Un pacto tentador (Pactos arriesgados nº 1) 19
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Landon

El olor a café recién hecho invadía la cocina cuando bajé las escaleras por la mañana.

Mi hermana ya estaba sentada en la isla, con una taza enorme entre las manos y esa mirada inquisidora que aprendió a poner de pequeña, cuando sospechaba que le había robado alguno de sus juguetes.

—Ayer por la noche me levanté al baño a eso de las tres —soltó de pronto, sin anestesia, clavando la mirada en mí—. Y escuché ruidos bastante sospechosos viniendo de la planta de abajo.

Vi a Spencer congelarse junto a la cafetera y agarrarse a la encimera hasta ponerse los nudillos blancos. El recuerdo de anoche, empujándola contra la pared del dormitorio y tragándome sus gemidos para que no retumbaran en la casa, volvió a mi mente de golpe.

Dios, había sido increíble. Ella era increíble. Me estaba volviendo loco, en el mejor sentido posible.

Intenté no inmutarme. Abrí el frigorífico, cogí el cartón de leche y me apoyé contra el mármol de la encimera con mi mejor cara de póker.

—¿Ah, sí? —pregunté arqueando una ceja.

—Pues sí. Estoy convencida de que metiste a alguna chica de la isla a escondidas. Escuché gemidos, Landon. Y no precisamente bajos.

Spencer apretó los labios hasta dejarlos sin sangre. Me compadecí un poco de ella, pero no podía permitir que se desplomara ahora. Suspiré, fingiendo una mezcla perfecta de aburrimiento y algo de vergüenza que estaba muy lejos de sentir de verdad.

—No metí a nadie en casa, Piper. En mi habitación solo estábamos yo, un video porno, un paquete de pañuelos y el volumen demasiado alto. Siento haber traumatizado tus delicados oídos.

Piper arrugó la nariz con una expresión de puro asco y me lanzó un trapo de cocina, no sin antes fingir una arcada.

—¡Eres un cerdo asqueroso! ¡Podrías haberte puesto auriculares!

—La próxima vez lo tendré en cuenta —respondí con una sonrisa torcida, aprovechando que mi hermana se giraba hacia el fregadero para guiñarle un ojo a Spencer.

—En fin, me voy a la piscina a tomar el sol y a desintoxicar mi mente de tus asquerosidades —anunció Piper recogiendo sus cosas—. Spencer, ¿te vienes?

Spencer se llevó una mano a la sien, actuando con una soltura que me sorprendió. Porque estaba actuando, eso seguro.

—Me encantaría, pero me he levantado con un dolor de cabeza horrible. La humedad me está matando hoy. Creo que me tumbaré un rato a oscuras, a ver si la cafeína hace lo suyo y me repongo.

—Ay, cielo, lo siento. Si necesitas cualquier cosa, estaré atenta al móvil. Y si te sientes mejor, estaré esperándote fuera. —Me miró mal y chasqueó la lengua—. A ti no.

—Gracias, hermanita.

Piper me miró de tal forma que me recordó a la niña sabionda que un día fue y salió al jardín.

En cuanto estuvo fuera de escena y estuvimos seguros de que tardaría en volver y la oiríamos si lo hacía, porque la piscina quedaba lejos de la cocina y debía abrir varias puertas para llegar, la migraña de Spencer desapareció por arte de magia.

No tardé ni tres segundos en acortar la distancia entre los dos.

La atrapé por la cintura y la subí de un tirón a la encimera de la cocina, pese a sus protestas.

—No seas idiota, no quiero que nos pille si vuelve.

—Así que una migraña, ¿eh? —murmuré contra su cuello, ignorándola y mordisqueandole el lóbulo de la oreja mientras colaba las manos por debajo de su camiseta.

—Cállate, estoy muerta de sueño por tu culpa —jadeó ella, enredando los dedos en mi pelo y arqueando la espalda para apretarse más contra mí.

Joder, adoraba la forma en que su cuerpo me buscaba aunque su boca dijera otra cosa—.

Has estado brillante con la excusa del porno.

¿Quién podría pensar que eres tan inteligente?

—¿Todo el mundo menos tú? —contesté haciéndome el ofendido y provocando su risa—. Hablando de porno… verte con esa camiseta por la mañana se acerca bastante a la idea de ver un video que me hace pensar en barbaridades.

Ella sonrió contra mi boca y dejó que la besara con la desesperación que, al parecer, iba a sentir siempre.

