Capítulo Cuatro
BECKETT
Entré en mi oficina con Hillary pisándome los talones.
—¿Qué acaba de pasar? —preguntó mientras me sentaba en mi escritorio.
—¿A qué te refieres?
—La señorita Piper…
—¿Ha salido corriendo? —terminé por ella.
—Parecía muy enfadada.
—Es lo menos profesional que he visto en años.
Hillary se tapó la boca con la mano:
—Lo siento mucho, Beckett, debería haberme dado cuenta. Pensé que ella… No importa. —Tras una breve pausa, añadió—: Entonces, ¿elimino su agencia de la lista de candidatos?
—Por supuesto.
—De acuerdo, lo haré.
—¿Qué pasa? —pregunté al ver que cambiaba de postura con nerviosismo.
—Tengo que advertirte, por si acaso, que es probable que te la cruces en el evento de esta tarde.
—¿Qué evento?
Maldita sea. Odiaba la sensación de no dar pie con bola y haber perdido el control de mi vida. ¿Era por la falta de sueño? ¿Cómo demonios hacían los padres con sus hijos? Tenía que hablar con Chad urgentemente.
—El premio a la mejor campaña de marketing. La verdad es que programé la reunión de esta mañana, en parte, porque ella me mencionó que asistiría al evento, y su tono sugirió que podría intentar abordarte allí si no lograba presentarte su propuesta antes.
—No me extrañaría —dije con gruñido.
En general, valoraba la ambición y a quienes luchaban por sus objetivos.
La propuesta de esa mujer me resultaba atractiva.
Sin embargo, su falta de profesionalidad y su carácter irritante eran decepcionantes.
Todavía no podía creer que me hubiera tildado de borracho y fiestero.
Se paseaba con aire de suficiencia, creyéndose importante, exhibiendo sus tonificadas piernas en aquel ajustado traje rojo, con esos labios rojos, carnosos y sensuales…
¿Pero qué me pasa? ¿Qué hago pensando en sus labios?
—Después de lo de esta mañana, te aseguro que Piper Dawson no se me acercará —afirmé con tono tajante.
—¿Al menos su presentación fue buena?
—Por desgracia, sí —suspiré—. Ha sido una de las mejores que he visto en mucho tiempo.
—Es una pena que no congeniárais. —Se encogió de hombros—. ¿Quizás podrías contratar a MarketingPros y pedir que te asignen otro representante?
Hillary tenía razón. Podría hablar con Josh para ver qué opciones había. Quizás .
—¿A qué hora empieza el evento? —pregunté.
—A las cuatro.
—¿Tengo alguna otra reunión hasta entonces?
—No.
—Entonces me voy a casa y trabajaré desde allí. No sé en qué estaba pensando al venir hoy a la oficina.
Quería saber cómo estaba Charlotte. Les había pedido a mis abuelas que me enviaran noticias cada media hora, pero hasta ahora solo había recibido dos fotos. En ambas estaba durmiendo, lo que me hizo pensar que tendríamos otra noche movidita.
Pero, sorprendentemente, esa idea no me molestaba en absoluto. Mi bebé solo quería dormirse acostada sobre mi pecho, y aunque al día siguiente estuviese como un zombi, la sensación de darle bienestar y seguridad a mi hija lo compensaba con creces.
***
Pasé el resto del día con Charlotte; mis abuelas y Bella insistieron en quedarse en casa. Al principio pensé que no era necesario, pero luego me di cuenta de que me venía bien la compañía.
Por la tarde, estuve a punto de escaquearme del evento, pero yo era el encargado de entregar el premio.
No me importaba lo que la gente llegara a pensar de mí, pero no quería hacer nada que pudiera afectar negativamente al apellido LeBlanc.
Mantener vivo el legado familiar siempre fue una prioridad, pero ahora, con alguien que un día podría continuarlo, se había vuelto más importante que nunca.
—¿Sabes lo que necesitas? —me preguntó Isabeau después de que acostara a Charlotte en su cuna—. Una mecedora.
—¿Para qué?
