Un padre soltero inolvidable Capítulo Once
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Capítulo Once

BECKETT

Por suerte, Charlotte se durmió a las cinco y media.

Mi vida oscilaba como el péndulo de un reloj; cuando estaba despierta y de buen humor, era un placer estar con ella, pero cuando empezaba a llorar y no conseguía calmarla, lo único que quería era que se durmiera.

Y, para rematar, cuando dormía, no podía dejar de mirarla. ¿Era normal o me estaba volviendo loco?

Agatha, la nueva niñera, había comenzado a trabajar el día anterior. Tenía la misma edad que mi madre y una larga experiencia en el cuidado infantil, lo que me dio una buena impresión. Cuando volví a mi casa a las cuatro, me contó cómo había ido el día.

Charlotte dormía en el salón en una pequeña cuna portátil. Mientras mantuviera el dispositivo de sonido blanco que enmascaraba los ruidos molestos, podía moverme por la casa sin despertarla, así que empecé a preparar la cena.

Cocinar era una de mis pasiones. De adolescente, Isabeau y Celine cocinaban sin parar mientras yo hacía los deberes en la isla de la cocina. Y gracias a eso, les había robado la mayoría de sus recetas. Esa noche estaba preparando la célebre jambalaya ⁠ 1 de Isabeau.

En medio del jaleo, me di cuenta de que había olvidado un detalle importante. Maldita sea. ¿Lleva dos o tres cucharaditas de comino? Nunca lo recordaba.

Resignado, llamé a Isabeau. Sabía que, por las buenas o por las malas, me intentaría sonsacar por qué me estaba tomando la molestia de cocinar un plato tan elaborado; sabía que solo lo hacía cuando quería impresionar a alguien.

Era probable que todavía estuviera en la tienda, pero estaba seguro de que cogería mi llamada.

—Hola, Beckett —respondió al primer tono.

—Hola, Isabeau. Sé que estás en la tienda, y no quiero robarte mucho tiempo, pero necesito hacerte una pregunta. ¿La jambalaya lleva dos o tres cucharaditas de comino?

—¿Estás cocinando mi jambalaya ? —preguntó.

—Así es.

—Mmm… qué curioso.

—No pienso decirte nada más.

—No hace falta, cariño. La estás haciendo para Piper.

Casi se me cae el teléfono sobre la encimera.

—¿Cómo lo sabes?

—No debería decírtelo; tú no has querido contarme que era para ella en primer lugar.

—Isabeau…

—Está bien. Piper pasó por la tienda para reponer un perfume que le hicimos hace meses.

—Sí, ella me comentó que os conocía.

—Pero ya nos había llegado la noticia incluso antes —dijo Isabeau con petulancia—, porque tus hermanos la conocieron en el bar.

—Ajá.

—Y aprovechamos para releer todos los apuntes que teníamos sobre ella. Ya sabes, la información que les pedimos a nuestras clientas para hacer perfumes.

—Dais miedo —afirmé sin reparos.

—Métete en tus asuntos, jovencito. Piper es una mujer encantadora, muy trabajadora, y quiere muchísimo a sus padres. Gasta más en productos de belleza para su madre que para ella misma.

Era un dato interesante que hablaba bien de ella, pero no entendía por qué Isabeau me lo estaba contando.

—Me estás revelando información personal sobre tus clientes. ¿No debería ser confidencial?

—Hoy estás empeñado en hacerte el difícil, ¿verdad?

—No, Isabeau, eres tú quien me lo está poniendo difícil. Te he llamado solamente para saber la cantidad de comino que lleva la receta.

—Tres cucharaditas. Pero la tercera se añade después de…

—Removerlo bien —terminé por ella.

—Ah, por cierto, añade también unas semillas de hinojo. ¿Tienes en casa?

—Sí, ¿estás segura?

—Completamente.

—Nunca antes me habías dicho que le pusiera semillas de hinojo a la jambalaya .

