13
Spencer
El camino de vuelta a casa fue extrañamente tranquilo. Ninguno de los dos habló mucho, pero no era un silencio incómodo. Era… cómodo. Por primera vez desde que nos conocimos, no sentía la necesidad de discutir por todo.
Miré de reojo a Landon. Conducía con una mano en el volante y la otra descansando sobre su muslo.
El sol del atardecer le daba un tono dorado a su piel y, por enésima vez ese día, me di cuenta de lo jodidamente atractivo que era.
No solo por el cuerpo (que ya era pecado), sino por cómo se había comportado en casa de Kelea: paciente con los niños, respetuoso con la anciana, y sorprendentemente… humano.
—¿En qué piensas? —preguntó sin apartar la vista de la carretera.
—En que hoy no te he odiado ni una sola vez —admití con una pequeña sonrisa.
Landon soltó una risa baja.
—Récord histórico. Deberíamos celebrarlo.
—No te emociones. Todavía puedo cambiar de opinión en cualquier momento.
Llegamos a la casa cuando el cielo ya se teñía de tonos naranjas y rosados. Nada más bajar del coche, la brisa cálida y el canto de los pájaros me relajaron aún más. Hawái tenía esa capacidad: hacer que todo pareciera menos grave.
Entramos y no sentí la urgencia de huir a mi habitación. Me quité las sandalias y me dejé caer en el sofá grande del salón con un suspiro.
Landon se quedó de pie frente a mí, observándome con una expresión indescifrable.
—¿Quieres que pida algo de cena? —preguntó.
Asentí.
—Sorpréndeme.
Se fue hacia la cocina y yo me quedé mirando al techo, pensando en todo y en nada al mismo tiempo. En el mensaje borracho de Elliot. En las palabras de Kelea sobre disfrutar las flores antes de que se marchitaran.
«Disfrútalo ahora. Aprovéchalo ahora. Y cuando su tiempo llegue a su fin, déjalo ir y dale las gracias por lo que aportó en tu vida mientras estuvo en ella.»
Aquellas palabras hicieron clic dentro de mí.
¿Por qué seguía castigándome? ¿Por qué no disfrutar de algo bueno mientras durara?
Lo que Landon me ofrecía era un regalo inesperado. Un verano de placer, de orgasmos y de momentos compartidos con fecha de caducidad. Nada más. Nada menos.
Quizá Kelea tenía razón.
No hacía falta saber cómo acabaría para disfrutar mientras durara. Podíamos disfrutar del verano sin expectativas.
Las flores también se marchitaban. Y aun así nadie dejaba de admirarlas mientras estaban en plena floración.
Tal vez podía permitirme eso.
Vivir el presente.
Disfrutar de Hawái.
Disfrutar de él.
Y, cuando todo terminara, marcharme con un buen recuerdo en lugar de con otro arrepentimiento.
En ese momento Landon regresó del comedor con dos cervezas frías y una caja de pizza entre las manos. Se dejó caer a mi lado en el sofá.
—Pizza hawaiana —dijo dejando la caja sobre la mesa—. He pensado que era lo apropiado.
Puse los ojos en blanco, pero acepté la cerveza.
—Qué típico.
—Quería que te sintieras integrada en la cultura local.
Me reí.
—Probablemente esta pizza sea lo menos hawaiano de toda la isla.
—Es verdad. La inventó un canadiense en los sesenta.
Fruncí el ceño.
—¿Me estás tomando el pelo?
—Te lo juro. Lo busqué un día por curiosidad. Lo único hawaiano que tiene es la piña.
Negué con la cabeza, divertida.
Bebimos en silencio un rato. Luego, sin mirarme, añadió en voz baja:
—No tenemos que hacer nada que no quieras, Spencer. Lo que pasó ayer… no cambia nada si tú no quieres que cambie.
Lo miré. Su perfil era tan perfecto que dolía un poco.
El silencio nos sobrevoló de nuevo. Y de nuevo, volví a escuchar la voz sabia de Kelea hablándome de disfrutar el momento.
¿Y si lo hacía?
¿Y si disfrutaba el momento?
Una calma inesperada se instaló en mi pecho. Hacía mucho tiempo que una decisión no me resultaba tan sencilla.
—Acepto tu pacto.
Landon levantó las cejas, sorprendido.
—¿El pacto de verano?
—Sí —confirmé—. Placer, diversión y sexo mientras estemos aquí. Sin sentimientos. Sin promesas. Y cuando volvamos a Nueva York, cada uno sigue con su vida como si nada hubiera pasado.
Una sonrisa lenta y peligrosa apareció en sus labios. Se inclinó hacia mí y me besó. No fue salvaje como los besos del día anterior. Fue más lento, más profundo. Como si estuviera saboreando el momento. Mi mano subió hasta su nuca y lo atraje más cerca.
—Entonces… ¿terminamos lo que empezamos ayer? —preguntó con la voz ronca cuando nos separamos.
Me reí suavemente y negué con la cabeza.
—Luego. Acaban de traer la pizza.
Landon soltó un gruñido.
—La pizza fría recalentada está mucho mejor, te lo aseguro.