—Para sentarte a su lado y mecerla hasta que se duerma. A los bebés les encanta el balanceo.
—¿De verdad? Es una idea genial. ¿Dónde podría comprar una?
Isabeau se rió:
—Ay, Beckett, de todos tus hermanos, pensé que serías el último en tener un bebé.
Yo también me reí. Al salir de la habitación de Charlotte, encendí el vigilabebés que las abuelas encontraron en una de las innumerables cajas que Hillary había comprado y que yo apenas había revisado.
—Yo tampoco imaginé que tendría una hija —confesé mientras caminábamos por el pasillo.
—Sabía que pasaría, pero no así… o no en este orden, para ser más precisa —aclaró Isabeau—. Pero tengo una teoría. ¿Te interesa oírla?
—Déjame adivinar. ¿Tiene que ver con las lilas?
—Obviamente —dijo con una sonrisa—. Como todas las buenas historias de nuestra familia.
—En otra ocasión, Isabeau. Tengo que irme ya. El evento que te mencioné empieza a las cuatro, y no puedo llegar tarde. Muchas gracias por quedarte hoy. Ya le he pedido al departamento de Recursos Humanos que se ponga en contacto con la agencia de niñeras que me recomendó Chad.
Aunque sabía que no era parte de sus responsabilidades, mis empleados siempre estaban dispuestos a ayudar, y, claramente, necesitaba toda la ayuda posible.
Isabeau apretó los labios:
—No me convence la idea de las niñeras. Celine y yo podemos turnarnos, y tu madre se ha ofrecido a venir todas las tardes.
—¿En serio? —pregunté.
Cielos . Estaba totalmente desorientado; nunca me había sentido tan desconectado y sin control de la situación.
—Sí, claro. Prefiere venir más tarde, como refuerzo por si nos agobiamos. —Isabeau parecía ofendida ante la posibilidad de que se sintieran abrumadas.
—No es mala idea —reconocí.
—Estaré aquí mañana a primera hora. Avísame si necesitas que traiga algo.
—No quiero abusar de ti ni de Celine. Las dos tenéis una tienda y mucho trabajo que hacer.
—Ya nos hemos organizado: mientras una cuida de Charlotte, la otra se queda en la tienda.
Era entrañable que estuvieran dispuestas a tomarse tantas molestias.
—No será por mucho tiempo —les aseguré.
Me gustaba poder contar con mi familia, pero no quería excederme. Cada cual tenía su vida, y debía respetarlo.
—Tengo que irme. Si pasa algo, llamadme —les recordé.
—No pasará nada —contestó Celine, mientras Isabeau y yo entrábamos en la sala de estar—. Sabemos de bebés, Beckett. Os cuidamos a todos vosotros.
—Y aunque haya pasado más de un siglo —añadió Isabeau en tono de broma—, aún lo recordamos bastante bien.
—Bueno, pero no dejéis de enviarme fotos —pedí.
—Si, Beckett —dijo Isabeau con un suspiro—. Así no habrá niñera que aguante.
—A la canguro le pediré una foto cada diez minutos, y tendrá que hacerlo porque le pagaré por ello —dije con una sonrisa burlona, pero en broma—. A vosotras no os exijo tanto porque sois mis abuelas.
—¡Qué suerte la nuestra! —exclamó Celine con un toque teatral—. Ahora vete, o llegarás tarde.
Al salir del ático, me dirigí sin demora al Warehouse District, donde se celebraba el evento.
Durante el trayecto tuve que detenerme en varios semáforos en rojo, momento que aproveché para encargar una mecedora.
Me parecía increíble que existieran ese tipo de artículos, pero estaba dispuesto a comprar cualquier cosa que facilitara la vida de mi bebé y la mía.
Al entrar en el local, un antiguo almacén transformado en sala de eventos, un camarero se acercó con una bandeja de copas de champán.
Estuve a punto de coger una, pero entonces me di cuenta de que el alcohol no sería un buen aliado.
Quería estar alerta en todo momento. ¿Y si tenía que llevar a Charlotte al médico en mitad de la noche?
