12
Landon
Jugar al Kōnane con los nietos de Kelea no era mi idea para aquel día tan increíblemente soleado y bonito, pero después de que el día anterior la lujuria de Spencer se fuera al traste, agradecí tener que ir a casa de Kelea y jugar con sus nietos.
Las cosas estaban raras. No quería, porque de verdad quería que Spencer se diera cuenta de que no merecía la pena estar lloriqueando por su ex, cuando lo estábamos pasando tan bien, pero entendía que los sentimientos son complejos.
No quise preguntarle cómo se sentía al respecto porque me daba miedo que de pronto me echara en cara lo que habíamos hecho.
No tenía nada de malo. Yo no me arrepentía lo más mínimo y eso que también había tenido una ruptura reciente. Iniciada por mí, sí, pero de cualquier forma no estábamos engañando a nadie.
Tal vez era que se había puesto triste. No lo sé. Pero esperaba que la visita a Kelea la ayudara a transitar lo que sea que hubiera en su mente. No por el sexo perdido, sino por ella. Por que no merecía pasarlo tan mal por un tipo que se veía a kilómetros que era un imbécil.
Me reacomodé en la zona del jardín en la que estaba jugando con los nietos de Kelea mientras oía como esta y Spencer hablaban tras de mí, en el porche de la casa.
Kelea vivía en una cabaña clásica de la época de las plantaciones, de una sola planta y construida con listones verticales de madera pintados de un verde apagado.
Se notaba el paso del tiempo en el desgaste de las paredes, pero el lugar respiraba una calidez inmensa.
Siempre me había encantado visitarla y, de alguna manera, siempre me había sentido reconfortado al salir de allí.
Esperaba que Spencer también lo sintiera.
—Tienes que coger la aguja así, ¿ves?
Kelea intentaba enseñar a Spencer cómo tejer un Lei a mano. Ella había tenido la idea de decirle que le parecían preciosos y mi querida Kelea lo tomó enseguida como una invitación a ponerla a trabajar en uno.
—Es difícil —murmuró Spencer.
—Las cosas preciosas raras veces son fáciles de hacer, ¿no crees? —contestó Kelea.
Sonreí. Su sabiduría era tan antigua, se sentía tan real que no conocía a nadie que se atreviera a llevarle la contraria.
—¿Y no da lástima que las flores se marchiten después de trabajar para hacerlos? —preguntó Spencer refiriéndose al Leí que tenía entre las manos a medio hacer.
—No lo hacemos pensando en que van a marchitarse, Keiki. —Spencer sonrió al oír que la llamaba del mismo modo que me llamaba a mí—. Lo hacemos para disfrutarlas en el momento. Sabemos que el Lei se marchitará, pero ¿acaso no morimos todos?
Spencer quedó en silencio y yo intenté concentrarme en el juego que tenía entre manos con los niños, pero era complicado dejar de prestarles atención.
Kelea tenía razón. Íbamos a morir todos.
Nadie se salvaba y nadie sabía cuándo ocurriría, por eso todo el mundo debería vivir de la mejor manera posible.
Sin pensar en las consecuencias de cada acto de un modo tan intenso.
¿Estaba intentando usar las palabras de Kelea para justificar que Spencer debería acostarse conmigo?
Sí. Pero no pensaba compartir mi línea de pensamiento con ella.
No quería presionarla o que acabara haciendo algo que no quería.
Solo… deseaba que ella estuviera llegando a las mismas conclusiones que yo.
—Fíjate, está quedándote precioso —dijo Kelea.
—Gracias. Las manualidades no son lo mío, pero prometo que disecaré este Lei y lo guardaré siempre.
—No lo hagas —dijo Kelea sonriendo—. Disfrútalo ahora. Aprovéchalo ahora. Y cuando su tiempo llegue a su fin, déjalo ir y dale las gracias por lo que aportó en tu vida mientras estuvo en ella.
Spencer tragó saliva y supe que, en efecto, estaba reflexionando acerca de algo más que el típico collar hawaiano hecho con flores.
Y cuando me miró y sus ojos se cruzaron con los míos, me quedé completamente hipnotizado. Era preciosa, eso no era una novedad. Lo era desnuda y también vestida. Lo que me sorprendió fue el modo en que un fuego se extendió por mi pecho, como si el simple hecho de mirarla calentara una parte de mí.
Era una estupidez, en realidad.
Lo nuestro había sido sexo. Sexo sin penetración, como a mi polla le gustaba recordarme. No es que tuviera quejas, pero no pensaba enredar aquello con emociones que no tenían cabida allí.
Si las sentía era únicamente porque estar en casa de Kelea era como entrar en un templo de sabiduría que lo obligaba a uno a meditar sobre cosas que, de otro modo, no haría.
Spencer acabó su Lei, yo acabé mi partida de Kōnane con los niños y luego me hicieron correr por todo el césped hasta que llegó la hora de la comida y, por fin, pude sentarme.
Joder, los niños eran agotadores.
Comimos Pollo Shoyu y ensalada mientras Kelea se recreaba en mi infancia y todos los pequeños actos vandálicos o travesuras que realicé bajo su cuidado.
Spencer no dejaba de reír y preguntar más y más cosas acerca de mí y también de Piper, a la que profesaba un amor increíble.
Mi hermana tenía suerte de tener una amiga como ella.
Kelea, al saber que tenía toda su atención, se explayó tanto que hasta terminó sacando un pequeño album de fotos que me hizo pasar una vergüenza tremenda pero encantó a Spencer, a juzgar por sus comentarios.
—Mira, aquí estábamos viendo las tortugas marinas. No era la primera vez que las veíamos pero Landon les tenía verdadero pánico. Siempre fue un niño cobarde.
—Gracias, Kelea —dije con la boca torcida.
Ella movió una mano, como desechando mi supuesta ofensa, y Spencer rio en alto.
—Ahora no parece cobarde en absoluto.
—Bueno, eso es porque no hemos ido a ver las tortugas. Pero deberíamos ir antes de que os marchéis.
—Ya no me dan miedo —aseguré—. Hace siglos de ese día.
—Vomitaste solo con la idea de tocarlas —dijo Kelea riendo.
Spencer también rio y, aunque quise poner los ojos en blanco y decirle que no exagerara, lo cierto es que me gustaba verla así de relajada y contenta, así que les dije que sí, que iríamos otro día a verlas y les demostraría que no tenía nada de miedo.
La verdad es que me alegré enormemente de haber ido a casa de Kelea. Sus nietos ayudaron a que el ambiente fuera relajado y ella misma, con sus historias y anécdotas, rompió la tensión que pudiera haber entre Spencer y yo.
No me extrañó que, al despedirnos y subir al coche, ella se mostrara de nuevo risueña y relajada.
Y solo por eso mereció la pena. No sabía si retomaríamos en algún momento el sexo o si Spencer finalmente aceptaría el pacto que le había propuesto, pero me conformaba con que no volviera a ser la chica lacrimogena y adicta a las películas románticas y dramáticas del principio.