Ni siquiera me dio tiempo a responder. Me cogió en volandas como si no pesara nada, me cargó sobre su hombro y subió las escaleras hacia su habitación mientras yo reía y le golpeaba la espalda.
—¡Landon!
—Demasiado tarde, fierecilla. Ya aceptaste el pacto.
Me dejó caer sobre la cama con un rebote y se quedó de pie mirándome con esa mirada oscura y hambrienta. Sus ojos se desviaron un segundo hacia el gran espejo que ocupaba casi toda la pared lateral de la habitación y sonrió con malicia.
—Quiero que veas todo —dijo con voz ronca mientras se quitaba la camiseta de un tirón—. Quiero que mires cómo te follo.
Me incorporé sobre los codos, excitada y nerviosa al mismo tiempo.
Landon se deshizo del resto de su ropa con rapidez, abrió el cajón de la mesita de noche, sacó un condón y se lo puso con movimientos rápidos y seguros antes de subirse a la cama gateando hacia mí.
Me quitó la camiseta, los shorts y la ropa interior en cuestión de segundos, dejándome completamente desnuda.
—Joder, Spencer… —murmuró, recorriendo mi cuerpo con las manos—. Eres demasiado perfecta.
Me besó con fuerza, metiendo la lengua en mi boca mientras una de sus manos bajaba directamente entre mis piernas. Gimió al encontrarme ya empapada.
—Tan mojada para mí… Qué buena chica.
Me abrió las piernas con una rodilla y se colocó entre ellas. Su polla, dura y protegida, rozaba mi coño mientras me besaba el cuello y bajaba hasta mis pechos. Chupó y mordió un pezón, luego el otro, hasta que yo me retorcía debajo de él.
—Landon… por favor…
—¿Por favor qué? —preguntó, rozando su glande contra mi clítoris—. Dímelo.
—Fóllame —supliqué, sin vergüenza.
Él sonrió contra mi piel.
—Así me gusta. Que me pidas lo que quieres.
Se incorporó un poco, me cogió por las caderas y, de un solo empujón profundo, entró en mí hasta el fondo.
Grité de placer. Estaba tan mojada que entró sin resistencia, llenándome por completo. Landon soltó un gruñido gutural y empezó a moverse con fuerza, follándome con embestidas profundas y constantes.
—Mírate —ordenó, girando mi cara hacia el espejo—. Mira cómo te estoy follando.
Obedecí. La imagen era obscenamente caliente: mi cuerpo desnudo debajo del suyo, mis pechos rebotando con cada embestida, su culo tenso moviéndose entre mis piernas. Verlo me puso aún más cachonda.
—Dios… qué vista —gruñó él, acelerando el ritmo.
Me sujetó las muñecas por encima de la cabeza con una mano y siguió follándome más duro. El sonido de nuestra piel chocando llenaba la habitación junto con mis gemidos y sus gruñidos.
—¿Te gusta que te folle así? ¿Duro?
—Sí… joder, sí…
Cambió de posición, me puso de lado y levantó una de mis piernas, follándome desde un ángulo nuevo que me dejaba sin aliento. Su mano libre bajó hasta mi clítoris y lo frotó en círculos rápidos mientras seguía penetrándome.
—Quiero que te corras en mi polla, Spencer. Quiero sentir cómo me aprietas.
No tardé mucho. El orgasmo me golpeó con fuerza, arqueando la espalda y gritando su nombre. Landon no se detuvo. Siguió follándome a través del orgasmo, prolongándolo hasta que temblaba.
—Buena chica… —susurró, besándome el cuello—. Ahora te voy a follar como te prometí.
Me puso a cuatro patas, mirando directamente al espejo. Me cogió del pelo con una mano y del culo con la otra, y volvió a entrar en mí de un golpe seco.
—Joder, qué culo tienes… —gruñó, dándome una palmada fuerte que me hizo gemir más alto.
Empezó a follarme con fuerza, profundo y rápido. En el espejo podía ver su cara de puro placer, sus abdominales tensos y su polla entrando y saliendo de mí.
—Dime que te gusta —exigió.
—Me encanta… me encanta cómo me follas…
Landon soltó un gemido ronco y aceleró. Sus embestidas se volvieron más salvajes, más desesperadas.
—Joder, me voy a correr… —gruñó contra mi oído.
Con un último empujón profundo y un gruñido animal, Landon se clavó hasta el fondo y se corrió con fuerza dentro del condón.
Su polla palpitaba violentamente mientras me apretaba las caderas con ambas manos, temblando encima de mí.
Se quedó enterrado unos segundos más, respirando con dificultad, antes de dejarse caer sobre mi espalda y besarme la nuca con los labios calientes.
—Joder, Spencer… —susurró contra mi piel, todavía dentro de mí—. Esto acaba de convertirse en mi nueva actividad favorita en Hawái.
Me reí, agotada y completamente satisfecha, y giré la cabeza para besarlo torpemente.
—Pizza fría, entonces —murmuré.
Landon soltó una carcajada ronca y me abrazó con más fuerza, todavía recuperando el aliento.
—Pizza fría y más de esto. Muchas veces.