Un padre soltero inolvidable
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Capítulo Uno
BECKETT
—Bienvenida a casa, Charlotte —le susurré a mi hija recién nacida al entrar en mi ático. Emocionado por tenerla en mis brazos, en ese preciso momento, juré que siempre cuidaría de ella.
Dios mío. Tengo una hija.
Hacía tres días que me había enterado de su existencia y todavía estaba asimilándolo.
La pasé a mi brazo izquierdo; era tan pequeña y dormía tan plácidamente que podía sostenerla sin dificultad. Pero sabía que no duraría mucho: había estado muy inquieta durante el vuelo de Nueva York a Nueva Orleans.
Cogí mi equipaje con la mano derecha, cerré la puerta en silencio y eché la llave.
Dejé la maleta en la puerta durante un momento y me dispuse a leer el correo electrónico que Hillary, mi asistente, me había enviado esa misma mañana.
Le había pedido que comprara todo lo necesario para atender a un bebé recién nacido y, milagrosamente, lo había conseguido, además adjuntó una lista indicando dónde estaba todo y la función de cada artículo.
Entré en la habitación de invitados, que a partir de ahora sería la habitación del bebé. Hillary había colocado una cuna y un cambiador. Abrí el primer cajón, sujetando a Charlotte contra mi pecho; estaba lleno de bodies, pañales y cremas.
Mi hija suspiró y le di un beso en la cabecita. ¿Cómo era posible que ya quisiera tanto a ese pequeño ser humano? La dejé en la cuna con delicadeza, temiendo despertarla, pero no fue el caso. Era evidente que todavía estaba cansada por el viaje en avión.
Pensé en ir al salón a ver la máquina de biberones, pero no quería dejarla sola. Así que me senté en la cama de la habitación y observé a mi pequeña.
No podía creerlo: era padre y, además, soltero.
Mi teléfono vibró en mi bolsillo por millonésima vez. Era mi hermano Anthony otra vez, el único de la familia al que le había revelado la noticia de Charlotte, aunque sin darle muchos detalles. Debía de estar en estado de shock , y aún no habíamos tenido tiempo de hablar.
—¡Por fin, tío! —exclamó cuando contesté—. ¿Dónde estás?
—Ya en Nueva Orleans, con mi hija.
Soltó un profundo suspiro:
—Dios mío, era en serio. Pensé que me estabas gastando una broma.
—No bromearía con algo así —aseguré, manteniendo el tono de voz baja, aunque Charlotte no pareció darse cuenta.
—Tienes que contármelo todo. ¿Qué pasó? ¿Estabas saliendo con alguien y no me dijiste nada?
—Anthony, me conoces —respondí con una risa sin humor—, sabes que nunca he salido con nadie más de dos veces.
—Todo el mundo sabía que era un mujeriego empedernido.
Anthony, tampoco se había quedado atrás hasta que conoció a su novia y sentó cabeza—.
Hace unos nueve meses, tuve un rollo de una noche —confesé sin más rodeos— con una mujer llamada Elle.
—¿Y por qué no le dijiste a nadie que estaba embarazada?
—¡Porque no lo sabía! —respondí con amargura—. Elle no me lo dijo y no tenía intención de hacerlo. De hecho, planeaba dar a la niña en adopción.
—¡Qué dices! —exclamó.
—Tuve suerte de que su mejor amiga me contactara y me pusiera al tanto de todo.
—¿En serio? ¿Así fue cómo te enteraste?
—Tal cual.
—¿Y eso cuándo fue? —preguntó.
—Hace solo tres días. Por eso no pude estar en el cumpleaños del abuelo: fui directo a Nueva York para encargarme del asunto.
—¡Joder, hermano! ¿Y cómo lo llevas? ¿Necesitas algo?
Así era mi familia; sabía que mis cinco hermanos, mis padres y mis abuelos siempre me apoyarían incondicionalmente.
—Lo voy llevando como puedo.
—Imagino que aún lo estás asimilando —afirmó Anthony. No hacía falta ni que me lo preguntara.
—Así es, hermano —admití. No quería ocultarle nada a mi familia, pero quería tener la prueba de ADN contrastada antes de contárselo a todos.
—No puedo creer que no te contara que estaba embarazada. ¡Es una locura! —Tras una breve pausa, preguntó—. ¿Has conseguido la custodia?
—Sí, ni siquiera opuso resistencia. Tras la prueba de paternidad, firmó encantada la renuncia a sus derechos sobre la niña.
Anthony suspiró:
—Supongo que si tenía pensado dar a su hija en adopción, le daba lo mismo.
—Exactamente.
Elle era una persona despreciable, aunque yo tampoco era un santo; prometí que la llamaría después de aquella noche y nunca lo hice. Mi madre siempre bromeaba con que mi comportamiento promiscuo me pasaría factura algún día, pero nunca imaginé algo así.
—Para que sepas, todos se preguntan por qué no fuiste al cumpleaños del abuelo —me advirtió Anthony.
—Me lo imagino.
Mi familia estaba muy unida y nunca nos perdíamos una celebración. Cuando le dije a mi abuelo que no podía ir, debió darse cuenta de que algo grave estaba pasando. Dijo que lo entendía y que no me preocupara, pero sabía que mi ausencia no había pasado desapercibida.
—¿Qué tal estuvo el cumpleaños? —pregunté.
—Estuvo entretenido… por decir algo. Es curioso; todos hemos nacido aquí en Nueva Orleans, pero a la mayoría no le entusiasma ni un poco ir al pantano.