—Es verdad, pero es un condimento que he descubierto hace poco y que le queda muy bien.

Me resultó extraño, pero era habitual que los chefs experimentaran y cambiaran las recetas.

—Vale, añadiré semillas de hinojo. ¿Cuántas?

—Una cucharadita será suficiente.

—De acuerdo.

—¿Cómo está el angelito?

—Ahora, durmiendo plácidamente. Gracias por todos los consejos, Isabeau. Sobre la comida y sobre todo en general.

Aunque me gustaba chinchar a mi familia, nunca estaba de más recordar lo agradecido que estaba con ellos.

—Sabes que estamos aquí para lo que necesites. Y, por si acaso, dinos si Piper necesita una fragancia con lila, ¿vale?

Empecé a reírme de nuevo:

—No puedo creer lo que me estás diciendo.

—Todos tus hermanos pasaron por esto. Ahora te toca a ti.

—Tengo una hija recién nacida, que casualmente es el resultado de una aventura de una noche. Está claro que no debería salir con nadie durante mucho tiempo.

—¿Qué tiene que ver una cosa con la otra? Puedes cambiar la perspectiva: has disfrutado de ese estilo de vida despreocupado durante años, y estás preparado para otra cosa.

—Preparado para ser padre. —Me sorprendió la fuerza de mis propias palabras—. Nada más.

—Bueno, por si cambias de opinión…

—Serás la primera en saberlo —le aseguré—. Ahora, voy a terminar de preparar la cena.

—Por supuesto, querido.

Después de colgar, volví a la jambalaya .

Tenía el monitor para bebés en la encimera para poder vigilar a Charlotte en todo momento.

No era una persona controladora, pero si pudiera, me llevaría el vigilabebés al trabajo; quería ver a mi pequeña todo el rato.

En ese momento, dormía plácidamente, lo que me daba tiempo para prepararlo todo.

Mis pensamientos volaron a Piper. Había cedido a un impulso y la había invitado a cenar a mi casa. Cuando dijo que tendría el presupuesto listo para ese mismo día, aproveché la excusa para volver a verla.

No sé cómo lo hizo, pero consiguió que me abriera y le contara todo sobre la madre de mi hija. No era propio de mí; jamás hablaba de mi vida privada con ninguna mujer. Y que se indignara por mi situación me acercó a ella. Parecía que realmente se preocupara por Charlotte y por mí.

Joder, esa noche tendría que centrarme y atenerme al tema de los presupuestos. Como le acababa de decir a Isabeau, mi objetivo era ser el mejor padre posible. No había espacio para nada más.

Una hora más tarde, cuando le abrí la puerta a Piper, me di cuenta de que me había metido en un problema. Una vez más, verla en su elegante traje desató mi imaginación y me excitó profundamente.

—¡Qué bien huele! —comentó, mientras se quitaba los zapatos. La miré de arriba abajo: estaba sexy de cojones. Piper se enderezó y añadió—. ¿Es jambalaya ?

Me aclaré la garganta. Maldita sea, tenía que mantener la mente fría.

—Sí, la receta de Isabeau —respondí, mientras entrábamos en la sala de estar—. Me ha contado que hoy has estado en Fragrant Delights .

—Sí —respondió con cara de sorpresa—, como estaba en la calle Decatur, aproveché para comprar un recambio de mi perfume.

—Ya que has estado allí, ¿has visto algo raro en mis abuelas o fuera de lo común?

—Es curioso que lo preguntes —dijo mientras nos dirigíamos a la mesa—. No las conozco lo suficiente como para saber si hay algo “fuera de lo común”, pero actuaban de forma un poco extraña. ¿Por qué?

—No importa.

—¡Beckett! —Me señaló con el dedo—: Deja de hacer eso.

—¿Hacer qué?

—Dejar las frases a medias.

Le sonreí, inclinándome ligeramente hacia ella:

—Créeme. Es mejor así.

