Capítulo Seis
PIPER
Aproveché el fin de semana para adelantar trabajo, aunque con seis clientes, más Beckett, sabía que estaba sobrecargada. Sin embargo, en ese momento, me dirigía al spa y dejé de lado todos los pensamientos relacionados con el trabajo. Estaba deseando pasar el día con mi madre.
Me contó lo agotadora que había sido su semana laboral; pero a pesar de su edad, se negaba a jubilarse.
Le gustaba su trabajo como directora de ventas en una empresa de logística, aunque últimamente el estrés iba en aumento.
Nos hicimos tratamientos faciales mientras ella me daba todos los detalles, para gran molestia de las esteticistas.
Más tarde, por fin, se relajó en la sauna.
Lo pasamos muy bien, y supe que había acertado con el regalo de cumpleaños. Al día siguiente dormí hasta tarde y holgazaneé todo el domingo, salvo el rato que le dediqué a terminar algunas cosas relacionadas con el trabajo.
El lunes por la mañana, me sentía llena de energía y optimismo ante la oportunidad de recuperar a Beckett como cliente.
Quise darle una alegría a mi madre enviándole una caja de bombones a su trabajo.
Se suponía que la recibiría a las diez pero ya eran las cinco y cinco de la tarde y todavía no tenía novedades de ella. Dos minutos después, recibí un mensaje:
Mamá: ¡Gracias, cariño! Me has alegrado el día.
Sonreí al contestarle:
Piper: Misión cumplida.
No era solo mi madre, sino también mi mejor amiga. Aunque me preocupaba su ritmo de trabajo y quería aconsejarle que se lo tomara con más calma, mi propia adicción al trabajo me impedía hacerlo, pues éramos muy parecidas: de tal palo, tal astilla .
Cuando estaba a punto de dejar el teléfono, volvió a vibrar y mi corazón dio un vuelco. Era un mensaje de Beckett:
Beckett: ¿Qué tal si nos vemos mañana por la tarde en la sede?
Abrí inmediatamente mi calendario, cruzando los dedos para no tener nada programado. Tenía muchas ganas de volver a verlo.
Más me vale recordar que el propósito de nuestra reunión es ficharlo como cliente y no el simple placer de verlo.
Estaba muy contenta de tener una segunda oportunidad, por eso tenía el corazón a mil. O eso quiero creer…
Vi que tenía una reunión a las cuatro de la tarde, pero podía moverla a la mañana.
Piper: Claro.
Beckett: Me gustaría revisar la propuesta otra vez. ¿Puedes enviármela antes de la reunión?
Piper: Te la enviaré en un rato para que le eches un vistazo. Gracias de nuevo por la oportunidad.
Beckett: No hay de qué.
Piper: ¿Cómo está tu hija? ¿Duerme mejor?
No sé qué me llevó a hacerle esa pregunta, pero pulsé “Enviar” antes de poder arrepentirme.
Me respondió con un emoji de una sonrisa y un mensaje:
Beckett: Creo que lo de dormir no está en mi futuro próximo, pero no pasa nada. Mi bebé me necesita y tengo que atender sus necesidades.
Fue un comentario muy tierno, y ya no volvió a escribirme.
Estaba tan entusiasmada con la inminente reunión que volví a trabajar en la presentación, añadiendo mejoras y otro ejemplo de una campaña que habíamos ideado para ellos, y se la envié.
Sentía en lo más profundo de mi ser que esta vez todo saldría bien.
***
Para mi gran decepción, Beckett me envió un mensaje a las tres de la tarde del día siguiente cancelando nuestra reunión.
Beckett: Piper, siento avisarte con tan poca antelación, pero mi hija no quiere a nadie más que a MÍ. Estoy atrapado en casa con ella hasta nuevo aviso.
Mientras me mordía el interior de la mejilla, se me ocurrió una idea. Quizás era un atrevimiento de mi parte, pero estaba dispuesta a correr el riesgo. Beckett no parecía el tipo de persona que se ofendía por cualquier cosa.
Piper: Si no te importa, puedo ir a tu casa con la presentación. Ahorraríamos tiempo y para mí no supone ningún problema.
Su respuesta fue inmediata:
Beckett: ¡Sería estupendo! Gracias.
¡Vaya, qué rápido había respondido!
Sentí un vuelco en el estómago y el corazón me latía con fuerza. ¡Iba a ir a su casa!
En todos los años que llevaba trabajando en MarketingPros , solo había visitado la casa de un cliente en dos ocasiones. Me parecía cruzar una línea profesional y, solo con pensarlo, me invadió una oleada de ansiedad.
Casi al momento, me envió su dirección.
Beckett: Puedes venir cuando quieras. He cancelado todo lo que tenía previsto para el resto de la tarde y me he puesto en modo padre.
Una vez más, mi corazón se aceleró. ¿Por qué demonios sus comentarios sobre la paternidad me resultaban tan irresistibles?
Terminé mis tareas durante la hora siguiente, antes de salir disparada. Tenía mucha curiosidad por ver dónde vivía Beckett. De camino, me detuve en una tienda de bebés para comprar un pequeño sonajero.
Veinte minutos más tarde, me recibió el conserje de un moderno edificio en el centro de la ciudad. Me acompañó hasta el ascensor y pulsó el botón para subir al ático. Sin duda, era el edificio más lujoso en el que había estado nunca.
Al llegar a la última planta, salí del ascensor y giré a la derecha. Como no estaba segura de tocar el timbre opté por enviarle un mensaje:
Piper: Ya estoy aquí. No quiero llamar por si tu hija está durmiendo.
