11
Spencer
Cualquiera podría haber pensado que después de la visita de Kelea el deseo había disminuido o la lucidez se había impuesto para dejar paso a una toma de decisiones más responsable. Pero no fue así.
En cuanto sentí el cuerpo de Landon pegado al mío todo lo que pude pensar fue que quería seguir. No sentía una pizca de arrepentimiento, seguramente porque el deseo todavía era mayor que la idea de que aquello estaba mal.
Me giré y no lo pensé cuando me alcé de puntillas y lamí su cuello mientras mi mano sujetaba su polla. Landon gimió y miré arriba, a sus ojos.
—¿Una ducha? Estás salado.
—¿Quieres ducharte ahora? —preguntó sorprendido.
—¿Por qué no?
—Porque voy a dejarte hecha un desastre después de follarte. Será entonces cuando necesites ducharte.
Hice mi mejor esfuerzo para no ruborizarme. Landon era tan… cerdo hablando en el sexo. Y no lo decía como una crítica. Estaba descubriendo que me encantaba.
No se andaba con rodeos, pedía lo que quería sin usar palabras dulcificadas. Aquello era sexo sucio y caliente y se sentía exactamente así. No necesitaba que adornara con palabras bonitas lo que estábamos haciendo porque, en realidad, me daba más morbo que fuera así.
Metí la mano bajo el bañador, agarré su polla caliente y húmeda y apreté lo justo para sentir lo listo que estaba para mí.
Apenas podía esperar a tenerlo dentro de mí y aun así quería esa ducha.
Quizás por capricho. O tal vez porque quería demostrarme que controlaba aquella situación, aunque fuera en pequeños detalles.
—¿No te has preguntado cómo sería una mamada mientras el agua nos cae encima?
Landon gimió, me alzó en brazos, enroscándome en su cuerpo, y colocó sus manos en mi culo abarcándolo por entero mientras cruzábamos la cocina.
—A la ducha, se ha dicho.
Me reí y mordisqueé sus labios, su barbilla, su mandíbula y sus hombros de camino al baño.
Cuando llegamos, en vez de soltarme en el suelo, Landon me apoyó contra los azulejos, con su polla haciendo de ancla contra mi coño. Gemí y me restregué, pero él me sujetó con una mano y me lanzó una mirada de advertencia.
—No te muevas, no quiero que te caigas —dijo antes de programar el agua.
—¿Y lo de dejarme en el suelo…?
—No.
Era tan mandón y exigente. Tan… tan increíble.
El sexo con mi ex no había sido así ni de lejos.
¡El sexo con nadie había sido así! Landon era generoso como nadie, sabía bien cómo usar la boca y los dedos, así que intuía que también sabría utilizar la polla.
Había disfrutado tanto que no tuve ningún problema en cederle el control, pese a que estuviéramos realizando mi idea para que yo pensara que tenía algún poder sobre aquello.
El agua empezó a caer sobre él en el modo lluvia de la ducha, pero a mí apenas me salpicaba por mi posición. Landon me besó, reactivando aún más el deseo. Me aferré a su ancha espalda como quien se aferra a un salvavidas. De pronto, la idea de que no me besara se me antojaba insoportable.
Volvió a soltarme en el suelo, pero solo el tiempo justo para quitarme la ropa y despojarse de la suya. Y fue poco. Joder, fue poquísimo. Jamás había visto a alguien tan habilidoso para desvestir y desvestirse al mismo tiempo.
—Joder, eres preciosa. Perfecta —murmuró cuando me miró de arriba abajo, pellizcando uno de mis pezones antes de volver a alzarme y atraparme entre su polla y los azulejos.
La diferencia era que esta vez, al no haber ropa, sentía la longitud de su verga directamente entre mis pliegues. Gemí y moví las caderas por inercia.
—Tenías razón, la ducha ha sido una mala idea —jadeé—. Te quiero dentro de mí ya.