Abrió la boca, pero miró hacia un lado y sonrió:

—Oh, lo entiendo. Charlotte está durmiendo en esa camita, ¿verdad?

—Sí. Compré por Internet lo que se llama un moisés. Me gusta tenerla aquí conmigo en el salón para poder verla. He leído que lo mejor para los bebés es estar en el mismo lugar que un adulto durante los primeros seis meses de vida.

Piper me miró con ojos tiernos:

—Eres un padre estupendo.

Tragué saliva. ¿Lo decía en serio? No tenía motivos para halagarme, ya me había fichado como cliente.

—Hago lo que puedo.

—¿Puedo echarle un vistazo?

—Si no te importa, esperemos un rato. Pareciera que se despierta cada vez que alguien la mira.

Piper empezó a reírse y se tapó la boca. Era adorable.

—¿Hablamos en voz baja?

—No hace falta. He colocado una máquina de sonido blanco justo a su lado, y funciona de maravilla. —Asentí y le indiqué la mesa del comedor. —Vamos, sentémonos. La jambalaya estará lista en media hora. Mientras tanto, podemos trabajar en el presupuesto.

—Pues pongámonos manos a la obra. ¿Has visto la hoja de cálculo que te he enviado? —Al ver que yo negaba con la cabeza, añadió—: Supongo que no has tenido tiempo.

—No, lo siento.

—No importa. Para eso he venido aquí esta noche, para revisarla juntos.

Sí, era cierto. Había venido a casa exclusivamente para revisar el puñetero presupuesto, no para que la mirara con deseo o tuviera pensamientos obscenos. Eso pertenecía a mi vida anterior, que había quedado atrás. Ahora era padre y no tenía tiempo para nada más.

Pero cuando nos sentamos a la mesa, no pude evitar cruzar una línea:

—Qué bien hueles.

—Es el perfume que me hicieron tus abuelas —respondió sorprendida.

Estuve a punto de preguntarle si contenía lila. No me extrañaría que Isabeau y Celine le hubieran echado unas gotas a escondidas. En lugar de eso, me limité a decir:

—Veamos el presupuesto.

Su lenguaje corporal se transformó por completo.

Adoptó una expresión de gran seriedad que, curiosamente, le favorecía.

Incluso la rigidez de su mandíbula se acentuó.

Abrió su portátil y lo giró para que ambos pudiéramos ver el monitor.

Instintivamente acerqué mi silla a la suya y ella contuvo el aliento.

—Tengo tres presupuestos diferentes. He volcado toda la información en un PowerPoint con ejemplos de lo que podríamos conseguir con cada nivel de presupuesto, y así…

—¿Has hecho todo esto en cuatro horas?

—En tres horas y media —respondió con orgullo.

—Piper, eres increíble. Creo que nunca he conocido a nadie tan eficiente.

—Josh dice que por eso no me suelta. Es verdad que facturo muchas horas al mes, pero hago el trabajo de tres personas.

—Desde luego.

Dividió la pantalla para que pudiéramos revisar la hoja de cálculo y la presentación al mismo tiempo.

—Es un presupuesto bastante elevado —dije, señalando el primer ejemplo. Era un treinta por ciento más de lo que había calculado inicialmente.

—Lo sé, vendría a ser como el anuncio ideal, y por eso lo podemos dejar para el final. Primero veamos los dos más realistas.

Me reí:

—¿Quieres dejarlo para el final y que no pueda quitármelo de la cabeza?

Ella sonrió tímidamente:

—Me has pillado.

—Muy inteligente. De acuerdo, vamos.

Tal vez me gustaran las otras opciones y no tuviera que elegir la producción más cara. No me importaba invertir en marketing, pero si podía conseguir un resultado similar con un presupuesto menor, mucho mejor.

Revisamos las diferentes opciones en poco tiempo. Piper no solo era eficiente, sino que también era excelente presentando la información de forma rápida y concisa. Al final, también miramos la opción más costosa. Joder, era buena.

