Un pacto tentador (Pactos arriesgados nº 1) 6 #2
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En un momento dado, mientras esperábamos la comida, Spencer se inclinó hacia delante para apoyar los codos en la mesa. La blusa blanca se le tensó ligeramente sobre el pecho y yo, como un idiota, no pude evitar mirar. Cuando levanté los ojos, ella me estaba mirando.

Pillado.

—¿Estás mirando mis tetas?

—Estaba mirando el paisaje.

—El paisaje está detrás de mí.

—Pues entonces estaba mirando el paisaje a través de ti.

Puso los ojos en blanco, pero la comisura de sus labios se curvó. Y yo supe que no me había creído ni una palabra.

En cuanto el camarero dejó los platos sobre la mesa, Spencer observó el suyo con cierto recelo.

—Pruébalo —le sugerí.

Pinchó un trozo de atún con el tenedor, lo llevó a la boca y empezó a masticar. Esperé. Vi cómo intentaba mantener una expresión neutra, pero la comisura de sus labios terminó traicionándola.

—Odio admitirlo... pero está increíble.

—Te dije que dentro de diez minutos querrías casarte conmigo.

Puso los ojos en blanco una vez más mientras daba otro bocado.

—No te emociones. Me casaría con el cocinero. Tú solo has tenido la suerte de saber dónde traerme.

Solté una risa.

—Eso también tiene su mérito.

Durante unos minutos nos limitamos a comer en silencio. Fue ella quién decidió hablar primero:

—¿Vienes mucho a Hawái?

Me encogí de hombros.

—Una o dos veces al año. Ojalá pudiera venir más. Me encanta este sitio, pero los negocios no entienden de vacaciones.

Asintió despacio.

—Piper me contó que tus padres compraron la casa antes de que nacierais.

Sonreí al pensar en ellos.

—Sí. La mayoría de la gente con dinero termina comprándose una casa en los Hamptons, en Martha's Vineyard o en Nantucket. Mis padres, en cambio, decidieron hacerlo aquí.

—¿Por qué?

—Porque se conocieron en esta isla. Los dos habían venido por separado a pasar unas vacaciones, coincidieron en una excursión y el resto ya te lo imaginas.

Cuando se casaron prometieron volver siempre que pudieran y, unos años después, compraron la casa.

Mi madre decía que aquel era el único sitio del planeta donde mi padre era capaz de apagar el móvil más de una hora seguida.

Una sonrisa divertida prendió de sus labios.

—Así que la adicción al trabajo la heredaste de tu padre.

Asentí.

—Supongo que sí. Mi padre me enseñó que, cuando otras personas dependen de ti, las responsabilidades van primero.

—¿Y en qué trabajas exactamente? Porque, según Piper, siempre estás demasiado ocupado para llamarla. Así que espero que, como mínimo, estés salvando el mundo.

—Solo los lunes. El resto de la semana me conformo con intentar que no se incendie mi empresa.

Conseguí que se riera por primera vez desde que la conocía.

Y fue un error.

Porque, si la versión enfadada de Spencer ya me volvía completamente idiota, la que sonreía era letal para mi autocontrol.

Carraspeé, intentando recuperar el hilo de la conversación.

—Tengo una empresa de inteligencia artificial con Henry. Básicamente intentamos que los ordenadores hagan parte del trabajo para que los humanos podamos quejarnos de que nos van a quitar el trabajo.

Frunció el ceño.

—Suena sospechosamente a que eres un villano de película.

Me reí.

—Nah. Por suerte la inteligencia artificial todavía no es tan inteligente. Seguimos siendo bastante difíciles de sustituir.

—Eso espero, porque si no mi trabajo será de los primeros en desaparecer.

Aquello consiguió captar toda mi atención.

—¿A qué te dedicas?

—Soy traductora. Igual que Piper. Nos conocimos en la facultad. ¿Nunca te lo había contado?

—Puede. Pero cuando Piper habla demasiado rato seguido llega un momento en el que mi cerebro deja de procesar palabras y solo escucho «bla, bla, bla».

Soltó una carcajada.

—Pobre Piper.

—Lleva sobreviviendo a ser mi hermana toda la vida. Ya está acostumbrada.

Pinchó otro trozo de poke.

—Traduzco películas y series. Y me encanta. Así que espero que la inteligencia artificial tarde mucho en aprender a hacer bien mi trabajo.

Terminamos el poke y, antes de volver al coche, la llevé a un pequeño puesto donde vendían fruta tropical recién cortada. Compré un vaso enorme de piña, mango y papaya para cada uno y seguimos paseando sin rumbo fijo.

