Capítulo Cinco
PIPER
Dios mío. ¿Qué he hecho?
Me quedé paralizada, mirando a Beckett y a Gino. ¡Beckett tenía un bebé pequeño! Por eso tenía aspecto de no haber dormido en toda la noche; probablemente no habría pegado ojo. Y yo lo había acusado de… Ni siquiera lo recordaba, pero no fueron palabras bonitas.
No tenía excusa: saqué conclusiones precipitadas y le solté lo primero que pensé porque estaba molesta.
Lo había esperado más de una hora y permití que eso me afectara.
Maldita sea. En mi defensa, todos los artículos de la prensa decían que Beckett era el más fiestero de los hermanos LeBlanc, y en ninguno se mencionaba su reciente paternidad.
¿Cómo era posible que se encargara solo de un bebé? No tenía sentido, pero no era asunto mío. Era probable que hubiese pasado una noche en vela con su hija, y yo lo había juzgado mal.
Me bebí mi vaso de zumo de naranja, deseando haber pedido champán, pero no me gustaba tomar alcohol en eventos laborales.
Me quitaba concentración, y había ido hasta allí para hacer contactos y, eventualmente, conseguir nuevos clientes.
Pero en ese momento solo tenía un objetivo.
Necesitaba encontrar a Beckett a solas y disculparme.
Mierda. ¿Cómo es posible que la haya cagado tanto?
A Josh no le había gustado que mi presentación se quedase en nada.
Me sentía fatal por todo el asunto y le prometí que conseguiría nuevos clientes esa misma noche.
No tenía tiempo que perder, pero eso ahora quedaba en un segundo lugar.
Hablar con Beckett era más importante; no porque esperara hacerme con él como cliente, sino porque necesitaba disculparme.
Quería que supiera que lamentaba sinceramente lo que le había dicho esa mañana.
Como sabía adónde lo había llevado Gino me dirigí a la sala donde se preparaba el presentador.
Había pocas personas y pude ubicar a Beckett enseguida, que estaba charlando con el ganador de ese año. Esperé pacientemente a que terminaran la conversación y me acerqué a él. Le saludé con la mano para llamar su atención y de inmediato giró la cabeza hacia mí. El traje rojo no falla nunca.
Le sonreí a modo de disculpa, o al menos eso esperaba. Beckett empezó a caminar en mi dirección, y en cuanto me miró con sus ojos oscuros me puse muy nerviosa.
—Señorita Dawson —dijo—. ¿Ha venido para seguir insultándome?
Respiré hondo y cerré los ojos:
—No. Mire, sobre lo de esta mañana…
—Continúe —dijo con una sonrisa y ladeando la cabeza.
—Lamento todo lo que dije.
—¿Qué parte? —Las comisuras de su boca se elevaron en una leve sonrisa; era evidente que le divertía la situación. Bueno, al menos él no está pasando un mal momento. —Usted tenía razón: me pasé la noche entera empinando una botella… pero se trataba de un biberón con fórmula para mi pequeña.
—Me pasé de la raya y saqué conclusiones precipitadas. Mi comportamiento fue lisa y llanamente inaceptable. Y lo siento de verdad, muchísimo . No tenía ni idea de que…
¿Qué se suponía que debía decir? ¿Que las ojeras y el aspecto desaliñado eran el resultado de pasar la noche en vela con un bebé? No sabía cómo decirlo educadamente, de modo que preferí quedarme callada.
Además, no podía creer lo guapo que era Beckett. Por la mañana no habíamos estado tan cerca como en ese momento, y pude fijarme mejor en sus rasgos, como su mandíbula perfecta y su nariz recta.
—No suelo reaccionar así —me justifiqué—. Estaba enfadada porque llevaba una hora esperando y no parecía interesado en absoluto en mi presentación.
Beckett se enderezó, con expresión seria:
—Sobre eso… yo también tengo que disculparme: no recordaba que teníamos una reunión. Tengo la costumbre de revisar la agenda la noche anterior, pero con los últimos acontecimientos… no tuve tiempo.
—No se preocupe. ¿Hay algo que pueda hacer para compensar mi comportamiento de esta mañana?
Por primera vez desde que lo conocí, Beckett me sonrió, y quedé completamente aturdida. Su sonrisa era devastadora. Tenía los labios carnosos y hoyuelos en las mejillas.
Maldita sea, el tío estaba bueno de cojones. Llevaba un traje diferente al de esa mañana; el anterior le quedaba bien, pero este le sentaba perfecto.
—No hace falta. No soy rencoroso, señorita Dawson.
—Piper —dije—. Por favor, llámame Piper y puedes tutearme.
—Genial —asintió.
—Entonces, ¿sin rencores? —pregunté.
—Está todo bien.
—¿Así de fácil? —bromeé, aunque en el fondo temía que no fuera tan sencillo.
Volvió a inclinar la cabeza. Dios, me encantaba esa sonrisa pícara en su rostro.
—¿Pensabas que tendrías que arrastrarte por una disculpa?
Me reí con nerviosismo. No sabía qué decir.
Se pasó la mano por el pelo y añadió:
—Yo también quiero disculparme contigo por cómo terminó la reunión. Normalmente no soy tan desagradable, pero perdí la paciencia.
