Un pacto tentador (Pactos arriesgados nº 1) 27
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Landon

El aire de Nueva York, los días posteriores a mi vuelta, tenía esa brisa fresca que anunciaba el final del verano.

El bullicio del Upper East Side me recordaba constantemente lo lejos que quedaba ya la calma de Hawái.

Una bofetada de realidad a la que me estaba costando adaptarme más de lo que quería admitir.

Había quedado con Summer en una cafetería tranquila de Central Park.

Estaba nervioso, pero más porque era consciente de que, por primera vez, quería ser totalmente sincero con ella y conmigo mismo.

Si algo había aprendido tras mis semanas en Hawái es que esconderse era la solución fácil, pero no la acertada.

La vi llegar tensa, apresurada y con un moño impecable, al igual que su ropa.

Summer era preciosa y una gran persona… solo que no era la persona con la que quería pasar el resto de mi vida.

Me vio, pero antes de acercarse a mi mesa fue al mostrador, pidió y, al acercarse, venía con dos cafés en la mano.

—He pedido el de siempre para ti —dijo tomando asiento y tendiéndome un vaso—. A no ser que hayas cambiado de gustos repentinamente.

—Así está bien. Gracias por acceder a venir —dije, sosteniendo el vaso entre las manos.

—De nada. —Su incomodidad era tan latente que no soportó ni un segundo más sin estallar—. Lo que no entiendo es qué hacemos aquí.

—Después de cómo me fui, creo que lo mínimo que te debo es una disculpa —admití—. Fui un cabrón contigo. No te lo merecías y quiero pedirte perdón.

Summer sonrió, un gesto pequeño, sereno, desprovisto de la rabia que Henry me había descrito semanas atrás.

—Mi hermano fue a verte a Hawái, ¿verdad? —preguntó, apoyando los codos sobre la mesa.

No me extrañó que Henry no le hubiera dicho nada. Mi amigo era de intentar arreglar las cosas por su cuenta, aun cuando esas cosas tenían que ver con su hermana y no con él. No me molesté en ocultarlo, tampoco.

—Me dio un puñetazo en cuanto cruzó el recibidor —admití con una leve mueca, tocándome la mandíbula por inercia—. Me lo tenía merecido.

Summer dejó escapar una risa suave, casi melancólica.

—Mi hermano siempre ha tenido un sentido del honor un poco primitivo. Cuando se enteró de lo nuestro, pensó que romperme el corazón era un ataque directo a la familia. Pero no te preocupes, ya le he dicho que se calme.

La miré, sorprendido por su temple.

—Summer... yo de verdad quería pedirte perdón. No por haber roto contigo, sino por cómo lo hice. Me marché corriendo porque era un cobarde. No sabía cómo mirarte a los ojos después de romperte el corazón. Y no quería afrontar las consecuencias con tu hermano, tampoco.

Ella dio un trago a su café y miró por el ventanal hacia la calle abarrotada durante unos segundos antes de volver la vista hacia mí.

—¿Sabes qué es lo más curioso, Landon? Que cuando me dijiste que lo dejábamos, me pasé dos días llorando de rabia. Pensaba que me habías utilizado, que habías tirado a la basura años de mi vida. Pero luego, cuando se me pasó el calentón inicial y te fuiste... me di cuenta de algo.

—¿De qué?

—De que no te echaba de menos a ti. Echaba de menos la rutina. Echaba de menos la comodidad de tener un novio perfecto sobre el papel, un socio estupendo para mi hermano y una vida planificada al milímetro.

Tragué saliva, sintiendo una punzada de culpa.

—Eso no lo hace menos grave. Te fallé.

—No, escúchame —me interrumpió con firmeza—.

Te conozco bien. Sé que pensabas que lo que teníamos era lo que todo el mundo busca.

Era tranquilo, era fácil, no había discusiones.

Pero no había fuego, Landon. Ninguno de los dos estaba enamorado.

Tú no me querías como se supone que hay que querer a alguien, y yo a ti tampoco. Ahora lo sé.

Me pasé la mano por la nuca, sintiendo cómo se me soltaba el nudo que, hasta entonces, no había notado en la garganta.

