
—No te preocupes, te conseguiré otra.
—Gracias —dijo con una sonrisa.
—Piper… —comencé mientras ella se ponía los tacones.
—¿Sí? —preguntó, incorporándose y levantando los hombros.
—No tienes que preocuparte en absoluto por que esto afecte nuestra relación profesional. No ha cambiado nada.
—Gracias, eso era lo que más me preocupaba.
—Me lo imaginé. Tranquila, te prometo que seguiremos como si nada hubiera pasado. —Y como buen cabrón que era, me acerqué más a ella. Me quedaban un par de minutos con ella y no quería desperdiciarlos—. Pero en lo que respecta al plano personal…
—¿Sí?
—No puedo decir lo mismo.
—¿Qué? —preguntó y se humedeció los labios.
—No me gusta hacer promesas que no sé si podré cumplir.
—Bueno… La sinceridad ante todo. —Su sonrisa juguetona había vuelto.
Me acerqué a la puerta y la abrí. Maldita sea, quería que se quedara, pero sabía que no era lo correcto.
Era padre soltero, y más me valía que me entrara en la cabeza de una buena vez. No tenía tiempo para dedicarlo a otras cosas. Corrección: no quería buscar tiempo para otras cosas. De lo contrario, sería un completo desastre.
La miré fijamente hasta que entró en el ascensor y cerré la puerta.
Charlotte seguía dormida. Si no se despertaba para otra toma antes de que me acostara, dormiría en el sofá. Trasladarla a la cuna del dormitorio no era opción, siempre se despertaba.
Saqué mi teléfono, le hice una foto y se la envié a Isabeau.
Beckett: Duerme como un angelito. Gracias a tus consejos. Me han venido muy bien.
Mi abuela me llamó en ese mismo momento, y me alejé unos metros antes de contestar, aunque no creía que Charlotte se despertara. Cuando estuvo Piper no había reaccionado.
—¿Ya habéis terminado de cenar? —preguntó Isabeau.
—Sí, Piper se ha ido a su casa.
—¿Qué tal ha ido?
—Bien, es muy buena en su trabajo.
—No me refería a eso.
Lo sabía, pero quería salir por la tangente.
—¿A qué te referías entonces? —pregunté, fingiendo total inocencia.
—Ha pasado algo entre vosotros, ¿verdad?
—Isabeau, nunca te habías entrometido tanto… en mi vida.
—No me inmiscuí en tus relaciones anteriores porque no parecían valer la pena.
—¿Y crees que esta vez es diferente?
— Tú estás diferente. Algo cambió en ti en el momento en que regresaste a casa con Charlotte.
—Por supuesto, Isabeau. Quiero lo mejor para ella y mi estilo de vida anterior era incompatible con la crianza de una niña.
—¿Ves? A eso me refiero. Que priorices su bienestar ya es de por sí un cambio radical. Quizás tú también estés listo para el amor verdadero.
—Lo dudo.
—¿Qué tal estaba la jambalaya ?
—Deliciosa, como siempre.
—Me alegro. Entonces, ¿la cena fue una simple reunión de negocios?
No respondí de inmediato, lo que resultó ser un gran error.
—No lo fue —concluyó mi abuela—. Me alegro. Sé que me estás ocultando cosas, pero aún así estoy muy contenta.
—¿En serio? —pregunté completamente sorprendido.
—No me interesan los detalles, me basta con que mis nietos sean felices. Y ya que estamos, te confieso que el hinojo tiene propiedades afrodisíacas, como a ti te gusta decir.
—El hinojo es una planta.
—No me des lecciones, jovencito. ¿Recuerdas que soy chef , verdad?
Una chef muy supersticiosa , pensé, pero no lo dije en voz alta.
Además, una duda persistente me rondaba la cabeza.
Con o sin lila, habían acertado en el pasado con mis hermanos y sus parejas.
¿Y si ahora también tenían razón? Piper era…
Tenía que olvidarla. Aunque fuera la persona adecuada para mí, el momento no podía ser peor.
—Mejor lo dejamos por hoy. Solo quería contarte que tus consejos me han venido muy bien con Charlotte.
—¿Has visto? Deberías confiar más en mí.
—Confío en ti, Isabeau. Créeme, con los ojos cerrados.
Después de colgar, empecé a recoger la cocina. Maldita sea, ¿cómo era posible que hubiera acabado besando a Piper? Había pasado de considerar seriamente el celibato a no poder quitarle las manos de encima.
Durante toda mi vida había tenido muy claros mis objetivos: expandir la empresa familiar y pasármelo pipa.
Nunca tuve la intención de sentar cabeza, y la perspectiva de compartir un futuro con una mujer no me atraía.
Mis padres y abuelos tenían matrimonios felices, pero no le veía ninguna ventaja.
Ahora me daba cuenta de que había sido un cabrón egoísta.
Joder. Isabeau tenía razón. Algo había cambiado radicalmente: ahora me encantaba la vida en casa, junto a mi pequeña, mientras planeaba el futuro.
Dios mío, ¿y si Isabeau tenía razón en todo lo demás?