Por primera vez desde que la conocía, Spencer parecía... relajada. Incluso se rio un par de veces más.

Hasta que, de camino a casa, ya en el coche, la vi sacar el móvil.

Le bastó una mirada a la pantalla para que toda aquella versión de Spencer desapareciera.

Su sonrisa se desvaneció. Su mandíbula volvió a tensarse. Y el brillo de sus ojos se apagó.

—¿Qué pasa?

Suspiró.

—Es Elliot. Acaba de subir una foto.

Desvió la pantalla hacia mí. Salía fotografiando el mar desde el embarcadero de su villa. Parecía una imagen cualquiera... hasta que reparabas en la segunda toalla extendida sobre las hamacas: «Elegirte a ti mismo nunca debería ser motivo de culpa.»

Qué hijo de puta.

Volvió a guardar el móvil.

—¿Por qué sigue importándote lo que haga ese imbécil? Según todo lo que contaste en el avión, ni siquiera entiendo por qué querías casarte con él. Llevabais meses sin acostaros juntos. Y según contaste, ni siquiera era tan bueno en la cama.

Soltó un gruñido.

—No deberías tener esa información.

—Créeme, no quería tenerla. Pero tú decidiste convertir a la señora del asiento 18B y al resto de pasajeros del avión en tus terapeutas personales.

Resopló.

—Elliot fue mi primer novio serio. Yo siempre pensé que acabaríamos casándonos. Era... el plan. Mi plan. Y pensé que también el suyo. Está claro que me equivocaba.

—¿No te llamó la atención que llevarais meses sin acostaros?

Se encogió de hombros.

—Las relaciones pasan por etapas.

La falta de sexo rara vez era el problema. Casi siempre era una de las primeras consecuencias.

Pensé en Summer.

En el momento en que empecé a darme cuenta de que ya no sentía lo mismo por ella.

Lo primero que hice fue dejar de acostarme con ella. No me parecía justo seguir haciéndolo cuando, en el fondo, sabía que algo se había roto.

Seguí conduciendo en silencio, dándole vueltas a una cosa.

Spencer llevaba meses sin acostarse con nadie. Yo también. Digamos que nos encontrábamos en un punto parecido. Además estaba todo aquello de que ella me ponía muchísimo y las pajas en solitario empezaban a aburrirme.

¿Y si le proponía tener sexo? Sexo placentero y muy, muy sucio.

¿Piper querría matarme? Probablemente. Pero no tenía porqué enterarse. Ni siquiera sabía que estaba allí.

Cuando aparqué delante de casa ya había tomado una decisión.

Apagué el motor. Spencer estuvo a punto de bajar del coche, pero la detuve apoyando una mano sobre su muslo.

Me miró con sorpresa.

—Estaba pensando… ¿y si hacemos de esta convivencia forzada algo más interesante?

Noté cómo se tensaba bajo mi palma, pero no se apartó.

—No sé si te sigo.

—Solo digo que somos jóvenes, atractivos y estamos solteros. Y que, desde que llegaste, he pasado más tiempo pensando en cómo sonarías cuando te corres que en cualquier otra cosa. Es una pena perder el tiempo discutiendo cuando podríamos estar haciendo algo mucho más divertido.

Spencer apretó los muslos de forma instintiva. El gesto apenas duró un segundo, pero fue suficiente para contradecir la indignación de su mirada.

—¿Te has vuelto loco? Si apenas nos aguantamos.

—No necesitamos aguantarnos para follar.

Mis dedos siguieron subiendo y se colaron por debajo del dobladillo de sus shorts, rozando la piel suave y caliente del interior de su muslo.

—Eres un cerdo.

Me acerqué, hasta que mis labios casi tocaron su oreja.

—Yo solo te propongo un pacto de verano.

Placer, orgasmos y diversión mientras estemos en Hawái.

Sin dramas. Sin promesas. Sin expectativas.

Y, cuando volvamos a Nueva York, cada uno seguirá con su vida como si esto nunca hubiera pasado.

Los dos ganamos. —Dejé que mis palabras flotaran unos segundos entre nosotros antes de añadir, en un tono apenas más bajo—: Piénsalo, Fierecilla.

Cuando te hayas decidido ya sabes donde encontrarme.

Aparté la mano de su muslo, abrí la puerta y salí del coche.

No miré atrás.

Algo me decía que Spencer necesitaba tiempo. Para darle mil vueltas, encontrar otras tantas razones por las que aquello era una mala idea y, al final, mandarlas todas a la mierda y venir a buscarme.

Sonreí mientras caminaba hacia la casa.

La pelota estaba en su tejado.

Y tenía la sensación de que no tardaría mucho en devolvérmela.