10
Landon
El trayecto de vuelta a la costa se me hizo eterno. Tenía una erección que apenas me cabía en los pantalones y la promesa de ponerle solución al llegar a casa. De haber podido, nos habría teletransportado directamente hasta mi cama.
Atracamos el barco, recogimos nuestras cosas y caminamos hasta el coche sin decir demasiado. Bastaba con cruzar una mirada para que los dos recordáramos lo que había estado a punto de pasar. Lo que seguía pendiente.
Conducía con la vista puesta en la carretera, pero mi cabeza seguía anclada en el barco. En sus besos. En sus gemidos. En la forma en que había pronunciado mi nombre. Y, sobre todo, en cómo me había pedido que la follara.
Esperaba que aquello significara que había aceptado mi propuesta. Técnicamente no me lo había dicho con esas palabras, pero costaba interpretar de otra manera lo que acababa de pasar entre nosotros. Si aquello no era un sí al pacto de verano, desde luego se le parecía muchísimo.
Maldije para mis adentros. Llevaba una semana deseándola y, por culpa de una maldita caja de condones olvidada, iba a tener que esperar un poco más.
El problema llegó cuando doblé la última curva antes de la casa.
Había un coche aparcado frente al jardín y una mujer menuda aguardaba en el porche con una enorme sonrisa.
Mierda.
Joder.
Mierda.
Reconocería aquella silueta en cualquier parte.
—No puede ser... —murmuré, dejando caer la cabeza contra el reposacabezas.
Spencer frunció el ceño.
—¿Qué pasa?
—Kelea ha venido de visita.
—¿Kelea?
Aparqué el coche junto al viejo Toyota Corolla plateado de Kelea. A esas alturas ya era inútil intentar desaparecer. Kelea nos había visto.
Se acercó hasta nosotros con una sonrisa enorme y, antes de que pudiera decir una sola palabra, me envolvió en uno de esos abrazos capaces de hacerte sentir como un niño otra vez.
De cerca era exactamente como la recordaba. El tiempo había encorvado ligeramente su espalda y había vuelto completamente blanco su pelo, pero seguía teniendo la piel tostada por el sol, los rasgos hawaianos y esa mirada cálida que llevaba cuidándome desde que era un crío.
—Aloha, keiki —exclamó, dándome un par de palmadas en la espalda—. ¡Qué sorpresa!
Kelea seguía llamándome keiki, «niño», igual que cuando tenía ocho años y me perseguía por toda la playa para que me pusiera crema solar.
—La sorpresa me la has dado tú a mí.
Se apartó lo justo para mirarme de arriba abajo.
—Estás más delgado. ¿No comes?
Solté una risa.
—Sabía que lo primero que harías sería sacarme algún defecto.
Entonces reparó en Spencer.
La recorrió con la mirada y sonrió con una ternura que solo Kelea era capaz de transmitir.
—Tú debes de ser Spencer.
Ella asintió, desconcertada.
—Sí...
—Piper me llamó ayer. Me dijo que su mejor amiga estaba pasando una temporada aquí y me pidió que viniera a verla.
—Le tendió la cesta de mimbre que llevaba entre las manos—.
Te he traído pan de plátano recién hecho y unas mermeladas caseras.
Pero esa niña se olvidó de decirme que también iba a encontrarme con este trasto.
Me señaló con un movimiento de cabeza.
—Eso es porque Piper no sabe que estoy aquí. Y agradecería que siguiera sin saberlo.
Los ojos de Kelea adquirieron esa expresión de suficiencia que siempre aparecía cuando creía haber descubierto algo.
—Estás metido en líos, ¿verdad?
—Digamos que he venido a esconderme una temporada.
—Estás metido en líos —repitió esta vez con convencimiento—. Siempre ha sido igual. Con once años robó el bote de remos de un vecino porque quería llegar hasta el arrecife él solo. Cuando lo encontramos estaba muerto de miedo porque no sabía cómo volver con la corriente en contra.
Spencer se echó a reír y yo bufé resignado. Se suponía que habíamos vuelto corriendo del barco para follar, no para que Kelea empezara a desenterrar todas las vergüenzas de mi infancia.
Busqué a toda velocidad una forma educada de invitarla a marcharse, aunque sonara fatal. Había aparecido en el peor momento posible.
Pero, antes de que encontrara una excusa, Kelea ya había enlazado el brazo con el de Spencer.
—Ven, hija. Vamos dentro. Hace un calor horrible aquí.
Y, sin esperar respuesta, la arrastró hacia la casa como si la conociera de toda la vida.
Fantástico.
