25
Landon
Desperté solo.
La sábana del lado de Spencer todavía estaba tibia y olía a ella, pero el cuerpo que había dormido pegado al mío durante la noche ya no estaba.
Me incorporé despacio, frotándome la cara.
La luz de la mañana entraba suave por las cortinas y, por un segundo, pensé que se había levantado solo a por café.
Luego recordé la noche anterior.
Había sido distinto.
Más lento. Más profundo. Más… todo.
No había sido el sexo desesperado y sucio al que nos habíamos acostumbrado.
Había sido otra cosa. Algo que se había colado entre nosotros sin pedir permiso y que ninguno de los dos estaba preparado para nombrar.
Lo había visto en sus ojos mientras hacíamos el amor, en la forma en que se aferró a mí como si intentara retener algo que se le escapaba entre los dedos.
Y, sobre todo, en cómo, cuando creyó que yo ya dormía, su cuerpo se tensó de repente bajo el mío, rígido, inmóvil, como si acabara de darse cuenta de algo que la había aterrorizado.
Me senté sobre la cama, con una incómoda presión instalada en el estómago.
Podía seguir engañándome. Fingir que lo que sentía por ella era solo el efecto de un verano perfecto, de un pacto con fecha de caducidad y de un sexo jodidamente bueno. Decirme que todo terminaría en unas horas, cuando subiera a ese avión rumbo a Nueva York y nuestras vidas volvieran a separarse.
Pero, maldita sea... yo no quería que terminara.
No quería volver a ese Nueva York donde Spencer solo existía como la mejor amiga de mi hermana.
Cerré los ojos y solté el aire lentamente.
¿Y si Henry había tenido razón aquella noche al llamar amor a lo que yo seguía empeñado en llamar lujuria?
Tenía que hablar con ella. Necesitaba poner en voz alta aquel caos de pensamientos que me daba vueltas en la cabeza. Decirle que ya no quería esconderme detrás de un pacto con fecha de caducidad. Que no quería subir a aquel avión fingiendo que lo nuestro había sido solo un verano.
Me levanté de la cama, me puse unos pantalones de deporte que habían quedado tirados en el suelo y salí a buscarla.
Pensé que la encontraría en la cocina preparando el desayuno, pero no estaba allí. Recorrí el salón, el porche y el jardín sin verla. Un nudo empezó a formarse en mi estómago.
Finalmente llamé con los nudillos a la puerta de su habitación y la encontré haciendo la maleta con el ceño fruncido.
—¿Spencer? —la llamé desde el quicio de la puerta.
Ella levantó los ojos hacia mí y leí la contrariedad en ellos. No dijo nada.
—Creí que volverías a la cama.
—Mi vuelo sale antes que el tuyo, ¿recuerdas? Tengo que estar en el aeropuerto dentro de un par de horas.
Era cierto. Cuando compramos los billetes de vuelta no encontramos cuatro plazas en el mismo vuelo, así que Spencer y Piper regresarían al mediodía, mientras Henry y yo lo haríamos por la tarde.
Aun así, aquella respuesta me dejó un regusto extraño.
—Pensé que podríamos aprovechar un poco más la mañana.
Terminó de doblar una camiseta antes de responder.
—Ya la aprovechamos anoche.
Su voz sonó plana. Demasiado plana. Como si hubiera borrado cualquier emoción a propósito.
—Me gustaría hablar contigo.
El silencio volvió a instalarse entre nosotros mientras seguía doblando otra camiseta con una precisión desesperante.
—Pues habla.
La observé unos segundos.
Ni siquiera me estaba mirando.
—¿Podrías dejar de doblar la puta ropa un momento y prestarme atención? Solo serán unos minutos... por favor.
Spencer se quedó inmóvil un segundo. Luego soltó la camiseta, se enderezó y clavó sus ojos en mí, con los brazos cruzados.
—Tú dirás.
Tragué saliva. No tenía preparado ningún discurso brillante. Solo un montón de pensamientos atropellándose unos a otros.
—He estado pensando... y me gustaría que siguiéramos viéndonos cuando volvamos a Nueva York.
Sé que dijimos que esto sería solo un pacto de verano.
Que, cuando subiéramos al avión, cada uno volvería a su vida como si nada hubiera pasado.
Pero... no quiero hacer como si nada hubiera pasado.
—No reaccionó—. Nos lo pasamos bien juntos, Spencer.
No hablo solo del sexo. Me gusta despertarme contigo, discutir contigo, escucharte reír...
Me gustas tú. No te estoy pidiendo que nos casemos mañana ni nada parecido.
Solo... que nos demos una oportunidad. Que veamos qué pasa si dejamos de fingir que esto ha sido únicamente un verano.
Ella no respondió durante un largo momento. Se limitó a mirarme.
Tenía la mandíbula tensa, los brazos cruzados sobre el pecho y los ojos brillantes, como si cada una de mis palabras estuviera golpeándola por dentro.
—No es justo, Landon —murmuró al fin—. Dijimos que esto sería solo un pacto de verano. Algo divertido. Algo que recordaríamos con una sonrisa cuando todo terminara. Sin complicaciones. ¿Por qué me haces esto?
