Un pacto tentador (Pactos arriesgados nº 1) Epílogo
100%

Epílogo

Spencer

Faltaban apenas tres semanas para la Navidad y Nueva York se había transformado en una postal invernal. El escaparate de Bergdorf Goodman brillaba con miles de luces doradas, la nieve caía en copos finos sobre la Quinta Avenida y el olor a castañas asadas impregnaba cada esquina de la ciudad.

En el apartamento de Landon, el ambiente era infinitamente más cálido.

Un gran árbol de Navidad decoraba el rincón del salón, torcido hacia la izquierda porque entre los dos no habíamos sido capaces de ponerlo recto. Había música jazz sonando suavemente de fondo y un aroma a canela y chocolate caliente llenaba la estancia.

Estaba sentada en el sofá, cubierta con una manta de lana gruesa, mientras Landon trabajaba en su portátil en la mesa del comedor.

Tenía las gafas de lectura puestas, un detalle que descubrí semanas atrás y que me había hecho obsesionarme, porque me parecía que estaba ridículamente atractivo, y el ceño fruncido mientras revisaba una serie de documentos.

Todavía se me hacía difícil gestionar que finalmente había aceptado vender el piso con mi ex pero, en vez de usar mi parte del dinero para comprar otro piso, había acabado trasladándome con Landon, en una demostración más de que nos habíamos vuelto locos, porque apenas llevábamos unos meses juntos y ya convivíamos.

Pero en el fondo, jamás había sido tan feliz ni había estado tan segura de estar haciendo lo correcto.

Me levanté en silencio, fui hacia él por detrás y le rodeé el cuello con los brazos, apoyando la barbilla en su hombro.

—Trabajas demasiado para ser época navideña —murmuré, besándole la mejilla.

Landon sonrió, dejó el ratón y echó la cabeza hacia atrás para mirarme.

—Es culpa de los islandeses. Te juro que van a volverme loco.

—¿De quién?

—Una empresa familiar de chocolate en Reikiavik.

Quieren contratar a nuestra compañía para integrar soluciones de Inteligencia Artificial en toda su cadena de distribución y producción en Europa y Estados Unidos.

Es un proyecto enorme, Spencer. El más grande que Henry y yo hemos gestionado este año.

—Eso suena increíble —dije, apartándole un mechón de pelo de la frente—. ¿Entonces por qué pones esa cara de sufrimiento?

Landon soltó un largo suspiro y se quitó las gafas.

—Porque el cliente exige que toda la documentación técnica y las reuniones de mediación iniciales se hagan con traducción directa al islandés técnico.

El intérprete corporativo con el que trabajamos siempre nos acaba de confirmar que no puede aceptar el proyecto porque tiene un contrato de exclusividad en Bruselas hasta enero.

Me eché a reír.

—¿Y por eso estás a punto de tirarte por la ventana?

—Spencer, encontrar a un intérprete de islandés de nivel técnico en Nueva York con tres días de antelación en plena época navideña es prácticamente imposible.

Le di un apretón cariñoso en los hombros.

—Cielo, piensa un poco —dije en tono de burla—. Tienes a la mejor intérprete de idiomas nórdicos viviendo prácticamente en tu casa y no te das cuenta.

Landon se giró en la silla para mirarme de frente, arrugando las cejas.

—¿Tú sabes islandés?

—Yo no, idiota. Piper.

Landon se quedó rígido.

—¿Piper?

—Sí, Piper. ¿Te suena? Es de mi estatura, preciosa y, además, tu hermana.

—Ja, qué graciosa —contestó con sequedad, haciéndome reír.

—¿Has olvidado que Piper pasó casi dos años en el Departamento de Filología Nórdica de la Universidad y que estuvo viviendo seis meses en Islandia haciendo su especialización en traducción técnica? Habla islandés fluido. Es brillante en eso.

Landon tragó saliva y se pasó una mano por la nuca con evidente malestar.

—No lo sé, Spencer...

—¿Cómo que no lo sabes? Es tu hermana, está buscando proyectos independientes serios para asentarse aún más en su trabajo y es literalmente perfecta para el puesto. Le vendría genial y a vosotros os salvaría la vida.

—El problema no es Piper —dijo Landon en voz baja, mirando hacia la pantalla del portátil con expresión preocupada.

—¿Entonces? —pregunté confusa, porque me parecía demasiado raro que el propio Landon no hubiera pensado en su hermana de inmediato.

—El problema es que si aceptamos este proyecto, el cliente exige que enviemos a un equipo de enlace a Reikiavik durante dos semanas antes de Nochebuena para supervisar la fase de toma de datos sobre el terreno. Y el que se va a encargar de supervisar esa expedición es Henry.

Me quedé en silencio un segundo, procesando la información.

—Quieres decir que... ¿Piper y Henry tendrían que viajar solos a Islandia en mitad de diciembre?

—Exacto. Dos semanas encerrados en un hotel con encanto en mitad de la nieve islandesa, trabajando doce horas al día juntos y rodeados de luces de Navidad —Landon se froto las sienes, medio en broma, medio aterrorizado—.

Conociendo la tensión acumulada que llevan arrastrando esos dos desde hace años, o se matan a los tres días o Henry termina rompiendo su juramento sagrado de “no tocar jamás a la hermana de su socio porque él no es como yo”.

Solté una carcajada que resonó por todo el salón.

—Landon, Kelea nos dijo que el océano siempre devuelve lo que está destinado a encontrarse. ¿No has pensado que a lo mejor el océano de Piper y Henry tiene forma de paisaje nevado y auroras boreales.

Landon me miró, resignado, aunque vi una pequeña sonrisa dibujándose en sus labios.

—Si esos dos terminan liándose en Islandia y montan un drama corporativo, te pienso hacer responsable a ti.

—Acepto el riesgo —dije, inclinándome para darle un beso dulce en los labios—. Ahora apaga el portátil y llama a tu hermana. Le va a encantar la idea de pasar la Navidad en la nieve.

Landon me rodeó la cintura con los brazos y me atrajo hacia su regazo, rindiéndose por completo.

—Está bien. Pero que conste que si Henry me parte la otra mitad de la cara cuando vuelvan, será culpa tuya.

Me reí contra su cuello, disfrutando del calor de sus brazos mientras la nieve seguía cayendo suavemente al otro lado de la ventana, anunciando que una nueva historia, helada y navideña, estaba a punto de comenzar.