28
Spencer
El cursor en la pantalla de mi portátil parpadeaba con una insistencia exasperante.
Llevaba tres horas atascada en el mismo fragmento de traducción de una comedia romántica independiente.
Mi trabajo consistía en adaptar las frases para que tuvieran sentido al cambiar de idioma, pero mi cabeza estaba a miles de kilómetros de distancia, varada en una playa de arena blanca donde las olas rompían contra las rocas.
Solté un suspiro frustrado, aparté el portátil sobre la mesa de centro del salón y me pasé las manos por la cara.
Hacía una semana que habíamos vuelto de Hawái. Una semana entera en la que mi apartamento se había convertido en una especie de celda autoimpuesta donde el silencio resultaba ensordecedor.
Cogí el teléfono móvil, sabiendo de antemano que era una pésima idea. Abrí la galería de fotos y me dispuse a hacer algo que últimamente se me daba extraordinariamente bien: martirizarme emocionalmente.
Allí estábamos los dos. Una imagen que Piper nos había tomado distraídos en la playa de Lanikai: Landon sonriendo a la cámara con esa chulería natural suya, con el brazo pasado sobre mis hombros, y yo mirándolo a él en lugar de al objetivo, con una expresión de vulnerabilidad que me daba vergüenza ajena.
¿Cómo era posible? Me pregunté por milésima vez. ¿Cómo era posible que en apenas unas semanas junto a Landon hubiera sentido una conexión infinitamente más real, transparente y sincera que durante los años que pasé junto a Elliot?
Con mi ex todo había sido una construcción metódica de lo que se suponía que debía ser una pareja adulta: la compra del piso, los muebles de diseño, las cenas con sus compañeros de trabajo.
Y, sin embargo, nunca me había sentido tan vista, tan deseada ni tan desnuda como cuando Landon me miraba a los ojos en mitad de la noche.
La nota de Elliot sobre la venta del piso seguía sobre el recibidor, pero ya ni siquiera me dolía.
Elliot era un fantasma del pasado. El dolor que me oprimía el pecho ahora tenía otro nombre y otra sonrisa.
El piso… no sé qué pasaría con él. Seguramente lo acabaríamos vendiendo, pero por el momento ni siquiera me había dignado a darle una respuesta.
Era hora de que él sufriera un poquito de la ansiedad que había sufrido yo las últimas semanas por su culpa.
El timbre de la puerta sonó, sobresaltándome.
Fruncí el ceño y miré el reloj de la pared. Eran más de las nueve de la noche. Pensé que sería Piper trayendo algo de cena o el repartidor con la comida china que ni siquiera recordaba haber pedido con claridad.
Me levanté, descalza, y abrí la puerta sin mirar por la mirilla.
Landon estaba de pie en el pasillo.
Llevaba una chaqueta de cuero negra, los vaqueros oscuros y el pelo ligeramente despeinado por el viento de la calle. Tenía una mano metida en el bolsillo y en la otra sostenía una libreta pequeña.
Se me cortó la respiración.
—Hola, Fierecilla —dijo en voz baja.
—Landon... ¿qué haces aquí? —logré articular, sujetando el borde de la puerta como si fuera un escudo.
—Necesito hablar contigo.
—Dijimos que...
—Sé lo que dijimos —me interrumpió, dando un paso al frente sin pedir permiso, obligándome a retroceder para dejarlo pasar.
Cerró la puerta a sus espaldas con un chasquido firme—.
Dijiste que el verano se había terminado.
Dijiste que querías dejar ir todo lo que pasó en Hawái y darle las gracias por los servicios prestados.
—Landon, por favor...
—No, ahora me escuchas tú a mí —dijo, dando dos pasos hacia mí hasta romper la distancia de seguridad que yo intentaba mantener.
Olía a su perfume de siempre, a madera y sal, un aroma que amenazaba con desmontarme por completo—.
Hablé con Summer esta tarde. Le pedí perdón por haberme ido como me fui.
Y me dijo algo que me hizo darme cuenta de lo imbécil que estaba siendo por haberte dejado marchar sin pelear.
