Capítulo Siete
BECKETT
—Es adorable —comentó mi madre a la noche siguiente, arrullando a Charlotte. Había estado inquieta hasta que ella la cogió en sus brazos.
—Tienes buena mano con los bebés —dije sin poder ocultar mi sorpresa.
Mi padre se rió:
—Adele es una encantadora de bebés. Cuando erais pequeños, solo ella conseguía calmaros. Ni siquiera vuestras abuelas podían; ella era la verdadera maga.
—Así es. ¿Verdad, mi pequeña? —le susurró mi madre a Charlotte con una sonrisa. Luego levantó la cabeza y dijo—: No sabes lo contenta que estoy, Beckett, estaba deseando tener otra nieta. Y ya que nos has dado todas las instrucciones, ve y despéjate un poco.
—Nos quedaremos todo el rato que haga falta —añadió mi padre—. Sé que tienes previsto contratar una niñera, pero recuerda que estoy jubilado y tengo tiempo para estar con Charlotte…
—Y a mí no me importaría jubilarme para cuidar de mi pequeña —dijo mi madre, volviendo a arrullar a mi hija, que la miraba fascinada.
Sus palabras me tomaron por sorpresa. Mi madre adoraba su galería, era el trabajo de su vida, pero estaba dispuesta a dejarlo todo solo para estar con su nieta.
—Mamá, puedes verla cuando quieras, pero voy a contratar a alguien. Tú tienes tu negocio y Charlotte es mi responsabilidad, no la tuya.
—Lo sé —susurró—. Y no sabes lo orgullosa que estoy de ti por haber dado un paso al frente y hacerte cargo de la situación.
No era la primera vez que me soltaban un comentario de ese estilo y no sabía si tomarlo como un cumplido.
Por supuesto que iba a hacerme cargo; era mi hija, y si lo hubiese sabido antes habría tomado cartas en el asunto desde el minuto uno.
Elle y yo nunca hubiésemos sido pareja, pero la habría acompañado a las citas médicas y a todo lo relacionado con el embarazo.
—Volveré pronto, mi pequeña —le dije a Charlotte antes de salir.
Sí, había adquirido esa forma de hablar cursi tan característica de los padres. Nunca me lo hubiera imaginado, pero desde que ella había aparecido no lo podía evitar.
Llegué al Barrio Francés poco después. Durante el trayecto me planteé buscar una casa allí ya que era donde pasaba la mayor parte del tiempo, tanto trabajando como saliendo de copas. Aunque últimamente mi tiempo libre era inexistente.
Se me ocurrió una idea mejor mientras me dirigía al Lucky Bar : podría mudarme al distrito de Marigny, donde vivía Chad. Estaba bastante cerca del Barrio Francés, las casas eran más espaciosas, y contaban con jardín delantero y trasero.
Eran las seis de la tarde de un miércoles, el bar no estaba completamente lleno, pero había varias mesas ocupadas. De todos los locales de Julian, ese era mi favorito.
Los demás llegarían en una hora, así que tenía tiempo de sobra para reunirme con Piper.
A pesar de lo exhausto que estaba el día anterior, la imagen de ella con mi hija en brazos me afectó de una manera inexplicable.
Vivía en una nebulosa constante, pero estaba empezando a aceptar mi nueva normalidad y mi poca claridad mental.
Nuestra interacción de esa noche en el bar sería breve y profesional.
Más me valía, porque no tenía tiempo para complicaciones.
Entonces vi a Piper junto a la barra. Estaba de piernas cruzadas, llevaba tacones rojos y se balanceaba al ritmo de la música. Sus piernas parecían interminables.
Estaba impresionante y no podía dejar de mirarla. El día anterior me había resultado más fácil controlarme porque estaba muy ocupado con Charlotte. Pero esa noche era diferente. Era un hombre soltero, ¿qué había de malo en disfrutar de la vista de una mujer tan atractiva?
Que era un padre soltero. Ya bastante tenía con lo mío y estaba decidido a darle lo mejor a mi hija. Y eso significaba que por un tiempo no podría liarme con nadie.
Siempre me había burlado de Chad, que había estado años sin salir con nadie tras divorciarse de su esposa dedicándose por completo a la crianza de su hija, pero ahora empezaba a entenderlo.
Me acerqué directamente a Piper, observándola mientras bebía un Sazerac 1 . Ella aún no se había percatado de mi presencia.
—¿Está ocupado este asiento? —pregunté.
—Hola, Beckett —me saludó con una sonrisa—. Creo que está libre, puedes sentarte. —Y señalando al taburete justo al lado, añadió en tono juguetón—: Este también está libre.
—Parece que la suerte me sonríe.
Ya tenía su ordenador portátil sobre la barra.
—Este Sazerac es, sin duda, el mejor de la ciudad, y mira que he probado unos cuantos. Pensé que todos estos diplomas eran puro cuento —dijo, señalando los certificados que adornaban las estanterías de la barra—, pero es verdad.
Le sonreí:
—Mi hermano es un auténtico perfeccionista.
—Como toda tu familia, ¿no?
—Exacto. El lema familiar “Hagas lo que hagas, tienes que hacerlo bien”, se nos ha quedado grabado a fuego.
Le hice una seña al camarero. Ni siquiera tuve que decirle lo que quería: me sirvió un Sazerac en un abrir y cerrar de ojos. Sería mi única copa de la noche; quería estar completamente lúcido cuando volviera a casa.