—¿Tienen algo sin alcohol? —pregunté.
El chico señaló a un camarero al otro lado de la sala.
—Mi compañero tiene zumo de naranja.
—Perfecto. Gracias.
Como si nos hubiera escuchado, el otro camarero se dirigió directamente hacia mí, y cogí un vaso de zumo de la bandeja.
Miré a mi alrededor en busca del anfitrión, pero en su lugar mis ojos se toparon con Piper. Llevaba el mismo traje rojo que vestía en la presentación de esa mañana y conversaba animadamente con una mujer que parecía escucharla con mucho interés.
Tenía el pelo recogido hacia un lado. Su cuello era tremendamente seductor.
Me reí de mí mismo. Solo yo podía estar mirando con deseo a una mujer a la que había echado de mi oficina. Pero una cosa no quitaba la otra, y no podía dejar de admirar a una mujer hermosa.
—Hola Beckett, me alegro de que has venido. —La voz familiar de Gino me sobresaltó. Era el presentador de la ceremonia de entrega de premios todos los años.
Levanté la vista y le estreché la mano:
—Gracias por invitarme. Es un honor para mí entregar este premio.
—Yo diría que el honor es nuestro por contar con tu presencia. Tener aquí a un LeBlanc no es poca cosa; este año tenemos un veinte por ciento más de asistentes, y estoy seguro de que es porque eres el invitado de honor.
Me reí y me encogí de hombros:
—¿Qué quieres que te diga? Los LeBlanc tenemos buena reputación en la ciudad. — The Orleans Conglomerate llevaba décadas en el mercado y teníamos un historial impecable en los círculos empresariales—. ¿Quién ha ganado este año?
Empezó a hablarme del ganador, pero el agotamiento me dificultaba prestar total atención.
—… pero tuvimos muchos nominados. —Si hubiera prestado más atención, me habría dado cuenta de que nos dirigíamos directamente hacia Piper—. Como la señorita Dawson.
Ella miró a Gino con una sonrisa, pero se desvaneció por completo cuando me vio. De cerca, no pude evitar notar lo guapa que era.
—Nominada, pero no ganadora. ¿Verdad, señorita Dawson? —pregunté.
Piper tragó saliva y respondió:
—Este año no, pero lo volveré a intentar la próxima edición.
Gino le guiñó un ojo:
—No lo dudo; siempre consigues todo lo que te propones.
—La verdad es que el trabajo duro siempre da sus frutos.
Gino asintió y luego se volvió hacia mí:
—Beckett, me ha llegado un rumor bastante curioso… ¿Has sido padre?
Me quedé paralizado. ¿Cómo demonios se había esparcido el rumor tan rápido?
Le dediqué una sonrisa forzada, y por el rabillo del ojo, vi a Piper echar la cabeza hacia atrás, sorprendida.
—Sí —confirmé.
—¡Enhorabuena, tío! ¿Es niño o niña?
—Una niña —respondí.
—Recuerdo cuando mis hijos eran pequeños, y lo agotado que estaba. Es durísimo pero es la mejor experiencia que un ser humano puede vivir.
—No podrías haberlo descrito mejor —contesté.
Me invadió una sensación de alivio; al parecer no era un completo inepto después de todo. El agotamiento y la falta de sueño eran el pan de cada día de los padres primerizos.
—Lo tenías muy bien guardado. ¿Dónde está tu mujer? —preguntó Gino.
No había más remedio que decir la verdad.
—No tengo mujer… Me ocupo solo de mi pequeña. Se llama Charlotte.
Gino entrecerró los ojos y asintió, entendiendo que no le daría más explicaciones.
—Me alegro mucho. Oye, acompáñame detrás del escenario y te explico cómo será la entrega.
—Perfecto.
—Nos vemos, Piper —se despidió Gino.
Volví a mirarla mientras me alejaba. Parecía en shock . Se lo tenía merecido por todas las barbaridades que me había soltado esa mañana.
Tenía los labios rojos entreabiertos, y tuve que hacer un esfuerzo monumental para alejarme antes de que mi imaginación se descontrolara.