21
Landon
Ni siquiera pude esquivar el golpe.
Henry levantó su puño y sus nudillos conectaron de lleno contra mi mandíbula. El impacto me hizo tambalear hacia atrás. Choqué contra la pared del recibidor y sentí cómo el sabor metálico de la sangre me llenaba la boca.
La bolsa de papayas se me resbaló de las manos y cayó al suelo con un ruido sordo. Algunas se abrieron al impacto, llenando el recibidor del olor dulce de la fruta madura.
—¡Henry! —gritó Piper.
Spencer soltó un jadeo ahogado.
—Te lo advertí, Landon. Te dije que, si hacías llorar a mi hermana, te partiría la cara. Y nunca hago promesas que no pienso cumplir.
Escupí un poco de sangre al suelo y me limpié la comisura de los labios con el dorso de la mano.
—¿Ya está? ¿O necesitas dejarme inconsciente para dar el asunto por zanjado?
—No vayas de listo. Un puñetazo no compensa ni una décima parte de lo que le has hecho pasar.
Dio otro paso hacia mí. Vi venir el segundo puñetazo, pero no hice el menor intento por esquivarlo.
—¡Henry, basta! —gritó Piper, interponiéndose entre los dos.
Él la apartó con suavidad, sin dejar de mirarme.
—Quítate de en medio.
—No.
—Piper.
—He dicho que no.
Él bajó el puño.
Piper se volvió inmediatamente hacia mí y me sostuvo la cara entre las manos para examinarme la mandíbula.
Tenía esa expresión de culpa que conocía demasiado bien.
La misma que ponía de pequeña cuando rompía algo de casa y me dejaba cargar con la culpa.
O cuando, con diez años, me empujó sin querer desde un columpio y se pasó semanas sintiéndose culpable mientras yo llevaba el brazo escayolado.
—Ven. Deja que te limpie esa herida.
Me llevó hasta el baño del primer piso. Mientras rebuscaba el botiquín bajo el lavabo, la observé en silencio unos segundos.
—Tú lo avisaste, ¿verdad?
Piper se quedó inmóvil.
Cerró los ojos un instante antes de dejar escapar un largo suspiro.
—Sí. —Volvió a incorporarse con el botiquín entre las manos—.
Ayer, después de descubrir lo tuyo con Spencer, me pudo el resentimiento.
Estaba furiosa contigo y... llamé a Henry.
No me siento orgullosa de ello. Pero, sinceramente, jamás pensé que fuera a coger un vuelo hasta Hawái solo para partirte la cara.
—Conociendo a Henry, deberías haberlo imaginado.
Piper dejó escapar una risa amarga.
—Sí. Supongo que sí. Lo siento.
Me encogí ligeramente de hombros.
—Quizá me lo merecía. ¿Ahora te sientes mejor? Ver que alguien me ha partido la cara, ¿te ha servido de algo?
Piper bajó la vista. La comisura de sus labios se curvó apenas un instante antes de volver a contenerse.
—Confieso que... un poco. Ha sido... sorprendentemente satisfactorio.
Sonreí de medio lado.
—Bueno, al menos alguien ha disfrutado del espectáculo. ¿Eso significa que ya no estás enfadada conmigo?
Piper negó despacio.
—No. Pero tampoco estoy en posición de seguir dándote lecciones. Al final hice exactamente lo que dijiste que haría. Aunque, en mi defensa diré que estaba muy dolida.
Me toqué la mandíbula con cuidado. Ardía, pero el labio ya no sangraba tanto.
Piper abrió el botiquín y sacó una gasa y un antiséptico. Me limpió la herida con movimientos bruscos, casi como si todavía estuviera enfadada conmigo a través del algodón.
—¿Duele? —preguntó, sin mirarme a los ojos.
—Un poco.
—Bien.
Sonreí a pesar del escozor.
—Eres una hermana horrible.
—Y tú un hermano insoportable —respondió, pero su tono ya no era tan cortante.
Cinco minutos más tarde, bajamos las escaleras juntos. Henry estaba en el salón, de pie junto a la ventana, con los brazos cruzados. Spencer permanecía cerca de la cocina, cambiando el peso de un pie al otro sin saber muy bien qué hacer.
Piper rompió el silencio.
—Spencer, ¿me acompañas a comprar hielo y algo para comer?
Spencer me lanzó una mirada fugaz, como si quisiera asegurarse de que estaba bien. Al mismo tiempo, pareció agradecer la excusa para salir de allí. No me sorprendía. Yo también. Henry y yo necesitábamos hablar. Sin testigos.
En cuanto la puerta principal se cerró tras ellas, fui a la cocina, preparé dos cócteles y regresé al salón. Le tendí uno.
Henry arqueó una ceja.
—¿Alcohol? ¿A estas horas de la mañana?
Me dejé caer en el sofá.
—Después de cruzar medio mundo para partirme la cara, creo que los dos nos hemos ganado una copa.
Henry miró el vaso unos segundos antes de aceptarlo.
—No pienso dejar que un cóctel haga que se me olvide por qué estoy aquí.
—No esperaba que lo hiciera.
El silencio volvió a instalarse entre nosotros.