—Porque no puedo fingir que no siento lo que siento. Porque me gustas. Porque quiero intentarlo contigo cuando volvamos a Nueva York.
Negó despacio con la cabeza.
—Tú acabas de salir de una relación seria. Yo vuelvo a una vida completamente destrozada. Hace apenas unas semanas mi prometido me dejó plantada a las puertas del altar. ¿De verdad crees que ahora mismo soy capaz de empezar otra historia?
—Podemos tomárnoslo con calma. Vernos, pasarlo bien y descubrir hacia dónde nos llevan las cosas.
Spencer sonrió con tristeza.
—Supongo que eso funciona para ti, Don Impulsos. Pero no para mí. Yo necesito estabilidad. Necesito saber dónde estoy pisando. No puedo lanzarme a otra relación esperando que el tiempo decida por nosotros.
—No te estoy pidiendo que te lances...
—Sí, sí lo estás haciendo. Me estás pidiendo que vuelva a confiar cuando hace apenas unas semanas el hombre con el que iba a casarme me dejó plantada.
—Respiró hondo antes de continuar—. Y tú tampoco sabes lo que quieres, Landon.
Hace un mes estabas huyendo de Nueva York porque no eras capaz de enfrentarte a las consecuencias de dejar a tu ex.
¿Cómo voy a creer que ahora sí estás preparado para empezar otra relación?
Me acerqué un paso más.
—Me estás poniendo como excusa porque tienes miedo.
Sus ojos se endurecieron.
—No tengo miedo.
—Sí lo tienes. Y lo peor es que estás usando ese miedo para no darme ni una sola oportunidad.
Spencer me miró unos segundos más antes de bajar la mirada a la pila de ropa que quedaba aún por guardar.
—Lo siento, Landon. Como dijo Kelea… «Disfrútalo ahora.
Aprovéchalo ahora. Y cuando su tiempo llegue a su fin, déjalo ir y dale las gracias por lo que aportó en tu vida mientras estuvo en ella.
» —Su voz sonó baja, casi como un susurro, pero cada palabra me golpeó con la fuerza de un puñetazo—.
Eso es lo que voy a hacer. Darle las gracias a este verano. Y dejarte ir.
Me quedé inmóvil. Quería pelear. Quería recordarle que Kelea también había hablado del océano. De cómo siempre terminaba devolviendo aquello que estaba destinado a encontrarse. Quería decirle que quizá nosotros éramos exactamente eso.
Pero vi el miedo escondido detrás de sus ojos y comprendí que cualquier palabra que dijera solo conseguiría asustarla todavía más.
Así que decidí no insistir. No presionarla.
Ella ya había tomado una decisión. La conocía lo suficiente para saber que, cuando se convencía de algo, moverla de ahí era imposible.
Tragué saliva y asentí muy despacio.
—Está bien.
No era verdad.
No estaba bien.
Pero era su decisión y yo debía respetarla, por mucho que me jodiera.
Le sostuve la mirada unos segundos más. Quería grabarme aquella imagen en la memoria: el pelo recogido deprisa, la ropa a medio guardar sobre la cama y esos ojos marrones empeñados en ocultar que también estaban sufriendo.
Después me di la vuelta.
Crucé el umbral de la puerta sin volver a mirar atrás.
Estaba claro que el verano ya estaba terminando también para nosotros.
26
Spencer
El taxi pasó a recogernos poco antes de las diez.
Nos despedimos de los chicos sin grandes ceremonias. Un abrazo rápido con Henry, otro con Landon y un simple «nos vemos en Nueva York» que sonó tan vacío que casi dolía.
Landon ni siquiera me miró cuando cerré la puerta del maletero.
No podía culparlo.
Había sido cruel con él.
Sabía que era lo correcto, porque estaba convencida de que aquello que habíamos vivido solo había sido posible allí, en Hawái. Lejos de nuestras vidas reales, de nuestras responsabilidades y de todo aquello que nos había roto antes de conocernos.
Pero en unas horas volveríamos a Nueva York y la realidad nos golpearía en la cara.
Él a su empresa y su reciente ruptura. Y yo… yo tenía que reconstruir una vida que apenas unas semanas antes se había venido abajo.
Antes de ir al aeropuerto pasamos por casa de Kelea para despedirnos.
Nos recibió en el porche con una sonrisa triste, a sabiendas de que aquella visita era distinta a todas las anteriores, y nos abrazó con fuerza.
—Aloha, keiki.
—Voy a echarte muchísimo de menos —dijo Piper.
—Y yo a vosotros.
Permanecimos un rato hablando del viaje de vuelta. Al cabo de unos minutos, Kelea sonrió.
—Piper, ¿te importaría hacerme un favor? He preparado unas malasadas para el camino. ¿Podrías ir a la cocina y traer la caja? Está sobre la encimera.
—¡Claro!
Piper desapareció por el pasillo y Kelea esperó hasta dejar de oír sus pasos antes de volver la vista hacia mí.
Me tomó las manos entre las suyas.
—Quiero darte un último consejo. Los hawaianos decimos que el amor es como el océano.
