Un padre soltero inolvidable Capítulo Seis #2
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Capítulo Seis #2

—Lo haré si se despierta.

—¿Quieres que la coja en brazos?

—¡No! —respondí con vehemencia. No quería soltar ese tierno bebé que tenía en brazos—. Podría despertarse —añadí.

—Vale, voy a preparar el café. Quién sabe cuánto tiempo tenemos.

Beckett se apresuró a preparar las tazas con destreza.

—¿Así que estás buscando una niñera? —pregunté.

—Sí. Toda mi familia se ha ofrecido a cuidar de Charlotte, pero prefiero contratar a alguien. Sé que lo hacen con la mejor intención, pero ellos tienen que seguir con sus vidas.

—Es muy bonito que tu familia se ofrezca a ayudar con los cuidados. ¿Tus padres están jubilados?

La familia LeBlanc era muy conocida en Nueva Orleans, aunque conseguían mantener su vida privada lejos del foco mediático.

—Mi padre y mis abuelos están oficialmente jubilados. Mis abuelas, en teoría, también, pero tienen una perfumería.

—Qué interesante. ¿El negocio forma parte de The Orleans Conglomerate ?

—No, mis abuelas fueron jefas de cocina toda su vida, y tras su jubilación, decidieron abrir la tienda por su cuenta.

—¡Vaya, eso sí que es espíritu emprendedor!

Toda la familia LeBlanc destacaba por su éxito.

—Me propusieron turnarse para atender la tienda y cuidar a la niña, pero me parece demasiado. Sé lo mucho que disfrutan de su vida y de su negocio. Se llama Fragrant Delights , en la calle Dumaine.

—¡La conozco, he ido mil veces! —exclamé, cayendo en la cuenta—. ¡Claro, Celine Broussard e Isabeau LeBlanc! ¿Cómo no me he dado cuenta antes? Son encantadoras y me encantan sus perfumes. De hecho, tengo tres para distintas ocasiones, ¡y cada uno es mejor que el anterior!

—Mis abuelas son muy perfeccionistas, al igual que mi madre.

—¿Y a qué se dedica tu madre?

—Tiene una galería de arte en el Barrio Francés.

—¿Ella tampoco está en el negocio familiar?

—No, mi madre es muy independiente; nunca quiso tener nada que ver con la empresa familiar y siguió su propio camino —dijo con orgullo. Era evidente que adoraba a su familia.

—Entiendo. Entonces, todos están muy ocupados.

—Mis abuelos y mi padre no. Pero, aunque está mal que lo diga, no me los imagino cuidando a un bebé.

—Mi padre tampoco —respondí riendo a carcajadas.

—Por eso prefiero una niñera que pueda trabajar a tiempo completo o parcial. Aún no lo he decidido. De momento, necesito ayuda las veinticuatro horas hasta que consiga organizarme. Así mi familia puede venir cuando quiera, pero sin la obligación de cuidar de Charlotte.

Me sirvió un café. Di un sorbo y comenté:

—Qué rico está.

—Gracias —dijo con una sonrisa—. La verdad es que me sale muy bien.

—Nunca había probado un café con tanto sabor —añadí tras dar otro sorbo—. Puede que me hayas convencido.

Beckett ladeó la cabeza y frunció los labios. Hubiera dado cualquier cosa en ese momento por saber qué pensaba.

—Si yo tuviese un bebé ahora mismo, no me quitaría a mis padres de encima ni con agua caliente —comenté.

—¿Te llevas bien con ellos? —preguntó mientras disfrutábamos del café.

Me encantaba tener a esa cosita en mis brazos. Charlotte era perfecta y me tenía fascinada.

—Mi madre es mi mejor amiga —respondí sin dudar—. Mi padre es básicamente el adulto responsable que evita que nos metamos en líos.

—¿Viven en Nueva Orleans?

—Sí, llevo toda mi vida aquí. Estuve un tiempo fuera en la época de la universidad, fuera del país en realidad, y eché de menos mi tierra todos los días.

—¿Dónde estuviste?

—En Canadá, en la Universidad de Toronto.

Beckett se cruzó de brazos y sus músculos se marcaron aún más. Guau .

—No hay ningún sitio como Nueva Orleans, ¿verdad?

—Exacto.