Porque empezaba a pensar que daba igual cuántas veces empujara dentro de ella.

Siempre quería más. Me moría por volver a estar dentro de ella y me moría por oírla gritar de nuevo, sin tener que taparle la boca, morderle el hombro o pedirle que no lo hiciera.

La quería libre y gritona, diciéndome sin tapujos todo lo que quería, pero una vez más me conformé con encerrarla en el baño y echar un polvo rápido contra el lavabo, susurrándole al oído un montón de cosas sucias que la hicieron correrse casi tan efectivamente como mi polla.

Después, me dijo que de verdad necesitaba dormir y se fue a su habitación mientras yo me ocupaba de poner algunos asuntos del trabajo en orden.

Para cuando mi hermana regresó, un par de horas después, Spencer estaba en el sofá del porche intentando dejar de bostezar y yo seguía trabajando en mi portátil.

—¿Qué tal tu cabeza, cielo? —preguntó concentrándose en Spencer.

—Mucho mejor, gracias.

—Me alegro. Oye, ¿me prestas tu protector labial? El mío se ha derretido con el calor.

—Sí, claro —respondió Spencer sin pensarlo—. Está en mi habitación, sobre la mesilla o dentro del neceser del cajón. Cógelo tú misma.

Seguí tecleando en el portátil, disfrutando de la brisa marina y de mirar de vez en cuando a Spencer, estirándose como una gatita satisfecha en el sofá.

Por desgracia, la tranquilidad duró exactamente cuatro minutos.

Los pasos de Piper cuando volvió a salir al porche eran distintos. Lentos. Pesados. Cargados de una tensión imposible de disimular.

Spencer se puso de pie, pálida como la cera. Yo seguía de espaldas a mi hermana, así que tardé un poco más en percatarme de lo que ocurría.

En el umbral del porche, con la cara descompuesta y los ojos inyectados en sangre, mi hermana sostenía una hoja de papel doblada entre sus dedos.

No tenía que preguntar, sabía bien lo que era. El pacto. El maldito pacto. Las reglas del sexo sin compromiso que habíamos escrito entre risas las primeras noches.

—Piper... —empezó Spencer con la voz temblorosa.

Me crucé de brazos, intentando fingir una calma que estaba muy lejos de sentir mientras sentía que la tormenta se avecinaba.

—Intenta respirar hondo —le susurré a mi hermana. Y supe que fue mala idea desde el momento en que su respuesta fue arrojarnos el papel a la cara.

La hoja revoloteó frente a nosotros antes de caer al suelo.

—¿Se puede saber qué coño es esto? —preguntó Piper con la voz rota, no de dolor, sino de ira.

Spencer dio un paso hacia ella con pánico en la mirada.

—Piper, déjame explicarte...

—¡No me toques! —gritó mi hermana, dándole un manotazo al aire—. ¿Esto era lo que hacíais? ¿Por eso estabas nerviosa cuando llegué? ¿Por eso estabas «rara» por teléfono? ¡Os habéis estado acostando en esta casa a mis espaldas mientras yo me preocupaba por ti!

Me puse inmediatamente delante de Spencer, interceptando la furia de mi hermana.

—Piper, escucha. Spencer no tiene la culpa. Fue cosa mía. Yo la busqué...

—¡Cállate, Landon! ¡Cállate la puta boca! —Piper rompió a llorar, unas lágrimas de pura rabia—. Os habéis reído de mí. Los dos. Me habéis mirado a la cara sabiendo lo que hacíais. ¡Keala lo sabía! Por eso me miraba así. Soy la única imbécil que no se enteraba de nada.

—¡No nos reímos de ti! —suplicó Spencer con la voz rota—. Empezó antes de que llegaras y no sabíamos cómo contártelo...

—¡Pues ya ves que no ha hecho falta!

Se dio la vuelta, subió las escaleras a zancadas y cerró la puerta de su habitación con un portazo que hizo temblar la casa. Parece loco, pero incluso desde el porche escuchamos claramente el chasquido de la llave girando en la cerradura.

Miré a Spencer. Estaba temblando de arriba abajo, presa de la culpa. Quise abrazarla, pero algo me decía que no iba a ser un gesto bien recibido.

La habíamos cagado a lo grande y no tenía ni idea de cómo íbamos a solucionarlo. Y lo peor de todo era que, tanto como me dolía la reacción de Piper, una parte egoísta de mí lo que más lamentaba era la posibilidad de que Spencer no quisiera volver a acostarse conmigo nunca más.