—Es totalmente entendible —dije, y al ver que él arqueaba una ceja, añadí—: De verdad.
—Eso es lo que pensaba —comentó Beckett entre risas—. Y no te preocupes, no he llamado a Josh.
—No es por eso por lo que he venido a disculparme —expliqué, encogiéndome de hombros—. Puedes contárselo a Josh si quieres. Ya he hablado con él y sabe que estoy arrepentida. Lo único que quería era que supieras que no soy una mala persona.
—No pensé eso de ti.
—Ah.
—Pero eres muy radical a la hora de juzgar a los demás —me dijo, acercándose—. Hay cosas mucho peores.
Sonreí, pero aún me sentía culpable.
—Entonces, ¿cómo puedo compensar mi arrebato?
—No te preocupes —respondió, quitándole importancia con un gesto y volviendo a erguirse—. De hecho, ya que lo mencionas, sí podrías hacerme un favor.
—Dime, por favor. Lo que necesites.
Me acerqué un poco más a él, casi por instinto. Olía muy bien: a jabón. Definitivamente no era perfume ni aftershave .
—Te pido que no le cuentes a nadie que soy padre.
Me quedé bastante sorprendida. Era una petición extraña.
—Por supuesto que no. No es asunto mío.
¿De verdad pensaba que lo iría pregonando a los cuatro vientos?
Entonces recordé que el apellido LeBlanc era conocido en la ciudad y probablemente así fue como Gino se enteró. Alguien lo contó y la noticia se había difundido.
—No voy a mantener a mi hija en secreto, pero quiero ser yo el que lo anuncie.
—Totalmente entendible —asentí—. Por cierto, enhorabuena. ¿Qué tiempo tiene?
—Nació hace una semana.
Me quedé sin aliento. ¿Y la madre? ¿Le habría ocurrido algo durante el parto? Pobre mujer.
—Debes de estar muy ocupado. Bueno, solo he venido a disculparme, debería irme ya.
En realidad, quería quedarme y preguntarle más sobre su hija. ¿No era raro, considerando el final de nuestra reunión esa mañana? Diez minutos atrás lo tenía por un auténtico cabrón.
Estaba a punto de darme la vuelta cuando dijo:
—Piper…
—¿Sí? —Al levantar la mirada, vi un destello de amabilidad en sus ojos cansados.
—Me gustó mucho tu propuesta.
—Gracias —respondí. Significaba mucho.
Entonces me miró fijamente y me quedé muda. Beckett estaba removiéndome por dentro, y no me lo esperaba. Ojalá hubiese reaccionado así esa mañana en su oficina, pero estaba a la defensiva por haber esperado una hora.
—La presentación estaba muy bien planteada. Te esforzaste mucho más que el resto de agencias de marketing. —Se acercó aún más, casi rozándome el oído—. Incluso más que el ganador del premio de esta noche.
Me reí cuando se apartó. Me encantaba tenerlo tan cerca.
—Gracias por el cumplido.
—Pero, como bien has señalado, me perdí varias veces durante la reunión —confesó, apretando los labios—. Anoche debí haber dormido una hora como mucho, en intervalos de diez minutos.
—Te compadezco, debe ser terrible —respondí, haciendo una mueca de dolor.
—La verdad que sí —confirmó. Un momento después, agregó—: Me gustaría volver a ver tu presentación, si no te importa.
¿Me estaba dando una segunda oportunidad? Era increíble.
—¿En serio? ¡Por supuesto! —exclamé, aunque me contuve enseguida—. Pero, por favor, ten en cuenta que no he venido aquí por eso.
—Lo sé. Lo digo porque aún no he decidido con qué agencia haremos la campaña, y sería una pena perder la oportunidad solo porque esta mañana no hemos… congeniado.
Beckett sonreía, y yo no podía contradecirlo.
—¿Cuándo quieres que pase por tu oficina? Puedo adaptarme a cualquier horario.
Sería complicado pero haría lo que fuese por una segunda oportunidad.
—Hablaré con mi asistente y veré qué huecos tengo. De hecho, ¿por qué no me das tu número de teléfono? Si surge algún imprevisto, te puedo avisar directamente y no hacerte perder el tiempo otra vez.
—¡Claro!
No podía creer la suerte que tenía de intercambiar números con Beckett LeBlanc. ¡Cuándo se lo cuente a Josh!
—Perfecto. Estaré en contacto —dijo.
—Incluso puedes llamarme con poca antelación, y allí estaré.
—¿Eres tan complaciente con todos los clientes potenciales? —preguntó, arqueando una ceja.
—No, pero nunca he sido tan desagradable con ellos.
Beckett se echó a reír y yo también. Sus ojos eran aún más juguetones que antes.
—Me gusta la gente que reconoce sus errores, Piper. Y necesito que nos llevemos bien antes de establecer cualquier relación comercial. Creo que con estas disculpas y lo que vagamente recuerdo de tu presentación de esta mañana, vamos por buen camino.
Mi corazón latía a mil por hora. Estaba eufórica ante la posibilidad de trabajar juntos. Y, en el plano personal, también tenía muchas ganas de volver a verlo .
Eso sí que no me lo esperaba.