15
Spencer
El agua cristalina todavía nos goteaba del pelo cuando tocamos tierra firme.
La excursión para nadar con las tortugas gigantes marinas había sido un éxito, de esos que te dejan con una sensación de paz en el cuerpo y el pulso desacelerado.
Ver a aquellas criaturas ancestrales deslizarse con tanta gracia bajo la superficie había conseguido lo imposible: mantenernos a Landon y a mí en silencio durante casi dos horas.
Estábamos concentrados en disfrutar de aquello.
Él ya lo había vivido de niño, aunque con pánico, a juzgar por las fotos que me enseñó Kelea y todo lo que me contó.
En aquel momento no tenía miedo, o no lo parecía.
Demostró que ya no era el niño asustadizo del pasado y disfrutó de las tortugas, haciendo que yo también disfrutara.
Todo fue perfecto: el clima, la experiencia, sus roces continuos contra mi cuerpo cuando Kelea estaba despistada.
Me sentía ardiendo constantemente a su lado. Era increíble que solo con rozar la punta de sus dedos con mis muslos disimuladamente yo sintiera que me humedecía. Culpaba al sexo excelente por esas reacciones, porque mi cuerpo sabía reconocer al culpable de recibir tantos orgasmos.
Después de la excursión Kelea nos llevó a caminar bastante rato. Nos hizo seguirla, apartándonos de la costa turística para mostrarnos algo en lo que parecía muy interesada.
A pesar de su avanzada edad, caminaba con paso firme.
Lento, pero firme y constante. Nos obligó a seguirla hasta que aminoró el ritmo al llegar a un pequeño claro sombreado por árboles de hau.
Allí, semiescondido entre la vegetación, se levantaba un pequeño heiau, un antiguo lugar sagrado marcado por piedras volcánicas negras alineadas con precisión.
De inmediato sentí las vibraciones del lugar como algo especial. El aire allí era distinto, más denso, cargado de sal y de una solemnidad que solo dan las maravillas antiguas.
—Este lugar es especial —nos dijo Kelea, haciendo una pausa frente a un altar de piedra—. Los antiguos pescadores venían aquí a pedir protección, pero también a dar gracias. Hay una vieja historia que los ancianos contaban cuando yo era apenas una niña.
Miré de soslayo a Landon y me encantó lo que vi.
Estaba atento a ella, la miraba con veneración y paciencia y aquello me hizo pensar de inmediato que ninguna mala persona miraría así a la mujer que ayudó a criarlo.
Landon podía ser chulo, prepotente y sacarme de mis casillas a menudo, pero no era malo.
Y adoraba a aquella mujer, era evidente.
Tenía los brazos cruzados sobre el pecho y apoyaba la espalda contra el tronco de una palmera con actitud despreocupada.
Estaba guapísimo. Y algo dentro de mí palpitó de inmediato al reconocerlo.
Se lo achaqué al deseo, saqué una botella de agua de mi mochila, di un sorbo para refrescarme y volví a guardarla, acomodandome para prestar atención a Kelea.
—Esta no es la típica historia de amor de cuento —continuó la anciana, mirándonos con paciencia—.
Aquí no hay príncipes. La leyenda dice que el océano tiene memoria.
Dice que, si dos almas están destinadas a entrelazarse, el agua se encargará de separarlas y juntarlas las veces que haga falta, arrastrándolas por mareas distintas hasta el momento exacto.
Mi gente siempre ha creído que no importa cuán lejos te lleve la corriente: el océano siempre devuelve aquello que está destinado a encontrarse.
—Miró a Landon a conciencia y clavó en él una sonrisa que me puso nerviosa—. Y luchar contra el océano es imposible.
No sé qué pretendía Kelea con aquello, pero Landon puso los ojos en blanco y dejó escapar un resoplido medio ahogado que ni siquiera intentó disimular.
—Por favor, Kelea —murmuró, apartándose un mechón de pelo mojado de la frente—. El océano devuelve plásticos, redes rotas y, con suerte, algún mensaje en una botella. No relaciones interpersonales. Es una historia bonita, pero no muy distinta de la historia de Santa Claus.
Kelea no se ofendió. Solo sonrió y me miró a mí.
—¿Qué piensas tú?
Encogí los hombros y dejé que mi vena analítica se encargara de responder:
—Sí creo que el mar devuelve algo de vez en cuando, pero es por estadística pura.
Si lanzas mil cosas al agua y la corriente trae una de vuelta debido a las mareas y la topografía marina, la gente olvida las novecientas noventa y nueve restantes y lo llama «destino».
Son simples leyes de la física y casualidades dinámicas.
Landon me miró con una sonrisa que me puso nerviosa.
—Vaya, pensé que tú eras una romántica.
—Soy romántica cuando debo serlo y realista cuando toca. Es una leyenda preciosa, pero nada más que eso: una leyenda.
—Has intentado besar a una tortuga de cien kilos. Eso no ha sido muy realista de tu parte.
—¡No estaba intentando besarla, idiota! Estaba saludando con cariño —respondí avergonzada.
Landon soltó una carcajada y yo me enfurruñé y miré a Kelea, que nos observaba en silencio. Vi cómo se le dibujaba una pequeña y cálida sonrisa en el rostro ajado, una de esas miradas sabias que no alcancé a descifrar del todo en ese instante.
Creo que Kelea sonreía porque creía saber algo que nosotros no.
En ese momento, detrás de mis ecuaciones sobre la física de las mareas y el cinismo de Landon, ella podía ver que nosotros aún estábamos demasiado ciegos para aceptar que estábamos empezando a sentir cosas que no tenían mucho que ver con el sexo.
Aunque no estuviéramos ni remotamente cerca de poder aceptarlo sin sufrir un colapso nervioso.
El día había sido increíble, así que pretendía que siguiera así dejando de lado los estúpidos acelerones de mi corazón cada vez que Landon me rozaba, tocaba o sonreía.
Lo único que me ocurría era que estaba deseando llegar a casa, arrancarle la ropa y disfrutar de lo que su cuerpo podía ofrecerme.
Nada más. Teníamos una química tan brutal que bastaba una leyenda romántica y un baño con tortugas para que me sintiera tan sensible como para volver a casa a seguir disfrutando del increíble y maravilloso sexo que me daba.
Y todo lo que dijera Kelea… bueno, era palabrerío. Un palabrerío precioso proveniente de una mujer a la que había tomado cariño en tiempo récord, pero palabrerío, al fin y al cabo.