Un pacto tentador (Pactos arriesgados nº 1) 17
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Landon

Me quedé blandiendo la bolsa de la farmacia en alto, como un idiota, incapaz de articular ni una sola palabra.

Cuando salí a por condones, lo último que esperaba encontrar a mi vuelta era a mi hermana pequeña. Había esperado un recibimiento mucho más… privado. No a Piper plantada en el salón con esa expresión que solo aparece cuando el cerebro se niega a aceptar lo que están viendo los ojos.

—¿Alguien me va a explicar qué coño está pasando aquí? —exclamó de pronto, saliendo de su mutismo.

Bajé la bolsa a toda prisa, antes de que Piper pudiera reparar en ella y encajar todas las piezas.

—Piper… deja que te lo explique —empezó Spencer, pero mi hermana la detuvo con un gesto de la mano mientras clavaba sus ojos furiosos en mí.

—No, tú no. Que se explique él. ¿Qué haces aquí, Landon? ¿No es un poco inmaduro por tu parte abandonar Nueva York después de romper con tu novia solo porque tienes miedo de enfrentarte a Henry?

Tragué saliva, incapaz de darle una respuesta. Por supuesto había mucha inmadurez en mis acciones, pero también había un poco de instinto de supervivencia.

Bajé la vista un instante.

Sí, había huido.

Y sí, probablemente estaba posponiendo una conversación que tarde o temprano tendría que afrontar.

Ante mi falta de respuesta, Piper resopló y se encaró a Spencer.

—¿En serio me has estado escondiendo esto? ¿Desde cuándo?

Vi a Spencer tragar saliva antes de responder.

—Desde el primer día. Lo encontré aquí, en casa, cuando llegué de Nueva York. Me pidió que no te dijera nada porque quería hacerlo él cuando estuviera preparado. Yo... no sabía hasta qué punto debía respetar su decisión.

—¿Y te pareció buena idea?

Spencer hizo una mueca.

—Me pareció que era su noticia y que le correspondía a él contarla.

—Claro, muy bonito todo. Que os den a los dos.

Cabreada, Piper agarró la maleta y subió las escaleras a toda prisa.

En cuanto desapareció en el primer piso, Spencer se volvió hacia mí mordiéndose el labio inferior. La culpa se reflejaba con total claridad en su rostro.

—¿Crees que se ha dado cuenta de lo nuestro? —susurró.

Negué con la cabeza.

—Diría que no. De lo contrario, en vez de echarme la bronca por desaparecer de Nueva York, habría estallado la Tercera Guerra Mundial.

—¿Debería ir a hablar con ella?

—Déjame a mí. Está más enfadada conmigo que contigo.

Spencer me miró como si no terminara de creerme, pero no le di tiempo a replicar. Lancé un vistazo hacia el rellano para asegurarme de que Piper ya había desaparecido y, antes de subir, le di un beso rápido en los labios, recorriéndola con la mirada de arriba abajo.

—No te quites eso hasta que pueda hacerlo yo.

Ella puso los ojos en blanco, aunque la comisura de sus labios se curvó en una sonrisa.

Que mi hermana hubiera aparecido en el momento menos oportuno complicaba las cosas, pero no iba a dejar que nos las complicara más de lo estrictamente necesario.

Subí las escaleras de dos en dos.

Encontré a Piper en su antigua habitación. Estaba tumbada boca arriba sobre la cama, con los brazos cruzados sobre el pecho y la vista fija en el techo.

—Vete. No quiero verte.

—Si hubiera hecho caso cada vez que me has dicho eso desde que teníamos diez años, habría pasado media infancia durmiendo en el jardín.

Ni siquiera sonrió.

—Oye, siento haber ignorado tus llamadas, pero necesitaba unos días de desconexión y paz.

—¿Y tanto te costaba mandarme un miserable mensaje? No te pedía una videollamada de tres horas, Landon. Solo un: «Estoy bien. Necesito tiempo».

—¿Para qué? ¿Para que corrieras a decirle a Henry dónde podía encontrarme?

Piper se incorporó de golpe.

