Un pacto tentador (Pactos arriesgados nº 1) 16
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Spencer

Habían pasado exactamente once minutos desde que Landon salió corriendo por la puerta como si le fuera la vida en ello después de que, a punto de penetrarme, nos diéramos cuenta de que no teníamos más condones.

Antes de irse me prometió regresar en tiempo récord. Me lo tomé a risa, pero el sonido de un motor acelerando en el camino de entrada me sacó de mis pensamientos.

Sonreí, porque me encantaba que estuviera tan ansioso por volver conmigo, y decidí recibirlo de forma que se sintiera premiado por haber sido tan rápido.

Me quité las bragas que llevaba puestas y me puse una de sus camisas, que encontré en el armario.

Dejé los botones completamente abiertos hasta la zona del pubis, donde los cerré estratégicamente.

Se intuían mis pechos, pero no se veían.

Se intuía mi vagina, pero no se veía. Lo justo para volverlo loco, porque ya lo conocía, al menos en el sexo.

Landon adoraba jugar con todo lo que fuera erótico y provocador.

Me solté el pelo, me apoyé contra el marco del pasillo adoptando una postura estudiadamente sensual y ensayé mi sonrisa más provocadora.

La puerta principal se abrió de golpe.

—Eso ha sido realmente rápido, y como premio… —empecé a decir, deslizando la tela de la camisa por un hombro.

No acabé mi gesto. Las palabras se me congelaron en la garganta. La sonrisa se me desintegró en un microsegundo y sentí cómo todo el aire de mis pulmones se evaporaba de golpe.

No era Landon.

En el umbral de la puerta, con la mano aún en el pomo y una maleta de mano al lado, estaba Piper, la hermana de Landon. La misma Piper que no tenía ni la menor idea de que su hermanito estaba en Hawaii. Y mucho menos sabía lo que había estado haciendo los últimos días con su mejor amiga.

En un momento normal nos habríamos abrazado sin pensar, pero nos quedamos en silencio, petrificadas, la una frente a la otra. Mi cerebro se colapsó tanto intentando procesar la situación que no supe qué decir.

—¿Spencer? —articuló Piper, parpadeando muy despacio mientras su mirada descendía por mi torso casi desnudo, pasaba por la camisa claramente masculina que llevaba puesta y volvía a mis ojos.

Sentí que el rostro me ardía a una temperatura capaz de fundir el metal. Me crucé de brazos a la velocidad de la luz, intentando cerrar los faldones de la camisa con desesperación mientras mi mente buscaba algo que decir. Lo que fuera. Una excusa que explicara todo aquello.

—¡Piper! —exclamé al fin, con una voz absurdamente aguda—. Dios mío… ¡qué sorpresa!

—Bueno, amiga, lo mismo digo —murmuró ella.

—Bueno, sí, es que… el calor. Hay muchísima humedad en esta zona de la isla, ¿sabes? Estaba… probándome ropa de tela ligera para intentar combatir la sudoración. ¿Es de tu padre? La encontré en el armario y…

Piper entrecerró los ojos un instante, con una mezcla de escepticismo y desconcierto, pero supe que me salí con la mía cuando sonrió y alzó una mano en un gesto de despreocupación.

—Seguramente sea de mi hermano, pero tranquila.

Ese idiota tiene tanta ropa que ni él es capaz de cuantificarla.

—Piper dejó la maleta a un lado con un suspiro pesado y se pasó la mano por la frente, visiblemente agotada por el viaje—.

Vine a hacerte una visita sorpresa porque me tenías preocupada —continuó, avanzando hacia donde yo estaba—.

Llevas días sin contestar el teléfono a la primera y, cuando lo haces, te noto rara.

Sé que te envié aquí para que te despejaras, pero mi preocupación ha ido creciendo.

No quiero que te conviertas en una ermitaña.

Además, llamé a Kelea, mi antigua niñera, para que te echara un vistazo, pero incluso a ella la noté rara.

Super evasiva. Como si me estuviera ocultando algo.

Se me hizo un nudo en la garganta y la culpa me atravesó el pecho: mi mejor amiga me había mandado a su refugio de Hawaii para que sanara mi corazón roto y yo estaba follando con su hermano de un modo tan salvaje que me había olvidado del móvil y prácticamente de todo el esto del mundo.

—Kelea es un amor —dije improvisando a toda prisa, porque una cosa era sentirme mal y otra admitir la verdad.

Eso no pensaba hacerlo jamás. Me abotoné la camisa hasta el cuello con dedos temblorosos y hablé con cautela—.

Quizás solo la notaste distraída porque la mujer no para en todo el día, entre los nietos y tener que vigilarme a mí…

Ya sabes. Siento mucho no haber estado tan comunicativa.

Hawaii me ha tenido completamente absorta.

Mi amiga sonrió y me abrazó, esperando que le diera la bienvenida que se había imaginado en un principio. Yo correspondí el gesto y luego, tan disimuladamente como pude, busqué mi móvil mientras ella iba a la cocina a por agua y tecleé casi a ciegas y desesperada un mensaje para Landon.

SPENCER

¡¡¡Tu hermana está aquí!!!

Le di a enviar justo cuando Piper se giró de nuevo para mirarme.

—En fin, es un alivio ver que estás bien, aunque se te note la humedad en todo.

Querida, tu pelo es un desastre. —Sonrió y yo me tragué los nervios porque mi pelo sí era un desastre, pero la humedad no tenía nada que ver.

Las manos de Landon mientras me sujetaba y me follaba la boca, en cambio, eran las culpables de todo—.

En fin, lo siento. Igual he sido una paranoica, pero entre tu comportamiento y que no consigo dar con mi hermano después de que se largara…

—¿Sigue desaparecido? —pregunté aterrorizada, intentando disimular.

—Desde luego. Ese capullo sabe bien cómo esconderse. Mis padres están al borde del colapso.

Antes de que pudiera articular palabra, la puerta principal volvió a abrirse de golpe. Landon entró casi sin aliento, despeinado, con las llaves en una mano y agitando una bolsita de plástico en la otra.

—¡Casi me cargo la amortiguación del coche, pero ya estoy aquí y…!

Landon frenó en seco al ver a su hermana. Su voz se extinguió de golpe. Sus ojos pasaron de mí a la figura que había a mi lado repetidas veces y el color de su cara desapareció en un segundo. Habría sido gracioso, de no ser porque estaba temiendo por el aguante de mi corazón.

—¿Piper? —balbuceó.

—¿Landon? —Mi amiga parpadeó, completamente descolocada, mirando a su hermano y luego volviéndose hacía mí. Abrió la boca, pero lo que sea que pasó en su cerebro hizo que me bloqueara y que se dirigiera a su hermano de nuevo—. ¿Qué demonios estás haciendo aquí?

Miré a Landon horrorizada, luego a Piper y, finalmente, a la bolsa de la farmacia que él aún sostenía en alto como si fuera un trofeo.

En ese preciso instante, entendí que iba a ser muy complicado salir de aquella situación con la dignidad intacta y sin herir de alguna forma a la única persona en la que sentía que podía confiar de verdad.