Un plan que prometía ser inolvidable acababa de convertirse en una sesión de recuerdos embarazosos protagonizada por la única persona del mundo capaz de dejarme en evidencia.
Entré tras ellas resignado.
Kelea ya se había acomodado en uno de los taburetes de la cocina mientras Spencer dejaba la cesta sobre la isla.
Abrí la nevera, saqué una jarra de limonada casera que habíamos preparado el día anterior y serví tres vasos.
Después corté unas rebanadas del pan de plátano mientras ellas seguían hablando... de mí, por supuesto.
—Así que usted era la que cuidaba de Landon y Piper cuando sus padres venían a la isla —dijo Spencer.
Kelea sonrió con orgullo.
—Durante muchos años. Y este muchacho era un imán para los problemas. Si al final del día no había montado alguna trastada, era porque estaba enfermo.
—¡Eh! —protesté.
Las dos me ignoraron por completo.
—Por no hablar de que también era el rompecorazones de la playa. No había verano en el que no trajera de cabeza a media isla.
Spencer arqueó una ceja y me lanzó una mirada divertida.
—¿Ah, sí?
Kelea asintió.
—Todos los veranos aparecía alguna nota debajo de la puerta.
Unas le regalaban collares de conchas, otras flores, otras pulseras...
Nunca le faltaban admiradoras. Había niñas que preguntaban por él incluso antes de que llegara la familia.
En cuanto veían el coche de sus padres entrar por la urbanización, sabían que Landon había vuelto.
Spencer me recorrió de arriba abajo con gesto crítico.
—Ahora entiendo de dónde sale esa arrogancia.
Me froté el puente de la nariz.
Necesitaba sacar a Kelea de aquella cocina antes de que empezara a enseñar el álbum de fotos de mi infancia.
—¿No tienes nada que hacer? Siempre estás ocupadísima. No querría entretenerte...
Kelea me miró con una sonrisa llena de paciencia.
—¿De verdad crees que no sé lo que estás intentando?
Carraspeé.
—No tengo ni idea de qué hablas.
Su sonrisa se ensanchó.
—Estás deseando que me marche para quedarte a solas con esta jovencita.
Spencer soltó una risa ahogada.
—Kelea...
—Seré mayor, keiki, pero no ciega. He visto cómo os mirabais desde que habéis bajado del coche.
Me quedé sin saber qué decir. ¿Tan obvios éramos? Supongo que sí.
Kelea dio un último sorbo a la limonada, dejó el vaso sobre la encimera y se levantó con toda la calma del mundo.
—Bueno, no voy a entreteneros más. Pero mañana os quiero a los dos en mi casa para almorzar. Y no acepto excusas. Si quieres que Piper siga sin saber que estás escondido aquí, será mejor que aparezcas.
La miré resignado.
—Eso ha sido un chantaje.
Spencer se mordió el labio para contener la risa.
—Además, mis nietos llevan preguntando por ti desde la última vez que viniste, hace ya demasiado. Se pondrán muy contentos de verte. Y prepararé un buen almuerzo. Os haré kalua pig, arroz y haupia de postre.
No había forma humana de negarse a Kelea cuando utilizaba ese tono.
Se acercó a mí, me sujetó la cara entre las manos como si siguiera teniendo diez años y me besó en la mejilla.
—Cuídate, keiki.
Después hizo lo mismo con Spencer, aunque a ella se limitó a darle un cariñoso beso en la frente.
—Ha sido un placer conocerte. Mañana nos veremos con más calma.
Y, sin esperar respuesta, salió de la casa.
Nos quedamos por fin a solas en la cocina.
—Me gusta Kelea —dijo Spencer.
Sonreí.
—A ella también le has gustado.
Bastaron cinco segundos de silencio para que mi cerebro volviera exactamente al mismo lugar del que Kelea acababa de sacarlo.
Spencer bajó la mirada, y sus dedos juguetearon con el borde de la encimera. Pero cuando volvió a levantarla, había algo distinto en sus ojos. Algo que ya conocía.
—Entonces... —empezó.
No la dejé terminar. Me acerqué despacio, acorralandola contra la isla de la cocina. Mi cuerpo ya estaba otra vez en alerta máxima. Y mi polla, que se había declarado en huelga durante toda la visita de Kelea, se había reactivado con una urgencia que rozaba lo ridículo.
—Entonces es hora de seguir donde lo habíamos dejado —murmuré con voz ronca, pegándome completamente a ella.
Spencer no dijo nada. Pero su cuerpo se arqueó ligeramente contra el mío, y eso fue respuesta suficiente.