Un pacto tentador (Pactos arriesgados nº 1) 24
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Spencer

Los días siguientes a la llegada de Henry volaron entre una extraña rutina de sexo a escondidas y frustración mal llevada.

Nos convertimos en profesionales disimulando y escapando de los cientos de planes que Piper hacía.

Durante el día, éramos el grupo perfecto de cuatro amigos: excursiones en coche por la costa norte, comiendo shaved ice en puestos callejeros, risas en la playa y partidos de vóley donde la tensión flotaba como vapor sobre asfalto caliente.

Landon y yo aprendimos a hablar con las miradas.

Un roce de hombros en el supermercado, una mano que me sujetaba la cintura solo medio segundo más de lo necesario al bajar del coche, un guiño cómplice sobre la mesa del desayuno mientras Piper hablaba de alguna tontería.

Éramos dos clandestinos disfrutando de las últimas migajas de un pastel que se nos terminaba.

Pero las noches… las noches se habían convertido en nuestro paraíso.

Había llegado a follar en la playa, medio escondida entre rocas.

¡Y jamás hubiese imaginado que iba a gustarme tanto!

Landon conseguía que incluso lo prohibido fuera placentero.

Era peligroso para mi reputación y para mi estabilidad emocional, pero mi cuerpo lo aclamaba con tanto ímpetu que apenas lograba resistirme a sus caricias.

Y de pronto, el último día llegó.

Para despedir las vacaciones, fuimos a cenar a un restaurante frente al mar en Lahaina.

Había música en directo, luces cálidas colgadas de las palmeras y un ambiente impregnado de esa melancolía inevitable que trae consigo la víspera de un viaje de vuelta.

Bebimos demasiado mai tais, nos reímos hasta que nos dolió la tripa y recordamos las meteduras de pata del viaje.

Incluso Landon y Henry acabaron riéndose del puñetazo que el primero recibió.

Los hombres eran fascinantes, porque a mí me habría costado un mundo perdonar algo así.

Hacia la medianoche, regresamos a la casa. Piper, medio borracha y agotada por el sol, se despidió con un abrazo ruidoso y subió a su habitación. Henry no tardó en seguirla tras apurar un último vaso de agua, dejándonos a Landon y a mí solos en la penumbra del salón.

En cuanto escuchamos el chasquido de la puerta de Henry al cerrarse en la planta baja, la distancia entre nosotros desapareció.

Landon me agarró de la muñeca y tiró de mí hacia su habitación sin decir una sola palabra. No hubo bromas, no hubo comentarios sarcásticos y ni siquiera me esforcé en advertirle que no podríamos hacer ruido.

Lo único que había en el ambiente era una urgencia ciega. Una desesperación silenciosa por devorarnos antes de que el avión del día siguiente nos devolviera a la realidad.

Cerró la puerta con llave y me empujó suavemente contra ella.

Su boca se estampó contra la mía en un beso hambriento, profundo, que olía a alcohol y a deseo puro.

Mis manos volaron instintivamente a su pelo, tirando de él, pegando mi cuerpo al suyo hasta que no quedó ni un milímetro de aire entre nosotros.

—Landon… —jadeé contra sus labios cuando sus manos se movieron con urgencia por mi cuerpo, arrancándome la ropa sin miramientos.

—Te necesito, joder. Te necesito demasiado —murmuró con la voz ronca, pegando su frente a la mía mientras sus dedos desabrochaban mi sujetador con una agilidad diabólica—. No pienses. Hoy no.

Nos desmontamos mutuamente en mitad de la penumbra.

Las prendas cayeron al suelo formando un reguero de tela hasta la cama.

Cuando me tumbó sobre el colchón y se posicionó entre mis piernas, la luz de la luna que se filtraba por la ventana dibujó los relieves de su espalda, dorada por el sol de las últimas semanas.

Me miró a los ojos. No había rastro del Landon chulo e imperturbable que había conocido la primera noche.

Ni del Landon que había susurrado en mi oído verdaderas obscenidades durante semanas.

En su rostro todo lo que vi fue una intensidad que me quemaba por dentro.

Había algo en su mirada que hacía que mi corazón galopara dentro de mi pecho.

Acarició mi clítoris y gimió al darse cuenta de que estaba tan mojada que toda yo resbalaba.