No puedes obligar a una ola a llegar antes...
ni impedir que llegue cuando ya ha decidido hacerlo.
—Sentí un nudo en la garganta—. A veces creemos que alejarnos de alguien nos protegerá del dolor.
Pero el océano nunca deja de volver a la orilla, por mucho que esta intente apartarse.
—Me acarició los nudillos con el pulgar—.
No luches contra aquello que te da paz, keiki.
La vida ya trae suficientes batallas por sí sola.
Sus palabras se quedaron suspendidas entre nosotras.
Sabía perfectamente que no estaba hablando del océano. Ni de las olas. Ni siquiera del amor en general.
Estaba hablando de Landon. De nosotros.
Bajé la vista incapaz de sostener la suya durante mucho más tiempo.
Quería creerla. De verdad quería hacerlo. Pero también sabía que era muy fácil hablar de amor cuando no eras tú quien tenía que volver a recoger los pedazos de un corazón roto.
Yo ya había pasado por eso una vez.
Y no estaba dispuesta a sobrevivir a una segunda.
Poco después subimos al taxi y pusimos rumbo al aeropuerto.
Aproveché el trayecto para mirar por última vez la isla que, de alguna forma, ya sentía un poco mía. Las playas, las montañas cubiertas de verde, las pequeñas casas de madera, el océano infinito...
Había llegado a Hawái con el corazón roto, convencida de que jamás volvería a confiar en nadie.
Y me marchaba con el corazón todavía más confundido que cuando había llegado.
El vuelo de regreso fue extraño.
Yo no me sentía bien, aunque Piper no pareció notarlo. Se comportó como siempre: parlanchina, divertida e incapaz de permanecer en silencio más de cinco minutos seguidos.
Se lo agradecí.
Porque el sonido de su voz conseguía acallar, aunque solo fuera durante unos minutos, esa otra voz que no dejaba de repetirme que me estaba equivocando. Que quizá había dejado escapar al hombre adecuado por culpa del miedo.
Cerré los ojos con fuerza.
No.
Había tomado la decisión correcta, solo necesitaba un poco de tiempo para dejar de echarlo de menos.
***
Horas más tarde, ya en mi apartamento, dejé la maleta junto a la entrada y me desplomé sobre el sofá.
Parecía que hubiera estado fuera un siglo.
Trabajar por cuenta propia tenía sus ventajas. Podía desaparecer unas semanas sin pedir permiso a nadie. El inconveniente era que me esperaban varias traducciones pendientes. Con un poco de suerte, mantener la cabeza ocupada me ayudaría a dejar de pensar en Landon.
Entonces vi un sobre sobre la mesa del salón.
Fruncí el ceño.
Reconocí la letra al instante.
Elliot.
Lo abrí.
Hola, Spencer.
Ya he recogido todas mis cosas.
Creo que ha llegado el momento de poner el piso a la venta. Si prefieres quedártelo tú, podemos hablar para que me compres mi parte, aunque entiendo que venderlo será lo más práctico para ambos.
Avísame cuando quieras que empecemos con los trámites.
Elliot.
Apreté el papel entre los dedos.
Elliot sabía perfectamente que no podía comprarle su parte.
Había sido él quien insistió en aquel piso de Manhattan. Él era quien decía que era la inversión perfecta. Él era quien podía permitirse pagar una parte mucho mayor de la hipoteca mientras yo aportaba lo que estaba a mi alcance.
Ahora pretendía quitárselo de encima con la misma facilidad con la que se había quitado de encima nuestra relación.
Solté una risa amarga.
Y, de repente, rompí a llorar.
Las lágrimas empezaron a resbalar por mis mejillas y, en cuestión de segundos, ya no pude detenerlas. Me cubrí la cara con las manos e intenté respirar hondo. Recomponerme. Recordarme que aquello era solo un piso. Que encontraría otro. Que empezaría de nuevo.
Pero cuanto más intentaba calmarme, más lloraba.
Y entonces me di cuenta de algo.
No estaba llorando por Elliot.
Tenía su carta arrugada entre los dedos. Acababa de decirme que quería vender el piso que habíamos comprado juntos, el lugar en el que habíamos planeado nuestra vida, y ni siquiera eso conseguía que lo echara de menos.
No quería que Elliot volviera.
No quería recuperar nuestra boda, ni nuestros planes, ni la vida que había imaginado a su lado.
Lo que quería era estar otra vez en Hawái.
Quería una cocina demasiado pequeña compartida con Landon. Sus comentarios arrogantes. Su sonrisa de imbécil cuando conseguía ponerme nerviosa. Quería despertarme sabiendo que estaba al otro lado del pasillo. Quería volver a la playa con él. Escuchar su risa. Sentir sus manos sobre mí.
Lo quería a él.
Y lo había dejado allí.
Me llevé una mano a la boca cuando otro sollozo me sacudió el pecho.
Había pasado semanas creyendo que estaba intentando recomponerme después de que Elliot me rompiera el corazón.
Pero Elliot ya no tenía mi corazón.
Landon sí.
Y acababa de alejarme de él por voluntad propia.
Cerré los ojos.
Mierda.
Me había enamorado de Landon.