—Bueno, te escucho —dije después de dar un sorbo.
—Claro.
Piper se enderezó, apartó la bebida y abrió su portátil con gesto profesional.
Desde donde estaba sentado, no pude evitar ver su escote. Tuve que obligarme a desviar la mirada hacia la pantalla.
Nada de flirtear, cero coqueteo, esto es una reunión de negocios y nada más.
Iba a tomarlo como una reunión de trabajo, porque eso era lo que era.
Me explicó pacientemente cada diapositiva durante los siguientes veinte minutos. Una vez terminada la presentación, se giró hacia mí. El carmín de sus labios se había desvanecido un poco, pero seguían siendo carnosos, naturales e increíblemente tentadores.
—¿Tienes alguna pregunta?
Se me ocurrieron un millón: ¿Tenía pareja? ¿Estaba soltera? ¿Qué planes tenía para después?
Respiré hondo. Ninguna de esas cosas me incumbía. Había dejado atrás mi época de mujeriego.
Me aclaré la garganta y respondí:
—Sí. ¿Por qué os interesa trabajar con nosotros?
—Porque todas las empresas del Orleans Conglomerate gozan de una reputación y prestigio admirables. Sois líderes en vuestros respectivos sectores y nos gustaría ayudaros a mejorar y expandir vuestro negocio, conseguir nuevos clientes, y contribuir a mantener el legado familiar.
Me acerqué a ella:
—Me suena a respuesta ensayada. De verdad , ¿por qué queréis trabajar con nosotros?
Ella se rió con timidez y contestó:
—Lo he dicho en serio; a mí personalmente me encantan todos vuestros negocios.
De pequeña, mis padres me llevaban a las panaderías LeBlanc-Broussard todos los domingos.
—Se notaba que estaba siendo sincera—. Sois parte del ADN de esta ciudad e impulsáis el sector.
Sería un honor para mí participar de las campañas publicitarias de cualquier forma.
De hecho, mi anuncio favorito de niña era aquel en el que un hombre pierde a su perro y empieza a buscarlo por todas partes.
Al final, lo encuentra en una de vuestras panaderías porque el perro sabe dónde compra el pan a diario.
—Tienes muy buena memoria. También es uno de mis anuncios preferidos.
Sus ojos se llenaron de una tierna nostalgia, como si estuviera recordando un momento de su infancia. Ese era justo el tipo de campaña que necesitábamos.
—Quiero crear publicidad que llegue al corazón de la gente —continuó Piper. Realmente le apasionaba su profesión.
Y en ese instante, tomé la decisión:
—Dile a Josh que MarketingPros está contratada.
—¿En serio? ¡Qué buena noticia! —exclamó con una sonrisa radiante y entrelazando las manos—. Te aseguro que no te vas a arrepentir. No sabes la cantidad de ideas que se me han ocurrido y que aún no te he enseñado.
Tras una breve pausa, inquirí:
—¿Serás tú nuestra persona de contacto?
—Sí, por supuesto. Estás en mi cartera de clientes —respondió con orgullo—. Iré a tu oficina o donde te convenga. Trabajaremos codo a codo hasta tener una idea más clara de lo que quieres y necesitas exactamente.
Esto podría ser un problema; verla tan a menudo dificultaría ignorar lo increíblemente guapa que era. Pero quizá sería un buen ejercicio para mí. Tenía que dejar de fijarme en las mujeres, y punto.
Lo curioso era que, desde la llegada de Charlotte, Piper era la única que me había llamado la atención.
La idea de Chad sobre la abstinencia sexual me parecía cada vez más plausible.
—Nuestro propio equipo de marketing trabajará contigo estrechamente, aunque yo también quiero involucrarme. Hace tiempo que no lanzamos un anuncio que funcione bien.
—Nuestra campaña será un éxito. Tengo un buen presentimiento.
Llevaba puesta la camiseta de la empresa y su entusiasmo era contagioso; justo lo que necesitábamos.
—Me encanta tu confianza —respondí sonriendo.
—Adoro mi trabajo… no hay más. Y estoy dispuesta a dedicarle las horas que sean necesarias para que todo el mundo esté satisfecho con el resultado.
—Dio otro sorbo a su Sazerac y añadió—: Madre mía, qué rico está.
Pero apenas comí una muffuletta 2 de Central Grocery, y tengo el estómago prácticamente vacío.
—Es la favorita de mi madre. Pero no, no cuenta como cena.
—Lo sé —respondió con una tímida sonrisa.
Hice una seña al camarero y le pregunté al acercarse:
—¿Podrías traernos algo de comer?
Piper dio un pequeño grito ahogado.
—Claro. ¿Qué les apetece? —preguntó.
Miré a Piper y dije:
—Tú eliges.
—¿Podría ser un po’boy 3 ?
—Lo mismo para mí —añadí.
—Enseguida.
El camarero se marchó para hablar con un ayudante que, segundos después, se quitó el delantal y salió del bar a toda prisa.
—¿Cómo has conseguido eso? —preguntó Piper, volviéndose hacia mí.
—¿Recuerdas que conozco al dueño? —sonreí con aire burlón—. Tengo algún que otro privilegio.
—¿De qué privilegios estás hablando, hermano? —intervino Julian, acercándose a nosotros—. No puede ser que mi camarero tenga que hacerte los recados. —Luego se fijó en Piper y la saludó—: ¡Buenas!
—Julian, te presento a Piper Dawson. Vamos a trabajar con su agencia en nuestra próxima campaña.