22
Spencer
Estábamos en la parte trasera del coche, el único lugar que nos quedaba donde pudiéramos echar un polvo sin que alguien nos interrumpiera.
La casa se había convertido en un puto hotel.
Piper arriba.
Henry en la habitación de invitados de la planta baja.
Y nosotros… intentando no volvernos locos de ganas mientras fingíamos que no pasaba absolutamente nada por no tener un sitio donde follar tranquilos.
Estaba a cuatro patas sobre el asiento, de cara a la puerta, mientras Landon me envestía desde detrás con fuerza.
Una de sus manos me sujetaba la cadera y la otra me frotaba el clítoris multiplicando el placer.
El coche se mecía con cada embestida y el sonido húmedo de nuestros cuerpos llenaba el interior.
Estaba justo en el punto en que sentía que me iba a correr cuando el pie de Landon resbaló sobre el suelo del coche.
Perdió el equilibrio.
Su peso se inclinó de golpe hacia delante y, sin querer, me empujó con más fuerza de la necesaria. Mi frente chocó contra el marco de la puerta con un golpe sordo.
—¡Joder! —jadeé.
Landon se apartó de inmediato, todavía medio dentro de mí, con los ojos abiertos de par en par.
—Mierda, Spencer… ¿estás bien?
Me incorporé como pude, frotándome la frente.
—Esto es ridículo. Estamos follando en un coche como dos adolescentes porque tu hermana y tu mejor amigo se han instalado en la casa. Y ahora encima me doy un hostión.
Landon soltó una risa baja, todavía preocupado, y me apartó el pelo de la frente para mirar si me había hecho daño de verdad.
—No parece nada grave, pero es posible que te salga un chichón.
—Genial.
—Te propuse ir a un hotel pero dijiste que no.
—Porque el hotel más cercano está a media hora y, para cuando llegáramos, ya se nos habría pasado el calentón.
Landon sonrió.
—Podríamos instalarnos allí los días que quedan de verano y dejar la casa para Piper y Henry.
Lo miré como si acabara de perder la cabeza.
—¿Estás loco? Piper me mataría. Me hizo prometerle que actuaríamos como si entre nosotros no pasara absolutamente nada. Encerrarnos en una habitación de hotel durante días sería lo menos discreto del mundo.
—También es verdad.
Resoplé.
—Bueno, en ese caso sigamos comportándonos como adolescentes.
Sin dejarme tiempo a pensar, me cogió de la cintura y me sentó sobre él a horcajadas. Su polla me rozó de inmediato, dura y caliente, y solté un jadeo cuando la sentí presionar exactamente donde más la necesitaba.
—Así mejor —murmuró contra mi cuello, subiendo la falda hasta mis caderas—. Sin peligro de que te des otro hostión.
Me reí entre dientes, pero el sonido se convirtió en un gemido cuando él me bajó despacio sobre su polla, llenándome por completo de un solo movimiento.
El coche volvió a mecerse a nuestro ritmo.
***
La playa de Lanikai Beach parecía un paraíso hecho de arena blanca, agua turquesa y un cielo tan limpio que costaba distinguir dónde terminaba el mar y empezaba el horizonte.
Frente a nosotros, las pequeñas islas Mokulua emergían del océano cubiertas de vegetación, como si alguien las hubiera colocado allí únicamente para completar una postal perfecta.
Hacía calor, pero una brisa constante suavizaba el ambiente y movía las copas de las palmeras con un murmullo relajante. Familias enteras jugaban en la orilla, varias parejas remaban sobre tablas de paddle surf y unos niños perseguían un frisbee entre carcajadas.
Era, sin lugar a dudas, uno de los lugares más bonitos que había visto en mi vida.
Y, precisamente por eso, me parecía profundamente injusto no poder disfrutarlo como me habría gustado.
Porque allí estaba Landon, a pocos metros de mí, con el bañador puesto, las gafas de sol y esa sonrisa insufriblemente atractiva que llevaba días desordenándome las ideas.
Y, entre nosotros, como si el universo tuviera un retorcido sentido del humor, estaban Piper y Henry, decididos a convertir nuestras vacaciones en la actividad grupal más larga de la historia.
Es más, habían extendido sus toallas justo en medio, creando una especie de frontera improvisada. Solo les faltaba plantar una valla y un cartel que dijera: «Prohibido el contacto entre estos dos especímenes».
