Un pacto tentador (Pactos arriesgados nº 1) 7
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Spencer

Sonreí por primera vez al despertar. Había dormido más o menos bien y eso era todo un logro así que, en vez de lamentarme, salté hacia el baño para asearme, ponerme un bikini y obligarme a disfrutar del día.

Estrené tanto el bikini como el vestido semitransparente que había comprado en mi sesión de días anteriores.

Era un vestido que solo servía para ir a la playa, porque no dejaba mucho a la imaginación, pero me había encantado porque tenía pequeños flecos colgando del bajo.

Y al ponermelo me di cuenta de que los flecos acariciaban mis muslos con cada roce.

No sabía si aquello era bueno o malo, porque las palabras de Landon del día anterior rodaban por mi cabeza con frecuencia y cada vez que lo hacían me sentía… rara.

¿Excitada? No. No podía ser eso.

Era simplemente rara, porque por primera vez en mucho tiempo un hombre estaba mostrando deseo por mí.

Ese hombre era Landon, que era idiota, pero también tenía un cuerpo glorioso y una boca de lo más besable.

Tanto, que la noche anterior acabé abriendo las piernas y surcando mis pliegues con los dedos mientras imaginaba de cuántas formas podía Landon besar bien… y no solo en la boca.

Me arrepentí en cuanto el orgasmo llegó y la claridad se abrió paso, pero ya estaba hecho. No pensaba caer en eso de pronto y lo tomé más bien como un pequeñísimo signo de recuperación. Me había masturbado porque mi cuerpo por fin empezaba a sanar. Y de esa idea no pensaba sacarme nadie.

No tenía nada que ver con que Landon me hubiera planteado la posibilidad de tener sexo sin compromiso. No era eso. Era… era una sanación propia de haberme dado el tiempo y espacio necesarios. O eso me repetía una y otra vez hasta el cansancio.

Bajé las escaleras y me dirigí a la cocina, no porque Landon estuviera ahí, sino porque había descubierto que todo el ruido infernal que hacía con la cafetera tenía algo bueno: hacía un café exquisito.

—Buenos días. ¿Puedo tomar café? Quiero irme a la playa cuanto antes.

Se lo dije a su espalda desnuda y tragué saliva, felicitándome a mí misma por haber sonado tan fría y práctica.

El problema es que Landon se giró y sonrió lentamente. Y letalmente también. Dios, aquella sonrisa torcida había ido directa a mi vagina. Imperdonable. ¿Qué me estaba pasando? ¿Por qué de repente sus defectos me parecían completamente salvables?

—Buenos días. ¿Pidiendo café con educación? ¿Qué ha sido de mi fierecilla?

—No soy nada tuyo, para empezar. Y he decidido que quiero estar de buen humor porque, repito: voy a ir a la playa. ¿O no has visto el día que hace?

—Claro que lo he visto. De hecho, pensaba ir a la playa también, así que podemos ir juntos.

—Oh, no.

—Oh, sí.

—Te digo que no.

—Vale, pero pensaba utilizar el barco de la familia e invitarte. Tú misma…

—¿Tenéis un barco? —pregunté sorprendida.

—Spencer, eres amiga de Piper. La riqueza de mi familia no debería resultarte sorprendente.

—No es eso. Es que tengo entendido que venís por aquí pocas veces al año e imagino que tener un barco atracado cuesta mucho dinero.

—Bueno, sí, pero igualmente merece la pena. Y no es un barco gigante, ni mucho menos.

Lo miré con recelo. Tenía claro que no quería pasar tiempo con Landon. No tanto por él, como por las dudas que albergaba de no poder separar con facilidad lo que me provocaba del recuerdo de su propuesta. ¿Y si insistía? ¿Y si se ponía pegajoso o invasivo?

—Si estás pensando en lo de ayer, deberías saber que no voy a presionarte de ninguna manera. Te planteé un trato adulto y sin jueguecitos, fierecilla. No soy un acosador.

—No he dicho que lo seas —respondí con recelo, porque era evidente que me había leído la mente.

Landon volvió a sonreír y se cruzó de brazos, haciendo que con el gesto se le flexionaran ciertos músculos que me nublaron la mente por un instante.

—Te lo digo de todas formas. Sigo queriendo hacer el trato, creo que es buena idea y que nos beneficiaría a ambos, pero no soy un baboso.

No voy a estar encima de ti… a no ser que sea lo que que tú quieres.

—Me miró de arriba abajo con tanta intención que sentí cómo se me erizaba el vello de todas partes.

—¿Y lo de mirarme así también vas a cortarlo en seco?

—Oh, no. Mirar es gratis y no lo considero invasivo.

Tú tampoco, porque te quedas anclada en mis músculos cada vez que hago algún movimiento.

—Iba a negarlo, pero entonces él descruzó los brazos y, de alguna forma, se las ingenió para tener más abdominales de los que un ser humano es capaz de poseer.

Mis ojos se centraron en su abdomen inevitablemente—.

¿Ves? Y no me ofendo. Al revés… me pone que me mires.

Me hace sentir que no soy el único con buen gusto en este equipo de dos.

Iba a replicar algo, lo que fuera, pero Landon pasó por mi lado riéndose entre dientes.

—Idiota… —murmuré.

—Hay café en la encimera. Ese bikini me encanta. Me marcho en diez minutos. Decide, fierecilla.

Fueron los diez minutos más estresantes de mi vida. Me tomé el café acelerada, pensando en todas las posibilidades que tenía, que en realidad solo eran dos.

Ir o no ir.

Por un lado me apetecía saber cómo era el barco, nunca había subido en uno y dudaba que la posibilidad se repitiera a menudo.

Por otro lado, pasar el día en alta mar con un Landon musculado y sonriendo como todo un diablo era tan tentador que no confiaba en mi propia capacidad para resistirme.

Era como tener un angelito en un hombro y un demonio en el otro. Cada uno susurraba sus propias cosas y yo solo quería estar tranquila y en paz. Superar mi ruptura de una vez por todas.

Podría ir sola a la playa, pero me conocía.

Llevaba días revisando la cuenta de mi ex con un perfil falso y empezaba a sospechar que aquello no había sido buena idea.

¿De qué me servía ver cómo se lo pasaba en grande con otra y con mi dinero?

El daño estaba hecho. Seguir mirando era revolcarme en la autocompasión.

Si me quedaba a solas, iba a caer en la tentación de espiar a mi ex.

Si me quedaba con Landon, podía caer en una tentación mucho peor.

Me tomé el café a sorbos tan grandes que estaba segura de estar entrando en una sobreestimulación. Así que cuando Landon bajó y me preguntó qué había decidido todavía no tenía nada claro pero dejé que mi instinto me guiara.

—Vale, voy, pero recuerda mantener las manos en su sitio.

—No soy un pulpo, fierecilla. A menos que me lo pidas… entonces estoy seguro de que encontraré la forma de hacer que te sientas tocada en todas partes al mismo tiempo.

Tragué saliva, lo miré mal y lo seguí mientras se reía sin disimulo de mi reacción.

Iba a ser un día muy largo… pero al menos no iba a ser otro día patético espiando a mi ex en redes sociales.