Un pacto tentador (Pactos arriesgados nº 1) 18
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Spencer

Los días que siguieron fueron… complicados. Por decirlo de una manera elegante.

Piper no me dirigía la palabra más de lo estrictamente necesario. Y cuando lo hacía, era únicamente para preguntarme dónde estaban las llaves del coche, si había café o a qué hora pensábamos salir.

Sabía que Piper podía ser rencorosa y que mi mentira, o mejor dicho, mi omisión de la verdad, iba a tener consecuencias. Pero, sinceramente, empezaba a pensar que estaba exagerando.

No había matado a nadie.

Solo había respetado la petición de su hermano.

Y, aun así, cada vez que nuestras miradas se cruzaban, su silencio decía mucho más que cualquier reproche.

Casi prefería que me gritara.

Landon insistía en que ya se le pasaría, que su hermana era así, que necesitaba tiempo para enfadarse, darle vueltas a todo y decidir por sí misma cuándo estaba preparada para volver a la normalidad. Pero se me estaba haciendo larga la espera.

Aunque, por suerte, gracias a Landon no demasiado larga…

Porque mientras Piper se atrincheraba en su enfado, nosotros nos atrincherábamos en mi habitación, la suya o la de invitados de la planta baja.

Follábamos en silencio, como si el silencio fuera parte del juego.

A las seis de la mañana, cuando ella todavía dormía.

A las tres de la madrugada, cuando la casa estaba en completa quietud.

Una vez incluso en el porche trasero, con la brisa de la noche rozándome la piel y la mano de Landon apretada contra mi boca para que no gritara.

Y otra, en la ducha, con el agua al mínimo para no hacer ruido y el vapor envolviéndonos mientras él me sujetaba contra los azulejos y me follaba despacio, mordiéndome el hombro cada vez que un gemido se me escapaba.

Sabía que follarme al hermano de Piper en secreto mientras ella estaba enfadada conmigo no era precisamente la mejor manera de demostrar mi arrepentimiento. Pero era verano, éramos libres y yo solo quería disfrutar de aquel sexo, que era sin duda el mejor de mi vida.

Algo empezó a cambiar a partir del cuarto día de la llegada de Piper en la casa.

Aquella mañana, cuando bajó a desayunar no lo hizo con el ceño fruncido y de morros, como acostumbraba. Lo hizo serena. Demasiado serena.

—Buenos días.

Tardé un par de segundos en reaccionar.

—Buenos días...

Miré a Landon de reojo.

Él también parecía desconcertado.

Piper abrió la nevera, sacó la leche, se preparó un bol de cereales y se sentó con nosotros como si los últimos días no hubieran existido.

Durante unos minutos hablamos del tiempo, de la playa y de qué podíamos hacer aquella tarde. Hasta que, de pronto, dejó la taza sobre la mesa y nos miró.

—Chicos… siento haber sido tan borde estos días. Estaba dolida. Me fastidió enterarme de que mi hermano estaba aquí de casualidad y de que mi mejor amiga me lo hubiera ocultado. Pero ya se me ha pasado.

—Entonces... ¿nos perdonas? —pregunté.

Piper suspiró.

—Supongo que sí. Además, me alegro de que el plan inicial, que era que vinieras aquí para olvidarte de Eliot, esté funcionando. Porque está funcionando, ¿no?

La pregunta me pilló desprevenida.

Asentí.

—Sí. La verdad es que Hawái me ha venido muy bien.

Aunque no sabía si era Hawái o el hombre que me hacía gemir en secreto lo que me había venido muy bien.

Ella sonrió con calidez. Era… la Piper de siempre.

—Entonces hagamos borrón y cuenta nueva e intentemos disfrutar de lo que queda del verano. He decidido quedarme aquí con vosotros hasta que terminen las vacaciones. ¿Qué os parece?

Miré a Landon.

La sonrisa que intentó dibujar resultó bastante menos convincente de lo que seguramente pretendía.

—Genial. Estupendo.

Era un pésimo mentiroso. Yo, en cambio, sonreí de verdad. Volver a tener a mi mejor amiga era maravilloso. Incluso si eso significaba seguir follando con Landon a escondidas.

—He pensado en acercarme a casa de Keala esta mañana. ¿Os apetece venir?

—¡Pues claro! —respondí sin pensármelo dos veces.

Piper sonrió, de verdad, con una de esas sonrisas que echaba de menos.