Tragué saliva, sintiendo cómo se me aceleraba el corazón.
—No tienes que pelear por nada. Lo nuestro no es posible porque…
—Sí, tengo que hacerlo —dijo interrumpiéndome—. Porque no voy a permitir que uses tu miedo como excusa para arruinar lo más real que nos ha pasado a los dos en mucho tiempo.
Suspiró con frustración, abrió la libreta que llevaba en la mano y me miró con una intensidad que me hizo dar un paso más atrás, hasta que mi espalda chocó contra la pared del recibidor. Genial, ahora sí que no tenía escapatoria.
—Landon… —susurré, notando las piernas realmente débiles.
—Me dijiste que necesitabas estabilidad —continuó Landon, dando otro paso hacia mí—. Que no podías lanzarte a una relación sin saber dónde pisabas. Que necesitabas reglas. Así que he escrito un nuevo pacto.
Pestañeé, confundida.
—¿Un pacto?
—Sí. El Pacto de Nueva York —dijo con absoluta seriedad, aunque vi un pequeño destello de humor en el rabillo de sus ojos—.
Cláusula número uno: Se prohíbe rotundamente salir huyendo cuando las cosas se pongan difíciles o profundas.
Cualquier ataque de pánico emocional debe ser discutido en un plazo máximo de dos horas, preferiblemente con comida de por medio.
Y aún más preferiblemente celebrando con sexo la solvencia del problema.
Un nudo se me formó en la garganta.
—Landon... —repetí.
—Cláusula número dos —prosiguió, ignorando mi interrupción y leyendo de la libreta con voz firme—: No hay fechas de caducidad.
No hay “hasta que termine el verano” ni “hasta que volvamos a casa”.
Esto durará lo que nosotros queramos que dure, sin prisas, pero sin escapes absurdos por ninguna de las dos partes.
Sentí una lágrima traidora resbalar por mi mejilla. Intenté limpiármela deprisa, pero él dio el último paso que nos separaba, guardó la libreta en el bolsillo trasero de su pantalón y rozó mi pómulo con el pulgar para secarme el rastro húmedo.
—Y cláusula número tres —susurró, pegando su frente a la mía mientras su otra mano se posaba en mi cintura, firme y cálida—: La única condición obligatoria es darnos una oportunidad de verdad.
Querernos sin pensar en nada. Ni en lo que hicimos o nos hicieron antes, ni en el futuro, ni en nada que no sea el presente. Solo tú y yo viviendo cada minuto.
—Tengo miedo, Landon —admití en un susurro roto, incapaz de seguir sosteniendo la coraza. Mis manos volaron instintivamente a las solapas de su chaqueta—. Tengo muchísimo miedo de volver a entregarme a alguien y terminar rota de nuevo.
—Lo sé —murmuró él, besándome la comisura de los labios con una dulzura infinita—. Yo también tengo miedo. Pero prefiero arriesgarme a romperme contigo que pasarme el resto de mi vida preguntándome qué habría pasado si te hubiera dejado ir.
Me miró a los ojos, esperando mi respuesta.
No había sarcasmo en su rostro. No había rastro del chulo e imperturbable hermano de mi mejor amiga. Solo había un hombre dispuesto a construir un refugio seguro para los dos en mitad del caos.
Sonreí entre lágrimas, dejándome llevar por la corriente que Kelea me había advertido que no intentara frenar.
—Ese pacto... tiene demasiadas cláusulas —susurré.
—Se pueden negociar sobre la marcha —respondió él con una sonrisa ladeada antes de atrapar mis labios en un beso profundo, lento y lleno de una promesa de futuro que esta vez no tenía fecha de vencimiento.
No sabía lo que pasaría, y todavía tenía muchísimo miedo, pero sería demasiado absurdo no aceptar lo que la vida había decidido poner en mi camino.
Sería demasiado absurdo dejar ir a Landon cuando algo dentro de mí gritaba que era, sin lugar a dudas, el amor de mi vida.
Y a juzgar por el modo en que me besó, me desnudó y me demostró lo mucho que me había echado de menos, creo que él se sentía exactamente igual.