—Tienes razón —confesé en voz baja—. Pensaba que el amor era eso. Estar a gusto, planear el futuro por inercia, asumir que la rutina era el único camino maduro. Pensaba que podía amarte porque jamás le había dado a nadie más que eso. Nunca había sentido nada diferente.

Summer arqueó una ceja, observándome con una agudeza que yo sabía bien que tenía. Había un brillo de comprensión en sus ojos que me desarmó por completo.

—Pero ahora sabes lo que es, ¿verdad?

Me quedé inmóvil. El nombre de Spencer resonó en mi cabeza con fuerza.

Casi como si alguien lo gritara desde el fondo de mi mente.

Recordé su risa bajo el sol de Lanikai, sus marrones mirándome en la oscuridad de la casa de la playa, sus jadeos en mi oído cuando empujaba dentro de ella y la firmeza dolorosa con la que me había dicho que me dejaba ir en aquella habitación mientras doblaba su ropa.

—Sí —admití, porque no tenía sentido ponerme a mentir cuando había ido a esa cafetería precisamente a ser mi versión más sincera—.

Ahora lo sé. Y también sé lo que es no ser correspondido.

Sé lo que duele querer a alguien con todas tus fuerzas y saber que esa persona no está dispuesta a arriesgarse por ti.

Por eso me siento aún más culpable contigo, Summer.

Porque ahora entiendo el daño que hace el rechazo, aunque en nuestro caso fuera distinto.

Summer me miró fijamente durante un largo rato. No había rencor en su rostro, solo… algo que se acercaba mucho a la comprensión. O quizás estaba tan desesperado por tener a alguien que me entendiera que me lo estaba imaginando todo.

—Landon, ¿puedo hacerte una pregunta?

—Las que quieras.

—Esa persona... ¿has luchado por ella?

La miré sin entender del todo.

—¿A qué te refieres?

—A si te has rendido a la primera de cambio o si de verdad le has demostrado lo que sientes.

—Ella no quiere que luche —dije, sintiendo la amargura en los labios—.

Tiene miedo. Pasó por algo muy grave hace poco, la dejaron tirada antes de su boda.

Me dijo que necesitaba estabilidad, que esto solo había sido un pacto de verano y que era momento de dejarlo ir.

Me pidió que respetara su decisión y lo hice.

Supongo que para ella es fácil pensar que, si te abandoné a ti y salí huyendo de esa forma, puedo volver a hacerlo con ella.

Summer soltó un bufido irónico y negó lentamente con la cabeza.

—Eres un idiota.

—¿Perdón?

—Si alguien a quien amo me dijera que lo nuestro fue solo un pacto y se fuera sin mirar atrás, yo no me quedaría sentado en una cafetería lamentándome por lo mucho que me duele. Lucharía. Le demostraría que se equivoca. ¿Sabes por qué me di cuenta de que yo tampoco te amaba tanto a ti, Landon?

—¿Por qué?

—Porque cuando te fuiste, no luché. No moví un solo dedo por saber dónde estabas.

No intenté convencerte de nada. Me quedé en Nueva York aceptando que te habías ido porque, en el fondo, me daba igual perderte.

Si de verdad quieres a esa mujer, si de verdad has descubierto lo que es el amor por primera vez en tu vida, no puedes rendirte tan fácilmente.

Si no luchas por ella, terminarás demostrando que tenías razón y que esto también era solo una distracción veraniega.

Las palabras de Summer me golpearon con fuerza. Me quedé mirándola, incapaz de articular palabra, mientras el engranaje de mi cabeza comenzaba a girar a mil revoluciones por minuto.

Summer se terminó su café, cogió su bolso y se puso de pie.

—Me alegro de que hayamos hablado, Landon. De verdad. No te guardo rencor, y espero que encuentres lo que sea que estés buscando. Pero no seas cobarde otra vez.

Se inclinó, me dio un beso suave en la mejilla y caminó hacia la salida de la cafetería, dejándome a solas con el aroma del café recién molido y una certeza que me apuñalaba el pecho.

No podía dejarla ir.

No así.

No sin luchar.