***

Keala recibió a Piper con un abrazo lleno de cariño y afecto. Era obvio que aquella mujer había cuidado de los hermanos Asher como si fueran de su propia familia desde que eran pequeños.

—¡Mírala! —exclamó, separándose apenas unos centímetros para observarla de arriba abajo—. Cada día estás más guapa.

—Eso dices porque me quieres.

—No, lo digo porque tengo ojos.

Piper soltó una carcajada y entramos en la casa entre risas. El ambiente era tan cálido que resultaba imposible no relajarse.

Keala nos llevó hasta la terraza trasera, desde donde se veía el jardín repleto de hibiscos y buganvillas. Una suave brisa movía las hojas de las palmeras mientras el océano se intuía al fondo, más allá de las casas vecinas.

Había preparado café y haupia, un dulce hawaiano de leche de coco con una textura cremosa y delicada.

—¿Entonces llevas cuatro días en la isla? —preguntó Keala, sorprendida—. ¿Y cómo es que no viniste a verme antes?

Piper suspiró.

—Me enteré de que Landon estaba aquí y, viendo lo rara que te pusiste cuando hablamos por teléfono, supuse que tú también lo sabías. Así que pensé que estabais todos compinchados y preferí esperar a que se me pasara el enfado antes de venir.

Keala miró a Landon de reojo.

—Digamos que tu hermano es bastante persuasivo cuando quiere.

—Eso ya lo sé —murmuró Piper—. Pero ya se me ha pasado. Vuelvo a ser la chica dulce y encantadora que todos conocéis.

Keala rio por lo bajo y me miró.

—Siempre ha sido igual. Cuando era pequeña se enfadaba, se encerraba en su habitación y juraba que nunca más volvería a hablar con nadie.

—Y al cabo de unos días...

—Bajaba como si nada hubiera pasado y preguntaba qué había para cenar.

Piper sonrió con resignación.

—Mi psicólogo dice que necesito ese tiempo para procesar las cosas. Que, cuando me enfado, primero tengo que darle mil vueltas a todo yo sola y que no sirve de nada intentar hacerme cambiar de opinión en ese momento.

Landon arqueó una ceja.

—¿En serio has tenido que pagarle a alguien para que llegue a esa conclusión? Porque esa misma te la podía haber dado yo gratis.

Piper le sacó la lengua.

—La diferencia es que a él sí le hago caso.

Keala soltó una carcajada y, durante un buen rato, la conversación derivó en anécdotas de la infancia de los hermanos Asher, bromas a costa de Landon y algún que otro recuerdo que hizo que Piper terminara riéndose hasta secarse las lágrimas.

En un momento dado, Piper se levantó para ir al baño.

En cuanto desapareció dentro de la casa, Keala esperó unos segundos, dejó la taza sobre el plato y clavó la mirada primero en Landon y luego en mí.

—¿Ya se lo habéis contado?

Nos miramos.

—¿Contarle qué?

Keala sonrió con paciencia.

—Que estáis juntos. O bueno... sea lo que sea que tengáis.

Noté cómo el café se me atragantaba.

—¿Qué? Nosotros no…

—Keala, estás sacando conclusiones equivocadas...

Ella levantó una mano para hacer callar a Landon.

—Keiki. Llevo más de sesenta años observando a la gente. He criado a medio barrio y os he visto crecer desde que apenas levantabais un palmo del suelo. Puede que sea vieja, pero no soy tonta.

Landon bajó la mirada y no volvió a intentarlo. Yo tampoco. Negarlo habría sido una falta de respeto hacia una mujer que era mucho más inteligente que los dos juntos.

Keala suspiró.

—No voy a deciros lo que tenéis que hacer con vuestra vida.

Sois dos adultos y podéis acostaros con quien os dé la gana.

Pero si Piper descubre que, además de ocultarle que Landon estaba aquí, le habéis estado escondiendo esto...

no se sentirá enfadada. —Clavó sus ojos oscuros en los nuestros—.

Se sentirá traicionada. Y las personas olvidan muchas cosas, keiki.

Los enfados pasan. Las decepciones también.

Pero recuperar la confianza de alguien... eso lleva mucho más tiempo.

Ninguno de los dos dijo nada porque, justo en ese momento, Piper regresó con nosotros y la conversación volvió a llenarse de risas, anécdotas y bromas.

Pero las palabras de Keala se quedaron flotando entre Landon y yo.

Como un mal presagio.

Uno que hice todo lo posible por ignorar.