Un pacto tentador (Pactos arriesgados nº 1) 23
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Landon

El sonido del oleaje rompiendo contra las rocas a lo lejos era lo único que se oía en el silencio de la noche.

En la casa todo el mundo dormía. O, al menos, eso pensaba yo hasta que fui a la cocina a por un vaso de agua y me encontré con Henry sentado en el porche trasero, en la penumbra, con los pies apoyados en la barandilla de madera y un botellín de cerveza vacía entre las manos.

Dudé un segundo antes de abrir la puerta corredera de cristal. La mandíbula aún me molestaba al tragar y el recuerdo del puñetazo de Henry seguía bien presente en forma de moratón, pero la brecha entre nosotros se había cerrado lo suficiente como para no tener que dar media vuelta.

—¿Tampoco puedes dormir? —pregunté, acercándome a donde estaba.

Henry no se sobresaltó. Casi parecía que me hubiese estado esperando. Dio un pequeño trago a su cerveza y me miró de reojo.

—El calor de esta isla es insoportable por la noche —refunfuñó, aunque su voz estaba falta de su mordacidad habitual. Se echó hacia atrás y suspiró—. Si vas a quedarte, siéntate.

—¿No te molesta?

—Estaba empezando a aburrirme de escuchar solo el mar y los grillos.

Asentí, pero antes de obedecer fui a la nevera, cogí dos cervezas y regresé. Le tendí una nueva y me senté a su lado. El aire traía el aroma húmedo de la vegetación y la sal. Aquello era tan distinto a Nueva York que todavía, a veces, me sorprendía al no oír los típicos ruidos de la gran ciudad.

Durante unos minutos bebimos en silencio, pero al menos no era un silencio incómodo. Era uno de esos que solo existen entre personas que se conocen desde hace años y han compartido dinero, madrugadas de trabajo infinito y reuniones con inversores en las que nos jugábamos el cuello.

—Pensé que a estas alturas me habrías mandado a la mierda por no dejarte follar a gusto —comentó Henry, un poco de la nada, con la vista todavía fija en la penumbra del jardín.

—Pensé en hacerlo —admití con una sonrisa torcida—. Pero Piper me habría dado la paliza de mi vida si te echaba a la calle. Ya sabes cómo se pone.

Henry dejó escapar una risa baja.

—Tu hermana tiene carácter. Siempre lo ha tenido.

Lo miré de perfil. La luz tenue de la cocina iluminaba apenas la línea rígida de su mandíbula.

Estaba cansado; se le notaba en las ojeras y en la forma en que dejaba caer los hombros.

Henry siempre había sido el pilar responsable de nuestra empresa, el hombre que no cometía errores, el que calculaba cada paso.

Los dos nos habíamos dejado el alma en aquello, pero yo siempre había sido mucho más…

dicharachero. Él tenía tendencia a preocuparse demasiado por todo.

—Es buena chica —dije en voz baja. Y, casi sin pensarlo, impulsado por esa atmósfera nocturna en la que la verdad se vuelve demasiado fácil de soltar, añadí—: Y te quiere, Henry. No me digas que no te has dado cuenta.

Lo solté sin pensar demasiado. Un poco porque estaba cansado de ignorar al gran elefante de la habitación cada vez que estaban juntos y otro poco porque, quizás, quería incomodarlo aunque fuera una parte de lo que él me había incomodado a mí con un millón de advertencias relacionadas con mi vida amorosa.

Henry se congeló con la botella a mitad de camino de la boca. Se giró muy despacio hacia mí. La sombra de la duda y algo que se parecía peligrosamente al pánico cruzaron sus ojos antes de que volviera a poner su máscara habitual de indiferencia.

—El aire de Hawaii te ha vuelto aún más imbécil. Y era difícil de lograr.

—Estoy diciendo la verdad y lo sabes —insistí, apoyando los codos en las rodillas—.

Lleva mirándote como si hubieras bajado del cielo desde que tenía quince años.

Cualquier idiota con dos ojos se daría cuenta.

Yo lo he visto. Keala lo sabe. Hasta Spencer lo sabe, aunque no me haya dicho nada. Es demasiado evidente.

Henry soltó un bufido seco y miró hacia la botella. Su agarre alrededor del cristal se volvió tan fuerte que creí que lo rompería.

