20
Spencer
El silencio en la casa tras el estallido de Piper no era una simple ausencia de ruido. Era algo físico, denso y sofocante que se me pegaba a la piel como la humedad de la isla. Sentía náuseas al pensar en cómo se debía sentir mi amiga.
Eran casi las nueve de la noche y la puerta de la habitación de Piper seguía cerrada a cal y canto.
No había bajado a cenar, no respondía a mis llamadas a la puerta y los únicos signos de vida que daba eran los sollozos que se escuchaban al otro lado de la puerta cuando pegaba la oreja con el corazón encogido.
Oír a mi amiga llorar por mi culpa era algo que taladraba mi conciencia.
Me sentía la peor persona del planeta. Ella me había abierto las puertas de su refugio en Hawaii para que sanara de las heridas que me había dejado mi ex y yo se lo había pagado mintiéndole y acostándome con su hermano a sus espaldas.
Redactando un maldito pacto de sexo que no podía ser más frío e impersonal.
Landon, por su parte, estaba sentado en la barra de la cocina.
Había servido dos vasos de whisky, pero solo bebía él, porque yo lo último que quería era emborracharme y empeorarlo todo.
Parecía extrañamente sereno y me pregunté si sería una máscara que usaba cuando las cosas se ponían feas.
Ahora que lo conocía más, me había dado cuenta de que le encantaba hacer creer que era frío e insensible, pero había puesto mi cuerpo a su merced y sabía que no era ninguna de las dos cosas.
En realidad, cuando me tocaba podía ser brusco y obsceno un segundo y dulce y delicado al otro.
Y ninguna de las dos cosas parecía costarle un esfuerzo tremendo.
—Ya se le pasará —soltó de pronto, haciendo girar los hielos dentro del cristal con un gesto rítmico—. En unos días estará más calmada. Con mi hermana siempre es igual: explota como un volcán, echa toda la lava y cuando se enfría actúa como si la erupción no fuera algo provocado por ella.
—No se le pasará así como así, Landon. Y no es justo que la acuses de provocar erupciones cuando aquí los culpables somos nosotros —le recriminé, pasándome las manos por la cara con desesperación—.
Esta vez no se le irá con descansar un poco.
Está destrozada y nos odia. A ti por mentirle y a mí por haber destruido la poca confianza que le quedaba en la gente.
—No te odia, Spencer. Está dolida, que es diferente.
—¡Es lo mismo! —alcé la voz, aunque enseguida me tapé la boca mirando instintivamente hacia el techo, temiendo que Piper me oyera—.
Ha descubierto que su mejor amiga y su hermano han estado follándose por todas las esquinas de la casa mientras ella intentaba que me recuperara de mi ruptura.
¿Tienes idea de lo estúpida que debe de sentirse?
Landon soltó un suspiro pesado, dejó el vaso sobre el mármol y me miró con una sonrisa torcida, intentando rebajar la tensión a su manera. Que era equivocada y una mierda, pero era su manera, al fin y al cabo.
—Bueno, míralo por el lado bueno... Al menos ya no tenemos que escondernos ni follar en silencio. El secreto ha salido a la luz, el pacto es público y nos hemos ahorrado la charla incómoda de «tenemos que hablar».
Me quedé mirándolo, absolutamente atónita. La indignación me quemó por dentro.
—¿Es en serio? ¿De verdad estás haciendo bromas sobre esto en este preciso momento? —pregunté con la voz temblando de rabia—. ¡Es tu hermana y es mi mejor amiga! ¡No tiene ninguna puta gracia, Landon! Tu capacidad para eludir los problemas y tomarte todo a chiste me deja a cuadros, te lo juro.
Él levantó las manos en señal de paz, perdiendo la sonrisa de golpe al ver la chispa de furia en mis ojos.
—Vale, lo siento. Tienes razón. Solo intentaba que no te diera un ataque de ansiedad. Estás hiperventilando y no vas a solucionar nada castigándote así.
—Pues tus chistes no ayudan. —Me acerqué a él en tres zancadas y le puse una mano firme en el pecho, sintiendo el latido constante de su corazón—. Necesito que te vayas esta noche.
Landon arrugó el ceño, como si le hubiera hablado en otro idioma.
—¿Qué?
—Lo que oyes. Vete a dormir a casa de Keala o a un hotel, me da igual.
Pero necesito estar a solas con Piper. Necesito que no sienta tu presencia en esta casa para intentar arreglar las cosas.
Si te ve rondando por aquí no se aplacará.
Y si haces alguno de esos chistes en su presencia, menos.
Tu humor de mierda no nos sirve en este instante.
Landon torció el gesto, claramente a disgusto con la idea de ser desterrado. Durante un segundo creí que iba a protestar, que sacaría a relucir su vena cabezota, pero esperé y, al final, supe exactamente el segundo en el que cedió, porque suspiró y se levantó con desgana.
