Capítulo Uno #2
Necesitaba darme una ducha, pero no quería dejar a Charlotte sola. En lugar de ir al dormitorio principal, decidí usar el baño de invitados y dejé la puerta abierta para poder oírla en caso de que se despertara.
Revisé mi teléfono y me quedé sorprendido al ver que tenía quince mensajes sin leer. Caí en la cuenta de que Anthony ya debía haber informado a la familia. Todos me habían escrito. Primero leí el mensaje de mi hermano Chad.
Chad: Ánimo hermano. Si necesitas consejos sobre bebés, llámame. ¿Quieres que me pase mañana?
Chad era el mayor y tenía dos hijas: Bella y la pequeña Simone. Sin duda, él sería la primera persona a la que llamaría.
Beckett: Sí, por favor.
A continuación leí el mensaje de Xander.
Xander: Anthony me acaba de contar todo. ¿Necesitas ayuda con la parte legal? Puedo mover algunos hilos y conseguir el mejor abogado especializado en derecho de familia del país.
Mi hermano Xander era muy resolutivo. Le aseguré que no era necesario.
Beckett: Tranqui. Tengo la custodia. Quizá le pida a tu abogado que revise la documentación, pero no es urgente.
Luego fue el turno de Julian.
Julian: Tío, me gustaría darte la enhorabuena, pero ¿qué cojones? Cuando puedas nos tomamos unas copas y nos cuentas la historia al completo.
Él estaba al mando de los bares del grupo empresarial. Teníamos la costumbre de quedar en su bar principal en el Barrio Francés, pero estaba seguro que la llegada de Charlotte pospondría cualquier plan de copas.
Tenía mucha curiosidad por saber qué diría Zachary. De todos los hermanos, él era el más despreocupado y no se hacía problema por nada.
Zachary: Me he quedado de piedra, pero aquí estoy para lo que necesites.
Vaya, he logrado sorprender a Zachary.
Por último, recibí el mensaje de mi madre, que me envió un corazón seguido de un mensaje.
Mamá: Hijo, estamos aquí para lo que necesites.
Mis abuelas no me habían escrito, lo cual no era de extrañar. No eran muy aficionadas a enviar mensajes, y fue entonces cuando vi que tenía llamadas perdidas de ambas.
Decidí darme una ducha primero porque no podía soportar el olor.
Cinco minutos más tarde, me sentí como nuevo. Eché un vistazo a Charlotte: seguía dormida, así que decidí ir al salón para llamar a mis abuelas.
Cuando nació Chad, el mayor de los seis hermanos, ellas aún eran bastante jóvenes y se resistían a que las llamaran “abuelas”, porque les hacía sentir mayores.
Con el tiempo se acostumbraron, pero seguíamos usando principalmente sus nombres.
Solo Bella las llamaba por sus ‘‘títulos’’.
Asumí que Simone y ahora Charlotte seguirían su ejemplo.
Justo cuando iba a llamar a Isabeau, recibí un mensaje suyo.
Isabeau: Estoy con Celine en la tienda. ¿Es un buen momento para hablar?
Las llamé al instante.
—¡Hola!
—Te hemos llamado, cariño —dijo Celine, con voz preocupada—. Anthony nos contó… pensamos que nos estaba gastando una broma.
—Pues no, todo lo que os ha dicho es cierto.
—¿Necesitas que vayamos a tu casa ahora? —preguntó Isabeau—. Como te dije, estamos en el casco antiguo y podemos llegar en unos minutos.
—La verdad es que esta noche prefiero estar solo con Charlotte. Ha comido y acabo de acostarla. Estaremos bien.
—¿Has estado solo con ella todo este tiempo?
—No, pasé la noche anterior en el hospital para que las enfermeras me enseñaran los cuidados básicos. Quería aprender todo lo posible antes de volver a casa.
—Muy bien hecho, cariño —respondió Isabeau.
—Pero me haríais un gran favor si pudierais pasar mañana temprano. Tengo que ir a la oficina y, como es lógico, no he tenido tiempo de buscar una niñera.
—Por supuesto. Allí estaremos.
—Gracias.
—Estamos aquí para lo que necesites —añadió Celine.
—Gracias. Charlotte se está despertando otra vez —dije, justo cuando mi hija comenzaba a llorar.
En el hospital me habían dicho que cuando llorara, primero debía revisar el pañal y luego darle de comer. Pero acababa de cambiarla y darle de comer. ¿Qué más podía hacer?
—¡Tengo que colgar!
Dejé el teléfono sobre la encimera y corrí a la habitación, desesperado por saber qué demonios necesitaba. Estaba roja como un tomate, llorando a pleno pulmón. Pobrecita.
—Cariño, estoy aquí. Tranquila.
Pero a ella parecía importarle un pimiento mis palabras.
La saqué de la cuna y eché un vistazo al biberón que había dejado a medias. Las enfermeras me habían dicho que podía dárselo hasta una hora después de haberlo preparado.
Miré la hora y solo habían pasado cuarenta minutos. Cogí el biberón e intenté darle de comer, pero ella movía la cabeza de un lado a otro y lloraba más fuerte. Mientras la acunaba, un fuerte hedor invadió mis fosas nasales: se había vuelto a cagar.
—¡Madre mía, pero qué manera de evacuar!
Al menos sabía cuál era el problema.
Dejé el biberón y la llevé al cambiador. Saqué un pañal limpio y lo puse cerca; esta vez intentaría ser más rápido. Le quité el pañal sucio, la limpié y le puse el nuevo enseguida, pero Charlotte se las arregló para cagarse antes de que terminara. Al cabo de un momento, me eché a reír.
—Tenemos que mejorar en esto, Charlotte —dije en tono de broma, mientras me limpiaba la caca de la mano. ¡Maldita sea! También tenía caca en la mejilla—. A decir verdad, tú estás cumpliendo a la perfección tu rol de bebé: comer, dormir y cagar. Soy yo el que tiene que aprender a ser un buen padre.
Y estaba decidido a ser el mejor del mundo.