—¿De verdad crees que te habría delatado? ¿Tan poca confianza tienes en mí?

La miré con escepticismo.

—Te estaba haciendo un favor.

Soltó una carcajada sin humor.

—Uy, sí. Seguro que sí.

—Te estaba salvando de ti misma.

Frunció el ceño.

—¿De qué se supone que tenías que salvarme?

—De ser una bocazas delante de Henry. —Abrió la boca para protestar, pero la interrumpí—. Porque todos sabemos que tu lealtad fraternal sale por la ventana en cuanto él aparece.

—Eso no es verdad.

—¿Ah, no? Dime una sola vez que Henry te haya mirado con esos ojos de cachorro abandonado y tú no hayas terminado haciendo exactamente lo que quería.

Piper apretó los labios y no respondió.

Porque tenía razón. Lo sabía yo, lo sabía ella y lo sabía cualquiera que los hubiera visto interactuar durante más de cinco segundos. Cualquiera menos Henry. O quizá él también lo sabía y simplemente fingía no darse cuenta.

Suspiré.

—Lo siento, ¿vale? Sé que tendría que habértelo dicho, pero quería ahorrarme un drama contigo, uno en el que te pusiera entre la espada y la pared y tuvieras que elegir entre mentirle a él o traicionar mi confianza.

Piper arqueó una ceja.

—Qué considerado por tu parte. De verdad, casi consigues emocionarme. Eso te honra. Igual que meter a mi mejor amiga en tu mentira. Dime, ¿hay algo más que me estéis escondiendo?

Noté un escalofrío recorriéndome la espalda.

Piper me observaba con los ojos entrecerrados, esperando una respuesta.

Y supe, con absoluta certeza, que como llegara a descubrir lo mío con Spencer, me faltaría isla para correr.

Así que adopté mi mejor expresión de inocencia.

La de un angelito.

Un angelito que jamás haría algo tan terrible como acostarse con la mejor amiga de su hermana... a escondidas de su hermana.

Negué con la cabeza y Piper volvió a tumbarse y clavar sus ojos en el techo.

—Entonces déjame. Quiero estar sola.

—Habíamos pensado ir a cenar a Kailua. Hay un restaurante japonés que hace el mejor katsudon de la isla. El mismo que siempre dices que te hace olvidar que estás enfadada conmigo.

No hubo respuesta.

Solo un gruñido que interpreté como «déjame en paz».

Sonreí para mis adentros.

Eso no era un no.

Bajé las escaleras y encontré a Spencer esperándome al pie de estas, retorciéndose las manos con evidente nerviosismo. Seguía vestida con mi camisa, lo que hizo que mi polla recordara exactamente lo que estábamos a punto de hacer antes de que apareciera mi hermana.

En cuanto nuestras miradas se cruzaron, levantó las cejas en una pregunta silenciosa. Negué despacio con la cabeza.

—Sigue enfadada.

—¿Pero...?

—Creo que he plantado una semilla. Con un poco de suerte, el katsudon hará el resto.

Spencer soltó una risa por lo bajo.

—¿De verdad crees que la comida japonesa puede arreglar esto?

—No. Pero con mi hermana siempre ayuda.

Spencer no parecía demasiado convencida.

—Ojalá tengas razón.

Me acerqué hasta ella despacio.

—La tengo.

Le acaricié la mejilla con el dorso de los dedos antes de deslizar la mano por su cintura, colándola bajo el bajo de su camiseta para rozar la piel caliente de su espalda.

Se apartó al instante.

—¿Qué haces? Piper podría vernos.

—De eso nada. La conozco. Cuando se enfada, se atrinchera en su habitación como un dragón protegiendo su tesoro. No saldrá hasta que haya decidido que el resto del mundo ya ha sufrido suficiente.

Spencer arqueó una ceja.

—¿Y eso significa...?

—Que tenemos un rato para retomar lo que dejamos a medias.

Antes de que pudiera protestar, la cogí en volandas y la llevé conmigo a la habitación de invitados de la planta baja, lejos de los oídos de Piper, donde pensaba follármela hasta que olvidara por completo que teníamos compañía en la casa.