Su comentario me hizo reír. A mis abuelos, en cambio, les encantaba pasar horas pescando en su barco, y precisamente David había decidido que quería celebrar allí su cumpleaños.
—A mí me ha empezado a gustar con el tiempo —respondí.
Me encantaba acompañarlos. Mis abuelos eran mayores y a menudo cometían imprudencias, como pescar en zonas llenas de caimanes, lo cual era un constante motivo de preocupación para mí.
—¿Quieres que me encargue de contárselo a la familia? —preguntó Anthony.
Dudé un momento. No era un cobarde y siempre compartía todo con la familia, tanto lo bueno como lo malo. Pero estaba exhausto.
—Me harías un gran favor. Gracias.
—No hay problema. ¿Les cuento todo o solo que tienes una hija?
—Todo.
—Entendido. Entonces, estás en casa con… ¿cómo se llama?
—Charlotte.
Mi madre siempre dijo que si hubiese tenido una hija, la habría llamado Charlotte. Me pareció el nombre perfecto para mi bebé.
—Vale, estás en casa con Charlotte. —Escuchar a mi hermano decir su nombre lo hacía aún más real—. ¿Seguro que no necesitas ayuda esta noche?
—Ahora mismo no estoy seguro de nada —confesé.
Por primera vez en mi vida, no sabía qué hacer. Era el CEO de una importante empresa, estaba acostumbrado a tomar decisiones drásticas sin mirar atrás y jamás rehuía a un desafío. Pero esto era una historia completamente diferente.
—Vale, entonces me ocuparé de difundir la noticia.
—Diles que, por favor, no me llamen… no sé si podré contestar. Pueden enviarme mensajes. —Quería estar en contacto con ellos.
—Claro. Una última cosa hermano.
—Dime.
—Sabes que puedes con esto y con lo que sea, ¿verdad?
—Gracias, hermano. Lo sé. —Iba a ser un gran padre para Charlotte. Estaba convencido de ello—. Tengo que irme, la bebé se está despertando.
Joder, debería haber leído las instrucciones para preparar el biberón.
—¿Qué? —preguntó mi hermano, pero colgué cuando Charlotte empezó a llorar.
Consideré cogerla y llevarla a la cocina mientras descifraba el mecanismo del aparato, pero incluso con mi limitada experiencia paternal, sabía que era mala idea.
Sería más fácil preparar la fórmula del tirón, así que la dejé en la cuna, corrí a la cocina y me quedé mirando el preparador de biberones.
Maldita sea, no sabía ni por dónde empezar.
Hillary había dejado una pila de biberones limpios y esterilizados en la encimera, junto con el folleto de instrucciones. Lo abrí y descubrí que tenía veintisiete pasos .
Esto es una locura.
Charlotte lloraba cada vez más fuerte.
¡Mierda! Debería haberla traído conmigo.
Abrí YouTube en mi teléfono y busqué un tutorial breve sobre cómo usar el dispositivo.
Rápidamente encontré uno de solo treinta segundos.
¡Amaba los vídeos por eso! Dos minutos más tarde, tenía todo listo y me apresuré a ir a la habitación de mi hija.
Dejé el biberón en la mesa mientras la sacaba de la cuna.
Era diminuta pero necesité las dos manos para sostenerle la cabeza.
—Charlotte, papá tiene el biberón listo. Vamos, pequeña. Tienes que calmarte unos segundos para poder tomarlo.
Tenía la carita tan arrugada que no conseguía prenderse a la tetina. Después de lo que me pareció una eternidad, por fin la agarró y comenzó a succionar.
¡Uf, por fin! Era una victoria absoluta.
—Eso es, pequeña.
Bebía como una campeona, pero no lograba terminar el biberón.
La enfermera me había dado instrucciones estrictas de que debía alimentarla cada dos horas para que ganara peso de forma adecuada.
Elle se dio de alta del hospital al día siguiente de dar a luz, y por suerte, me permitieron quedarme con mi hija para que las enfermeras me enseñaran lo básico.
Disfruté de darle el bibi, y comió hasta quedarse dormida. Estuve a punto de acostarla, pero primero tenía que hacerle eructar, así que la puse sobre mi hombro y le di palmaditas suaves en la espalda. Al cabo de unos momentos, soltó un buen eructo, se despertó y empezó a llorar de nuevo.
¿Y ahora qué? ¿Se ha quedado con hambre?
Le puse la tetina en la boca, pero lloró más fuerte. No, no era eso.
Unos segundos más tarde, oí una especie de ‘‘explosión’’ bajo su pañal. ¿Cómo podía olvidarme de revisarlo?
Fui al cambiador, la acosté, y desabroché el pañal lentamente mientras cogía uno limpio del cajón. Justo cuando le quité el viejo, hubo otro escape que terminó en mi camisa hecha a medida.
Por si tenía alguna duda, me quedó clarísimo… ¡la caca de bebé huele fatal! Me pregunté cómo se las arreglaron mis padres con tantos hijos; la casa debía estar las veinticuatro horas del día impregnada de ese olor.
Charlotte se calmó al instante. Ahora que había vaciado sus intestinos, se quedó dormida en el cambiador.
Negando con la cabeza, la limpié siguiendo las instrucciones de la enfermera y le puse un pañal y un body limpios. Seguía profundamente dormida cuando la cogí y la volví a acostar con sumo cuidado en su cuna. Fue entonces cuando me miré y me di cuenta del desastre.
Sí. Beckett LeBlanc, el prestigioso director ejecutivo del sector de panificación industrial de The Orleans Conglomerat e, estaba, literalmente, hasta arriba de mierda.