Un pacto tentador (Pactos arriesgados nº 1) 14
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Landon

Desperté a la mañana siguiente sintiéndome jodidamente bien.

La luz del sol entraba suave por las ventanas, la brisa cálida movía las cortinas y, lo mejor de todo: Spencer estaba dormida a mi lado, completamente desnuda, con el pelo revuelto sobre la almohada y una expresión de paz que rara vez le veía cuando estaba despierta.

Su culo rozaba mi cadera y solo con eso mi polla ya empezaba a despertar. Sonreí. Anoche había sido intenso. Mejor de lo que había imaginado. Spencer era apasionada, entregada y sorprendentemente viciosa una vez que se soltaba. Me encantaba esa combinación.

Me giré con cuidado y pasé un brazo por su cintura, pegándome a su espalda. Mi erección matutina se acomodó entre sus nalgas y ella se removió ligeramente, dejando escapar un suspiro dormido.

—Buenos días, fierecilla —murmuré contra su nuca, besándola suavemente.

Spencer soltó un gemidito adorable y empujó su culo contra mí de forma inconsciente. Sonreí.

—Dime, ¿sigues teniendo hambre? Porque yo sí —dije, deslizando una mano por su vientre hasta llegar a uno de sus pechos.

Ella se rio suavemente, todavía medio dormida.

—Eres insaciable.

—Contigo sí —admití, pellizcando suavemente su pezón—. Anoche solo fue el aperitivo.

Spencer se giró entre mis brazos y me miró con los ojos entrecerrados, todavía con cara de sueño pero con una sonrisa perezosa.

—¿Aperitivo? Me corrí siete veces. ¡Siete! Tengo agujetas en partes de mi cuerpo que ni siquiera sabía que existían.

—Pero te encantó —respondí, besándola en los labios.

Ella me devolvió el beso, más despierta ahora, y pasó una pierna por encima de mi cadera, rozándose contra mi polla dura.

—Tal vez —murmuró contra mi boca—. Pero ahora tengo hambre de verdad. De comida.

Gruñí, fingiendo frustración, y apreté su culo contra mí.

—Podría alimentarte después… —sugerí, mordiendo suavemente su labio inferior mientras mi mano bajaba entre sus piernas.

Spencer soltó un jadeo cuando mis dedos encontraron su clítoris, pero me empujó por el pecho riendo.

—Comida primero, sexo después, semental. Necesito recuperar fuerzas si voy a sobrevivir a ti.

Acepté a regañadientes y bajamos juntos a la cocina. Ella llevaba solo mi camiseta, que le quedaba grande y le resbalaba por un hombro. Era una visión deliciosa.

Me puse a preparar café mientras ella se sentaba en uno de los taburetes de la isla, observándome. Encendí la cafetera con movimientos normales, sin golpear nada, sin hacer ruido innecesario.

Spencer me miró con los ojos entrecerrados durante unos segundos y luego abrió la boca, sorprendida.

—¡Lo sabía! —exclamó, señalándome con el dedo—. Sabes hacer café sin montar el escándalo infernal que has estado haciendo todas estas mañanas. ¿Lo hacías solo para desquiciarme?

Sonreí sin mirarla, midiendo el café con calma.

—Más o menos.

—¿Más o menos? —repitió, incrédula.

Dejé la cafetera en marcha y me giré hacia ella, apoyándome en la encimera.

—Lo hacía con la esperanza de que, despertándote pronto, dejaras de llorar hasta las tantas por las noches —admití con sinceridad—. Pensé que si estabas más cansada durante el día, dormirías mejor y dejarías de pasarte las madrugadas hecha un mar de lágrimas por ese imbécil.

Spencer parpadeó, claramente sorprendida por la honestidad. Por un momento no dijo nada.

—Y ahora… —continué, acercándome a ella lentamente— ya no necesito hacerlo. Porque en lugar de llorar, gimes. Y prefiero mil veces despertarte con mis manos y mi boca que con el ruido de la cafetera.

Me detuve frente a ella, entre sus piernas. Spencer me miró desde el taburete con una mezcla de sorpresa, ternura y deseo.

—Eres un idiota.

—Lo sé —respondí, inclinándome para besarla—. Pero soy un idiota que no quiere oírte llorar.

Ella me devolvió el beso, más lento esta vez, y rodeó mi cuello con los brazos.

—Entonces vas a tener que seguir haciendo que gima —susurró contra mis labios.

Sonreí.

—Ese era el plan.

La cafetera empezó a borbotear detrás de nosotros, pero ninguno de los dos le prestó atención. En ese momento, lo único que importaba era su boca, sus piernas rodeándome y la promesa silenciosa de que este verano acababa de empezar de verdad.

***

—Si queremos que esto funcione —dijo Spencer horas más tarde—, tenemos que dejar el pacto por escrito.