—Tan lista para mí siempre. Tan perfecta…

Se hundió en mí despacio, con un movimiento firme y fluido que me hizo arquear la espalda y soltar un suspiro ahogado contra su cuello. Landon ahogó el sonido besándome la garganta, tragándose mis gemidos mientras sus manos se entrelazaban con las mías sobre las almohadas, fijándome a la cama.

Esta vez no fue el sexo salvaje y desesperado de los coches, la playa o el baño.

Fue lento. Casi dolorosamente lento.

Cada embestida marcaba un ritmo pausado, profundo, como si quisiera grabar la sensación de su cuerpo sobre el mío en mi piel para siempre.

Se movía sobre mí con una devoción física que me hacía temblar desde las entrañas hasta las puntas de los dedos.

Acariciaba mis costillas con el pulgar, trazaba la línea de mi mandíbula con sus labios y me buscaba los ojos en todo momento, obligándome a sostenerle la mirada mientras nos fusionábamos en esa penumbra ahogada.

Cuando sentí que no podía respirar más, bajó la boca hacia mi pezón derecho y lo lamió con devoción. Cerré los ojos, o lo intenté, porque él me lo impidió.

—Mírame, Spencer —susurró, con la voz rota por el esfuerzo de contenerse—. Mírame.

Obedecí. Y fue ahí, justo en ese instante, mientras él me miraba desde el valle de mis pechos, besando cada parcela de piel que encontraba, cuando sentí que el suelo se abría bajo mis pies.

El placer no era solo físico. Había una calidez aplastante extendiéndose por mi pecho, una sensación de refugio y pertenencia que no tenía nada que ver con el pacto que habíamos firmado. No era sexo. Dios mío, no era solo sexo.

Landon aceleró el ritmo, buscando mi boca en un beso desesperado mientras sus dedos volvían a presionar mi clítoris.

Sentí la oleada del orgasmo acercándose con una potencia arrolladora, una ola que amenazaba con arrastrarme por completo.

Me agarré a sus hombros, clavándole las uñas en la piel caliente de la espalda, y me entregué al espasmo con las lágrimas bordeándome los ojos.

Un segundo después, Landon soltó un gruñido sordo contra mi oído, se tensó entero y se corrió dentro de mí, temblando con la misma violencia con la que vibraba mi propio cuerpo.

Nos quedamos así durante largos minutos, abrazados en la oscuridad, con nuestras respiraciones acompasándose lentamente y los corazones latiendo desbocados contra el pecho del otro.

Landon no se apartó. Mantuvo su peso sobre mí, acariciándome el pelo con una dulzura que me destrozaba por dentro. Me besó la sien, luego la mejilla y finalmente la comisura de los labios.

—Spencer… —murmuró, apoyando la barbilla en mi hombro.

Un frío helado empezó a colarse por mis venas, reemplazando el calor del orgasmo.

El pánico se apoderó de mí con la fuerza de un hachazo.

¿Qué coño habíamos hecho?

Miré el techo de la habitación de invitados. El pacto era claro. Habíamos acordado sexo sin ataduras, una vía de escape para sobrevivir al verano, una forma de olvidar a nuestros ex y divertirnos sin drama. No había espacio para esto. No podía haberlo.

Acababa de salir de una relación de años en la que me habían dejado plantada a las puertas del altar.

Mi autoestima estaba sostenida con pinzas, mi vida en Nueva York era un desastre en reconstrucción y Landon…

Landon era el hermano de mi mejor amiga, un hombre que acababa de romper una relación y que huía de sus propios problemas.

Lo que acababa de sentir no era parte del trato. Si me permitía sentir esto, si dejaba que este juego se convirtiera en algo más, no iba a salir con un rasguño. Iba a salir destruida.

Me quedé completamente rígida bajo el abrazo de Landon, escuchando cómo su respiración se volvía cada vez más pausada hasta quedarse profundamente dormido a mi lado.

Sentí el miedo atenazándome la garganta, un pavor real y amargo que me impidió volver a cerrar los ojos en toda la noche.

El verano había terminado y yo había cometido, casi sin darme cuenta, el mayor error de mi vida: dejar que Landon atravesara partes de mí a las que jamás debió acceder.