—Yo siempre tengo razón, fierecilla —dijo con una sonrisa pedante que en otro momento me habría sacado de quicio.
—Vamos a la cama.
—Ni hablar. Vas a quedarte aquí cumpliendo tu deseo. Y yo voy a hacer que te corras una vez más antes de follarte a cuatro patas en la cama.
—Qué gráfico —gemí cuando Landon bajó una de sus manos, sujetó su polla y la deslizó entre mis pliegues.
—Sueño con correrme así: contigo en cuatro mirando al espejo de la habitación mientras yo veo tu cara por ahí.
—Joder.
—¿Te gusta eso, Spencer? ¿Quieres ver en el espejo como mi polla te taladra?
Gemí en respuesta y él volvió a pasar su polla por mi coño.
Esta vez se las ingenió para encajarla entre mis labios de tal modo que, al quitar la mano, solo necesitaba deslizar un poco las caderas para frotarme desde el clítoris hasta la entrada de la vagina.
Era… era la mejor forma de masturbación que había descubierto hasta la fecha.
Aunque estaba segura de que jamás podría simular esa sensación con uno de mis vibradores.
—Landon…
—Vas a correrte así, con mi polla deslizándose entre tus pliegues. Deseando que cometa un mínimo error y te folle aquí mismo.
—No te corras así —Me las ingenié para que sonara a orden—. No vas a recuperarte tan fácil después de dos corridas y quiero que me folles. Ya no eres un niño.
Su risa varonil ocupó todo el maldito baño.
—No te preocupes, no soy ningún niño pero todavía puedo darte polla hasta que te hartes.
Lo dudaba. Empezaba a pensar que no me hartaría nunca de esa parte concreta de su anatomía. aunque preferiría morir tragando cactus con espinas antes de reconocerlo.
Landon cumplió su promesa. Movió sus caderas y restregó su polla contra mí de forma tan eficiente que pronto me tuvo suplicando, literalmente, que no parara.
Y no lo hizo. No se rio de mí, no aprovechó mi vulnerabilidad para sentirse superior, ni se dedicó a marearme.
Podía ser un grano en el culo, incluso al empezar los preliminares, pero sabía mejor que nadie cómo darle a una mujer el espacio para sentirse segura y deseada en el sexo.
Tanto como para conseguir, en solo un par de minutos, que yo suplicara por más.
—Quiero correrme.
—Quiero que te corras, nena. Vamos, puedes hacerlo.
—Méteme los dedos —gemí.
Él se relamió, pero no obedeció. Lo que sí hizo fue sujetarse la polla, poner una de mis piernas en el suelo y sujetar la otra.
Su glande se paseó desde mi clítoris hasta abajo una y otra vez.
Desde fuera, si alguien nos veía parecía que estábamos follando, pero no era así.
Jamás pensé que el frote constante fuera tan increíblemente intenso, pero allí estaba yo, jadeando más que nunca en mi vida porque sentía que aquel orgasmo sería un poco más difícil de conseguir, pero más placentero.
Había tenido mil orgasmos solo frotando mi clítoris sin penetración, cuando me masturbaba, pero hacerlo con una polla… y con una tan grande, era diferente.
—Landon —gemí.
—¿Qué necesitas? —dijo él con la respiración acelerada.
—Dime cuánto te gusta.
No sé por qué dije eso. Supongo que era un deseo que no había sido capaz de verbalizar hasta entonces. Landon no se rió, besó mis labios, recorrió con su lengua mi mandíbula hasta llegar a mi oreja y se quedó ahí, susurrando.
—Me encanta, joder Me encantas tú. Me encanta tu coño y algún día, cuando me dejes, pienso correrme así. —Me estremecí con un gemido y él aceleró el ritmo de sus caderas—. Eso te gusta, ¿verdad? joder, me encanta que seas igual de viciosa que yo.