—Piper es tu hermana pequeña —dijo, con una voz extrañamente grave—. Es la hermana pequeña del tío con el que monté una empresa. Ha crecido en tu casa. Ha comido en mi mesa. Para mí es intocable.

—Henry…

—No, escúchame bien —me interrumpió, volviéndose hacia mí con una severidad que me cortó la respiración—.

Jamás la tocaría. ¿Me oyes? Jamás. No soy como tú, Landon.

Tú te lanzas a las cosas, pruebas, te equivocas, rompes y sigues adelante porque confías en que sabrás arreglarlo.

Yo no. Si yo pusiera una mano encima a Piper y la cagara, no solo me cargaría mi amistad contigo o la empresa.

Me cargaría a Piper. Y no voy a hacerle eso.

No puedo. Así que cállate la boca y no vuelvas a sacar el tema.

Me quedé en silencio, impactado por la crudeza de su respuesta. Había una pared absoluta en su tono, una línea roja dibujada a fuego en su cabeza. Henry prefería amputarse una pierna antes que arriesgarse a dañar a Piper. Era una devoción tan ciega como aterradora.

—Está bien —dije tras una pausa, levantando las manos en señal de rendición—. Asunto zanjado.

Él asintió, dando un trago largo a la cerveza para purgar la tensión del ambiente.

Pasaron unos minutos antes de que volviera a hablar, esta vez con el tono más suave.

—¿Y tú qué? —preguntó—. No hemos vuelto a hablar de Spencer desde el día que llegué.

Me encogí de hombros, intentando que no se me notara el vuelco que me daba el corazón solo de oír su nombre.

—¿Qué pasa con ella?

—Dijiste que era solo sexo.

—Y lo es —dije sin pestañear. La palabra sonó amarga en mi propia garganta, pero no podía ponerme a filosofar con Henry sobre lo que me estaba pasando por dentro. No cuando ni siquiera yo tenía las palabras para describirlo.

Henry arqueó una ceja, escéptico.

—Landon, te he visto mirarla cuando cree que no la ves. Te he visto saltar como un perro guardián cada vez que parece incómoda. Nunca te he visto mirar así a Summer. Y estuviste tiempo con ella.

El golpe me dio justo en el estómago. Tragué saliva, sintiendo el peso amargo de la verdad.

—Las cosas con Summer eran… fáciles —admití, mirando las burbujas de mi cerveza—. Era cómodo. Todo estaba previsiblemente bien, hasta que dejó de estarlo y me di cuenta de que no sentía nada. Pensaba que el amor era eso: estar a gusto con alguien, no discutir, planear el futuro por inercia.

—¿Y ahora?

Me pasé una mano por la nuca, frustrado por mi propia incapacidad para explicarlo.

—Ahora no tengo ni idea.

—Venga… —se rio—. Puedes hacerlo mejor.

—No, de verdad. No tengo ni puta idea de lo que es el amor —dije riéndome también, aunque mi risa sonó mucho más amarga—.

Solo sé que con Spencer nada es cómodo. Me hace rabiar, me saca de quicio, me despierta unas ganas locas de follarme hasta el último rincón de su cuerpo y descubrir cada milímetro de su mente y, al mismo tiempo, me jode la idea de que vuelva a Nueva York y decida que no quiere volver a verme.

—Eso suena a amor.

—No. Suena a lujuria. Nunca he tenido una química así con nadie y por eso estoy tan desbordado. No hay nada más, de verdad.

Sonaba un tanto desesperado, era consciente, pero si Henry se dio cuenta, no dijo nada. Me miró durante un largo rato. La rabia con la que llegó de Nueva York parecía haber desaparecido por completo, reemplazada por una especie de lástima comprensiva que me jodía casi más.

—El problema de huir a una isla para aclarar tus ideas —dijo Henry, poniéndose de pie y sosteniendo sus dos botellines vacíos— es que el verano se acaba. Y cuando el verano termine, Landon, vais a tener que volver al mundo real. A ver qué haces con todo esto entonces.

Me dio dos palmaditas pesadas en el hombro y se metió en la casa, dejándome solo en el porche.

Miré hacia arriba, a las estrellas, y pensé en Spencer. Otra vez.

Spencer, que estaría durmiendo sin tener ni idea de que había puesto mi vida más patas arriba de lo que ya estaba.

Henry tenía razón. El verano se acababa. Y, aunque me jurara a mí mismo que solo era sexo, no tenía ni la menor idea de cómo demonios iba a dejarla ir.