—Está bien. Me iré a casa de Keala. Le diré que me ha surgido un imprevisto. Pero dudo mucho que quiera escucharte hoy, Spencer. Está cerrada en banda.
—Tengo que intentarlo. Si no lo hago, no podré mirarme al espejo mañana.
Veinte minutos después, escuché el motor de su coche alejándose por el camino de entrada. En cuanto la luz de sus faros desapareció, la casa quedó envuelta en un silencio sepulcral.
Fui a la cocina y preparé una bandeja con paciencia: serví una taza de manzanilla bien caliente, corté algo de fruta fresca y puse unas galletas que sabía que a Piper le gustaban.
Era un gesto infantil, pero necesitaba una bandera de paz.
Con la bandeja temblando entre mis manos, subí despacio las escaleras. Cada escalón pesaba un quintal.
Me detuve frente a su puerta y tomé aire antes de llamar suavemente con los nudillos.
—Piper... Soy yo. Landon se ha ido a casa de Keala.
No va a volver en toda la noche. Estamos solas.
Por favor, déjame hablar contigo. —No hubo respuesta, pero no me rendí—.
Sé que estás furiosa y tienes todo el derecho del mundo a mandarme a la mierda —continué, apoyando la frente contra la madera fría de la puerta—.
Me siento un monstruo, Piper. Vine a esta casa huyendo del desastre con mi ex, con el alma rota, y lo último que pretendía era traicionarte.
Lo que pasó con Landon... no estuvo planeado.
Pasó por… por atracción casi animal y al final se nos fue de las manos.
Nos acobardamos. Tuvimos miedo de contártelo porque no queríamos arruinar el verano ni hacerte sentir incómoda en tu propia casa.
Fuimos unos cobardes y unos egoístas. Por favor, déjame pedirte perdón mirándote a los ojos.
Pasaron dos minutos agónicos. Estaba a punto de darme por vencida, dejar la bandeja en el suelo y marcharme a llorar a mi habitación, cuando escuché el chasquido metálico de la cerradura.
La puerta se abrió despacio.
Piper apareció en el umbral. Tenía los ojos hinchados, la nariz roja y el pelo despeinado en un moño caótico. Y aun así estaba preciosa. Me miró con una mezcla de cansancio, decepción y tristeza que me atravesó el pecho.
—Pasa —murmuró con la voz ronca.
Entré en la habitación y dejé la bandeja sobre la mesilla. Nos sentamos en el borde de la cama, guardando una distancia prudencial entre las dos, sin atrevernos a tocarnos.
—Lo siento —le dije, y esta vez no pude contener las lágrimas, que comenzaron a resbalar por mis mejillas sin control—.
Lo siento muchísimo, Piper. Te juro por mi vida que jamás quise reírme de ti.
Si quieres que haga las maletas y me vaya de Hawaii mañana mismo en el primer vuelo, lo haré.
Lo entenderé perfectamente y jamás te reprocharé nada.
Al revés, te estaré agradecida toda la vida por haberme dejado escapar a este paraíso, aunque yo no haya sabido estar a la altura.
Piper me observó durante un largo silencio, abrazándose las rodillas contra el pecho. Suspiró con un temblor en los hombros.
—No quiero que te vayas —dijo al fin, mirando al infinito—.
Estoy enfadada. Rabiosa, en realidad. Me ha dolido en el alma ver ese jodido papel con las reglas de sexo y darme cuenta de que estabais jugando a los secretitos en mi cara mientras yo intentaba animarte.
Me he sentido engañada por mi mejor amiga y por mi hermano.
Sentí que me tratabais como a una idiota.
—Sé que lo parece, pero te prometo que nunca fue así. Solo teníamos pánico a tu reacción. Landon decía que si te enterabas, la casa se convertiría en un infierno.
—Landon siempre usa la excusa del infierno para no afrontar sus mierdas —dijo Piper con amargura, aunque su tono ya no era agresivo, solo triste—.
Sé cómo es mi hermano, Spencer. Sé cómo engatusa a la gente y sé la química absurda que tenéis, porque hasta un ciego la notaría en cómo os miráis.
Y también sé lo destrozada que llegaste por todo lo que te pasó. Tenías las defensas por los suelos.
—No le eches la culpa solo a él —dije, secándome las lágrimas con la manga y asumiendo mi parte de culpa, porque de verdad la tenía—.
Yo también quise. Fui una participante voluntaria.
Me refugié en él y en el sexo porque me hacía olvidar el dolor, pero debí haber puesto el freno cuando tú llegaste.
Piper dejó escapar un resoplido y cogió la taza de manzanilla, dejando que el vapor le templara la cara.