Esperé que Henry empezara a soltarme todos los reproches que llevaba semanas acumulando, pero no abrió la boca. Se limitó a mirarme. Había rabia en sus ojos. Mucha. Pero también decepción.
Y, por alguna razón, esa decepción dolía bastante más que el puñetazo.
Decidí romper el silencio.
—Sé que marcharme de Nueva York no fue la decisión más madura del mundo, pero necesitaba poner tierra de por medio. Te conozco desde hace demasiados años. Sabía que, en cuanto te enteraras de lo de Summer, ibas a reaccionar exactamente como has reaccionado hoy.
Dio un sorbo al vaso, sin apartar la vista de mí.
—¿Y esa era tu brillante solución? ¿Salir corriendo?
Asentí despacio.
—Pensé que unas semanas bastarían para que todos nos calmáramos. Era verano, la empresa baja mucho el ritmo en esta época y podía seguir trabajando desde aquí. Creí que, cuando volviera, podríamos hablar como dos adultos.
Henry dejó el vaso sobre la mesa con un golpe seco.
—Pues te equivocaste.
Negué despacio.
—No estoy tan seguro. Prefiero mil veces que me hayas partido la cara aquí que en mitad de la oficina.
Allí habríamos montado un espectáculo delante de toda la empresa, de nuestros empleados y de nuestros clientes.
Habrías puesto a la compañía en el centro de un escándalo y, cuando se te pasara el calentón, tú mismo te habrías arrepentido.
Henry se limitó a gruñir y aproveché aquella breve concesión para seguir.
—Sé que para ti soy el peor traidor del mundo, pero créeme, romper con Summer no ha sido algo que haya hecho deliberadamente. Conocía las consecuencias y, aun así, tomé esa decisión porque la alternativa era seguir con ella sin amarla. Y no habría sido justo para ninguno de los dos.
—La has dejado hecha una mierda.
—Lo sé. Y no me siento orgulloso de eso. Pero prefiero romperle el corazón ahora que hacerlo dentro de unos años, cuando hubiera invertido todavía más tiempo, más ilusiones y más vida en una relación que ya estaba rota por mi parte.
Henry resopló, como si estuviera valorando mis palabras.
—Vale, puede que tengas razón. Pero no me arrepiento de haberte dado una torta. Nunca debiste empezar con ella en primer lugar. Siempre supe que erais demasiado distintos para que aquello funcionara.
Me encogí de hombros.
—No es tan simple. Summer me gustaba de verdad. Cuando empezamos estaba convencido de que podía funcionar. Si hubiera sabido cómo acabaría todo, jamás habría dado ese primer paso.
Henry dejó escapar un largo suspiro.
—En fin... supongo que ya estamos en paz. Así que recoge tus cosas y vuelve conmigo a Nueva York. No tiene sentido que sigas escondido aquí como un delincuente.
Lo miré unos segundos antes de responder.
—¿Y si no quiero volver todavía? Aún quedan unas semanas de verano y puedo seguir trabajando desde aquí.
Henry entrecerró los ojos, como si estuviera recomponiendo las piezas de un puzle delante de mí.
—¿Es por la amiga de tu hermana?
Fruncí el ceño.
—¿Qué?
—¿Te has liado con ella, verdad? ¿Cuánto llevas soltero? ¿Dos segundos? ¿Y ya te estás follando a otra?
Noté cómo la rabia volvía a encenderse en su mirada.
Solté un suspiro.
—Vale, sí. Pero es solo sexo. No estamos haciendo daño a nadie. Y no tiene absolutamente nada que ver con Summer.
Henry negó lentamente con la cabeza.
—No puedo creerlo. En fin... así eres tú. Ya se lo advertí a mi hermana cuando decidió darte una oportunidad. Quédate, entonces.
—¿Así de fácil?
—Sí. Pero yo también me quedo.
—¿Perdón?
—No voy a ser el gilipollas que vuelva a Nueva York mientras tú te quedas aquí, en la playa, disfrutando de las vacaciones.
Solté una risa incrédula.
—¿Piensas vigilarme?
—Pienso aprovechar que ya he cruzado medio mundo. Teletrabajaré desde aquí unas semanas y, de paso, conoceré Hawái. Parece mentira que en todos estos años no te hayas dignado a invitarme ni una sola vez.
Sonreí de medio lado.
En eso tenía razón.
Pero, siendo justos, durante todos aquellos años habíamos estado demasiado ocupados levantando la empresa como para pensar en vacaciones.
Apenas habíamos salido de Nueva York. Ahora era diferente.
El negocio marchaba viento en popa y, por primera vez desde que lo habíamos fundado, podíamos permitirnos desaparecer unas semanas sin que el mundo se viniera abajo.
—Te haremos un sitio en la casa, entonces.
Henry asintió con una media sonrisa.
—No esperaba menos.
Mientras Henry terminaba su copa, no pude evitar preguntarme en qué momento mi tranquilo escondite en Hawái se había convertido en una casa compartida con mi hermana, la mujer con la que me acostaba y mi mejor amigo, que acababa de partirme la cara.
Tenía la sensación de que las próximas semanas iban a ser bastante más complicadas de lo que había imaginado.