Quise negarlo. Decirle que yo no era como él, pero a la vista estaba que no tenía razón. Porque estaba temblando y no recordaba haber estado así de mojada nunca.
Landon se movió y siguió susurrando todo tipo de obscenidades. Algunas que me habrían ruborizado durante años si me las hubiera dicho cualquier otro a lo largo de mi vida.
El orgasmo escaló por mi columna vertebral, mis manos fueron al culo de Landon y lo estrujé mientras intentaba apretarlo más contra mí.
Creo que grité su nombre antes de sentir que me corría entre convulsiones mientras él me sujetaba y besaba la base de mi cuello con suavidad.
No me dejó caer. En ningún momento sentí que no pudiera abandonarme a mis deseos más primitivos y eso fue tan liberador que estaba seguro de que no lo olvidaría nunca.
En cuanto el orgasmo cedió un poco, me desplomé contra los azulejos, pero Landon me alzó entre sus brazos y cortó el agua de la ducha.
—¿Suficiente ducha por ahora? —preguntó con una sonrisa.
—¿Tú…?
—Yo voy a correrme follándote, cielo. Ya te lo he dicho y soy de ideas fijas.
Sonreí, acostumbrándome cada vez más a su vocabulario, y me erguí intentando que mis rodillas no temblaran.
Salimos de la habitación cogidos de la mano y no hicimos siquiera el esfuerzo de secarnos. Llegamos a la cama, me tumbé y me estiré como una gata perezosa mientras Landon me miraba fijamente.
—¿Qué? —pregunté.
—Nada. Eres preciosa. Solo eso.
Sonreí. Me encantaba que no tuviera reparo en decir las cosas.
Seguía duro como una roca y aun así me daba mi espacio, sabiendo que acababa de tener un orgasmo.
Se dirigió a la mesita de noche, abrió el cajón y, mientras sacaba la caja de condones, mi teléfono empezó a sonar en alguna parte de la casa.
Me tensé de inmediato. Tenía el teléfono configurado para que estuviera en silencio siempre, salvo cuando me llamaban Piper o alguien de mi familia.
Y tenían tonos diferentes, así que sabía que no era Piper.
Era mi familia.
No cogerlo no era una opción. No eran personas dadas a llamar mucho, salvo cuando ocurría algo. Me aceleré y Landon, que me lo notó enseguida, me preguntó qué ocurría.
—Tengo que ver el teléfono un segundo. —Él elevó una ceja—. Es el tono de mi familia.
—Claro, ve.
Bajé de la cama desnuda y busqué mi teléfono por todas partes. Para cuando di con él, en la cocina, la llamada había cesado pero lo cogí de todos modos para asegurarme de que todo estaba bien.
Mi corazón se paró en seco cuando vi que no era mi familia, sino mi ex. Todavía lo tenía configurado dentro del grupo familiar. Tragué saliva, porque había dejado un mensaje de voz, y estuve tentada de no oírlo, pero la curiosidad fue mayor.
—Spencer, cariño, siento mucho que lo nuestro no saliera. De verdad lo siento. No es como si no estuviera follando en nuestra luna de miel, pero siempre pensé que sería contigo.
Estaba borracho, saltaba a la vista, pero eso no quitaba lo cruel de sus palabras. Oí un resoplido y no sabría determinar si era una risa, o un hipido. En cualquier caso, fue suficiente para que mi líbido y mi ánimo se evaporaran.
Tal vez por eso, cuando Landon apareció en la cocina, con un boxer puesto y cara cautelosa, suspiró y asintió, sabiendo que nuestros planes no iban a seguir, al menos de momento.
—Voy a nadar un rato —murmuró.
No sonaba enfadado. Tampoco decepcionado. Solo… ¿Derrotado?
Intenté no sentirme egoísta o mala persona, pero después de oír ese mensaje en el buzón de voz la amargura había vuelto para quedarse un poquito dentro de mí.