Abrió la puerta al instante, y vi la imagen más tierna del universo: Beckett sosteniendo un bebé diminuto en el pecho.
Quizás la niña solo parecía más pequeña en comparación con su gigantesco padre.
Esta vez no vestía las camisas de ejecutivo de siempre, sino una simple camiseta blanca que dejaba al descubierto unos bíceps impresionantes.
Parecía aún más agotado que la última vez, con pronunciadas ojeras y el pelo revuelto.
Y, sin embargo, no le restaba atractivo.
—¡Hola Piper! Gracias por venir.
—¡De nada!
Me emocioné al ver a esa pequeña bebé en sus brazos. Después de cerrar la puerta, me quité los zapatos y lo seguí por el ático.
—Por cierto, te he traído un detalle. Es solo un sonajero para el bebé —dije, sintiéndome algo incómoda.
—Gracias, no hacía falta —respondió con tal amabilidad que me relajó al instante.
—¿Dónde quieres que lo deje?
—Déjalo en el sillón, por favor; más tarde lo llevaré a su habitación.
Mientras lo colocaba donde él me había indicado, comentó:
—Verás que tengo la casa hecha un desastre.
El piso era precioso y muy amplio, y sí, estaba un poco desordenado. Había enseres y productos para bebés amontonados por todas partes, pero era totalmente comprensible.
—Es lógico que tengas tantas cosas con un bebé en casa.
Beckett se echó a reír tan fuerte que, por un instante, temí que la bebé se despertara, pero no fue así.
Sonrió como si leyera mis pensamientos:
—No te preocupes. Cuando la llevo en brazos, duerme como un angelito, sin importar si me muevo o hablo. El problema es cuando la acuesto.
—¡Vaya! Ya veo.
—Mi abuela Celine me está echando una mano mientras busco una niñera. Pero Charlotte solo quiere estar conmigo.
—Tú eres su papá —comenté.
Qué guapo está con su bebé en brazos, ¡madre mía!
—¿Quieres algo de beber?
—Dime dónde está la cocina y yo me sirvo.
—No te preocupes. Me he vuelto un experto en hacer cosas con una sola mano.
—Me imagino —asentí.
—¿Qué te apetece? Tengo un poco de todo.
—¿Qué vas a tomar tú? —pregunté.
—Café. —Al ver que yo apretaba los labios, soltó una carcajada—. No te rías; la vida con un recién nacido no es nada fácil… Se ha pasado el día durmiendo y eso significa que la noche será movida.
—Entonces tomaré un café contigo. Aunque sea tarde, no me afecta al sueño, con todo lo bueno y lo malo que eso conlleva.
—Vale.
Eché un vistazo al salón y pregunté:
—¿Dónde puedo dejar mi portátil?
—En la mesa del comedor —respondió, señalando con la cabeza—: Lo revisaremos todo allí.
Lo dejé en una esquina y lo seguí a la cocina. La bebé empezó a inquietarse en sus brazos; él la sujetó con ambas manos y la meció suavemente. Se calmó en cuestión de segundos.
—¡Qué buen truco! —comenté y me miró con una sonrisa devastadora.
Joder, ¿está mal que me parezca atractivo solo porque lleve un bebé en brazos?
Bueno… no solo por eso; Beckett además, era guapo de cojones. Un hombre guapo con un bebé en brazos da como resultado un combo irresistible.
Repito, ¿está mal?
—YouTube es mi nuevo mejor amigo —dijo con una sonrisa.
—A mí también me encantan los tutoriales, no solo como herramienta de marketing, lo uso para todo. Si me explicas cómo, puedo preparar el café.
Tenía una de esas cafeteras complicadas que requerían cierto trabajo. Y como no era gran amante del café, no tenía la más mínima idea del funcionamiento.
—O —comencé, y la emoción me volvió a oprimir la garganta—, puedo coger a Charlotte, si quieres.
—¿Estás segura? —preguntó con los ojos como platos.
—Sí —asentí—. Me encantan los bebés y se me dan bien.
Me crié con muchos primos, y siempre he querido tener hijos.
Aunque ahora que he cumplido los treinta se me ha pasado un poco la obsesión.
— ¡No puedo creer lo que acabo de decir!
Hice una mueca de aflicción—. Perdona. Mi comentario ha estado fuera de lugar.
—Qué va —respondió con una risa, y miró a su bebé—. Podemos intentar que cojas a Charlotte, pero puede que se ponga fastidiosa.
—Vale.
—Bueno… como tienes experiencia con bebés, adelante —dijo, y con sumo cuidado, depositó a Charlotte en mis brazos—. Fijate que la cabeza…
—Hay que sostenerla. Como te he dicho, me encantan los bebés —murmuré—. ¡Oh, qué monada! Es la niña más bonita del mundo.
—Soy su padre, no puedo llevarte la contraria —respondió con un inmenso orgullo y una entrañable ternura en la mirada.
Entonces me centré en la pequeña:
—Hola, Charlotte. Soy Piper. —Le acaricié la frente con el pulgar, luego la nariz y la ceja derecha.
—Me suena haber visto esos masajes en algún que otro vídeo.
—Ya te digo que mis primos pequeños han sido la mejor escuela —dije entre risas.
Charlotte estaba un poco inquieta, pero después de masajear su cejita varias veces, pareció quedarse dormida. Miré a Beckett, que observaba a su hija con los ojos muy abiertos:
—Vaya, tendré que ponerlo en práctica. ¿Puedes hacerlo otra vez?
Me reí: