8
Landon
Tener la polla dura constantemente cuando usas un bañador es una mierda.
Esa era, hasta el momento, la mayor reflexión de mi vida en Hawaii.
Me había empalmado otras veces teniendo un bañador, no es que aquello fuera una experiencia nueva, pero nunca había tenido que soportar la calentura tanto tiempo… ni disimular tanto tiempo.
Primero tuve que lidiar con la sorpresa que me provocó lo fácil que Spencer había aceptado venir al barco. Cuando le di diez minutos di por hecho que los usaría para buscar una excusa patética y cobarde y no venir, así que el primer impacto fue descubrir que estaba equivocado.
El segundo, darme cuenta de que iba a tener que verla todo el día con ese bikini, porque el vestido que llevaba encima era semitransparente y no servía para nada.
Creo que incluso me ponía más, porque fantaseaba todo el rato con la idea de meter mis manos debajo y quitarselo para descubrir las pecas o lunares que no podía ver con él puesto.
Había prometido portarme bien y tener las manos quietecitas y eso era lo que pensaba hacer, porque era un hombre de palabra, aunque mi amigo Henry no pensara lo mismo en aquellos instantes. Ni mi hermana. Ni, por descontado, mi ex.
Lo era. Era un hombre de palabra y no pensaba ponerle las manos encima a Spencer aunque me muriera de ganas.
Al principio no fue tan difícil. Al fin y al cabo yo estaba distraído manejando el barco, que no era tarea sencilla.
Y Spencer estaba ocupada flipando con el pequeño yate, yendo de aquí para allá y comentándolo todo como si fuera una turista de excursión.
Pensé que, cuando no estaba enfadada, enrabietada o llorando, era una mujer adorable.
Y luego pensé que ese era un pensamiento peligroso.
No quería lidiar con una mujer adorable. No sabía cómo hacerlo.
¿Con una cabreada? podía.
¿Con una cachonda? Desde luego.
¿Con una adorable que se mostraba agradecida y sorprendida hasta con el más mínimo gesto? Ni puta idea.
Era raro. Supongo que eso implicaba algún tipo de emocionalidad y ya habíamos quedado en que no se me daba bien.
—¿A cuántas mujeres te has tirado aquí?
Agradecí estar prácticamente en punto muerto en cuanto al manejo del barco, porque podría haber virado bruscamente con esa pregunta.
Me pasaba mucho con Spencer. No tenía filtro, decía lo primero que se le pasaba por la cabeza, ya fuera bueno o malo.
Y supongo que por eso se llevaba tan bien con mi hermana, porque Piper también disfrutaba de esa cualidad.
—¿Para qué quieres saber eso?
—Curiosidad.
Alcé las cejas y sonreí.
—¿Solo curiosidad?
Ella lo pensó unos instantes antes de lanzarse.
—No sé si es parte de tu plan para hacer que las mujeres caigan rendidas a tus encantos… y a tu dinero. Y deberías saber que a mí me importa muy poco lo rico que seas. No soy materialista.
—Es increíble como tu mente hace conexiones que pueden llegar a resultar profundamente insultantes para un hombre, pero te has dejado manipular por tu ex de la peor forma posible.
—Mi respuesta la dejó consternada y me arrepentí de haber sido tan brusco.
No quería ser cruel, pero de verdad no comprendía cómo su ex había conseguido destrozar tanto a una mujer que estaba muy lejos de ser tonta o inocente—.
Solo vine aquí con mi ex… y de adolescente con otra chica, pero ni siquiera salimos del puerto en esa ocasión.
—¿Y eso? ¿No sabías conducir el barco?
—No… acabamos follando en el camarote. No hicieron falta muchos preliminares ese día.
—Una lástima. Los preliminares siempre son la mejor parte.
Y ahí estaba… la chica descarada que sabía que se escondía debajo de tanto drama.
—Estoy totalmente de acuerdo —dije sonriendo.
Spencer pareció ser consciente de lo que había dicho, porque sus mejillas se colorearon y carraspeó dando un par de pasos atrás.
—¿Ya puedo bañarme?
—Sí, nos quedaremos aquí si te parece bien.
Ella miró alrededor. Teníamos una visión panorámica de la costa de Hawaii. Era paradisiaca pero, además, teníamos la tranquilidad suficiente como para bañarnos o hacer… cualquier otra cosa sin ser interrumpidos.
No es que pensara hacer cualquier otra cosa, pero no estaba de más elegir bien el lugar en el que echar el ancla.
Spencer se quitó el vestido y se lanzó al agua tan rápido que no pude fijarme con claridad en su bikini.
Una lástima. Aun así, me quité mi propia camiseta y salté al agua con ella, pero sin acercarme.
Le había prometido no ser invasivo y pensaba cumplir con mi palabra, así que nadé un poco, la vi nadar y moverse como una puta sirena, me empalmé, me relajé y, cuando ella subió las escaleras y me dejó ver que el bikini era de tanga, me empalmé de nuevo y supe que estaba perdido para todo el día.
Ese culo redondo, respingón y perfecto acababa de meterse en mi cabeza haciéndose un hueco para toda la vida.
Intenté nadar. Intenté bucear. Intenté dar volteretas en el agua hasta que me mareé y no conseguí sacarme de la cabeza su culo hasta que ella se asomó y me preguntó dónde podía encontrar agua fresca.
Entonces me fijé en que sus pezones estaban marcando la tela del bikini y la obsesión del culo sustituyó a la de los pezones, convirtiéndome oficialmente en un salido incapaz de pensar en otra cosa que no fuera ella.
Me costó mucho, pero al final conseguí que mi polla se acompasar a mis pensamientos y se relajara lo suficiente como para salir del agua sin hacer el ridículo. Y menos mal, porque tenía las yemas de los dedos arrugadas y empezaba a pasar incluso frío.
—No sabía que eras tan acuático —me dijo Spencer nada más subir a proa.
Había un cierto tono de retintín en su voz que me dejaba ver que, en realidad, sabía perfectamente los motivos por los que había tardado tanto en salir.
—Lo soy. Me encanta estar en el mar y me encanta tomar el sol —dije con sinceridad.
—Uy, pues qué suerte, porque a mí también. ¿Dónde se toma mejor ahora?
La guié hasta la zona de proa, un poco a regañadientes, y allí los dos estiramos las toallas para tumbarnos.
Intenté concentrarme en el sol, el calor y relajar mente y cuerpo, porque si no iba a ser muy evidente.
Spencer se tumbó y, por suerte, cerró los ojos, así que, si en algún momento mi polla pensaba traicionarme, al menos ella no lo vería.
—Creo que esta es la vida que realmente merezco —murmuró—. Dios, me encanta estar tumbada y sentir cómo la piel se me calienta cada vez más.
¿Por qué me sonaba todo lo que decía tan jodidamente sexual?
Tragué saliva y me recordé a mí mismo que había seducido a un sinfín de mujeres. No era ningún novato en esto del flirteo y era considerado prácticamente una ofensa que ella creyera que sí.
—Estar mojada y sentir la piel caliente debe ser de las mejores sensaciones, ¿no?
Pensé que me insultaría o bufaría o me llamaría «cretino» o algo parecido por la metáfora tan infantil y absurda, pero Spencer solo soltó una risita, agitando su pecho y con ello sus pezones, y suspiró.
—En realidad, sí.
Tragué saliva. Otra vez. La Spencer llorona y cabreada era fácil de manejar, pero la segura de sí misma y dispuesta a disfrutar… esa todavía se escapaba de mi control. Aun así, recordé cómo se había puesto de nerviosa antes con mis insinuaciones. Podía hacerlo mejor. Alterarla aunque fuera un poco.
—Cuando quieras estar más mojada y más caliente, ya sabes que solo tienes que aceptar mi trato.
Spencer suspiró, giró la cara hacia mí y abrió un solo ojo. Me fijé en las pecas que bañaban el puente de su nariz y tuve un deseo casi irrefrenable de plantar un beso justo ahí. Era ridículo.
—¿Y cómo conseguirías que estuviera más mojada y más caliente?
Entrecerré mis ojos con sospecha. ¿Acababa de preguntar eso en sentido literal? ¿O había una especie de metáfora que no entendía detrás?
Valoré mis opciones. Había prometido no tocarla y tenía claro que eso pensaba cumplirlo, pero nadie había dicho nada de las palabras, ¿no? Y, joder, esas se me daban muy bien cuando quería.
—Para mojarte más, lo primero que se me ocurre es recurrir a la parte más húmeda de mi anatomía.
—¿El bañador? —preguntó en tono burlón.
—La lengua.
Spencer cerró los ojos y volvió a mirar hacia arriba, donde el sol bañaba su precioso rostro con sus rayos. Parecía tranquila y serena, pero sus pezones estaban más duros. Lo sabía bien, porque empezaba a aprenderme de memoria el tamaño de sus pezones en estado normal y no era ese, desde luego.
—¿Te gusta usar la lengua? —preguntó como quien no quiere la cosa, intentando sonar indiferente.
Decidí que ella estaba siguiéndome el juego lo suficiente como para dejarme de sutilezas. No estaba cortejando a Spencer para que tuviera una relación conmigo. Quería convencerla de follar como animales sin ningún tipo de compromiso de por medio, y para eso no necesitaba ser remilgado.
—Me encanta usar la lengua —admití—. Empezaría por tu cuello, creo. Por lo general me gusta ir bajando. Si pudiera, chuparía tu clavícula mientras bajo buscando tus tetas y mis manos empiezan a acariciar tu vientre en busca de que mis yemas alcancen la zona bajo la tela de tus bragas.
—Vaya, eso es muy explícito.
—No, cielo. Explícito sería decirte que bajaría la parte alta de tu bikini con los dientes para chupar y morder tus pezones mientras mis dedos buscan los pliegues mojados de tu coño y se ocupan de mojarlos aún más.
—Spencer no dijo nada, pero vi la forma en que dobló las rodillas y apretó los muslos.
Joder, aquello me animó de inmediato—. Claro que no me conformaría con acariciarte.
Me pregunto cómo de estrecho lo tienes y cuántos dedos dedos podría meterte antes de bajar con mi lengua y chupar tu clítoris mientras te follo con los dedos.
Gimió. Oí claramente cómo gimió, pero cando volví a mirar su cara seguía con los ojos cerrados, inexpresiva. En apariencia impasible a mis palabras. Decidí acercarme un poco más, lo justo para ponerme de lado y poder susurrar en su oído.
—¿Sigo? —pregunté.
Aguanté la respiración esperando una confirmación, porque no quería pasar líneas que ella hubiera trazado en su mente, pero el leve asentimiento de Spencer me dejó claro que su mente y su corazón podían seguir jodidos, pero su cuerpo me deseaba tanto como el mío la deseaba a ella.
—Chuparía tu coño y lo follaría con mis dedos hasta arrancarte un orgasmo.
El primero de muchos. Después liberaría mi polla, que me dolería tanto como ahora mismo por tenerla encerrada en el bañador.
Seguramente tendría que darme un par de tirones con la mano para no correrme de inmediato.
Te pondría a cuatro patas mirando el mar de Hawaii, te restregaría el glande desde el culo hasta el coño, llenándome de tus flujos, y te la clavaría desde atrás fuerte, de una estocada, para que te notes completamente llena.
Con un poco de suerte te correrías solo con eso otra vez.
¿Qué me dices, fierecilla? ¿Serías capaz?
Gimió. Esta vez sin disimulo. Por eso me acerqué más pero sin tocarla. Al menos no con mis manos. Mis labios sí rozaron su oído cuando seguí hablando.
—Me encantaría agarrarme a tus caderas y darte hasta que tú misma gritaras por más. Y gritarías, Spencer, no tengo ninguna duda de eso. Gritarías por más polla y yo te le daría encantado, porque ahora mismo no hay nada que desee más.
—Quiero —musitó.
—¿Qué?
La había oído perfectamente, pero quería una respuesta clara. Nada de medias tintas.
—Quiero hacerlo.
—¿Qué quieres hacer?
Ella abrió los ojos, claramente enfadada.
—Lo sabes muy bien.
—No, no lo sé. Imagino que te he puesto cachonda, pero quiero que tú me lo digas. Dime, Spencer, ¿si metiera la mano en tus bragas ahora, me mojaría los dedos? —Asintió e intenté controlar mi propia calentura—. Y dime… ¿Quieres que lo haga?
—Sí, joder.
—Pídemelo.
—¿Qué?
—Ya lo has oído. Dame tu consentimiento y pídemelo a las claras, porque no quiero que luego me acuses de traspasar ciertas líneas en un momento de vulnerabilidad.
Spencer se quedó mirándome, quizás sopesando si iba en serio o no.
Debió ver que así era, porque suspiró, cogió mi mano y la llevó hacia sus bragas, acelerando mi pulso hasta el punto de preguntarme si podría darme un infarto solo con eso.
Coló mis dedos acompañados de los suyos y sentí la humedad en cuanto me hundí en sus pliegues.
—Quiero que hagas todo lo que has dicho. Y quiero que lo hagas ya.
Esa vez el del gemido fui yo. Joder, pensaba darme un atracón de sexo con Spencer que no olvidaría nunca. Solo esperaba que ella tampoco lo olvidara… pero tuviera muy claro que aquello solo era sexo.
Y, por cómo estaba de mojada, el mejor sexo del puto mundo.