No entendía a Piper. Por una vez tenía a Henry completamente a su disposición y, en lugar de aprovechar la ocasión para pasar tiempo con él, parecía empeñada en que los cuatro hiciéramos absolutamente todo juntos. Como si aquello fuera una excursión escolar y no unas vacaciones.
Lo peor era que Henry tampoco ayudaba. Se había convertido en la sombra de Landon. Si uno iba al agua, el otro también. Si uno se tumbaba al sol, el otro hacía lo mismo.
—¿Y si echamos un partido de vóley? —propuso Piper, sacando un balón de playa y señalando una de las redes que había instaladas sobre la arena.
Landon y yo cruzamos una mirada fugaz.
Apenas duró un segundo, pero fue suficiente para que los dos pensáramos exactamente lo mismo: si jugábamos en el mismo equipo, al menos tendríamos una excusa para acercarnos sin levantar sospechas.
Abrí la boca para proponerlo.
—¡Chicos contra chicas! —se adelantó Henry con una sonrisa triunfal.
Cerré la boca de nuevo.
Empezaba a pensar que aquellos dos tenían un talento innato para fastidiarnos cualquier plan antes incluso de que llegáramos a verbalizarlo.
El partido duró exactamente veinte minutos y acabó convirtiéndose en un desastre absoluto.
Henry jugaba para ganar. Landon jugaba para vacilarme.
Piper intentaba convencer a los dos de que aquello era solo un partido amistoso.
Y yo alternaba entre intentar devolver el balón y fantasear con estampárselo en la cara a Landon cada vez que sonreía después de marcar un punto.
Al final, después de varias discusiones sobre si una pelota había tocado línea o no, los chicos ganaron por un margen ridículo, aunque Landon celebró la victoria levantando los brazos como si acabara de ganar el olímpico.
—No presumas tanto —bufé mientras recogía mi toalla—. Habéis ganado por Henry. Tú te has pasado medio partido mandando el balón al océano.
—Las excusas son el desayuno de los perdedores, Fierecilla.
Le saqué la lengua y él me devolvió el gesto.
Y, Dios... en ese momento me pareció tan atractivo, tan condenadamente irresistible, que tuve que hacer un esfuerzo sobrehumano para no lanzarme a besarlo allí mismo.
Lástima que acercarme a menos de un metro de distancia pareciera haberse convertido en un deporte de riesgo desde que Piper y Henry entraron en la ecuación.
—Eh, ¿qué os parece si ahora vamos hasta las islas Mokulua? —preguntó Piper, señalándolas con el dedo—. He visto que se pueden alquilar kayaks un poco más abajo. Dicen que las vistas desde el agua son espectaculares.
—Suena genial —dijo Henry sin dudarlo.
Miré a Landon de reojo.
Otro plan en el que no podríamos ni rozarnos.
—Vale —acepté, intentando que mi falta de entusiasmo no resultara demasiado evidente.
Si Piper la notó, disimuló bastante bien.
Recogimos las toallas, la nevera portátil, las mochilas y el resto de nuestras cosas antes de echar a andar por la arena.
Piper y Henry caminaban unos metros por delante, completamente absortos en una conversación sobre las corrientes marinas y la mejor ruta para llegar a las islas.
Aproveché la distracción para acercarme un poco a Landon.
Nuestros brazos se rozaron un instante.
Y entonces compartimos una mirada.
Una mirada que se prolongó más de la cuenta, tan intensa que durante unos segundos dejé de escuchar la conversación de Piper y Henry. Solo existían los ojos de Landon y su sonrisa ladeada.
Vi cómo desviaba la vista hacia Piper y Henry para comprobar que seguían distraídos. Luego volvió a mirarme a mí. Por último, sonrió, entrelazando sus dedos con los míos.
—A la de tres, echa a correr.
Fruncí el ceño.
—¿Qué?
—Uno...
Lo miré sin entender nada.
—Dos...
Empecé a reírme.
—Landon, ¿qué...?
—¡Tres! ¡Corre!
Tiró de mí sin darme tiempo a reaccionar y echamos a correr en dirección contraria, a carcajadas, levantando arena a cada paso.
—¡Landon! —reí, incapaz de seguirle el ritmo.
—Pasadlo bien en la isla, nosotros nos vamos ya para casa —gritó por encima del hombro.
—¡¿Pero qué hacéis?! —escuché protestar a Piper.
Henry soltó una carcajada.
—Déjalos. Nos veremos en casa.
Seguí corriendo sin dejar de reír. Aquellos dos podían quedarse remando hasta las islas Mokulua si querían. Nosotros teníamos otros planes en casa. Unos planes mucho más interesantes.