—Te ha convencido, ¿verdad? —preguntó Piper, con tono muy seguro.

—Tengo que consultarlo con la almohada. Es espectacular, pero también cuesta un treinta por ciento más de lo que había previsto.

—Va a ser una decisión difícil. —Cerró su ordenador portátil—. Tómate todo el tiempo que necesites para decidir, pero… cuanto antes, mejor. —Bajó la mirada hacia sus manos y su ordenador cerrado—: Si quieres, me voy y te dejo tranquilo.

—Piper, te prometí que cenaríamos juntos. La jambalaya está lista. Debes tener hambre y no permitiré que te vayas sin comer.

—¿Cómo lo sabes? No he picado nada en toda la tarde.

—¿No has comido nada desde esta mañana? —pregunté con la mirada entornada.

—No, porque me dijiste que viniera a cenar —murmuró—. Pensé que la presentación nos llevaría más tiempo, pero no hace falta que…

—Eso te pasa por ser demasiado eficiente —respondí, antes de que pudiera terminar la frase.

Cuando me levanté de la silla, Charlotte empezó a despertarse. La saqué del moisés y la puse sobre mi hombro.

—Necesita el biberón —dije, y fui a la cocina a prepararlo.

—¡Guau! ¡Es como una cafetera, pero para bebés! —exclamó Piper. No me había dado cuenta de que estaba a mi lado.

—Exactamente.

—Ha llevado solo cinco segundos. —Parecía atónita mientras cogía el biberón, le ponía la tapa y lo cerraba con fuerza.

—¿Crees que yo podría darle de comer? —preguntó, con un tono de voz tan tímido que me pilló completamente desprevenido.

—¿Estás segura?

—Sé cómo hacerlo —asintió—. Cuidé a mis primos cuando eran pequeños.

—Bien, pues entonces adelante.

Le pasé a Charlotte y Piper la cogió con destreza, con la cabeza ligeramente inclinada hacia arriba. Charlotte empezó a comer en cuanto le ofreció el biberón.

—A que está buena, ¿verdad? —le dijo Piper con voz dulce—. Tu papá ha estado muy listo con esta máquina.

Verla con mi hija en brazos me causó una sensación inexplicable. Podría pasar horas mirándolas a las dos; me producía una inmensa felicidad.

—Puedes servir la jambalaya , ¿no?

—Exacto.

Sacudiendo la cabeza, puse la comida en dos platos y los llevé a la mesa. Piper volvió a su silla lentamente, con la mirada fija en Charlotte.

—Qué bonita es.

—Soy su padre, para mí, es la niña más bonita del mundo. Dámela y así empiezas a comer.

—Queda poca leche, esperaré a que termine.

Besó la frente de Charlotte. Instintivamente supe que esa imagen se me quedaría grabada durante mucho tiempo.

La noche anterior había empezado a pensar en Charlotte en el futuro y en el momento en que me preguntara por su madre.

¿Qué le diría? Sentía que estaba privando a mi hija de tener una experiencia familiar normal.

Pero tal vez, algún día, encontraría a la mujer adecuada para mí.

Sabía que mis padres y abuelos estarían encantados. “Cuantos más, mejor” solían decir.

Maldita sea, no puedo creer lo que estoy pensando.

Tratando de borrar esa ideas de mi mente, pregunté:

—Te gustan mucho los niños, ¿eh?

—Sí, ya te dije que me encantan los niños. Durante años soñé con tener un bebé. Hasta que tiré la toalla… —suspiró—. Lo siento, se supone que no debo hacer ese tipo de comentarios tan poco profesionales.

—A mí me pasa lo mismo —respondí entre risas—. Pero parece que no lo estamos consiguiendo.

Y, por alguna razón, no me parecía mal.

1   Nota de la Traductora: La jambalaya es un guiso de arroz especiado, típico de Luisiana, que lleva distintos tipos de carne, mariscos y vegetales.