Un padre soltero inolvidable Capítulo Tres
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Capítulo Tres

BECKETT

La primera noche en casa con mi hija me dejó tres enseñanzas fundamentales:

Aunque no logré conciliar el sueño por más de diez minutos seguidos, tras el amanecer, por fin Charlotte dormía profundamente.

Eché un vistazo al reloj: eran las ocho de la mañana. Me daba tiempo a echarme una siesta rápida antes de ir a la oficina.

Antes de que pudiera hacer nada, mi móvil vibró con un mensaje de Chad.

Chad: Estamos aquí. No queríamos llamar al timbre por si Charlotte estaba durmiendo.

Celine se había ofrecido a cuidar del bebé, pero se me había olvidado por completo que Chad también vendría.

Beckett: Está durmiendo. Ahora os abro.

Caminé desde la cuna hasta la puerta del dormitorio. Me costaba la vida dejarla sola, iba en contra de todos mis instintos. Quería proteger a mi pequeña de absolutamente todo, pero tenía que ir a abrir.

Al llegar al vestíbulo y abrir la puerta, me encontré con Chad, mi sobrina Bella, Celine e Isabeau.

—Vaya cara de mierda, hermano —comentó Chad.

Bella miró a su padre con una ceja levantada. Chad no solía decir palabrotas delante de su hija.

—No he pegado ojo —respondí—. ¿Y Simone?

—Así es la vida con un recién nacido. Simone está hoy con la niñera. Te recomiendo encarecidamente que busques una cuanto antes —dijo Chad con una sonrisa, mientras le daba la bienvenida al resto.

—¿Puedo ver a mi prima? —preguntó Bella, muy emocionada. Escuchar la palabra “prima” hizo que la situación se sintiera aún más real.

—Ahora no, cariño. Se acaba de dormir. Es mejor no despertarla.

Me sorprendió que mi madre no hubiera venido. Conociéndola, esperaría a que no hubiera visitas para tener el bebé solo para ella.

—Voy a preparar café, ¿alguien quiere? —preguntó Isabeau.

—Sí, por favor —asentí.

—Yo te ayudo —se ofreció Bella, con una mirada severa que no supe descifrar.

Siempre había sido muy intuitivo y tenía facilidad para detectar si alguien estaba bien o no, pero estaba exhausto, tratando de asimilar mi nueva normalidad.

Me acomodé en mi sofá blanco, aún inmaculado, junto a Chad y Celine. Bella e Isabeau se dirigieron a la cocina.

Celine juntó las manos en su regazo y suspiró:

—Beckett, ¿cómo estás? ¿Cómo podemos ayudarte?

Eso era lo que más apreciaba de mi familia: el apoyo mutuo e incondicional. Y en ese momento, los necesitaba más que nunca.

Me reí, pasándome la mano por el pelo:

—Sinceramente, no lo sé ni yo. Hillary, mi asistente se ha ocupado de comprar lo básico.

Me había salvado la vida, y se merecía un aumento de sueldo.

—Quiero comprar algunos regalos para mi prima —dijo Bella desde la isla de la cocina. Gracias a la distribución diáfana del ático, podíamos conversar desde el sofá.

—¿Podemos hacer algo para ayudar? —preguntó Celine con esa voz tranquila que tanto me recordaba a la de mi madre.

Me encogí de hombros:

—Aún no tengo mucha idea de qué necesita un bebé.

—Muchos mimos y paciencia —respondió Isabeau, acercándose con una bandeja de cafés.

—Anoche solo quería estar en brazos, no pude dejarla ni un segundo. Espera, vamos a dejar las tazas aquí —dije, tomando la bandeja de mi abuela para apoyarla en la mesa de centro.

—Cuenta con nosotras para lo que sea —aseguró Celine—. Estoy deseando pasar la mañana con ella.

—Gracias.

Aunque Hillary era muy competente, no consiguió encontrar una niñera que se quedara toda la noche. En definitiva, necesitaba a alguien en quien confiara con los ojos cerrados para que cuidara de mi hija.

Isabeau frunció el ceño:

—Verte tan cansado me trae recuerdos de cuando volví a casa con un recién nacido. Me quedaré aquí con Celine para que no esté sola.

Celine giró la cabeza en dirección a Isabeau:

—Pero, ¿quién va a abrir la tienda?

Isabeau restó importancia a la preocupación con un gesto:

—No pasa nada si no abrimos un día.

—Tienes razón —secundó Celine de inmediato.

Les sonreí agradecido:

—Gracias a las dos por quedaros. Prometo que encontraré una niñera pronto.

Mis abuelas adoraban su tienda, Fragrant Delights . No era justo para ellas que sacrificaran su tiempo para cuidar del bebé.

—Podemos organizarnos entre todos mientras tanto —sugirió Isabeau con cautela—. Tómate tu tiempo para encontrar a la persona adecuada.

—Eso voy a hacer. Charlotte es un poco quisquillosa, así que necesito a alguien paciente que la quiera tanto como yo.

Las abuelas intercambiaron una mirada curiosa.

—Vaya, Beckett, tienes las cosas mucho más claras de lo que pensaba —admitió Celine.

—Te recomiendo la agencia de canguros que hemos contratado —intervino Chad—. Simone está encantada y nosotros también estamos muy contentos.

—Gracias. Envíame la información por mensaje y los llamaré.

Chad abrió la boca, pero volvió a cerrarla. A juzgar por su expresión, iba a burlarse, pero lo reconsideró y se detuvo. ¿Qué le habrá hecho cambiar de opinión? ¿Las abuelas? Eso nunca había sido un impedimento ni para él ni para mis hermanos a la hora de hacer un comentario.

—Si me das unos minutos, me cambio y vamos a la oficina.