—Te perdono, Spencer. Te perdono porque te quiero, porque llevas años siendo mi hermana por elección y no voy a tirar nuestra amistad a la basura por culpa de un calentón de verano con Landon. Pero necesito poner una condición. Una regla firme que no os podéis saltar.
—La que sea. Te lo prometo —dije, lista para asumir que iba a pedirme que dejara de acostarme con su hermano.
Y pensaba hacerlo. Sin importar lo mucho que disfrutara del sexo con Landon, mi amistad con Piper estaba antes.
Sin embargo, mi mejor amiga me sorprendió cuando habló.
—No quiero enterarme de NADA de lo que hagáis mi hermano y tú —dijo mirándome fijamente a los ojos, con una seriedad absoluta—.
Ni detalles, ni ver cómo os enrollais por los rincones, ni escuchar ruidos raros por la noche, ni saber si sigue en pie vuestro maldito pacto sexual.
Para mí, vosotros dos vais a ser entes totalmente independientes mientras estemos en esta isla.
Si vais a seguir acostándoos, me parece estupendo, sois adultos, pero borradme por completo de esa ecuación. ¿Entendido?
—Entendido —dije, sintiendo que una ola de alivio inmenso me recorría el cuerpo.
Me acerqué y la abracé con fuerza, porque adoraba a mi amiga y porque, en el fondo, aunque no quisiera admitirlo, me sentía aliviada de no tener que romper el pacto con Landon todavía—.
Te lo prometo. Cero detalles. Cero ruidos.
Cero demostraciones. Gracias, Piper. De verdad.
Nos quedamos en su habitación hablando durante horas, dejando que la tensión se fuera disipando poco a poco. Recuperamos algo parecido a nuestra normalidad, riéndonos tonterías y hablando de todo y nada a la vez.
Para cuando bajé a mi habitación a eso de las tres de la madrugada, sentí que la tormenta había pasado y que habíamos salvado nuestra amistad por los pelos.
A la mañana siguiente, me desperté temprano. El sol de Hawaii entraba con fuerza por los ventanales, inundando la casa de una luz dorada y cálida. Me sentía infinitamente más ligera. La culpa seguía ahí, pero el perdón de Piper había actuado como un bálsamo.
Bajé a la cocina en pijama, despeinada, y puse la cafetera a funcionar. Unos minutos después, escuché pasos en las escaleras y vi a Piper bajar luciendo un vestido playero, con mucho mejor aspecto que la noche anterior.
—Buenos días —me dijo, brindándome una sonrisa pequeña pero sincera.
—Buenos días. Estoy preparando café. ¿Quieres una taza?
—Por favor. Necesito cafeína para asimilar que hoy me toca aguantar a mi hermano de nuevo.
Nos reímos suavemente. La paz parecía haber vuelto a la casa.
Pero la tranquilidad duró exactamente cinco segundos.
Unos golpes fuertes, secos y agresivos resonaron en la puerta principal, haciendo vibrar la madera.
—¿Landon tan temprano? —preguntó Piper, arrugando el ceño—. Dijo que no vendría hasta el mediodía para darnos espacio.
—Iré a abrir yo —dije, dejándole la taza de café sobre la barra.
Caminé por el pasillo del recibidor reajustándome los tirantes del pijama y ensayando una mueca de advertencia para que Landon no fuera a cagarla de nuevo nada más entrar.
Giré el pomo y abrí la puerta de par en par.
Las palabras de reprimenda se me congelaron en la garganta. La sonrisa desapareció de mi rostro y sentí cómo todo el aire de mis pulmones se evaporaba en un instante.
Frente a mí, plantado en el umbral de la entrada, alto, con los puños cerrados, la mandíbula apretada hasta marcar el hueso y una expresión de pura furia contenida no estaba Landon.
Era Henry. El hermano de la exnovia de Landon. El hombre del que Landon llevaba semanas huyendo y que había jurado romperle la cara. Lo había visto en mil fotos que Piper me había mostrado a lo largo del tiempo.
—¿Dónde está Landon? —preguntó Henry con una voz tan helada que me erizó los pelos de los brazos.
Antes de que pudiera reaccionar, intentar mentir o cerrarle la puerta en la cara, escuché unos pasos relajados a mis espaldas. Landon acababa de entrar por la puerta trasera del jardín, ajeno por completo al peligro, cargando una bolsa con papayas frescas
—Spencer, Keala me ha dado esto para el desayuno y he pensado que...
Landon se frenó en seco al llegar al pasillo principal. La bolsa de fruta estuvo a punto de caérsele de las manos. Sus ojos se cruzaron con los de Henry.
Henry no lo pensó ni un solo segundo. Avanzó hacia el interior de la casa, apartándome de un empujón sorprendentemente suave, para lo enfadado que estaba, y clavó sus ojos rabiosos en Landon.