Parpadeé y bajé la mirada hacia ella.

Estábamos en mi habitación, comiendo sushi que habíamos pedido y viendo una de sus películas románticas. Esta vez le tocó el turno a Una cuestión de tiempo.

Spencer estaba recostada contra mi pecho, de nuevo llevando solo una de mis camisetas, mientras yo le acariciaba el muslo distraídamente.

—¿Quieres que escribamos un contrato sexual?

—Exacto —respondió con total naturalidad, como si estuviera proponiendo hacer la lista de la compra.

Me reí, incrédulo.

—¿Por qué? Las reglas son sencillas: follar cuando queramos, descansar cuando queramos, y no complicarnos la vida.

Spencer se incorporó un poco para mirarme con expresión seria.

—Si algo me ha enseñado la vida es que cuantas más cosas dejas al libre albedrío, más posibilidades hay de cagarla. Sobre todo cuando hay sexo de por medio. Prefiero que quede claro desde el principio.

—Está bien —acepté—. ¿Y según tú qué deberíamos poner en ese contrato?

Spencer se sentó completamente, cruzando las piernas sobre la cama con entusiasmo. Cogió un cuaderno que había sobre la mesita de noche, arrancó una hoja y buscó un bolígrafo entre los cajones.

—Primero: nada de dormir juntos todas las noches. Solo cuando nos apetezca de verdad. Nada de acurrucarnos como pareja.

—Entendido.

—Segundo: nada de follar con otros. No quiero pillar una ETS porque tú te folles a una tía cualquiera durante el verano.

Sonreí, un poco sorprendido por lo directa que era.

—Exclusividad total, entonces.

—Exacto —confirmó mientras iba anotando cada punto en la hoja con una letra rápida y sorprendentemente ordenada—. Mientras estemos en Hawái, esto es solo entre tú y yo.

—Me parece justo —dije, pasando la mano por su muslo—. ¿Qué más?

—Tercero: cuando termine el verano, se acabó. Nada de mensajes, nada de «sigamos en contacto», nada de romanticismo absurdo. Volvemos a ser conocidos que se odian cordialmente.

Sonreí de medio lado.

—¿Cuarto?

—Cuarto… —siguió escribiendo— nada de sexo anal. Ni aunque me pongas ojitos. No me gusta.

—Bueno, estoy bastante seguro de que conmigo te gustaría, pero vale. Apuntado.

—Quinto: nada de prácticas raras o demasiado extremas sin preguntar primero. Si quieres probar algo nuevo, me lo dices antes. No me gustan las sorpresas en la cama.

—Bastante razonable.

—Sexto… nada de fotos o vídeos sin mi permiso expreso. Ni aunque sean solo para ti. No quiero que luego terminen en cualquier sitio.

Me reí por lo bajo.

—Eres más desconfiada de lo que pensaba.

—¿Tú quieres añadir alguna regla?

Me quedé pensando un segundo y sonreí con malicia.

—Sí. Séptimo: cuando estemos follando, quiero que seas completamente sincera. Si te gusta algo, me lo dices. Si no te gusta, también. Nada de fingir orgasmos ni de aguantar por complacerme.

Spencer me miró con una ceja levantada, claramente sorprendida por la regla.

—Eso… me gusta —admitió.

—Bien —dije, quitándole el bolígrafo y la hoja de las manos para echarles un vistazo—. ¿Ya está? ¿Contrato cerrado?

—Todavía no. Ocho… si en algún momento uno de los dos siente que está desarrollando sentimientos, tiene que decirlo inmediatamente. Y terminamos. Sin dramas.

Me quedé mirándola unos segundos. Luego me incliné hacia delante, le quité el recipiente de sushi y lo dejé a un lado.

—Trato hecho —murmuré, tumbándola de nuevo y colocándome encima de ella—. Pero voy a añadir una regla más.

—¿Cuál? —preguntó, rodeándome el cuello con los brazos.

—Nueve: prohibido pedir perdón por disfrutar. Si te lo estás pasando bien, no quiero que intentes justificarlo ni conmigo ni contigo misma.

Spencer me miró a los ojos durante un segundo, como procesando la regla. Luego sonrió con una mezcla de ternura y picardía.

—Me gusta esa.

—Bien. Ahora sí. Contrato cerrado.

Me incliné para besarla, pero ella puso un dedo en mis labios, deteniéndome.

—Todavía no hemos firmado —recordó, divertida.

Sonreí con malicia, bajando la mano para subirle la camiseta.

—Ya lo haremos después —susurré contra su boca, quitándole la prenda de un tirón—. Ahora tengo otras prioridades.

Y sin dejarle protestar, le abrí las piernas y me enterré en su coño de un solo empujón profundo y lento.

Si algo aprendí aquel día fue que los contratos son muy fáciles de redactar... y peligrosamente difíciles de cumplir.