—Claro —dijo Chad—. Bella, ¿quieres venir con nosotros y quedarte con Scarlett mientras trabaja en la cocina? —La esposa de mi hermano, y por tanto, madrastra de Bella, era la chef de LeBlanc-Broussard , el restaurante de la planta baja de nuestro edificio.

Bella me miró:

—Tío Beckett, ¿puedo quedarme aquí para ayudar a las abuelas?

—Por supuesto —contesté, asintiendo—. Pensé que te aburrirías. Muchas gracias, Bella, es muy considerado por tu parte.

—Pero, tío, es mi prima. Y quiero ayudar a cuidarla.

Mi sobrina era maravillosa.

—Vale, os enseñaré dónde está todo y cómo preparar el biberón —dije, y las tres me siguieron a la cocina.

Me venía de perlas que mi sobrina se quedara con mis abuelas, porque la máquina para preparar biberones no era muy fácil de usar, pero entre las tres se las apañarían. Por supuesto, les recordé que me llamaran para lo que necesitaran.

—Tío Beckett, papá dice que puede darte muchos consejos, porque me cuidó cuando era pequeña —me comentó Bella.

—Es verdad —asentí. Recordé aquella época como si hubiera pasado un siglo.

Estaba en el instituto cuando nació Bella, y Chad se divorció de su entonces esposa unos años más tarde. Toda la familia se unió para ayudarlo con la crianza. Mi hermano había hecho un gran trabajo como padre soltero, un ejemplo que yo estaba decidido a seguir.

Después de enseñárselo todo a Isabeau, Celine y Bella, llegó el momento de presentarles a Charlotte. Abrí la puerta de la habitación y me llevé un dedo a los labios, pidiéndoles silencio.

Chad también estaba con nosotros. Ver a la familia mirar a mi hija con tanto cariño me llenó de una emoción inesperada. Iba a ser el mejor padre para Charlotte. Estaba decidido.

***

Chad y yo llegamos a la oficina media hora más tarde.

Hillary pareció aliviada al verme:

—Beckett, menos mal que has llegado. La comercial lleva en la sala de reuniones hace casi una hora.

Fruncí el ceño:

—¿Qué comercial? ¿Ya tengo que entrar a una reunión?

—Sí, lo anoté en tu agenda anoche. —Hizo una mueca de disgusto—: Jolín, probablemente no lo hayas visto.

—No, lo he olvidado por completo —admití. Nunca antes me había pasado; no era un adicto al trabajo, pero siempre revisaba mi agenda por la noche—. No pasa nada. ¿De qué trata la reunión?

—Es una presentación de una agencia de marketing. MarketingPros .

Miré a Hillary con incredulidad:

—Pero si acordamos no concertar más reuniones con agencias. Te dije que ya había oído suficiente.

Intenté mantener un tono de voz tranquilo. No quería ser demasiado severo con ella después de que, literalmente, me hubiera salvado el pellejo comprando todo para el bebé.

—Lo sé, pero esta mujer fue muy insistente. —Bajó la voz—. Creí que la única forma de quitármela de encima era darle una cita o cambiar mi número de teléfono.

Me reí. La persistencia era algo que valoraba en mis empleados, y eso decía mucho de ella.

—Tiene que ser especial para haber conseguido una cita.

—No solo eso: estuve leyendo sobre la agencia y podría ser una buena opción. ¿Cómo está Charlotte?

—Bien, aunque no dormimos nada anoche. Mis abuelas y Bella la están cuidando.

—Me alegro. No he podido avanzar mucho con la búsqueda de niñera… es más complicado de lo que pensaba.

—Tranquila Hillary, ya has hecho suficiente. Mi hermano me ha dado un contacto que puede que sea la mejor opción.

Mi asistente pareció aliviada.

—Dios, necesito diez cafés —dije, frotándome los ojos.

Ella sonrió ampliamente:

—No sabes lo orgullosa que estoy de ti.

—¿Perdón? —pregunté perplejo.

Hillary se cubrió la boca con la mano y se le humedecieron los ojos:

—Me parece admirable que te hayas hecho cargo de la situación y traído a tu hija a vivir contigo sin dudarlo un segundo.

—Por supuesto, era lo que había que hacer.

¿De verdad pensaba que me iba a desentender de mi responsabilidad?

Por Dios. No era un imbécil.

¿Pero a quién quería engañar? Charlotte fue concebida tras una aventura de una noche. Estaba claro que nadie daba un duro por mí.

Me giré hacia la puerta:

—Voy a la sala de reuniones. Por favor, no me pases ninguna llamada, salvo que sea de mi familia.

Me salté el café porque ya llegaba tarde. Cuando entré en la sala de reuniones, carraspeé. Una mujer estaba de pie frente al proyector, con su presentación ya lista. Mi retraso era considerable.

La observé con atención: vestía un traje rojo que hacía juego con sus labios brillantes, y su cabello castaño oscuro estaba peinado hacia un lado.

Cuarenta y ocho horas atrás, la habría examinado minuciosamente. Pero en ese momento, no me apetecía. Era, sin duda, una mujer atractiva, pero me resultaba indiferente. Intuía que durante mucho tiempo todo eso me daría igual. Ahora mi prioridad era Charlotte.

—Buenos días.

—Hola, señor LeBlanc. Soy Piper Dawson. —Frunció el ceño mientras me examinaba de arriba abajo. Era evidente que estaba cabreada. ¿Y a esta qué le pasa? Estaba a punto de disculparme por llegar tarde cuando añadió: —Deberíamos empezar ya mismo. No puedo perder más tiempo.

—¿Me está regañando ? —pregunté, sintiendo cómo mi irritación aumentaba.