Después de terminar mi café, propuse:

—¿Quieres que revisemos la propuesta ahora?

—Sí, claro —asintió—. Discúlpame, no he tenido tiempo de mirarlo con detenimiento como me hubiera gustado. Solo le he echado un vistazo y he visto que has añadido un nuevo ejemplo de campaña.

—¡Sí! Qué observador —dije en tono de broma. Al menos se dio cuenta de que había hecho un esfuerzo adicional.

—Eres muy dedicada con tu trabajo —comentó.

—Sí, me apasiona. Desde que hice mi primer curso de marketing, supe que era a lo que quería dedicarme.

Beckett aún estaba terminando su café, así que se trajo la taza consigo. Cuando nos sentamos a la mesa, Charlotte empezó a inquietarse. Pensé que se dormiría, pero no. De hecho, empezó a llorar.

—Yo la cojo.

Beckett se levantó y me la quitó de los brazos casi al instante, no con brusquedad, sino con preocupación. La acunó contra su pecho y empezó a mecerla, susurrándole al oído.

—Pese a lo reciente de la situación, eres todo un experto.

Mierda . No podía soltarle algo así a un cliente potencial. ¿Por qué me resultaba tan difícil mantener la profesionalidad?

Me dedicó una extraña sonrisa y comentó:

—Hago lo que puedo.

—Los hijos no vienen con manual de instrucciones —me apresuré a decir—. Y se supone que entre dos adultos es todo más fácil. —Otra vez metiendo la pata. ¿Por qué narices me costaba tanto evitarlo?

—Sí, supongo que sí —dijo Beckett con voz neutra.

—Lo siento, mi comentario ha sido inapropiado. No pretendía hacerte sentir mal ni ponerte en un aprieto.

¡Ay, Dios mío! ¡¿Por qué no puedo quedarme callada?!

La colocó boca abajo sobre su hombro. A ella pareció encantarle y se calmó al momento.

—No te preocupes. No serás la primera ni la última persona que haga un comentario así. No sé cómo todo el mundo se ha enterado que tengo una hija.

—Supongo que será porque los LeBlanc sois muy famosos en Nueva Orleans.

—Es verdad —respondió con una risa.

Charlotte empezó a quejarse de nuevo, así que la cambió de posición y volvió a mecerla en sus brazos. Hice un gran esfuerzo por no mirarlo mientras se alejaba, pero él se giró de repente, y nuestros ojos se encontraron.

—Piper, lo siento. No va a poder ser… No sé cuánto tardará en calmarse.

Apreté los labios antes de contestar:

—Tienes razón. Lo importante es tu hija.

—Creí que podría compaginarlo, pero…

—No te preocupes, no tienes que darme explicaciones —le interrumpí, y me levanté de la silla rápidamente—. Encontraremos otro momento que te venga mejor.

No iba a presionarlo. Aunque Josh insistía en incorporarlo a nuestra cartera, Beckett tenía otras prioridades en ese momento.

—¿Podemos quedar mañana en el Lucky Bar del Barrio Francés? —sugirió—. Mis padres vendrán a cuidar de Charlotte, y puedo aprovechar ese rato para reunirnos. Pero, si mi pequeña princesa no me deja ir, te aviso por mensaje.

—Claro. Pero, ¿por qué en un bar?

—He quedado allí con mis hermanos, así que podemos vernos un rato antes para la presentación.

Sí, la presentación… Por eso iremos al bar. Beckett no me está invitando a salir.

—¿Te parece bien? —preguntó al ver que yo no respondía.

—Sí, claro —asentí—. No tengo planes para mañana por la noche.

—Perfecto. Te acompaño a la puerta.

—No hace falta. Tienes las manos ocupadas… literalmente.

Me dedicó otra de sus sonrisas devastadoras:

—Voy a prepararle un biberón. Hasta mañana.

Suspiré mientras me alejaba.

—¿Piper?

Me giré al instante, y volví a sentir esa ternura inmensa al ver a Beckett con Charlotte.

—Gracias —dijo con una voz más dulce, que me derritió por completo.

Me di la vuelta para marcharme, cerrando la puerta con cuidado. Me pregunté si al día siguiente, sin su bebé en brazos, me seguiría causando la misma impresión. Quizás eso le restaría atractivo.

Pero, en el fondo, sabía que no.